04 septiembre 2026

Amantes efímeros, cuñados eternos

 

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Estamos en los Altos del Chaparral, pequeño pueblo andaluz, inmerso en el proceso de destrucción que conlleva implícito toda despoblación, ya sea natural, forzosa o híbrida. En el censo figuran 114 habitantes: 65 mujeres y 49 hombres. La agricultura y la ganadería son recursos para sobrevivir que no llegan a soluciones para vivir y mucho menos pueden catalogarse como negocio, en plena ola neoliberal al inicio del siglo XXI. Por fortuna, estos ancestrales recursos, y técnicas, de la humanidad ayudan siempre a sobrellevar situaciones críticas, independientemente de la fecha en la que se produzcan.

El desastre de la emigración, unida a la baja natalidad, se podía palpar en el pueblo con señales claras que lo indicaban. Así, el cura pasaba por allí dos o tres veces a la semana. Llevaban quince años sin celebrar un bautizo. La última boda se ofició hacía tres años: el novio tenía 65 y la novia 60. Habían pasado quince de relaciones, sin relacionarse nada. Cosas de antiguos, decía la gente.

En el pueblo no había niños, pero sí disponían de un maestro de adultos que daba clase tres días a la semana. En total, dedicaba seis horas porque tenía que compartirse con dos pueblos más.

El banco, obcecado en su escandaloso interés, abría solamente los jueves de 11 a 14 horas. El médico y la enfermera pasaban consulta tres días a la semana. Había establecido un servicio de urgencias con ambulancias para trasladar a los pacientes graves al hospital, situado a unos 15 kilómetros. Casi todos los mayores disponían del botón rojo y eran controlados a distancia mediante llamadas periódicas por teléfono.

La única tienda que estaba abierta procuraba tener de todo, desde sellos -el último se vendió hacía cinco años- y parafarmacia a zapatos y alimentos; también vendían sencillos repuestos de ferretería y electricidad, algo de ropa de temporada, bebidas, artículos básicos de mercería y pasatiempos, etc. En el centro de día —vital punto de encuentro— un monitor había recomendado hacer sudokus y crucigramas para luchar contra el Alzheimer y otras demencias similares. También jugaban al dominó y a las cartas, tradicionales entretenimientos con gimnasia mental incorporada y positivos momentos para el diálogo y la convivencia.

-       Mantener la mente activa sana el cuerpo y potencia el espíritu —era una de las frases que lucía en la pared principal del salón.

El pan lo suministraba a diario la misma empresa que distribuía las medicinas. Ambas mercancías las dejaba en la tienda y la gente pasaba a recogerlas. Al ser los medicamentos material sensible, las cajitas llevaban escrito el nombre del vecino con su domicilio, como si fuera una carta. La tendera desempeñaba todos los roles de vendedora: frutera, manceba, zapatera, dependienta, y hasta cartera. Su empatía natural, la llevó a desempeñar hasta labores de psicóloga. Escuchaba a los viejos, les daba conversación y comprendía perfectamente sus achaques y sus manías. La tienda era foco, sumidero, diván y, a veces, confesionario civil: comentarios, conflictos, críticas, enfermedades, comidas del día, viajes, etc. fluían entre sus paredes con naturalidad y sosiego. La gente decía que el “olor a tienda” era una droga que las empujaba —inevitablemente— a compartir su interior. La dueña, Mari Ángeles, empezó a tomar fama de confidente, curandera, hada madrina y algo de bruja. Disfrutaba de una tremenda inteligencia emocional que ella traducía en ventas y amistades.

La edad media de los varones estaba alrededor de los setenta; las mujeres andaban por los setenta y cinco.

Había decenas de magníficas casas en venta. Hijos y nietos se habían trasladado, para sobrevivir de mala manera, a las ciudades dormitorio de las grandes urbes. Era la tendencia. En el pueblo, por cuatro perras conseguías una casa con cuatro o cinco habitaciones, cocina, WC, patio y corral. Te dejaban todos los muebles y todos los electrodomésticos en perfecto estado de funcionamiento. Los viejos del lugar comentaban que en el país no había escasez de viviendas: el problema era que la población estaba mal distribuida y lo achacaban a la falta de previsión, miopía crónica de la clase política y a la casi nula inversión en viviendas de protección oficial.

Hasta aquí el escenario. Entramos en la acción.

***

Adelardo está casado con Juana. La pareja comparte casa con Miguel, hermano menor del primero. Los hombres se ocupan de las tareas agrícolas y ganaderas. La mujer, de la casa.

Adelardo y Miguel se alternaban entre el campo y los animales para evitar ciertas rutinas y no aburrirse demasiado, aunque había periodos en los que ambos se dedicaban a lo mismo ante la envergadura de la labor a realizar. Entre el trabajo y alguna subvención, el trio tenía sus necesidades vitales atendidas y siempre les sobraba algo de dinero que guardaban como oro en paño, para atender caprichos —pocos— o imprevistos.

Adelardo muere de un infarto. En tres días la casa se pone boca abajo. Todos los equilibrios conseguidos durante décadas se trastocan: la economía, el trabajo a realizar, el ambiente familiar, las conversaciones… Quedan solos una mujer gordita, de buen carácter y mejor ver, junto a un hombre soltero, algo rudo, con el que ha compartido comida y casa la mayor parte de su vida.

Ella es delicada, suave en las formas, femenina, limpia, trabajadora incansable, organizadora y con ideas muy firmes. Él es brutote, poco detalloso, inteligente, mal hablado, conocedor del pueblo y responsable en su trabajo.

Ya en el entierro de Adelardo, Juana se percató de que los abrazos de consuelo de Miguel la apretaban más de la cuenta. Echó la culpa a “las emociones del momento”. Ambos estaban destrozados ante la repentina muerte de Adelardo. En su interior admitió que esos abrazos —algo exagerados— la reconfortaban.

Pasados unos meses Juana observó que Miguel se aseaba con más frecuencia de lo que acostumbraba, pasaba mucho tiempo en casa y procuraba ayudarla —con torpeza, todo hay que decirlo— en las tareas del hogar. Sus manos se rozaban al recoger la mesa; sus cuerpos “coincidían” al dejarse el paso; la sonrisa de Miguel era más acogedora y sus conversaciones más relajadas. Miguel era más de hablar y Juana lo escuchaba.

Un día Miguel se presentó con una precioso ramo de flores silvestres. “Para la casa” -dijo. Las he cogido en el campo.

—¿Sabes Juana? — le detalló: El campo es el mejor jardín que conozco, el más bonito, el más grande y el más auténtico, pero la flor más hermosa está en esta casa y esa eres tú.

Juana entró casi en shock. Estupefacta sonrió para agradecer el cumplido.

A Miguel, inspirado por un fuerte deseo de posesión, le salió la frase de su vida. Una frase que volvió a alterar los débiles equilibrios conseguidos de puertas adentro después de la muerte de su hermano. A partir de aquel día, de mutuo acuerdo, durmieron juntos, en la misma cama. Ambos reconocieron sus necesidades. Juana sabía que se arriesgaba a un fracaso, pero su cuerpo le pedía intentarlo. Ya en el pueblo se había rumoreado su posible relación. Hombre y mujer, mismo techo, mayores de edad, cuñados, viéndose a diario, solos, …ocurrió lo que tenía que ocurrir.

Tras unos meses de fogosos encuentros —Miguel la llamaba “mi yegua brava”— el ánimo de la mujer empezó a decaer. Físicamente las cosas no iban mal, pero ella necesitaba alimentar su espíritu. Su alma no recibía alimento aunque su cuerpo estaba satisfecho. Las conversaciones de Miguel no salían del abono, de que si no llovía o llovía demasiado, que una vaca había tenido un mal parto o que la sementera no crecía lo suficiente. El hombre no daba más de sí. Jamás había leído un libro y nunca pisó una iglesia, aunque de pequeño aprendió a leer y a firmar. Escribir, lo que se dice escribir, sabía muy poco. Sin embargo las cuatro reglas las dominaba con facilidad.

Ella le pidió que saliera de sus noches y volviera a su dormitorio de cuñado. La categoría de amante le había resultado excesiva. Necesitaba un periodo de descanso.

Miguel lo hizo así, pero empezó a dormir bastante mal. Además, desde el espejo grande de enfrente de su cama, enmarcado en madera, observó que una desfigurada sombra le hablaba —o al menos eso creía él.

Tras unos días, la identificó con el espíritu enfadado de su hermano que le recriminaba su conducta. Le echaba en cara que no había pasado ni un año desde su muerte y ya “había cubierto” a su mujer decenas de veces. ¡Eso no se le hace a un hermano difunto, una persona que ya no puede defenderse! ¡Qué menos que un año de respeto a la obligada ausencia!

En su defensa Miguel alegaba que ella le había dado muchas facilidades y que se notaba que Juana no había sido una mujer guitarreada[1] y que “su huerto no estaba bien regado”. La soledad, el vivir juntos y las necesidades naturales habían empujado en una sola dirección.

El fantasma de la sombra de Adelardo se le aparecía todas las noches. Tras el primer sueño, Miguel se despertaba con temblores, otras veces sudaba, otras con taquicardia. Siempre era lo mismo.

—¡Mal hermano! ¡Has traicionado mi memoria en mi propia cama! Antes de cometer tales fechorías podías haberte ido “a cascártela con dos piedras o a joder ranas a un charco, que tienen el chocho fresco”[2], manifestaba la sombra adelardiana con cabreo.

Llegó un momento en que Miguel no quería acostarse. Dando cabezadas, se quedaba en la mesa camilla mirando la televisión o viendo arder la leña de encina en la candela con tal de no entrar a su dormitorio. El crepitar del fuego le relajaba.

Con Juana las relaciones se habían normalizado bastante. Los dos aceptaron que su lío estuvo bien, pero lo pasado, pasó. Como se necesitaban siguieron compartiendo casa, quehaceres, comida y conversaciones… pero era una intimidad limitada, institucional, una intimidad políticamente correcta entre examantes cuñados. Juana acudía a diario a la tienda. Siempre tenía una excusa para comprar algo, conversar del tiempo o enfermedades, recoger medicinas o intercambiar palabras con la gente con el único afán de entretenerse. Era una rutina diaria para tener la casa atendida y a ella le sentaba bien cambiar de ambiente.

Juana le preguntaba a Miguel que porqué tardaba tanto en acostarse. Él le respondía que prefería hacerlo cuando tenía mucho, mucho sueño. Echar una cabezadita en el sillón le venía de perlas. La televisión de fondo le servía de nana. Miguel nunca le comentó que entre las nubes del sueño se comunicaba con su hermano.

Una de esas noches de pesadilla y sopor Miguel se volvió a encontrar con la sombra de su hermano en el espejo. Esta vez casi sobresalía del cristal y le hablaba con muchísimo cabreo.

    Miguel, Miguel…

    ¿Qué pasa ahora? Ya he dejado de regarle el perejil a Juana. ¿Qué pretendes? ¡Me vas a matar con tantos sobresaltos! ¡Tengo el ánimo en tenguerengue[3]!

    ¿No has notado nada raro en Juana? ¿No te has dado cuenta de que está cambiada? —le dijo la sombra a través del espejo.

    La verdad es que no. Antes de lo nuestro la observaba más pero ya vamos cada uno a lo suyo. ¿está enferma? ¿qué le pasa?

    Tú sabes que los espíritus existimos en otras dimensiones y disponemos de quinientos sentidos. Algo me dice que Juana ha encontrado otro amor —manifestó la sombra de Adelardo.

    ¿Otro hombre? Es lógico que veas visiones. Eres un espíritu —afirmó Miguel extraordinariamente convencido. No hay hombres en el pueblo en edad de follinguear. ¡Yo soy el único! Todos los demás pasan de los ochenta. Están bien de salud, pero no tanto como para que su churrina[4] se emocione, se venga arriba y cause estragos aceptables.

    Te digo yo que sí, que hay otro hombre. Que Juana haya estado contigo tiene cierto pase porque “todo” se queda en la familia, pero que por culpa de un extraño yo no pueda pasar por debajo de los chaparros[5], eso no se lo perdono.

    Disculpa Adelardo, tú ya puedes pasar por donde quieras. Eres un espíritu y hasta puedes atravesar los espejos. Si pasas por debajo de un chaparro, por muchos cuernos que Juana te haya puesto, no moverás ni una hoja ni harás caer una bellota.

    Yo lo que sé que desde que me he muerto, estoy pasando más fatigas que un perro cagando lana[6]. Yo a mi Juana la llené de cariño y le he dado más besos que a la boca de una botija vieja[7]. Nunca pensé que iba a olvidarme tan pronto.

    Ya sabes el refrán —dijo Miguel: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

    Hombre, no compares, porque no se puede comparar. ¡Una cosa es comer y otra es joder! —emitió la voz salida del otro lado del espejo.

    Las dos forman parte del mundo de los vivos —objetó Miguel.

Ansioso, Miguel tuvo que levantarse a beber agua. Tenía la garganta seca y la lengua pastosa. La conversación se suspendió y en el aire quedaron las vibraciones emitidas por el difunto: Juana tenía “tema” con otro hombre. Miguel, entre intrigado y sorprendido, no contempló otra salida que observarla con más detenimiento.

         El aviso del espíritu de su hermano puso a Miguel en estado de alarma. A partir de ese momento su mente actuó como un scaner. Observaba a Juana en todos sus movimientos, se presentaba en la casa a deshora con excusas absurdas, le preguntaba si se sentía bien, etc. Tanto cambio —aunque procuraba hacerlos con estudiada prudencia— encendió en Juana una cierta inquietud. Un día, ante la intención de Miguel de conocer lo que había hecho esa tarde, Juana le espetó:

    ¡A ti te pasa algo! ¿Quieres volver a compartir el lecho? Pareces más un policía que un cuñado examante. Te pasas el día preguntándome qué hago y a donde voy. Empiezo a intuir que me vigilas y eso hace que me sienta muy incómoda.

    No me pasa nada —respondió Miguel. Únicamente me preocupo por ti. Aunque ya no compartamos cancanetes[8] necesito saber que estás bien.

    Pues no te preocupes tanto que me agobias. Dejemos las cosas claras: Si te necesito para algo, te llamaré, ¿de acuerdo? —objetó Juana.

    Será como tú dices, pero no puedo dejar de protegerte. Cuando vivía mi hermano hacía lo mismo aunque tú no te dieras cuenta.  Estoy solo en el mundo: no tengo parientes, ni mujer ni hijos. Solo te tengo a ti. Por nada del mundo me perdonaría que por mi culpa te pasara algo -aclaró Miguel.

    Yo también estoy sola y no te persigo —alegó Juana. Pasará lo que tenga que pasar. No soporto cercos ni grilletes. Creo que fue Cervantes, por boca de don Quijote, el que hablando sobre la libertad escribió que “es uno de los más preciosos dones; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

    Un sabio ese Cervantes, pero aquí lo querría yo ver, puntualizó Miguel. Ya sabes: “Del dicho al hecho va mucho trecho”.

    A mí no me digas esas frases porque, fundamentalmente, soy persona de obras — respondió Juana. Y dio por finalizada la conversación.

Miguel cambió de puertas para fuera, pero en su interior siguió vigilando a Juana a distancia. Incluso, sin que se diera cuenta la seguía a la tienda, a misa, o cuando visitaba a alguien enfermo. Registró la casa intentando buscar alguna pista sobre el supuesto nuevo amante. Lo único que le llamó la atención fue un nuevo frasco de colonia, desconocida para él, situada encima de la cómoda del dormitorio. Abrió la caja, la destapó y olió. No le recordaba a ningún perfume anterior. Le resultó un poco extraño. De sobra conocía los olores que emanaban de Juana. Definitivamente esa colonia no la había olido nunca. Cogió un trozo de papel y anotó la marca.

         La vida continuó con su monotonía…

Miguel no dejaba de recibir avisos del fantasma de su hermano… Aunque le costaba creerlo, cada vez era más consciente de que otra persona ocupaba los pensamientos de su cuñada.

Miguel analizó hombre por hombre a los vecinos del pueblo… sus conclusiones finalizaron sin candidato… El fantasma de su hermano era un celoso de mucho cuidado, un exagerado que solo vivía de su imaginación. Pensó que los fantasmas tienen tiempo de sobra y a este le dio por obsesionarse con Juana. Era un fantasma cabezón, obsesivo y celoso.

Fortuitamente Miguel fue a la tienda. Necesitaba un cerrojillo y unos tornillos para una puerta. También algo de silicona para sellar unos azulejos de la cocina y unos metros de manguera.

Recordó que en el bolsillo llevaba la notita con la marca de la colonia. Le preguntó a Mari Ángeles, la dueña y vendedora, y esta le dijo que la conocía, que era bastante buena, pero que no la traía por ser demasiado cara para las posibilidades de los vecinos. Al oír esto Miguel supo que la colonia no la había comprado Juana. No había salido de viaje. Tendría que ser un regalo de alguien especial, alguien de fuera del pueblo.

Entonces pensó: Los posibles candidatos tenían que ser de fuera del pueblo, gente que entrara y saliera... La verdad es que había unos cuantos: El médico, el cura, el conductor de la ambulancia, el maestro y el panadero. Este último traía también las medicinas. Eran más candidatos de los que Miguel se hubiera podido imaginar.

Por fin, la hipótesis de un nuevo amante se concretaba en nombres y apellidos. Hacer de policía lo estimulaba de tal forma que Miguel se hizo la persona más observadora del mundo. Su mente filtraba hasta el más mínimo detalle, esperando encontrar pistas que condujeran al meollo de la cuestión. Estaba dispuesto a coger a su cuñada in fraganti, si es que todo aquello cuajaba en algo.

         Miguel comenzó a analizar su reciente colección de sospechosos. Descartó al panadero. Era poco o nada probable que fuera él, ya que llegaba, dejaba sus mercancías y se iba. Podrían haber coincidido algún día en la tienda, pero serían presas fáciles de las vecinas y la tendera.

         Eliminó también al chófer de la ambulancia, pues solamente aparecía por el pueblo en caso de urgencia médica, todas imprevistas. Venía corriendo y salía pitando. Además, sus visitas eran irregulares e iba directamente a casa del paciente. Era un hola y un adiós.

         Que fuera el maestro el nuevo amante de su cuñada entraba en sus cálculos: unos horarios fijos a la semana garantizaban su presencia en el pueblo. Juana no iba siempre a clase, pero de vez en cuando aparecía por allí para matar el tiempo y entretenerse con la materia que fuera. Su asistencia era muy accidental y solía decidirla de repente. Siempre avisaba a Miguel:

    Hoy asistiré a clase, a ver lo que me cuentan —le comentaba en la comida del mediodía.

A tenor de las circunstancias conocidas, no parecía tampoco que el maestro tuviera muchas oportunidades para compartir el sexo de su cuñada.

Por eliminación llegó a la conclusión de que tenía que ser el médico o el cura. El confesionario y la consulta son espacios y tiempos de intimidad que, normalmente, carecen de duración fija. En ambas situaciones había margen para que el chamariz de Juana jugara con alguno de los zumbeles[9] y viceversa. Juana frecuentaba los dos sitios algo más que la escuela y una vez le contó a Miguel que el cura, para hacer más agradable la confesión, la invitó a utilizar la sacristía. Era un tú a tú más informal que facilitaba el diálogo y, quizás, otras cosas. La consulta del médico le pareció a Miguel el lugar ideal por aquello de “Desnúdese, la voy a auscultar” o ¿Me permite que la reconozca?, pero de ninguno de los dos tenía la más mínima prueba.

         Hablando con unos y con otras, se enteró de que el horario de la sanidad era fijo, fijísimo, mientras que el cura lo variaba con frecuencia debido a fiestas locales de los otros dos pueblos que atendía, entierros, bautizos, bodas, imprevistos, etc. Para que la gente no se despistara, en la vitrina de anuncios del exterior del templo, colocaba el horario de la semana con unos días de antelación. Si había cambios, llamaba por teléfono a la tienda y su propietaria colocaba el correspondiente papel que anunciaba los cambios.

         Miguel estaba muy intrigado, obsesionado. Por propia curiosidad, con algo de morbo, entendía que, si su cuñada era presa fácil, los sitios le entraban en la cabeza, pues tanto la sacristía como la consulta eran lugares posibles, pero no conseguía concretar el cuándo, ya que tenía a su examante bastante controlada. Se dijo que seguiría observando. Hay historias que llegan con la intención de permanecer y el fantasma de su hermano lo había conseguido con esta sorprendente situación rodeada de incertidumbre.

         El final de la historia fue rocambolesco. El pobre Miguel nunca se enteró de lo que pasaba. No se trataba ni del cura ni del médico. Juana, mujer abierta a sensaciones, tras sus dos amantes y hermanos, se le metió entre ceja y ceja una mujer. La tendera, Mari Ángeles, entre estanterías, le guiñó un día el ojo y ella sonrió. Lo tomó como un sí y no se equivocó. De inmediato la invitó a tomar café en su casa, en el piso de arriba. Advirtió al chico que le ayudaba que no las molestaran, que tenían que hablar de cosas serias. La pasión contenida desde hacía meses explotó en caricias, posturas y besos inverosímiles. Juana se estremeció como nunca, sintió como nunca, gimió como nunca. Le gustó. Desde entonces visitaba la tienda todos los días con la excusa de comprar o de hacer algún encargo. A veces, para despistar, se hacía acompañar de alguna vecina. En momentos concretos, Mari Ángeles le hacía un gesto y desaparecían con la excusa de probarse un vestido, enseñarle un figurín o tomar algo. Para la gente, su comportamiento era el de dos buenas amigas que compartían conversaciones y secretos. Nunca nadie sospechó nada. Los cafés o la ropa encubrían momentos de pasión desbordante que rozaban el éxtasis. Veinte o treinta minutos de intenso sabor a café eran suficientes. A veces el momento oportuno sucedía a las doce de la mañana, otras a las siete de la tarde. El horario daba igual. Miguel siguió buscando pistas, pero jamás sospechó que su cuñada se entendía con una mujer. Así son las cosas. Su espíritu de detective se fue desmoronando poco a poco, mientras su hermano, a través del cristal del espejo lo seguía acusando, cada noche, de inútil e incapaz.

         Una noche, cansado de soportar aquel suplicio, al escuchar la voz y observar la desfigurada figura, Miguel cogió su enorme bota y la lanzó contra el espejo. El cristal se hizo añicos, pero la voz se cayó para siempre.

    ¿Qué ha sido eso? —preguntó una Juana sobresaltada sin salir de su habitación.

    Nada —respondió Miguel. Sin darme cuenta le he dado un golpe al espejo y se ha roto. Mañana recogeré todo esto. Hoy estoy demasiado cansado.

    ¡Hombres! — oyó Miguel decir desde su cama.

Sin articular palabra, Miguel se dijo para sí: “Tenía que haberlo hecho hace ya mucho tiempo”.

Esa noche durmió como un bebé.



[1] Se dice de la muchacha que ha tenido relaciones amorosas con varios hombres. Vocabulario de los Pedroches – Juan Pizarro, pag 112, 1988.

[2] Pizarro, J.: Vocabulario de Los Pedroches, pag 113, 1988

[3] Equilibrio precario, en tínguili, tínguili. Vocabulario de los Pedroches. Juan Pizarro, pag 124, 1988.

[4] Miembro viril. Vocabulario de los Pedroches. Juan Pizarro. Pag 30, 1988.

[5] Ser cornudo. Vocabulario de Los Pedroches. Juan Pizarro, 1988.

[6] Vocabulario de los Pedroches. Juan Pizarro. Pág 112, 1988

[7] idem

[8] Copular, echar un polvo. Juan Pizarro, Vocabulario de Los Pedroches, pág 109, 1989.

[9] Chamariz y zumbel, coño y pene, respectivamente, según recoge Juan Pizarro en su libro El Vocabulario de los Pedroches, pag 131.

27 julio 2026

Oro en los Caños de Meca

 

Imagen creada mediante la IA

Desde mi nacimiento, pasé los veranos —al menos parcialmente— en los Caños de Meca. La estancia en tierras gaditanas, y en concreto en Vejer de la Frontera, era obligada entre los meses de julio y septiembre. Mi madre iba a ver a su madre. Oliva era mi otra abuela, la de Cádiz. Por desgracia, no conocí a ningún abuelo: al paterno lo mataron en la guerra civil en la flor de la vida; el materno, murió de una crisis de uremia en el 46. Los dos murieron jóvenes.

Vivir en Vejer suponía un cambio radical de sitio y de costumbres. En Alcaracejos no me implicaban en ninguna tarea doméstica. En Vejer, me convertía en un inmenso apoyo para mi madre y mi abuela: hacía todo tipo de recados y compras. Aún recuerdo los diarios octavos: de azúcar, de café, de harina, de mantequilla y los vales de trigo que se cambiaban por pan. Me pasaba las mañanas subiendo y bajando las empinadas calles de aquella fortaleza que fue Vejer. Partes de la antigua muralla habían sido engullidas por casas de vecinos o destruidas por el paso del tiempo: aparecían y desaparecían, recordando al Guadiana, pero en muralla. Las construcciones mantenían sabor y perfil árabe, pero muy reformadas. Ahora dominaba la construcción cristiana, aunque Vejer, mientras exista, seguirá siendo un pueblo instalado en la cima que rasca el cielo de Mahoma y de Cristo. Casi todas sus calles son unas cansinas cuestas, interminables y agotadoras. A mí me llamaba mucho la atención que, al entrar en las casas, los suelos fueran llanos. Esperaba suelos en cuesta, inclinados, escaleras que llevaran de una habitación a otra, pequeñas rampas interiores para ir de un dormitorio a otro. Pero no, el

Arco de las Monjas.- Vejer

suelo no era así. Las casas, o las tiendas, por dentro, tenían dos o tres niveles hacía arriba o hacia abajo y cada nivel era como la palma de la mano. Así, la casa de mi abuela tenía cuatro niveles: arriba —a ras con la calle Corredera— se ubicaban dos dormitorios con un cuarto de baño y un vestíbulo; luego, unas escaleras, empinadísimas, desembocaban descendiendo en el salón, cocina y un par de habitaciones. Si seguíamos bajando, una escalera casi vertical —de madera y sin barandilla— llegaba al lavadero, un granero, un corredor al aire libre para tender la ropa y un cuartillo de enredos. Por último otra escalera —esta vez de mampostería, con un par de recodos en ángulo recto y a la altura de una gruta que servía de palomar— te hacía aterrizar en el patio. Por debajo de él, ya no había nada, solo tierra. Allí vivían varios vecinos en casas cuevas. Yo los observaba con curiosidad desde la ventana del salón. Así que la casa de mi abuela daba, da todavía, a dos calles distintas: la Corredera y la Cantera. La primera era una calle noble, con balaustrada, unas vistas preciosas y casas de postín. La Cantera, sin asfalto ni adoquines, era una calle polvorienta, repleta de pedruscos sueltos donde instalaban algunas atracciones de feria. Si seguías descendiendo, por un serpenteante e incivilizado camino, llegabas a “la Barca de Vejer”, pequeño núcleo de población situado junto al rio Barbate. Desde la época romana funcionó como punto de paso estratégico, embarcadero y antiguo puerto fluvial que comunicaba la costa con el interior. Esta llanura fluvial es zona de marismas. En sus tajos, y cortados, se ha establecido una población estable y autosuficiente del “ibis eremita”, especie que en 1990 estaba catalogada como “en peligro crítico de extinción”.

Ahora, con el paso del tiempo, recuerdo los contrastes del ruido de la feria en “La Cantera”: dueños de las tómbolas y sus graves voces, de locutor de radio, convenciendo a la gente de comprar papeletas mientras la música altavoceada, y libre, se colaba por ventanas abiertas en aquel mes de agosto. Mientras tanto, mi abuela de luto, de cuerpo presente y la cara tapada por un velo negro. Al agitarlo el aire en la noche cálida, algunos murmuraban: “Parece que aún respira”. La letra y la música de las “Noches de blanco satén” ascendían por el aire… “Noches tan blancas, como el blanco satén, cartas escritas, que se rompen después. Y la belleza, que siempre ansié, me ha convencido, a declarar mi amor: Porque te quiero, siiiii…, te quiero, Uooh….. Cuanto te quiero” … Nada que ver el ambiente de la casa con la calle… el velo de mi abuela se agitó un poco más y yo, de madrugada, busqué la compañía de mi padre. Pasé la noche durmiendo en una silla, junto a mi primo Pepe, en medio de un ambiente muy triste. Las lágrimas humedecían las escaleras, los pañuelos y el aire de la sala de estar. Corría el mes de agosto de 1963, día dieciséis. El día anterior, quince, la Virgen de la Oliva había pasado por la puerta en su tradicional procesión y, no sé cómo, pero la pararon. Volvieron la imagen, cara con fachada, buscando la puerta de mi abuela Oliva, y la Virgen entró con su mirada. Duró muy poco tiempo, quizás ¿medio minuto? ¿un minuto? ¿quizás? .... Después la Señora de la Rama de Olivo continuó su camino. Dos Olivas unidas por el nombre y la fe: fue un emotivo encuentro con sabor a dolor de despedida. Siempre fui consciente de que mi abuela Oliva se lo merecía. Con todo el respeto, las Vías Dolorosas de la Virgen María y de mi abuela Oliva fueron, si no coincidentes, al menos paralelas.

        Muchos años después, recordaría yo esta escena, cuando la Virgen de Luna se paró para saludar a don Agustín en el camino de La Jara, recorrido que une su ermita con Pozoblanco. Don Agustín, padre de Elvira, mi mujer, había sido el pregonero de la Virgen ese año. El hermano mayor, al verlo, mandó parar el Paso provocando escalofríos y ojos vidriosos en toda la familia, familia que unida esperaba a la Virgen en su peregrinar hasta el pueblo. Curiosamente siempre he estado muy relacionado con personas muy ligadas a la Virgen: mi abuela Oliva, mi madre, don Agustín —un segundo padre para mí— y mi mujer. Los cuatro han manifestado tener una relación directa y especial con la Madre de Dios. Por fortuna, algo se queda en mí.

***

Yo tenía ocho años cuando me paseaba por la playa de los Caños de Meca buscando todo tipo de conchitas. Siempre lo hacía en la zona donde rompían las olas. Me hipnotizaba ver como la arena tragaba, una y otra vez, el agua y una ligera espuma dejaba sus señales. Iba con mi padre. Avanzábamos hacia “La Punta” —pequeño entrante arenoso como cima acostada formada por el choque de corrientes opuestas. A nuestra derecha, “La Alhaja”, formación rocosa que en línea recta, dejaba ver su silueta entre el movimiento secular de las olas. El nombre le venía al ser considerado como un lugar valioso de cangrejos, erizos, pescaítos, pulpos, etc debido al vaivén de las mareas.

Concha de abulón

Yo, niño invadido por la curiosidad, buscaba todo tipo de conchas, ya fueran grandes o pequeñas, caracolas o caracoles… las que más me gustaban eran unas nacaradas por dentro que al reflejar la luz daban tonos brillantes de múltiples colores. Era un intenso brillo iridiscente en tonos azules, verdes y violetas. Con el tiempo supe que era la concha de un abulón, molusco gasterópodo, muy valorado en artesanía, joyería y rituales. Su concha, ovalada y aplanada, presenta una línea de pequeños agujeros que el molusco utiliza para respirar, recuerda a una oreja humana. Resultaba emocionante comprobar que la concha devolvía, de colores, la luz blanca que recibía… También estaba interesado en buscar orejitas, casi planas. Con el tiempo supe que eran las tapaderas -opérculos- de una caracola marina -la Bolma rugosa-y que un señor las compraba para adornar la pared de su jardín ya previsto de unos pocos miles de ellas. Estas tapaderitas tienen una forma ovalada que evoca a la oreja humana o a una haba seca, con superficie lisa, brillante y de tonos anaranjados. Cuando el molusco muere y la concha se desgasta, el opérculo se desprende y entre las olas y las corrientes lo depositan en la orilla de la playa. La tradición popular les atribuye buena suerte.

Es esta buena ocasión para traer a la memoria la conexión Naturaleza & Matemáticas. Resulta que las conchas de los moluscos, como los caracoles y el nautilo, crecen siguiendo una espiral logarítmica, también llamada espiral geométrica o maravillosa, la cual se calcula mediante la famosa espiral de Fibonacci y la proporción áurea. Descifrar el lenguaje matemático en el que está escrito la Naturaleza es complejo y difícil, pero su orden está lejos del caos. Einstein lo explicaba diciendo que las leyes de la naturaleza y la armonía del cosmos son sutiles, algo difícil de percibir.

Opérculos

Todo lo anterior es escenario, algo previo a cualquier relato. Ahora continuaremos con nuestra historia.

Un día, al pasear con mi padre por la orilla, me percaté de un brillo especial entre la arena al retirarse el agua. Como siempre, miraba para el suelo buscando conchas. El hallazgo no fue casualidad. Fue lo normal. Me incliné y recogí un objeto semienterrado. Se lo entregué a mi padre, el cual reaccionó con rapidez y lo guardó en el bolsillo de su “Meyba”. Era un reloj y parecía de oro.

Seguimos caminando como si tal cosa.

—Tú sigue buscando conchas y caracolas. Cuando estemos en casa lo miraremos con tranquilidad — me sugirió mi padre.

En la casa, en presencia de mi madre, se confirmaron todas las sospechas: Era un reloj de oro macizo: un Longines, una joya, una preciosidad. Dentro no tenía nada de agua. El reloj seguía funcionando con total normalidad. Marcaba bien la hora. Desde 1937 Longines había estado investigando la sumergibilidad de estas joyas, objetivo que, en los sesenta, era ya un logro conseguido.

En los Caños se había comentado que un importante bodeguero de Jerez había perdido un reloj, que era un recuerdo familiar y que se recompensaría a aquel que lo entregase a la Guardia Civil. Mis padres, en un principio, pensaron en quedarse con él y así estuvieron unos días. Lo llevarían a limpiar y engrasar y yo tendría un fantástico reloj el resto de mis días, pero sus dudas aumentaron con el tiempo. Pensaron que cada vez que su hijo mirara la hora se acordaría de que aquel reloj no era del todo suyo. Además, un reloj de marca y material tan valiosos podría resultar una pesadilla: el temor a que lo robaran les intranquilizó.

Decidieron presentarse en el cuartel y depositaron la joya en la Guardia Civil. Dejaron sus datos personales y su domicilio habitual y ahí terminó la desazón. Insistieron en que el reloj había sido encontrado por un niño de ocho años mientras buscaba conchas cerca de “la Punta”.

Al cabo de un mes, el niño, por correo ordinario, recibió un paquete en su domicilio de Córdoba. Venía de Jerez. Los padres de David, nerviosos, abrieron el paquete pensando qué podría contener. Un señor bodeguero de Jerez, Longines de oro, joya familiar, … Aquel paquete debería contener un buen regalo. Entre cartones, y abundante papel, apareció un camioncito de madera, muy sencillo, pintado de vivos colores.

Al niño le hizo ilusión, pero el padre de David frunció el ceño. No lo pudo remediar y sentenció: “Si llego a imaginar este regalo, nos hubiéramos quedado con el reloj”. “Recuerdo familiar, bodeguero de Jerez, joya entrañable…” ¡Gilipoyeces!

Caños de Meca


17 junio 2026

Para Alejandro: Reflexión que termina en respuesta

 

En octubre de 2019, el día tres, el diario Córdoba publicó un artículo de mi admirado paisano Alejandro López Andrada. Con medidas palabras y argumentos penetrantes, Alejandro debatía sobre la sutil[1] inutilidad de la poesía. Por la fuerza de sus palabras y las encriptadas imágenes que el autor va sembrando en sus masticados párrafos, confieso que partes del artículo me impresionaron. Aún hoy me tienen impactado. Después de casi siete años, tenía pendiente el análisis de ese texto, exploración que -poco a poco- se ha transformado en respuesta.

En su primer renglón afirmaba Alejandro que “no es posible escribir el silencio en una línea”. Enseguida pensé que dejar una de ellas en blanco era una bonita forma, pero me dije: ¡Sebastián, eso es no escribirlo! Entonces le pregunté a esa gran “Nube” que ya es la Tierra y me respondió: “El silencio es el espacio donde terminan las palabras y el alma empieza a escuchar”. Demasiado largo, le dije. ¡Has de abreviar! Entonces repensó y me dio a elegir:

(1)    Silencio: pausa sonora donde el alma descansa y halla su paz.

(2)   Silencio: ausencia de sonido que permite escuchar los pensamientos.

Anonadado, dejo ahí las respuestas de “la máquina”.

En la segunda mitad de aquel primer renglón, un intenso Alejandro manifestaba que tampoco es posible “esconder el olvido en mitad de una metáfora” ¡Joder!, exclamé para mí, Alejandro no lo pone fácil. Temeroso, ante una IA cada vez más aguda pude leer en mi pantalla: “El olvido es la nieve que cae en silencio sobre las brasas de la memoria, fundiéndose en un murmullo helado que apaga los nombres y las horas. Queda enterrado, sin frío y sin peso, exactamente en el centro de lo que una vez ardió”. La respuesta me dejó entre estupefacto y ojiplático. Quise insistir y pregunté: ¿Esa respuesta es humana o artificial? Junto a otras explicaciones, la IA me aseguró que era una respuesta de creación propia. Creo que nunca lo voy a saber del todo. Mis neuronas siguen albergando algunas dudas al respecto.

Alejandro insiste: “El mundo es una caperuza de dolor bajo la que no hay cobijo para la poesía”. Hay que reconocer que aquí, Alejandro, es bastante original en la forma; la frase es buena, pero el fondo es conocido. Basta con echar mano de la letra de “la Salve”, oración mariana tradicional de los católicos. Recordemos unas líneas “… a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas…”. Aunque su texto actual se consolidó en varias etapas —similar a la construcción de una catedral— parece que la letra original de la Salve fue escrita en latín a mediados del siglo XI. Aunque se duda, se le atribuye a Hermann de Reichenau (1013 -1054). Alejandro, aunque está bien que lo recuerdes, en este mundo no encuentra cobijo ni la poesía, ni los asesinados en las guerras, ni los hambrientos, ni muchedumbres de emigrantes, ni los pobres, ni muchos viejos, ni los explotados de la tierra, etc… y son multitud los honrados que hallan posada con incontables dificultades. Por suerte o por desgracia, lo del valle de lágrimas es algo tan primitivo como la humanidad. Es un misterio tradicional que va unido a la vida. Paradójicamente el valle de lágrimas es manantial de poesía, por eso nunca será expulsada de la Tierra. No hay fuerza suficiente para apagar su luz ni su magnetismo

             Alejandro, llevado por un enorme pesimismo que espero fuera temporal, llega a afirmar que “hemos llegado a un colapso universal. Y contra esto no puede la palabra ni el mensaje de un verso”. Desde mi rincón, Alejandro, voy a matizarte un poco: La palabra no es una solución mágica, pero las palabras y los versos ayudan a cambiar el mundo, aunque los hechos son más definitivos y habría que optar por ellos. “La poesía fue expulsada de los colegios, de los institutos y las universidades”. No es cierto del todo. Quizás no tenga el peso que tú desearías, pero en los colegios, en los institutos y en las universidades hay alma y al alma no se le puede hacer un expediente de expulsión. ¿Sabes, Alejandro? Lo mismo que las Ciencias o la Filosofía, la Poesía no es fácil de entender. Se necesita tiempo y reflexión. Los tiempos, dentro y fuera de las aulas, han cambiado; los pilares de la educación han evolucionado; las fuentes de información se han revolucionado… Diez años es una eternidad en el mundo de hoy… Los alumnos siguen teniendo la misma edad de siempre, pero nosotros hemos cumplido años y la distancia temporal aumentó. Entiendo que los poetas, los filósofos y los científicos tendrán que modificar un poco su lenguaje y sus métodos si quieren adentrarse en las aulas. También es cierto que en esta sociedad hay demasiado ruido —interferencias— y ese ambiente no ayuda a la reflexión, elemento vital para los “ya” veteranos. No voy a caer en aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” porque eso es cerrarle las puertas al futuro. Creo que los caminos están en buscar la positividad, la fisura, en medio de las circunstancias que a cada cual nos han tocado vivir.

¿Para qué escribir versos entonces en unos tiempos donde el amor es a diario secuestrado por la soberbia, el odio y la ignorancia? -sigues diciendo. Es fácil, porque sin la presencia del amor, el poder de la soberbia, del odio y de la ignorancia serían mucho más fuertes y harían mucho más daño.

Creo que el día, o días, en que escribiste este artículo —impecable desde el punto de vista lingüístico— no fue tu mejor día. Altibajos tenemos todos. Por eso no puedo aceptar que digas que las palabras de Svetlana Alexiévich, refiriéndose a la tragedia de Chernobyl, “son inútiles y estériles”. Tú sabes, estoy seguro de que lo sabes, que palabra inútil es la que no se dice cuándo se debe de decir. Las palabras de Svetlana despiertan conciencias y recuerdan la magnitud y persistencia de un enorme fracaso humano. “Del egoísmo de los gobernantes y de la indiferencia de aquellos que miran para otro lado -aparte de tener los ojos vendados”-, no te voy a hablar porque lo explicas a la perfección.

Alejandro presenta en Vva del Duque su
último poemario "La huella azul"

No sirve de nada, por tanto, hacer poesía en mitad de una sociedad egoísta y ruin, huérfana de empatía y de ternura”. ¡Ay, Alejandro! Cuando uno se pone las gafas negras y escribe en negro con tinta negra todo se ve de ese color. Se me ocurre pensar que el fallo pudiera estar en ti por arrojar —una y otra vez— margaritas a los cerdos. Si tu esmerado cultivo de margaritas pasa desapercibido o se las comen, sin más, sin apreciar su belleza, es su problema. Tu oficio es producirlas, no convencer. El convencimiento es un proceso interno y personal que cada cual tendrá que recorrer, o no. La literatura empática y tierna hidrata la piel quemada de un mundo herido por la violencia y el odio. Tú produces ese bálsamo, ese remedio con el que Apolo y sus nueve Musas te adornaron. ¡Déjalo estar ahí! Si el mundo está ciego y no quiere ver, no malgastes tu tiempo y tu energía y tampoco consientas que se apague tu luz. Si, Alejandro, los tiempos no son buenos: incendios, corrupción, guerras, cambio climático, violencia, enfrentamientos… Creo que debemos sumarnos a una idea que Antonio Banderas expresó la semana pasada ante el Papa León: “Si los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores, porque, como decía San Agustín, vosotros sois el tiempo”. Pienso que ser poeta hoy está ligado con la resiliencia.

             No estoy de acuerdo contigo en que un amanecer o una puesta de sol sean algo pequeño. Sí te acompaño cuando dices que estos prodigios naturales pueden reconciliarnos con la felicidad, porque la felicidad —como bien sabes— no es un estado, es solo instantes.

             Como oportunamente señalas: “Deja que tu alma salga y se diluya entre los árboles y senderos amenos con aromas de silencio y de amor; anúdate al vuelo que despliegan las ágiles torcaces trazando piruetas de seda entre los pinos”.  “Oye al Guadalquivir, a los patos y garcillas soñando los caminos de tu infancia y tu pueblo”. Esa poesía no escrita, resulta esplendorosa y delicada. Deja que tu alma vuele enriquecida y regrese como un boomerang. Tu interior, “cual odre abandonado, se llenará gozoso”.

             Si al volver a tu casa y sentarte ante el ordenador, de nuevo te inunda la incertidumbre de la inutilidad de la poesía, adéntrate de nuevo en aquel poema inacabado y escóndete del mundo y sus miserias.

             Si eres feliz desgranando versos, estos no serán nunca torpes ni ridículos y servirán para paliar el miedo, atravesar fronteras e iluminar la luz. Tus palabras nunca serán anémicas ni frágiles porque claman ternura, justicia, caridad y empatía, rebeldía, deseos de iluminar. Eso que llamas mundo, siempre será egoísta regido por las sombras. Por eso estas aquí. Por eso eres necesario. Sigue, porque una sociedad desértica de versos sería un Chernobyl cultural forrado de mediocridad. ¿Por qué serpentear si estamos preparados para recorrer los cielos?

 Nota: Adjunto el artículo completo de Alejandro por si fuera de interés para alguien.



[1] La inutilidad de la poesía es un tema sutil y profundo. Se considera sutil porque su aparente falta de utilidad práctica es, de hecho, su mayor virtud: no sirve para producir cosas materiales, pero es vital para el espíritu. Su valor radica en lo inmaterial, lo que la convierte en una necesidad humana.


03 junio 2026

Os & as — Plus

 

Las pasadas elecciones andaluzas me dejaron una fuerte resaca producida por el uso abusivo del controvertido os -as, como dice un amigo osos y osas.

Comprendo la perentoria y eterna necesidad que tienen nuestros ¿líderes? políticos de intercambiar voces por votos, pero al escuchar algunos usos del lenguaje me rechinan las neuronas más profundas y algunas hasta pretenden escapar de mi cerebro. Supongo que no escapan por el blindaje que nos proporciona el cráneo. Además, su huida provocaría trastornos mucho más graves que el chirrido. Por fortuna, a lo largo de millares de años, el cuerpo humano ha generado soberbias defensas que ahora disfrutamos.

No voy de pureta de la lengua. Tampoco de académico y mucho menos de “esconder la presencia femenina”. Siendo muy niño —allá por los 60— aprendí que la mujer podía ser igual, e incluso superior al hombre, a pesar de estar supeditada a él política, social y administrativamente: en casa, durante bastante tiempo, la mensualidad de mi madre fue superior a la de mi padre. Por otra parte, mi madre tenía carrera y mi padre obtuvo el certificado de estudios primarios a los 60 años. Tengo que reconocer que esas diferencias no eran lo más común, pero me ayudaron a comprender. También asumí que las circunstancias de sus adolescencias fueron muy diferentes.

        Los maestros que tuve me enseñaron que los hablantes tendemos a transmitir la máxima información posible invirtiendo el menor esfuerzo físico y cognitivo. El principio de “la economía del lenguaje”, acuñado por el lingüista André Martinet, no significa pereza ni desigualdad, sino eficiencia. De ahí nacen las abreviaturas y las siglas, la elipsis, la simplificación fonética y la ley de Zipf. Las lenguas están en constante evolución, están vivas y tienden a la concisión y a la síntesis. Ahí está el inglés. Además ya lo decía Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

        Quizás por todo eso — y sin duda por mi formación— escuchar a lo largo de las semanas de campaña de las elecciones andaluzas ciudadanos y ciudadanas, apoderados y apoderadas, amigos y amigas, ellos y ellas, voluntarios y voluntarias, nosotros y nosotras, compañeros y compañeras, candidatos y candidatas, convencidos y convencidas, interventores e interventoras, andaluces y andaluzas, diputados y diputadas, etc… además de los infinitos gentilicios en masculino y femenino, me ha producido cierta indigestión.

        Cuando ya me estaba recuperando, el 22 llegó la feria de Córdoba y una nueva retahíla de os—as me taponó los oídos. Así, camareros y camareras, cocineros y cocineras, caseteros y caseteras, cantaores y cantaoras, flamencos y flamencas, encargados y encargadas, limpiadores y limpiadoras, técnicos y técnicas, concejales y concejalas, alcaldes y alcaldesas, vecinos y vecinas, cordobeses y cordobesas, socios y socias, bomberos y bomberas, … Aún no he escuchado votantes y votantas, vigilantes y vigilantas, taxistas y taxistos, cantantes y cantantas, municipales y municipalas, … pero todo es cuestión de tiempo.

Quiero advertir que no me parece mal, pero personalmente, estoy más de acuerdo con la norma de la RAE, esa que dice que algunos masculinos incluyen a los dos sexos y a los no sé cuántos géneros, simplemente por eficiencia. Hace ya muchos años opté por la igualdad y no creo demasiado en el lenguaje “políticamente correcto” y más después de descubrir que, determinadas esferas a las que se les llena la boca hablando de igualdad, utilizan la figura de la mujer y sus circunstancias para intentar conseguir sus objetivos y colmar sus ambiciones de poder. Que algunos partidos hayan tapado —o intentado ocultar o difuminar— las bochornosas y machistas actuaciones de destacados afiliados es una vergüenza.

El artículo 14 de la Constitución es muy claro: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Obras son amores y no buenas razones. Menos palabrería favorece la comprensión y ahora espacio y tiempo. Menos eslóganes y más hechos ligados a la vida cotidiana ayudan a avanzar mejor, creo yo.