30 enero 2022

El ecologista tímido

 

De Pozoblanco a Dos Torres, Los Pedroches. Rafael Redondo, Enero 2022

Su timidez siempre fue superlativa. No era amigo de las multitudes ni de las grandes manifestaciones públicas, aunque eso no le impidió ser un magnífico maestro de primaria. En la escuela, el aula, el patio o los despachos su retraimiento se convertía en arrojo, rozando la osadía cuando de defender alumnos se trataba. En la calle le funcionaba otro chip. Se mostraba tacaño en palabras y gestos. También en la familia y un tanto parecido con los pocos amigos. Con su pareja, maestra ella también, no había ningún problema porque Mari Sol le miraba a los ojos y los leía como si fuera un libro abierto iluminado. La empatía de esta última, también superlativa, compensaba con creces la cortedad absoluta de Fernando.

               Sus padres, campesinos, amigos de la tierra, del esfuerzo y del poco necesitar quisieron que estudiara y él sacó partido de la oportunidad. Terminó magisterio con el trastorno, en palabras de algunos, de una tremenda preocupación por el medio ambiente. Entero decía él, en plan irónico, citando a sus maestras. Desde muy joven tuvo la sensación, y buscó datos, de que la Tierra se moriría algún día debido a la torpeza, ceguera y ambición de unos locos con carnet y decidió hacer algo. Convencido de la potencia de la constancia de una gota de agua se propuso velar por la salud y bienestar de este planeta, siendo siempre consciente de sus limitaciones.

               Pronto, recién llegado a la universidad se apuntó voluntario a un par de verdes ONGs. Su trabajo, híbrido de carácter y formación, siempre fue vanguardista en la retaguardia: pagaba sus cuotas, diseñaba carteles en el anonimato, facilitaba slogans de manifestaciones, con ficticios pseudónimos escribió algún artículo en la prensa local, asesoró a algún líder con citas a escondidas …. Cámaras y micrófonos le producían cierta alergia vital por lo que nunca se vio su rostro en actos públicos y jamás se escuchó su voz como un ecologista intolerante.

               En la escuela su labor se centraba en educar alumnos en el respeto al medio natural, insistiendo en que la Tierra puede ser cualquier cosa menos un basurero. En claustros y reuniones se mostraba pacífico, abandonando toda pretensión acusatoria, cualquier actitud de posesión de la verdad y procurando conciliar posturas aunque para eso tuviera que relajar la suya. Defendía que un logro bajo acordado entre muchos era un enorme logro para todos.

               Partidario del prevenir mejor que del curar y de la opinión que establece que el que contamina lo deja como estaba, ¡se siente!, nunca estuvo en política. ¡Su opción fue la Naturaleza! Pasaba de intenciones de leyes y ministros pues para él prevalecía el concepto: “Dejarlo como estaba antes de la incidencia”…..si tiene que pagar que pague el infractor, pero el concepto es claro: “Dejarlo como estaba”: léase Mar Menor de Murcia, cualquier tipo de incendio intencionado, montaña paseada o playa y botellón. No se trata de descontaminar, se trata de no contaminar y advertía que la ecología no es de derechas ni de izquierdas. La Tierra necesita la colaboración de todos.

               En el ámbito personal su yo resultaba exigente y riguroso: senderista basurero de caminos y cunetas que recogía en una bolsa todo tipo de residuos; paseante urbano recolector que introducía en los contenedores lo que otros habían sacado o dejaban a sus lados; su casa era una colección de selectivos contenedores: orgánica, metal, madera, vidrio, papeles, pilas, envases, ropa, aceite, ….la lavadora siempre la ponía llena y en su lavavajillas no cabía un plato más; cisternas con dos compartimentos eran obligatorias en sus cuartos de baño; la radio siempre baja, folios por los dos lados, cubo para recoger agua de la ducha hasta que llega la caliente, agua de lluvia para la plancha,…Criticaba duramente que con agua potable se regaran las plantas, se lavaran los coches o se usara a diario en el mismo WC. Pagar bolsas de plástico en los supermercados era una absurdez total que nada soluciona…. Lo de comprar cuotas de CO2 a países más pobres era de sinvergüenzas además de insensatos…. La cría de ganado, en su forma intensiva, era calificada como doble maldad por el daño a la tierra y a la especie animal, … avisaba de que una economía mundial basada en el consumismo y en la super – explotación de recursos no puede acabar bien…. La Tierra es un ser vivo y siempre ha respondido a los ataques…..Y recordó a su madre barriendo el empedrado de la puerta de entrada del cortijo en tiempos de su infancia.                            

Publicado en Diario Córdoba 6/10/2021

27 enero 2022

El cántaro de hielo

 

Cántaro tradicional hecho a mano 40 cm de altura y 27 cm de ancho
 alfarería m. zabala (Toledo)

               Estamos ante un humilde cántaro de barro que pasaba las noches al relente. Su agua procedía de una potable fuente pública. Solo, al lado del pozo, debajo de la parra, contra la pared blanca, destacaba su roja silueta. La penumbra, en la noche, lo cubría cuando el aire, el ambiente y el agua de los charcos comenzaban a enfriarse. El mercurio se contraía en el termómetro y una tiniebla, entre azul y morada, conformaba las sombras mientras la luna mostraba el plateado de las hojas de un olivo justo al lado. Era un invierno crudo.

               La frialdad de la húmeda madrugada cuajó la noche y el cántaro de barro crujió, se partió en dos pedazos. Solo lo contemplaron el pozo, la parra, el olivo y la luna, en medio de una estridente soledad.

               Por la mañana el niño salió al patio y ante sus ojos apareció un cántaro de cristal, sólido y transparente, efímeramente bello. La principal diferencia estribaba en la falta de un asa. Parecía mucho más un gran jarrón que un cántaro. Jamás podría llenarse a pesar de su forma. Su alma era sólida.

               ¡Mamá!, gritó, entre espanto y sorpresa: El cántaro se ha roto y en su lugar tenemos un cubito de hielo que ha heredado su forma.

               Pero ¿Qué estás diciendo?, alma de cántaro, le respondió la madre. ¡Tú estás viendo visiones! ¡¡¡ Ya estás desayunando!!!. Aun así, la madre se asomó.

               ¡Anda, pues es verdad! se dijo para sí, maravillada al contemplar la insólita escultura.

               Un rayito de sol, que viajaba en el aire por el este, consciente de la desnudez del hielo, de forma natural, inauguró el combate que luego arreciaría al entrar en el juego un sol de oro brillante. Por el perfil del cántaro de hielo empezaron a deslizarse lágrimas frías. Las gotas, derretidas, parecían manar de aquella piel de hielo cristalino, dando lugar a un charquito en el suelo.

               El niño, con ojos muy abiertos, no se perdía detalle. Tienes que irte ya, le sugirió la madre. Pero es que cuando venga ya no podré mirarlo, ya no estará, le respondió el chaval. Estará de otra forma, las cosas cambian, le respondió la madre. Tendrás que acostumbrarte. ¿Sabes? Al cubito-jarrón lo pondré en un barreño y aprovecharé el agua. En cuanto al barro roto, cogeré los pedazos y los pegaré todos. El niño agarró su cartera y se fue para el cole sin poder desprenderse de la imagen helada de aquel enorme huevo que moría poco a poco. Nada se podía hacer ante aquel sol naciente. Su madre lo besó y le calentó el alma. El chico se fue cole. Sacó su piedra -a modo de balón- y a base de patadas la transportó hasta la misma puerta de la escuela. La recogió, la guardó en su cartera y atravesó la puerta. El maestro ya esperaba.

Interpretación de Goval (Febrero 2022)


19 enero 2022

El naranjo torcido

 


               Cuando era un niño se me quedó grabado aquello de que el árbol desde chiquitito. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de lo frecuente que es repetir frases o refranes legados por nuestros padres y abuelos de tal manera que, al recordarlas, comprendes mucho mejor lo que realmente significan. Además puedes poner a prueba su veracidad: solo tienes que observar lo que sucede a tu alrededor.

               Corría el final del siglo XX cuando descubrí cerca de mi casa un naranjo inclinado hacia el este. Al principio no le eché mucha cuenta, pero me molestaba su visión quizás por la fuerte rutina de estar habituados a que los árboles huyan de sus raíces en vertical. Pasé por su lado muchas veces camino del supermercado. Era una atracción fatal la que la Tierra le producía. Su copa, a modo de cabeza, se humillaba hacia la salida del sol: claramente se podía identificar como una reverencia y un reconocimiento de la autoridad de nuestra estrella Sol. Un día me paré y observé que estaba sano y fuerte, pero su amor por el saliente era más que un deseo. Era una realidad física.

               Me propuse arreglar aquella pertinaz tendencia, anormal para mí. Encontré recias cintas de plástico de embalajes de motos, las cuales, amarradas a unos postes de hierro que impedían el acceso de coches al espacio entre bloques, consiguieron forzar su inclinación hacia la verticalidad. Pasaron unos días sin novedad, pero al quinto o al sexto las cintas se habían roto y el naranjo, como aguja vegetal imantada, volvía a marcar el este con mayor insistencia. Noté que tenía fuerza y no me permitía ponerlo algo derecho. Con varios palos de madera, anclados en el suelo, intenté levantarlo. A duras penas, el árbol, se enderezó un poquito, pero el intenso pulso que mantenía con los extremos de los robustos palos que le obligaban a mantener cierta esbeltez, era demasiado fuerte. Mi interior me decía que era una lucha desigual y costosa, pero no cejé en el empeño.

               Dos días después volví a pasar por allí. Habían regado y los palos, ante la inconsistencia de la tierra mojada, cedieron posiciones. El naranjo exhibía su inclinación como una victoria. Uno de los palos, posiblemente ya bastante cansado, reposaba en el suelo. Los otros dos dudaban si caerse. La impotencia, a veces luminosa, me llevó a pensar que la inclinación no era un defecto, sino algo natural y frecuente que podía hacer de la Naturaleza algo singular, pero mi cerebro no lo aceptaba como tal. Fue entonces cuando con palos y cuerdas, juntos, diseñé un sistema para tirar del dichoso arbolito hacia el oeste. Con periodicidad semanal tensaba las cuerdas y empinaba algo esas maderas que intentaban llevarle la contraria a su obstinada dirección. Pareció corregirse algún centímetro pero alguien cortó las cuerdas y retiró los palos: su tronco recuperó el terreno engañosamente cedido. Me recordó al junco que se curva ante el viento, pero una vez calmado la planta recupera su primitiva posición. El instinto natural de este árbol, cual brújula botánica, era mantener el este como la quilla de un barco encallado en las rocas.

               En primavera atacó la sequía y, semanalmente, lo regué durante varios meses, sobre todo en verano. Mejor un árbol inclinado que seco. El árbol agradecido me ofreció su mejor imagen y me correspondió con un verdor intenso. Sus abundantes hojas brillaban de salud. Pero, una vez nutridas sus raíces, ante la persistente cabezonada oblicua del vegetal me aburrí y poco a poco me olvidé de él. Su destino estaba marcado. Durante años, quizá entre cinco a seis, lo he visto sin mirarlo pero, de repente, hace unos días, volví a caer en la cuenta de su buena salud y de su amor eterno por el naciente sol. Se ha hecho más robusto y está más que frondoso. Su autonomía es total y, como cabra que tira al monte, él sigue apuntando hacia donde lo ha hecho toda su vida.

               ¿Qué me he encontrado ahora? El árbol tiene el tronco más grueso y una i griega, Y, gigante de madera, que alguien le colocó, lucha impotente ahora contra ese apartamiento de la vertical. En su pie le han salido dos hijos muy derechos, perpendiculares al cielo y a la tierra. La convivencia entre los tres es total. Viéndolos se me ocurrió pensar que de progenitores torcidos pueden salir retoños muy derechos y que ideologías extremas – con la lima del tiempo y la experiencia – logran moderación. La Naturaleza y la vida parecen compensar las tendencias de uno y otro lado, dando lugar a una prodigiosa diversidad que alberga lo uno, su contrario y lo del medio. Todo tiene su sitio y nadie es más que nadie. En el escenario del tiempo caben mezclas de eventos y circunstancias – a veces naturales a veces artificiales – y juntos determinan, aliñados con dosis del azar, lo que permanece y lo que se va.

               Inclinados o derechos, todos los árboles tienen la misma oportunidad de existir y no está bien eliminar ninguno. Todos aportan oxígeno y hacen el prodigio de transformar el ceodos (CO2), el agua y las sales minerales en troncos, ramas, hojas y frutos. Lo de la inclinación, realmente, es secundario…. Y al árbol no le importa. en el terreno humano son las inclinaciones las que más nos definen.

               A la vista de los dos vástagos derechos, se me ocurrió pensar en cortar el naranjo sesgado. Desaparecido el principal y antiguo propietario de ese trozo de tierra, sus descendientes aprovecharían sus potentes raíces, formadas con los años, para crecer mejor y más, para consolidar su perpendicularidad, pero deseché la idea. Debe ser la Naturaleza la que solucione el problema que ella misma creó. Será ella quién decida el cómo y el cuándo. De momento siguen creciendo los tres en amor y compaña y a mí me gusta verlos.

               Me equivoqué. Lo natural ha sido interrumpido. La mano del hombre precipitó un fatal tala criminal. Ha pasado un año y alguien ha pensado que, a pesar de su oblicuedad, lo mejor era quedarse con el padre. Los dos vástagos han sido cortados por su pie y dos tocones tímidos indican el lugar donde estuvieron. Al padre no le han preguntado y desde su cruzada posición destila soledad. Ahí sigue, fuerte, vigoroso e inclinado dando fuerza a otros vástagos.




10 enero 2022

Entre locura y realidad

          Es la tercera vez que publico este artículo, cada vez ligeramente corregido y a mi entender, no acaba de perder actualidad. ¡ Salud!



            Entiendo que vivir es un mix de experiencias, desdicha, sentimientos, felicidad y súplicas, trabajo, preocupaciones, viajes, política y salud, contradicciones, lo malo, lo bueno, torpeza, sabiduría, etcétera, etcétera. La mezcla es la esencia de lo cotidiano y a veces nos resulta difícil identificar lo fundamental porque, normalmente, se nos muestra disfrazado. Todo forma parte de todo lo demás. Todo está conectado. Las conexiones, a veces invisibles, dominan los espacios. Las interesadas más. Mientras tanto, las mentiras forman parte de cualquier verdad, lo blanco se combina con lo negro y las sombras se confunden con la luz tejiendo zonas de penumbra. Lo que puede ser bueno para la Naturaleza y para la vida se convierte en un problema a la hora de intentar comprender las realidades social y política. Ante la galaxia de opiniones e intereses, estos escenarios cristalizan en ilusiones mentales difuminadas, en desvanecidas nubes sin perfiles: existen pero nos resulta muy difícil interpretarlos y llegan momentos en los que ¡¡¡Ya no sabes a quién creer ni lo que creer !!! Lo sencillamente complejo ha sido sustituido por lo complicado de la sencillez.

            Entiendo que tanta tergiversación y tanto retorcimiento intentan que no lleguemos a comprender y, en ese maremagnun de falsedades, pretenden que no tengamos elementos de juicio claros para pensar por nosotros mismos. Casi todos nos mienten. Son unos embaucadores que quieren que aceptemos sus mentiras como nuestra verdad y, sobre todo, que seamos obedientes y sigamos sus pautas. Todos trabajan para convencernos no de su bondad, sino de la maldad del otro. La política ha pasado de ser el arte de lo posible al magistral arte de la mentira. En mi opinión, esto explicaría el auge de cualquier populismo: mensajes nuevos, directos y simples, concretos y políticamente incorrectos, aunque en el fondo sean más de lo mismo o incluso peor, porque para entenderlos entran mejor debido a la ley del mínimo esfuerzo al sobreponer las emociones a la razón.

            Armas tradicionales son y han sido: El poder, lo pícaro, lo válido, el implacable tesón, lo práctico, el brillo, la confusión, lo útil, nuestros euros, lo manejable, las imposibles promesas, lo reutilizable, la vivienda necesaria, las trampas, la agresividad disfrazada de pacifismo, el pisotón, la discriminación, el bofetón, la exagerada adjetivación, la envidia, el engaño, la intolerancia, el enfrentamiento, la frialdad, el sentimentalismo, el futuro bienestar, la insensibilidad, el avasallamiento, el aislamiento, la soberbia, el quítate tú que me pongo yo, el engreimiento, lo vacío, la imagen, el marketing, la psicología social, los big – data, el doble rasero, la falta de compromiso, la falsa solidaridad, tusproblemassonmisproblemas, la tergiversación, el puro interés, el chantaje, el ocultamiento, el insulto vestido de alabanza, el sectarismo, etc.

            Resultaría difícil, muy difícil, establecer una priorización y mucho menos una clarificación de estos componentes en una situación cotidiana o ante un problema social o sanitario grave. Intereses e interesados se encargan de que esto nos resulte imposible. Pero es terriblemente fácil darse cuenta de que lo que nos rodea contiene significativos porcentajes de todo lo anterior. Siempre lo hubo en el mundo. Siempre existió. Pero hoy parece estar más presente que nunca.

            Tigres disfrazados de payasos que inauguran cementerios. Reuniones de focas ordenadas y sentadas que se dan la palabra cuando el semáforo se pone verde. Fábrica de ideas enlatadas con precinto de garantía y con fecha de caducidad. Iglesias llenas de pájaros sentados con botellas de butano amarradas a la espalda. Cuerpos acostados en catres sin somier y sin colchón, sólo con sábanas. Pensamiento único. Escuelas llenas de paja esperando que lleguen los burros. Farmacias que venden menús de cócteles venenosos. Gobierno teledirigido desde la cárcel. Barcos con patas de avestruz que sustituyen al metro y al centímetro. Bolígrafos en estado de catalepsia. Uñas que crecen hacia dentro. Ballenas que incendian montes. Partidos de fútbol jugados entre serpientes con pelota de granito. Libertad presa, ministros chatarreros vestidos de alienígenas, odios disfrazados del buen samaritano… ¡No os preocupéis, todo va bien, es normal! ¡ Se avanza!

            Elefantes que caminan por los hilos del teléfono llevando cada uno una palabra. Asesinos que conferencian en universidades. Enamorados condenados a desenamorarse por tribunales de águilas. Latas de comida para el 3.500 donde los conservantes totalizan el 95 % de su contenido. Inútiles que legislan, gobiernan y dicen todo lo que se les ocurre a través de una cebolla microfónica. Robots vestidos con corbatas y papel higiénico haciendo el amor a un bidón de gasolina. Traficantes de droga repartiendo cuadros de Goya y Picassos entre buitres con corbata. Arquitectos que construyen hormigueros y panales para abejas de plástico. Presidentes y ministros vendiendo hamburguesas metálicas caramelizadas con sabor a fresa. Guitarras que tocan cuando se les sopla por una clavija. Manzano repleto de jeringas. Palabras sin letras. Cielo sólido. Políticos que escriben la Historia. Ministerios que no saben sumar muertos del Covid. Fallecidos sin rostro. Contagios virulentos por centenares de miles. Inflacción del 6%. Gigaprecio para la luzy el gas. Homenajes a etarras asesinos. Montañas de mentiras. Moscas que venden el invierno, obispos asimétricos vestidos de Flash Gordon, móviles como camiones colgados de la frente, desiertos de arena en los Polos, despilfarro de agua por el norte que provoca terrenos muy sedientos por el sur, incapacidad para gastar los fondos europeos, crispación interesada convertida en espectáculo,....

            No os preocupéis, todo va bien. Es normal. El tiempo camina a nuestro favor. Nadie quedará atrás,.....

            Hospitales convertidos en supermercados, bancos transformados en cuevas de ladrones para perder miles y miles de patatas en metálico, periódicos con hojas de cemento, luz oscura, sol frio, nieve negra. Mares como sepulcros, llaves de azúcar. Granjas de tijeras medianas y pequeñas que hablan inglés. Mesas sin patas. Palacios de hielo convertidos en morgues. Ojos sin cara. Enanos mentales sinvergüenzas mutados en intelectuales éticos. NO TEMÁIS. TODO VA BIEN. ES NORMAL. EL TIEMPO AVANZA A NUESTRO FAVOR. NO HAY PROBLEMA. ESTAMOS TRABAJANDO. TODO ESTÁ CONTROLADO.

05 enero 2022

Lluvia, farmacia y bar

 

Córdoba: Panorámica (Foto de S. Muriel)

    Llueve. Es noche cerrada en el centro de Córdoba. El bar y la farmacia, objetos de estas líneas están puerta con puerta. Entre el agua que cae y el tinto que bebo, la realidad invita a fantasear: mi bolígrafo aspira a ser  una varita mágica. Es invierno. A causa de la gripe y del Covid, también a resfriados, la gente necesita la ayuda de los fármacos y, por miedo al contagio, hace cola en la puerta. No entran. Todo el que llega pide su vez y aguarda turno religiosamente. En fila india, el personal se refugia en el toldo que la cafetería mantiene desplegado. La dueña, bajita, morena y regordeta, con muy malos modos, increpa a la laica procesión formada por mor de la salud “porque su toldo no está para cobijar a los clientes de otras tiendas” y además, les suelta “Me mancháis los cristales al rozar los abrigos”. La gente con incredulidad la mira, se remueve en el sitio pero no lo abandona. Sigue bajo el toldo.

    Decidida, la montaraz mujer entra en el bar, guarida desde ahora, y con genio gira la manivela que enrolla la loneta. Admito que ese gesto, para un observador casual como yo, me sorprende y perturba. El toldo opone resistencia y chirría pero ante la mano insistente de su dueña no tiene más remedio que ceder y plegarse. Dos chicas, al detectar las gotas, se amparan en la carpa de enfrente y comparten conmigo esa prolongación del bar – con paredes y ventanas de plástico - que en tiempos no lejanos estaba destinada a fumar. Eso también es mío, les dice la señora. Vamos a ver señoritas, o se sientan y consumen o se quitan de ahí. Pago mucho dinero por ocupar ese trozo de calle; además están los calefactores…..así que ¡¡ gilando!! Las chicas le aclaran que allí no molestan a nadie, que la carpa está prácticamente vacía y que serán tan solo dos minutos. ¡Ni dos minutos ni medio… ese espacio es para mis clientes y ¡por favor! un respeto a las canas. ¿Será posible? ¡¡Qué cara más dura tiene la gente joven!! le espeta a una cliente octogenaria que, desde el interior, la observa con ojos muy abiertos bebiendo su cerveza. Asiente pero no dice nada.

San Basilio (Córdoba)
Contrariadas, las jóvenes abandonan la carpa y vuelven a “la fila”, a la húmeda intemperie. ¡¡ Y quitarse de la puerta….que no dejáis entrar a la clientela!! ruge con voz felina desde dentro de aquella “leonera”. Una de las dos jóvenes, encapuchada para evitar la lluvia en su cabeza, no puede aguantar más y exclama: “Discúlpeme señora pero es usted h o r r o r o s a”. ¿Tendremos que desaparecer de Córdoba para que nos deje en paz? “Con que os vayáis de mi acera tengo bastante y para hablar conmigo no te tapes la cara. ¿Por qué te escondes? ¿Es que te da vergüenza? Señora, no me tapo la cara, solo me protejo del agua.

    El único cliente que había bajo la carpa, convidado de piedra hasta el momento, rebotó de su sitio y con tranquilidad, con una voz suave pero determinada, le dijo a la vociferante jefa: “Señora, nunca más volveré por aquí después de lo que he visto: su actitud de hoy forma parte del Everest de la insolidaridad”. “Si fuera inteligente evitaría que la gente se mojara. Conseguiría así nuevos clientes. Pero visto lo visto, seguro que es pedirle demasiado”. “Que tenga buena noche”. La superseñora le respondió que no estaba el horno para bollos, que la dejara en paz, que quién le había dado vela en este entierro y que se fuera con sus sermones a otra parte, que ella tenía mucho que hacer. Que le habían salido los dientes detrás de una barra, que estaba hasta el moño de consejos y que se estaba mojando por su culpa. ¡¡ Que se calle, coño!! terminó por decirle. Tanto se ofuscó la sabihonda mujer que de repente sintió un profundo mareo, sus piernas se aflojaron, la vista se nubló y cuando llegó al suelo ya casi había perdido el conocimiento. Alrededor de ella se formó el típico revuelo. Mientras tanto la lluvia arreció de lo lindo. Rosa, empapada por detrás y por delante tenía la cara lívida, los ojos entornados y balbuceaba algunas palabras que nadie conseguía entender. Una de las chicas abroncadas, con la lluvia corriendo por su cara, solicitó pasar: “Soy médico, soy médico, dejen paso por favor”. De rodillas sobre Rosa le tomó el pulso que notó acelerado. Rosa temblaba como un flan, estaba sudorosa, aturdida. Vomitó un par de veces. La chica médico suplicó: “Que alguien me diga algo sobre esta mujer, llamen al 112 por favor, llamen al 112…”. El tumulto y el alboroto llegaron al interior del bar. “Algo ha pasado en la puerta” comentó una cliente. Pilar, la camarera salió a ver qué pasaba y cuando se encontró a Rosa allí tendida no pudo remediarlo y comenzó a llorar: Pero ¿qué le ha pasado? pudo decir tragándose tres nudos de garganta. Pilar, despierta y avispada gritó: “Rosa padece de diabetes”. La médico miró, se levantó con una agilidad pasmosa, decidida. Las descargas de adrenalina actuaron como cohetes propulsores y con un par de saltos se coló en la farmacia: Por favor, es urgente, un set para diabéticos, glucómetro incluido. Salió. Dejen pasar el aire, le dio tiempo a decir….dejen espacio, por favor dejen sitio….Rosa, desmadejada, permanecía en el suelo. Entre el sudor y el agua de la lluvia su ropa era una esponja. Pinchacito en la yema del dedo, la sangre aflora rauda. La tira reactiva marca una hipoglucemia grave. La joven médico le inyecta un glucagón intravenoso. Todo ha sido muy rápido. Ahora tendremos que esperar unos minutos, dijo la chica. Que alguien traiga algo para abrigar a Rosa. Pilar traía su trenka cuando una ambulancia UCI hizo acto de presencia. Rosa empezó a removerse y abrió sus asombrados ojos ante el círculo de gente que la rodeaba. En medio de su desconcierto y desorientación, absolutos, preguntó: ¿Qué ha ocurrido aquí? Nada, un pequeño mareo, respondieron a coro los sanitarios. Parece que lo peor ha pasado, comentó el conductor y se llevaron a Rosa al hospital. La gente que miraba estalló en un aplauso para la joven médico. Ella, emocionada, no pudo remediar una lágrima y se fue con su amiga. Nadie sabía su nombre.

    Tras una noche en observación, sin mayores problemas, le dieron el alta y Rosa, lo primero que hizo fue volver a su bar. Había dormido bien y estaba relajada. Pilar y Rafael, los camareros, la estaban esperando. Al entrar se abrazaron los tres. Fuera seguía lloviendo. Sin demora, descorrió el toldo hasta que tropezó con la estructura de la carpa. Podría mojarse alguien, murmuró muy bajito. Luego fue a la farmacia a pagar aquel set que le salvó la vida. La farmacéutica no le quiso cobrar. Dijo que no tuvo importancia. Rosa pidió un papel y escribió: “Vale por un año de desayunos al personal de esta farmacia en la cafetería de Rosa. Los clientes de esta farmacia pueden cobijarse en el toldo de Rosa todos los días que llueva y durante el tiempo que necesiten”. Firmado Rosa.” Su ángel de la guarda, testigo de excepción, le había hecho comprender, minuciosamente, todo lo sucedido.

    Ese mismo día, atardecido, el cliente que abroncó a Rosa pasó por allí y vio el toldo echado. La gente que hacía cola para la farmacia disfrutaba de él. Rosa conversaba con ellos como si los conociera de toda la vida. Ángel, así se llamaba aquel hombre, se sentó en una mesa debajo de la carpa y, sonriendo, pidió un café. Rosa lo reconoció y le dijo: “Hoy, paga la casa”.

31 de diciembre de 2021

24 diciembre 2021

La dehesa transformada


  El mundo de las emociones y de los sentimientos es un vasto misterio: Resultan innumerables por su variedad, orígenes, niveles de intensidad, escenarios en los que se generan y expresiones que puedan concretarlos. ¿Cuántas emociones y sentimientos habitan en los seres humanos y de qué tipos? Al viajar por la red me he tropezado con una lista que describe hasta más de doscientos cincuenta. Seguramente encontraremos más.            

 Hay emociones positivas como son la alegría, la superación, el afecto, la libertad o la empatía. En casa de la negatividad habitan la ansiedad, el odio, la perfección, la venganza, la envidia, el desdén o los celos. En un tercer cajón podríamos encajar emociones y sentimientos ¿más neutros? Tengo mis dudas. Aquí podrían citarse aburrimiento, encanto, timidez, alivio, sorpresa, autonomía, concentración, firmeza, curiosidad, nostalgia, simpatía,….aunque será la intensidad de estos estados la que desplace a la persona hacia su beneficio o perjuicio.

               En todo caso emociones y sentimientos son esenciales para vivir y debiéramos aprender a digerirlos. No estaría mal que en casa y en la escuela se dedicaran diez minutos al día a esclarecer lo que encierra cada uno de ellos analizando situaciones cotidianas, fotos, poesías o pequeños relatos. La inteligencia emocional nos marca, es factor decisivo en nuestras vidas y es soporte para la profesión, en las relaciones humanas y también, por supuesto, para saber aprovechar el tiempo libre.

               Al pasear por la dehesa de La Jara me sorprendió el perfil del desgarro de una encina caída. Mis ojos se quedaron prisioneros en sus entrañas rotas de forma irregular. No pude resistirme y eché las fotos que ilustran estas líneas.




                ¿Qué emociones se adueñaron de mí ante tal infortunio? Mi primer desconsuelo fue pena y desolación. ¡Una enorme desgracia para un árbol¡ pensé, pero seguí mirando. Observé aquellos restos en silencio y descubrí un dragón desmembrado que parecía estar vivo y me miraba agónico, imagen caprichosa natural que el viento cinceló con su empuje asesino. Luego seguí sintiendo abatimiento, aflicción, agobio y amargura; angustia, asombro, ausencia; derrota, desaliento; desasosiego, desesperación, disgusto; estremecimiento, fastidio e impotencia; melancolía, nostalgia, pesadumbre y una tremenda vulnerabilidad. Me había identificado con la encina vencida y sus enormes trozos eran parte de mí. Lo que yo contemplaba era mi cuerpo fragmentado y sentí con terror la imposibilidad de unirlo. Este rompecabezas me generó un enorme dolor, realmente insoportable. Me alejé de allí buscando ayuda. A mi alrededor yacían otras encinas muertas, medio podridas, que imaginé personas. La dehesa había mutado en un gran cementerio.

22 diciembre 2021

Nochebuena con sardinas

                                                                                   Paz a los hombres y mujeres de buena voluntad"                                                    


            

                Era la Nochebuena. Posiblemente diecinueve sesenta. No lo recuerdo bien. La noche había caído aunque era media tarde. Con la mirada puesta en la ventana, el intuir el frio del exterior, te hacía sentirte a gusto. Alcaracejos, con impotencia y gozo, recibía una nevada enorme. Las calles, disfrazadas de un blanco paz, eran un espectáculo pasmoso y gratuito que te trasladaban a lejanos países. En las acacias, sus ramas no demasiado gruesas curvaban su esqueleto ante ese peso blanco que las embellecían y las incomodaban. De vez en cuando la nieve resbalaba por la pendiente verde que le ofrecían las hojas y estas recuperaban su inicial posición al vibrar y pararse.

 ¿Qué quieres de cenar? me preguntó mi madre.

                Yo, con mis nueve años, no me esperaba aquello. Mi madre decidía las comidas y el postre, y más en Nochebuena. Lo más frecuente era sopa de menudillo, algún pescado frito y aperitivos varios. Ya, para terminar, plato de polvorones con algo de turrón y copita, pequeña, de algún licor famoso, mejor 43, del que los niños solo se mojaban los labios o aspiraban su aroma.

                Sin dudarlo, le dije: La lata de sardinas, en conserva de aceite, es de mis preferidas. Pues vas y te la compras. Yo te daré el dinero.

                El abrigo, la calle y un extraño silencio, tan solo interrumpido al comprimir la nieve en un ambiente tibio, me hicieron trasladarme a un cuento, a una película en la que yo era el actor principal, lector y espectador.

                La tienda estaba abierta y Pepita me dio mi lata de sardinas. Definitivamente, esa noche fue una gran Nochebuena. Carraca y panderetas sonaban en la calle. Unos niños cantaban villancicos desafinadamente pero a mí me sonaban a música de ángeles. Una soberbia cena para un niño contento al colmar su ilusión. Mi padre, sorprendido, no salía de su asombro. El Niño, en un portal de corchos y maderas, sonreía levemente.

                Han pasado sesenta cortos años después de aquella noche y lo recuerdo todo como si fuera ayer. Demasiado tiempo para rememorar jornada tan espléndida. Mis padres ya no están pero los recupero cada vez que cenamos sardinas en aceite.

 Nota: Este relato corto es un pequeño regalo/confidencia para todos aquellos - as que me dedican un poco de su tiempo. Felices Fiestas para todos y muy especialmente, ¡¡ Felicidades para la Nochebuena!!

Publicado, justamente hace dos años, en mi otro blog: https://dubitandoexisto.blogspot.com/

 

15 diciembre 2021

Cuatro madres: momentos

 

 A.- Fue en Benidorm dónde hace treinta años escuché que “algunos tienen que disminuir para que crezcan otros”. Lo dijo la madre de un amigo que siempre estuvo dedicada a sus labores, dentro y fuera de la casa. Dentro para ayudar a la supervivencia cotidiana de su familia. Fuera para que sus hijos pudieran estudiar.

No era su intención, pero su entrega le permitió crecer con ellos.

             B.- Hoy coger el autobús ha sido todo un número: Una niña de tres o cuatro años se subió al bus como si fuera suyo. Exploró el interior y analizó a la gente con su mente infantil. La madre va detrás con un carrito. Aunque camina sola, va dando explicaciones en voz alta: "Es que es hiperactiva .....la niña grita ... da voces... ríe con risa estridente, bastante exagerada, y sin saber por qué .... Una abuela le dice: Qué guapa eres, pero qué guapa eres. La pequeña sonríe y nada por el suelo ... su mirada hacia el techo busca miradas cómplices .... Creo que es hiperactiva, es lo que se le entiende a la apurada madre que, para mi sorpresa, sigue hablando a la gente sin dirigirse a nadie….Esta niña es muy buena, es muy buena esta niña, pero no para. La pequeña sigue molestando: empuja, la gente le hace sitio y el pasillo del bus, desierto y despejado, queda para ella sola. Ha marcado terreno y todos, a pesar de la COVID, estamos más pegados, un poco apretujados contra las ventanillas. Los viajeros, impotentes, sin habla, observan en silencio la inesperada escena. La voz de la abuelita susurra como un eco cansado vestido de colores: Pero que guapa es, esos tirabuzones, esa carita alegre, esos ojos tan negros,....es que es hiperactiva, continúa repitiendo la madre. Me pregunto ¿quién ha crecido aquí? ¿La niña?, ¿los viajeros?, ¿la justificadora madre? ¿Alguien disminuyó?. El autobús se para. He llegado al destino.

             C.- Es medio día y estoy sentado en la terraza de una cafetería. Había previsto estar con un amigo oculto por el virus pero me avisa que no puede venir. Persisto en mi quedada, ahora ya solitaria, y decido tomarme la concertada copa a solas con mis musas. En la mesa de al lado una madre y dos hijos acaban de llegar. Piden unas bebidas y, en mi opinión, unas chuches de más. La madre coge el móvil, marca y conversa ausente. Su mirada se pierde en un ver sin mirar o en un mirar sin ver. Cualquiera sabe. Con la mano que se le queda libre bebe su botellín y gesticula, supongo que en armonía con la conversación que no oigo. La niña, algo aburrida, se asoma a la botella de refresco. Enfoca su interior y lo analiza como si fuera el ocular de un artilugio óptico. Su hermano mientras tanto, engulle gusanitos, patatas, aceitunas, mollete y algo del aquario de su hermana. Su bebida de cola se la tomó de un trago. Debía de tener sed.

            Tras un largo rato de charla por el móvil, la madre vuelve a tomar conciencia de su entorno. Su parloteo solo fue interrumpido por la caída y rotura del casco de refresco que el camarero, atento, barrió con rapidez: quería evitar que niños orbitantes alrededor de la madre y la mesa sufrieran algún tipo de herida. La mamá se levantó y pidió otra cerveza. No sé cómo pasó pero opté por quedarme, observar y anotar la situación en un autocorreo que a veces me remito. Toda la cháchara entre la madre e hijos ha sido regañar la primera por la quiebra del vidrio. El resto de este tiempo la adolescente madre lo dedicó al teléfono. Mamá, ¿nos vamos ya? dijo la niña chica. Hija, un poco de paciencia que acabe la cerveza.

En esto llegó él. Ella encendió un cigarro. Los niños juegan solos. Él se comió la tapa que a ella le pusieron en la segunda caña. De un prolongado sorbo se terminó la suya y les dijo a los niños: ¿Lo estáis pasando bien? Los niños gritan....¡ Siiii ! La madre al mayorcito: ¡No interrumpas cuando hablan los mayores! y ¡A la niña no se le dice perra! El niño tira hielos, la niña los evita, se tropieza y se cae. Ella gimotea un poco y yendo hacia su hermano le pega un empujón. ¡Niños estaros quietos! ¡Qué pesadez de niños!

Es ya la hora de irme. Me pregunto perplejo quién perdió y quien ganó. ¿Los niños? ¿La adolescente madre? ¿El ágil camarero? ¿El padre paracaidista? ¿La sociedad civil?

        D.- Parque infantil de Vistalegre, Córdoba, 12 de la mañana. Un niño de dos o tres años coge tierra del suelo y, repetidas veces, la arroja contra su madre. La mamá ni lo mira. Solo habla por el móvil. Gira sobre sí misma para evitar la tierra que el mocoso le lanza. El pequeño gira también y le busca la cara ¿ o quizás busca el móvil?. La madre sigue hablando. El churumbel insiste en el inmotivado bombardeo cada vez con más rabia. La madre comunica. La línea esta ocupada. El niño continua con los lanzamientos de arena, polvo y piedrecitas. Sus manos son pequeñas excavadoras que atrapan la tierra en su interior y luego la escupen con coraje. La madre sacude su chaqueta. El niño exasperado se ducha con la tierra una vez, dos, tres veces, cuatro veces, ... La mamá interrumpe el estúpido baño: ¡¡Niño!! ¿Estás tonto o qué? Un manotazo ha parado la ducha. El chaval se revuelve, coge una piedra grande y la tira a su madre. Esta ya, con un tic tac de nervios, guarda el móvil en el bolso. El niño la llama mientras busca un caballito de madera azul que tiene por patas un solo muelle enorme. P'alante, p'atrás, p'alante, p'atrás.......No se mueve del sitio, pero para el pequeño eso es ir de viaje. La madre lo observa y saca el móvil.

Es evidente que el día tiene muchos y variados momentos que retratan a padres y abuelos, momentos mejores y peores, pero estos cuatro, que no para nada son caricaturas, están sacados de la normalidad, son pura realidad y me dan qué pensar.





11 diciembre 2021

Manuela y Miguel

 

Este relato recoge la realidad de unos personajes con nombres ficticios. Los hechos ocurrieron en un pequeño pueblo de Andalucía que pudiera situarse en Huelva, Sevilla o Córdoba. Lo mismo da. Ni los nombres de los protagonistas ni tampoco el del pueblo importan demasiado.

***

Manuela y Miguel se casaron en 1920. Ella contaba con 23 y él acababa de cumplir los 27.

***

Manuela había nacido en el seno de una familia venida a más gracias al enorme trabajo e inteligencia de su padre. Su madre, ama de casa, experta en el ahorro, en el coser y en la cocina la enseñó desde chica. También a sus dos hermanas. Su hermano, el más pequeño, era el ojo derecho de su padre y se le permitió estudiar. Eran tiempos en los que las mujeres – y más en un medio rural - tenían muy complicado romper los moldes que el modelo social les imponía, a pesar de manifestar brillantez, soltura y eficacia.

          El padre de Manuela, Santiago, desde muy joven se dedicó al comercio. Negociaba con cerdos que vendía a carniceros, hasta que se dio cuenta que los márgenes de esta profesión eran muy superiores a los tratos de comprar y vender los animales vivos. Comprar al por mayor, un cerdo entero y vivo, y vender al por menor, un cerdo troceado y los productos derivados de su matanza, multiplicaba los beneficios. Así que, emprendedor empedernido, estableció su propia carnicería y se buscó personas expertas en la elaboración casera de chorizo, morcillas, curación de jamones, echar lomo en aceite, salazón de tocino, etc. Manuela y sus hermanas se hicieron mañosas chacineras. El trabajo era duro y madrugón, pero con las ganancias y la atinada administración de sus padres, pudieron adquirir una huerta. Sin perderla de vista, pusieron a su cargo a un hortelano que con oficio y trabajo mantenía a su familia y les entregaba cierto dinero al año, un pequeño alquiler. Además Santiago, con su recua de burros, daba salida a todos los productos que elaboraban: vendía por pueblos próximos, visitaba cortijos, ventorros, poblados de mineros,…. Su género era bueno y los precios ecuánimes. Vendió mucho y sus morcillas tuvieron buena fama. De esta forma el ciclo productivo era perfecto: criar cerdos, matanzas casi diarias, producción de embutidos, venta de carnes y de lo elaborado, ahorro de varios años, compra de algún terreno (un solar, una cerca, un pequeño olivar,….). Y vuelta a empezar.

Todo lo anterior para explicar que gracias al trabajo de su padre, Manuela, óptima observadora, conoció bastante bien sus negocios y fue experta en tratar con la gente, aparte de ser una gran cocinera. Santiago, sabio él, le preguntaba algunos pormenores a su hija. Le gustaba escucharla. Se podría decir, sin tapujos, que había dejado atrás a su madre a pesar de su juventud. Era una familia que había vivido mucho en la calle, entre la gente. Algunos les estaban muy agradecidos por lo bien que comían al trabajar con ellos, por pagar algo más y, sobre todo, por el trato esmerado que recibían.

***

          Miguel era el séptimo de once hermanos. En su casa nunca faltó de nada pero tampoco sobró. Sus padres, Rafael y Eloisa, eran conservadores, muy clásicos. Rafael siempre tuvo una tienda. Le venía de familia. Sabía leer, escribir y las cuatro reglas. Su establecimiento, propio del ámbito rural, era lo que conocemos por un colmado, un comercio mixto en el que se vendían todo tipo de mercaderías, desde alimentos y bebidas a zapatillas y herramientas. Era un hombre establecido, tranquilo, honrado y trabajador. Esa posición le permitió conseguir ser el delegado local de un conocido banco y concejal en el ayuntamiento. Se podría decir que su posición social sería la de una clase media acomodada.

Eloisa llegó al pueblo como hija del recién destinado médico. Como tal fue sujeta de una esmerada educación, algo rígida y desde luego dentro de la Iglesia Católica, apostólica y romana. Le gustaba vestir bien. Había ido a la escuela y había tenido la oportunidad de aprender algo de música y francés con una institutriz. Sus modales eran refinados y la prudencia su norma. En la calle llamaba la atención por cierta distinción y unos ojazos negros y profundos que no pasaron desapercibidos para Rafael.

          En una casa con once hijos y en aquellos tiempos, Miguel había nacido en 1893, el ambiente era el de un semicuartel con horario fijo para todo y todos. Su padre se pasaba el día entero trabajando y siempre estaba fuera: no era fácil mantener a una familia tan numerosa. Eloisa, su madre, siempre dentro, se ocupaba de comidas, educación, escuela, limpieza, compras, médicos y ropas. Necesitó, a diario, la ayuda de dos mujeres, aunque a veces resultaban insuficientes. Los hijos mayores se fueron haciendo cargo de los pequeños y de atender algunos recados. Un orden muy estricto en la casa, en los comportamientos y en las responsabilidades de cada cual, marcó a Miguel y a sus hermanos. Para algunos, como el caso de Miguel, fue norma de vida; otros optaron por el camino contrario y se desarrollaron como auténticos ácratas.

    Miguel y Manuela se casaron y desde el primer momento fueron independientes de sus padres. Miguel regentaba un buen comercio y un bar que daba comidas. Manuela, era el alma de la casa y desde luego de la cocina. Miguel rígido de pensamiento y de obras, a veces tenía dificultades con algunos clientes, pero allí estaba Manuela con su sonrisa y sus frases cortas para limar asperezas. A veces bastaba su silencio o su mirada. Su inteligencia emocional y su empatía, desbordantes, solucionaban la situación. Era un soplo de aire fresco en medio de incómodos debates. Sus palabras parecían finas gotas de lluvia que aliviaban el secarral que marcan las empecinadas diferencias. Miguel autoritario, Manuela tolerante. Miguel creía en un Dios castigador, Manuela en un Dios lleno de misericordia. Miguel más hablador, Manuela estaba más por la escucha. Miguel muy vehemente, Manuela sosegada. Manuela supo desde el principio que tendría que trabajar a un abrupto Miguel, pero se enamoró de él porque era un hombre honrado, amigo de la justicia, del orden en libertad y que albergaba un tierno corazón. Juntos se equilibrarían. Su instinto le decía que marcharían bien.

          Tuvieron cuatro hijos y lucharon a tope por darles de comer y algo más: siempre fueron conscientes de la importancia de su educación, entendiendo por ello formación en la escuela y respeto a la gente, a las cosas y a Dios. Se esforzaron muchísimo por sembrar en su interior unos valores cristianos y una cultura social sensible con los débiles, con aquellos que no habían tenido sus mismas oportunidades. Miguel les repetía a sus hijos, hasta la saciedad, el privilegio que tenían al poder disponer de botas en invierno, mientras que otros niños iban con alpargatas y con los pies mojados. Incluso otros descalzos. Había mucha necesidad. A los casos más críticos de estas pobres familias les fiaba en su tienda y a otros, en ocasiones, no les cobraba.

          Las cosas iban bien para Manuela y Miguel con las complicaciones propias de una familia en un pueblo andaluz, de ámbito rural y minero, con cuatro hijos y una tienda con bar.

La cuestión religiosa surgida en la Segunda República vino a enturbiar la tranquilidad de la familia. Para una persona como Miguel, educado en la ortodoxia católica y ambiente conservador, fue muy difícil de asimilar, por no decir imposible, la separación radical entre la Iglesia Católica y el Estado, tal como recogió la Constitución de 1931. España no tenía religión oficial (Art 3) y se prohibieron los colegios de las órdenes religiosas (Art 26), que luego se desarrollaría, en 1933, por la Ley de Congregaciones Religiosas. Pocas semanas después de haberse proclamado la Segunda República, se produjo la quema de conventos – entre el 10 y el 13 de mayo – primer conflicto grave de orden público que tuvo que enfrentar el recién nacido régimen. Decenas de edificios religiosos ardieron en parte o por completo, se destruyó patrimonio eclesial, cementerios de conventos fueron profanados, murieron varias personas y otras resultaron heridas. A Miguel todo esto le produjo una enorme desazón. Lo entendió como un mal presagio. ¿Qué estaba pasando? Para una persona de orden como él le costaba entender ese brote de violencia.

Lo anterior fue definitivo para la progresiva radicalización de Miguel, militante de Acción Católica. Esta institución, fundada en 1922, fue consolidada por Pio XI en 1931 para evitar la aniquilación del apostolado seglar por el régimen fascista de Mussolini. Fue la respuesta del Papa por haber decretado "Il Duce” la disolución de cualquier asociación juvenil distinta de las ligadas al partido único. Acción Católica agrupaba a los fieles bajo la jerarquía episcopal para recristianizar la vida pública y combatir la influencia del laicismo. Miguel se reafirmó en sus convicciones: se agarró a ellas porque estaba convencido de su validez.

En abril de 1931 se funda Acción Popular, partido español confesional católico. En su pueblo Miguel frecuentaba sus mítines y no ocultó nunca su devoción por estas siglas. La fundación de Falange Española en octubre de 1933 fue otra de sus referencias pues simpatizó con este movimiento desde sus inicios y le sirvió para identificarse con un grupo de personas del pueblo, todas de derechas y católicas en mayor o menor grado. Miguel tiene 40 años. La ideología de Falange era un fascismo a la italiana, pero con un rasgo propio: su catolicismo.

          Miguel tenía bastante claro lo que significaba ser católico en la España de 1930: su madre le había enseñado a rezar, a bendecir la mesa. Hizo, por supuesto, la Primera Comunión. Se casó por la Iglesia, iba a misa los domingos y fiestas de guardar, todos sus hermanos fueron bautizados lo mismo que sus hijos y el cura era una autoridad local. Había apuntado a todos sus hijos a la catequesis de los sábados y había recogido firmas en el pueblo para protestar contra los apedreos de que eran objeto por asistir a un acto pro-religión. Era amigo de procesiones, de la Semana Santa y de la Navidad y disfrutaba colocando juguetes en el balcón de su casa el día de los Reyes Magos. Por las noches daba gracias a Dios y rezaba un Padre Nuestro antes de ir a dormir, como cuando era niño. Por medio de la tienda practicó actos de caridad anotando, en ocasiones, la mitad de lo comprado por familias muy pobres. Su mujer, Manuela, era el alma mater de la casa. La respetaba y la quería. Se quejaba de que le reñía más de la cuenta, según él, sin motivo.

          La palabra fascismo no sabía bien lo que significaba porque Miguel no tenía estudios, pero su origen familiar entre conservadores, sus opiniones en blanco y negro, su posición social (industrial) y su círculo de amistades le hicieron caer en las proximidades de ese territorio, aunque su verdadera y fundamental ancla fue siempre su religión, la religión de sus padres y de sus abuelos.

          Como expresión de su ideología de derechas bastante conservadora fueron sus manifestaciones en favor de la dictadura de Primo de Rivera (1923 -1930) y su disgusto cuando este cansado, abandonado y enfermo dimitió en enero de 1930. Para colmo su casa estaba cerca del cuartel de la Guardia Civil. Conocía a todos los guardias porque eran clientes del bar. A veces fue su confidente de necesidades y problemas y a alguno, incluso, llegó a prestarle dinero, por supuesto sin interés.

          Analizando el cúmulo de circunstancias que rodearon la vida de Miguel se llega a la conclusión de que estaba predestinado a ser una persona muy amante del orden, conservadora, defensor acérrimo de la Iglesia Católica y con cierta sensibilidad social. Nunca perteneció a los ricos del pueblo ni al círculo de caciques, aunque la vida y los esfuerzos familiares lo incluyeron en una clase media acomodada.

          Su tienda era frecuentada por familias de obreros, mineros, trabajadores agrícolas y gente de clase media. Miguel tenía una libreta donde anotaba las deudas. Muchos debían cuentas atrasadas que iban pagando, poco a poco, por semanas. Al bar iba algún maestro de escuela, los guardias, representantes, viajantes, camioneros, etc…Los platos que preparaba Manuela eran excelentes, abundantes y a muy buen precio. Varias veces a la semana en la puerta de su casa le dejaban pescado fresco venido desde Barbate. El negocio tenía buenos pilares, entre otros las doce o catorce horas diarias que él y su esposa le dedicaban.

          Miguel nunca fue de clase alta, era un trabajador por cuenta propia, un autónomo que nunca los obreros tomaron por uno de los suyos … un padre de familia católico, apostólico y romano. Nunca hizo daño a nadie, nunca explotó a ningún trabajador …. pero le gustaba definirse, prefería las cosas muy claras, por eso el 18 de julio de 1936 tomó partido por la sublevación, seguramente pensando en un golpe parecido al que dio Primo de Rivera, pero se equivocaba: ni el escenario político de 1923 era el de 1936 ni Franco era Primo de Rivera….. meses antes  había sido detenido por dar vivas a la patrona de su pueblo en mitad de la calle. Estaba prohibido. La religión sólo podía manifestarse en los templos o en las casas.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Durante años Miguel había ido dando pasos hacia un destino fatal y trágico, hacia un precipicio mortal. En agosto de 1936 Miguel, tras unos días en la cárcel del pueblo, fue cobardemente asesinado junto a otros vecinos después de darle el famoso paseo. A España la esperaban tres horrorosos años de Guerra Civil.

***

          Es aquí donde empieza la historia que permite calificar estas líneas como un relato para la esperanza, porque cuando Manuela se queda sin marido es la parte que más nos interesa. Las líneas anteriores conforman el escenario que nos permitirá comprender lo que sigue:

Tenemos una Manuela destrozada por dentro, viuda con 39 años, tres hijos menores de edad y otro movilizado en bando nacional. Imposibilidad total para seguir con el negocio y viven en zona roja. Tampoco es verosimil la recuperación del cuerpo de su marido ni de ninguno de los asesinados. Y es ahí donde aparece la grandeza del espíritu humano y la tremenda fortaleza de Manuela. La noticia de los fusilamientos ha recorrido el pueblo. Personas de derechas y de izquierdas no dan crédito a lo sucedido. Al parecer han tenido mucho que ver mineros llegados de otras latitudes. La gente habla de algunos de Linares puestos de acuerdo con algunos del pueblo. Muchas personas acuden a casa de Manuela y a todos les dice lo mismo: “Mi Miguel llevaba muchas papeletas y le ha tocado la lotería. Todo esto es una lotería. Había comprado muchas papeletas y le tocó el mayor premio de la rifa. No queda otra salida que perdonar y olvidar”. No hacía ni veinticuatro horas…. El personal se queda estupefacto. No saben qué decir. Esperaban una Manuela rabiosa, encabritada, …. Una Manuela que gritara asesinos, hijos de la g….p…., salvajes, cobardes, manada de lobos hambrientos de sangre inocente, malditos… Manuela con sus tres hijos alrededor solo llega a decir…"Ha sido una lotería. Llevaba muchos números….Perdonar y olvidar”. Desde el minuto uno su pecho no albergó ni un segundo de odio. Seguramente no tenía muchas fuerzas y las pocas que retenía las usó para intentar animar a sus hijos y explicarles tranquila la ausencia de su padre.

          Vecinos y clientes de derechas e izquierdas fueron a darle el pésame. Unos le llevaron comida, otros liquidaron las deudas que estaban apuntadas en la libreta azul de tamaño octavilla con letra y lápiz de Miguel. Fueron muchos los que lloraron la pérdida de Miguel y lágrimas de izquierdas y derechas se juntaron en los mismos pañuelos. Pero ¿Cómo? ¿Por qué?... Si Miguel no perjudicó a nadie, tenía sus cosas como todo el mundo pero ¿qué hizo para que lo mataran? Manuela, compungida y llorosa replicaba: “Son cosas de la guerra”. “Perdonar y olvidar”. En esto un familiar, creyendo consolarla, le susurró al oído: “Ya llegarán los nuestros y tendremos venganza”. Manuela abrió los ojos, la miró con coraje y apretando los dientes le respondió inflexible: “Eso nunca. ¿Me entiendes?, nunca”. Pero….algo habrá que hacer, le respondió la otra. “Perdonar y olvidar es la única salida” le dijo dándole un par de suavecitos toques en la mano.

          A Manuela, vecinos y familiares, la ayudaron durante varios meses. Muchos querían mostrarle su cariño y solidaridad. Personas de la izquierda, avergonzadas por lo ocurrido iban a verla anochecido. Familiares y gente de derechas lo hacían a cualquier hora del día, pero sin señalarse mucho. Manuela les rogaba que no fueran a verla porque eso suponía un riesgo para sus propias familias. Manuela estuvo agradecida, especialmente, a una familia socialista que por la parte posterior de la casa, por el patio, le hacía llegar alguna cosa de comida. También a un carnicero que controlaba el racionamiento de carne: siempre guardó un trozo para su hijo que, empujado en la cola por hijo de fascista, lo relegaban al último lugar tras varias horas de espera.

          Con el apoyo y ayuda de los vecinos y amistades y – fundamentalmente – de su padre, Santiago, ya viudo, Manuela pasó unos meses hasta que pudieron pasarse a zona nacional donde recibieron todo tipo de auxilio como viuda de guerra con tres hijos menores. Tuvo noticias de que al dejar su casa, esta fue saqueada. Se lo llevaron todo, todo, todo. Además de los muebles y su cuidado ajuar reunido con los años, arrancaron puertas y ventanas: cuentan que hasta los azulejos de la cocina. Al parecer las paredes no tenían ni las alcayatas en las que un día se colgaron sus cuadros. Manuela ante estas noticias de execrables desmanes callaba y repetía: “Son cosas de la guerra. Las guerras vuelven locas a las personas”.

          El tiempo pasó y Manuela luchó por sus hijos lo indecible. Trató con sus escasos medios económicos, pero con gran sabiduría en sus palabras, de que sus hijos salieran adelante. Sobre todo entendió que la guerra pasó y que la envidia, el odio, el rencor y el resentimiento no debían de ser moneda de cambio en la postguerra. Lo que pasó, pasó. Su radio de acción no superaba a su familia, pero en su presencia nuca se habló de la guerra civil. Sus hijos se emanciparon. Manuela guardó silencio hasta su muerte. Con su padre, su hermana, cuñado y sobrinas vivió tranquila. Al menos aparentemente, a pesar de que el cuerpo de Miguel quedó en las profundidades.

          Un vecino allegado comentó que con motivo de la designación de su hijo mayor como alcalde del pueblo Manuela lo llamó y le hizo la siguiente recomendación: “Como yo me entere de que te vales de tu puesto de alcalde para tomar represalias contra aquellos que tuvieron que ver algo con la muerte de tu padre, me harás la mujer más desgraciada de la Tierra”. Habían pasado casi treinta años desde la finalización de la guerra incivil española, pero Manuela seguía manteniendo lo mismo que dijo al siguiente día del despiadado crimen. Su espíritu fue un terreno infértil para todos aquellos que intentaron sembrarle odio y resentimiento. 

    Por todo lo contado el ejemplo de Manuela forma parte de estos Relatos para la Esperanza. A mi entender es una vacuna contra la intolerancia, la envidia, los odios y el resentimiento. Es una vacuna contra la división, los enfrentamientos y contra la posesión de la verdad. Hay actitudes humanas que marcan el camino del encuentro hacia los otros, los diferentes, los que no piensan como nosotros y Manuela, sin estridencias, sin ruido y en silencio, marcó el suyo. Estamos seguros que otras madres y esposas de muertos en la izquierda y en la derecha marcaron el mismo rumbo que Manuela: Perdonar y olvidar porque fueron cosas de una guerra incivil entre hermanos.