25 noviembre 2022

El sueño de Federico

 

Obra de Miguel L. Navarrete (Alcaracejos, 2022). Colección "Sensaciones"


               ¿Se puede soñar que te despiertas en mitad de un sueño mientras tu cuerpo sigue dormido? Parece ser que sí. Al menos eso es lo que le pasó a Federico Tornero aquella noche lluviosa de noviembre: En su sueño, fue testigo despierto de su propio sueño.

               Se soñó despierto. Estaba en Costanilla del Mar. Lo sabía porque delante de él leyó un letrero que daba la bienvenida. El pueblo estaba en feria. A su espalda, dos casetas invitaban al personal a divertirse: en cada una de ellas actuaba un grupo musical con el encargo de amenizar las fiestas desde el mediodía. En ambas sonaba la música muy alta. Uno era un conjunto de rock duro, una peña con cuatro componentes vestidos con ropa cara rota, con tatuajes y piercings. En la carpa de al lado, elegante y de gala, cantaba una mujer morena, con una voz potente, canciones españolas. El compañero, con corbatón y smoking, tocaba un piano eléctrico. En la pista, una pareja de personas mayores bailaban agarrados. Sus caras reflejaban una triste alegría. Sonreían impregnados de ausencia, sin saber bien por qué. Sus pasos traslucían constantes de rutina, prestos pero mecánicos y con muy poca estética. Era una danza huérfana de sentido, regada con el hábito y la repetición, producto de haberla practicado muchas veces a lo largo del tiempo.

               Federico, en su perplejidad, se dio cuenta de que tenía que ser un sueño porque recordaba perfectamente que anoche se acostó en su casa de Cuenca ¿Cómo podía ser que se estuviera viendo en la feria de Costanilla? ¿Qué había hecho para llegar allí? Caminó. Se alejó del bullicio siguiendo a una mujer que vestía un estampado a la que no le pudo ver la cara porque andaba más deprisa que él. La mujer tiraba de un niño con una gorra roja. Cogido de su mano daba enormes chupetones a una bola de fresa helada que culminaba el cucurucho.

               De pronto, Federico se encontró ante un enorme muro de piedras muy talladas. A su lado yacían descomunales trozos. A modo de un complot de largo recorrido, el tiempo y la falta de mantenimiento habían unido fuerzas para derribar algunas de sus partes. Estaba delante de una gran abertura a través de la cual se podía observar, abajo, el centenario puerto costanillés. Dos inmensos brazos, curvos y desiguales, de piedra y hormigón, como dos grandes hoces enfrentadas a diferente altura, encerraban una especie de mar menor dejando libre la bocana del puerto: A la derecha pudo ver el dique de abrigo. En él se diferenciaba con claridad un paseo inferior protegido de los vientos y el agua. Cada cierta distancia unos escaloncitos permitían subir a la parte de arriba, una especie de púlpito alargado de hormigón donde la plenitud y la extensión de un mar de color cielo, extrañamente en calma, te hacían su prisionero. Al final, elevado sobre una construcción cilíndrica, muy sólida, se encontraba el viejo faro observador de cúpula redonda, vidriera transparente, con una balconada circular y pretil protector, en apariencia frágil. Desde allí un horizonte lejano y nítido, como si fuera recto, era el lugar del encuentro ficticio del cielo con el agua.

               En el puerto, en la hoz de la izquierda, siglos atrás, se había construido una pequeña fortaleza con dos esbeltas torres y un recinto cuadrado, amurallado, para defender la ciudad ante invasores y piratas. Por sus almenas asomaban las bocas de unos viejos cañones, hoy con seguridad decorativos. Un mástil huérfano, vertical, de madera, crecía como si fuera un árbol sin sus ramas: quería pinchar una nube violeta de algodón. En su extremo, una gaviota, sin vértigo, con vista de Linceo, vigilaba la costa. La marea, ahora baja, dejaba ver los cimientos en rampa, cubiertos de algas, de la vieja muralla defensora. En la arena, de una minúscula playa lateral, unas rocas tranquilas esperaban volver a ser cubiertas por el agua.

               Federico pensó en esos enormes brazos de hormigón: nunca llegarían a encontrarse del todo, nunca abrazarían nada. Estaban hechos para proteger sin tocarse. Su éxito estaba en su calculada y obligatoria separación. Eso sí: podrían mirar en su interior y observar su mutuo desgaste; comprobarían como el agua y el tiempo modelaban las piedras del vecino, una batalla lenta con vencedor seguro. Podrían escuchar los bramidos de un viento atronador y un mar embravecido, pero nunca se enlazarían por sus extremos. Sólo sus desprendidos y pequeños granos de arena entrarían en contacto, al mezclarse, en las poco profundas aguas de la ensenada.

               Un brusco encuentro ocurrió en aquel sueño real. Sucedió que Federico Tornero, perito mecánico de titulación y profesor de Electrotecnia en la Universidad, se tropezó de repente con Mª Ángeles Glaciar, compañera en el departamento de Electrónica.

               El caso es que Costanilla[1], un término en desuso[2], debía su nombre a la presencia de numerosas calles cortas y en cuesta, rodeadas de otras con menor inclinación. Al estar enclavada en un relieve irregular, próximo al mar, resultaba un pueblo pintoresco y atractivo.

               La profe visitaba con alumnos las particularidades urbanísticas de Costanilla[3] del Mar, tras la instructiva visita a la fábrica de microchips avanzados situada en sus proximidades. El repentino encuentro agitó sus corazones y la respuesta fue un abrazo de larga duración. Era la salida natural y lógica a la inexplicable atracción que ambos sentían, nunca dicha y menos concretada. Ella con melenita, pelo castaño oscuro y gafas de sol. Él con barba de talibán y cabeza rapada.

-        ¿Estamos demasiado cerca? preguntó él.

-        No. Estamos bien, respondió ella.

               Federico siempre que saludaba, besando a una mujer, procuraba mantenerse inclinado hacia fuera para no rozar su pecho. Le resultaba entre violento y aprovechado ese tipo de contacto…. En su sueño lo intentó, pero esta vez no fue así. Su compañera se pegó a él a lo largo de toda su vertical y entre los dos cuerpos no había el más mínimo resquicio que pudiera atravesar la luz. Le preguntó que hacía por allí y ella le respondió que estaba de excursión con sus alumnos, dando una vuelta al pueblo. Tras el abrazo más largo y apretado del mundo, un alumno le espetó: ¡Seño, que tenemos que irnos! La pareja parecía soldada por todos sus puntos de contacto. Una ambulancia que pasaba deprisa, con su sirena devolvió a Federico a la soñada realidad. ¡Se separaron!

               Ya solo, el sueño continuó en la habitación de un hotel. Estaba pintada de azul. Allí estaba su jaula. Él, en Cuenca, tenía un pájaro, pero observó que dentro había dos pajarillos más. ¿Cómo es posible que hayan entrado esos dos con la puerta cerrada? En su ensoñación pudo ver como su pájaro abría la puerta de la jaula con un extraño movimiento de palanca del pico. Atónito, confirmó lo que había sospechado: “Los animales son bastante más listos de lo que parecen y sólo en los sueños podemos comprobar algunos de sus poderes especiales”. La puerta de la jaula se abrió y los dos pajarillos remontaron el vuelo. El suyo quedó dentro después de volver a cerrar la portezuela.

               Al permanecer despierto en el sueño, Federico Tornero lo estaba disfrutando de lo lindo pero en su subconsciente quería volver a Cuenca y fue a buscar su coche. Al aproximarse se tropezó con una chica joven muy bonita: pelo recogido con raya central de la que salen dos rayas a izquierda y a derecha a distintas alturas, cejas finas depiladas, grandes y profundos ojos verdes, nariz pequeña insinuada, labios carnosos, cuello largo, camisa verde rayada -con bolsillo- en la que destacaban cinco botones de un verde más oscuro. Federico la reconoció enseguida: Era la chica del cuadro que presidía la entrada del Museo de arte abstracto español en las Casas Colgadas …. pero de carne y hueso. Su esbeltez y aquella forma de andar lo dejaron abrumado. Parecía que flotaba en el aire.

               Entonces pudo pensar y se dijo: ¡Qué sueño más potente y más real estoy teniendo! La chica le habló pero no entendió nada de lo que le dijo. Era un idioma desconocido para él. Se acercó a ella pero esta se alejó caminando hacia atrás, sin perderle la cara….la distancia hizo que cada vez la viera más pequeña hasta que desapareció de su vista.

               Quiso entrar en el coche pero no encontró la llave. Las únicas que llevaba encima eran las llaves de su casa. ¿Cómo es posible que su coche estuviera en Costanilla del Mar y las llaves en Cuenca? Su cabeza le estaba gastando una mala pasada. El ring del despertador lo sacudió de verdad. Aún estuvo un rato en duermevela. Al poco tiempo sonó el teléfono. Era su compañera de la universidad Mª Ángeles Glaciar. Lo estaba esperando abajo, en la puerta.

 Nota: las citas a pie de página no tienen nada que ver con el relato. Se trata simplemente de un desahogo complementario del autor que pudiera ser de interés para los lectores.

 

 

 

 

 

 



[1] En Madrid existe la calle de la Costanilla, citada por Galdós, que posteriormente tomaría el nombre de Costanilla de los Capuchinos. Costanillas, plural, nombra a barrios históricos de ciudades como Córdoba, Sevilla o Segovia.

[2]  Cita literal de Wikipedia: “Igual olvido han sufrido otros términos en desuso como alameda, adarve, altozano, espolón, portillo, travesía o travesera,... Interesado por el tema, en 1840, Fermín Caballero, siendo alcalde de Madrid, reunió una lista de los nombres genéricos de las vías urbanas, recopilando un total de catorce maneras de denominar una calle: carrera, corredera, callejón, cuesta, costanilla, pretil, portal, arco, pasadizo, plaza, plazuela, campillo, puerta y postigo. En el siglo XXI, el callejero de Madrid añade a la lista del alcalde romántico otros diecisiete términos de urbanismo: avenida, cañada, cava, escalinata, glorieta, galería, gran vía, pasaje, paseo, paso, plazoleta, ribera, ronda, senda, vereda y vía".

[3] En la calle Costanilla de Valladolid, luego calle de la Platería, nacería el que fuera tercer amo del Lazarillo de Tormes y de ello presume ante Lázaro en el “Tratado tercero” de la obra.

 

13 noviembre 2022

Aquilino y sus circunstancias

 


            Hablábamos de un barrio de la periferia de la capital. La mayor parte de las familias que vivían en él disponían de escasos recursos económicos. Metafóricamente, a pesar de su orgullo demostrado, se las calificaba de personas humildes o muy humildes. Los bloques, con seis pisos de altura legislada, conformaban una geometría demasiado prismática, excesivamente regular. La imaginación del arquitecto había brillado por su ausencia. Se notaba que eran diseños para salir del paso, hechos con prisa, sin calidez. La conclusión fueron pisos baratos, sencillos y vulgares donde primaba lo práctico. La construcción era pobre. A través de paredes y suelos muy porosos se intercalaban los íntimos gemidos con el rumor de las cisternas; lamentos de dolor de los enfermos crónicos con carreras de  niños y bronca entre mayores. La dicción de la tele se amalgamaba con los programas de las teles vecinas. Desde fuera, las pálidas persianas de madera daban aspecto de abandono y las ropas colgadas en los balcones, para secarse, ofrecían la imagen de una España irredenta y tercermundista. Las bombonas de gas, presas trás los barrotes de las barandillas, daban un tono de color, pero la estampa de cierta desolación no mejoraba. Cajas de plástico y alguna bicicleta de niño, de esas que tienen cuatro ruedas, terminaban de ocupar el espacio disponible. En su conjunto, la fachada era una agrupación de balcones almacén, ordenados en filas y columnas, que rebosaban de bártulos con el peligro de caer sobre la acera.

Balcones y ventanas de las dos primeras plantas estaban enrejados como medida disuasoria ante los cacos. Pura seguridad. En varias ocasiones ladrones escaladores habían entrado en las viviendas para llevarse cualquier cosa que pudieran vender en los mercadillos de segunda o tercera mano. Con el paso del tiempo los vecinos habían ido colocando rejas. Lo hicieron por etapas, lo cual dio lugar a una considerable variedad ya que los herreros, artesanos en extinción, se negaban a hacerlas idénticas a las de sus competidores. Podemos decir que las fachadas eran un muestrario de toldos, aparatos de aire acondicionado, rejas, persianas y ropa de toda talla y condición. El multicolorismo estaba servido y la falta de uniformidad era tan evidente que resultaba atractiva para las personas que pasaban por allí. La gente intentaba localizar dos balconadas o dos ventanas iguales, pero resultaba tarea imposible. Más de una vez, el barrio y sus fachadas habían salido en la TV local como señal de identidad de la periferia este. Aquellos exteriores eran señales evidentes de una cultura propia, de una manera singular de vivir. Vecinos y vecinas fueron entrevistados ante las cámaras. Todos defendieron las peculiaridades de su reja y de su tendedero. Ni que decir tiene que la Comunidad de propietarios había renunciado hacía tiempo al intento de unificación de criterios y ahora potenciaba el lema de ¡Nunca más dos balcones iguales! El presidente, al que gustaba el ejercicio del cargo, tuvo que renunciar a toda posible autoridad e hizo suya la frase de un político populista de su edad: “¡Yo estoy aquí para hacer lo que vosotros queráis y digáis! Evidentemente, esa era la única fórmula para mantenerse en el puesto.

 Ahí vivía Aquilino, hijo de Carmen y padre desconocido. Era alumno del colegio “El Niño de la Uña”, nombre que figuraba en la entrada del mismo y en una placa de mármol junto a la puerta del salón de actos. El “Niño de la Uña”, ex – alumno, hoy era conocido como un afamado guitarrista que tuvo la fortuna de disfrutar de un abuelo cariñoso y exigente. Como su madre no podía hacer carrera de él, el abuelo se encargó de la educación del nieto. Por tres detalles de este, enseguida se dio cuenta de que los libros no eran lo fuerte del chaval, así que le propuso aprender a tocar la guitarra: sería profesor, tutor y abuelo. "El Niño", sin saber dónde se metía, aceptó y durante siete años, el abuelo fue su coach guitarrero. Primero intentó que le gustara con cositas alegres y sencillas, y luego, cuando el gusanillo del flamenco se convirtió en duende le apretó las clavijas. El luego famoso “Niño” tocaba la guitarra todos los días, y con frecuencia, también, la mayoría de las noches. El abuelo haciendo gala de una paciencia y una sabiduría infinitas tenía una receta mágica: “Cuando lo hagas bien lo dejamos, pero mientras tienes que seguir tocando”. Además lo convenció para que siguiera yendo al colegio y luego al instituto. Su rendimiento académico era un desastre, pero “el de la uña” siempre se mostró respetuoso y nunca molestó. El ir al instituto fue una decisión condicionada por la amenaza del abuelo de dejar de enseñarle el guitarreo. El chaval era buena gente. Cuando ganó sus primeros dinerillos en una fiesta de confianza, con éxito y cariño asegurado, el “Niño”, en un gesto de cálida nobleza y como muestra de un agradecimiento insuperable, se los entregó al abuelo para que se convidara. “Ya pronto, cobraré otra vez”, le dijo. El abuelo lo abrazó y, entre lágrimas, aceptó el regalo. De paso, lo bautizó artísticamente con el sobrenombre de “El Niño de la Uña” por aquella que se dejó crecer en su dedo índice y que, milagrosamente, le facilitaba un toque personal en su forma de hacer música.

Así sea, sentenció el “Niño”.

Y que lo sea por muchos años, remató el abuelo.

             Aquel barrio reunía a numerosas familias en el paro. La formación cultural era baja y la educación justita, aunque con mucha calle. La gente tenía experiencia en solicitar todo tipo de ayudas y subvenciones, fueran privadas o públicas. Un asesor rellenaba uno de los impresos a conciencia y todos los demás, amigos, familiares, etc… prácticamente fusilaban su contenido cambiando el nombre, domicilio y cuatro datos más. Muchas de aquellas familias, aunque sabían pescar y pescaban, eran partidarias de que papá Estado, mamá Ayuntamiento y la tita de “Cáritas” les completaran la dieta con cualquier tipo de pescado. Digamos que los acentos se cargaban más en los derechos que en las obligaciones. También había gente que le gustaba trabajar, aprender y progresar que luchaba por un proyecto propio ajustado a sus capacidades. Vivian honradamente: compraban, vendían, cuidaban ancianos o echaban horas en el servicio doméstico. Todo sin declarar, claro, si no la cosa se quedaba en casi nada. Lo de la venta ambulante de calle en calle, de mercadillo en mercadillo, de casa en casa o de acera en acera era la ocupación más frecuente. En cualquier esquina te podías encontrar a una abuela vendiendo ajos, naranjas o calcetines. Un par de jóvenes iban con un cartel por la calle: “Te traigo la colonia que tú quieras a mitad de precio”. En otros casos eran tres bragas al precio de una, bolígrafos baratos o un paquete de pañuelos de papel “por la voluntad”, aunque si esta era menor que un euro te podían soltar cualquier improperio más o menos gracioso, pero improperio.

          

El "rey de la casa"

  En ese barrio y en esas circunstancias vivía Aquilino con su madre y un tío soltero que era la referencia masculina de la casa. Carmen, la madre, no había tenido una vida fácil. Desde muy joven trabajó para ayudar a sus padres y a sus dos hermanos a tirar p'alante. Su madre, muy medicinada por asunto de nervios, se levantaba tarde y desorientada. Su padre se ganaba la vida con una vieja furgoneta. Por un lado daba portes de cualquier cosa y por otro iba recogiendo los muebles que se encontraba junto a los contenedores de basura. Sillas, estanterías, lámparas, cajones, mesas, mesillas, pequeños armarios, etc eran sus piezas preferidas. Tenía buena mano para la carpintería si eran cosas sencillas. Reparaba lo roto y con un par de pasadas de barniz quedaba como nuevo. A veces la gente le avisaba y recogía muebles usados por las casas, muebles que antes de tirar revisaba cuidadosamente y que generalmente se quedaba. En las tiendas de segunda mano y en los frecuentes mercadillos de la ciudad daba salida a todo. Se entretenía muchísimo y arrimaba un dinero para el mantenimiento de la familia. Aparte le quedaba para sus gastos.

            A los catorce años Carmen ya se encargaba del hogar de sus padres. Era mujer fuerte de carácter pero de débil corazón. De alguna forma fue criada en casa de sus padres y siguió siendo criada de su hijo y de su hermano Luis, soltero empedernido, en el hogar que conformaron los tres. Del padre de mi hijo, mejor no hablar, era su comentario.

            Aquilino era la debilidad de Carmen. Para ella su hijo lo fue todo desde el momento que vino al mundo. De alguna forma dio a luz a un salvavidas. Vivía para él. Trabajaba por él y para él. Desde pequeño siempre le preguntó sus opiniones sobre temas que lo sobrepasaban, debido a su corta edad. Con grandes sacrificios le compraba ropa de marca para que su hijo no fuera menos que nadie. En casa se veían los programas de tele que Aquilino quería, siendo el mando a distancia su principal juguete. Un día que su tío Luis cambió de canal sin su permiso recibió una super bronca de su hermana Carmen que le llegó a decir que si quería ver otra cosa que se comprara una tele y la pusiera en su cuarto. Esa tele era suya y de su hijo y se ve lo que nosotros queremos. El tío aprovechó el numerito montado para desaparecer de la casa.

            Aquilino creció en el mimo, el exceso de consideración, el hombrecito de la casa. Su autoestima era tan grande que siempre pensó que todo se lo merecía. Que su madre limpiara escaleras en jornadas y en condiciones de auténtica explotación era lo que ocurría a diario para que él pudiera comprarse camisetas de sus equipos preferidos al precio de 100 ó 200 euros. La madre tenía la obligación de darle todo y él tenía el derecho de recibir todo de todos.

            Carmen estaba muy influenciada por esa mala costumbre que tienen algunas madres: “Quiero darle a mi hijo todo lo que yo no tuve” se la oía decir. En sus adentros sabía perfectamente que eso estaba mal, pero a la hora de concretar su amor de madre la desbordaba una superprotección exagerada. Aquilino acabó sufriendo el síndrome del niño emperador. Era una persona con un monstruo dentro. En su corta vida, ya adolescente, nunca había conocido un no por parte de su madre.

             En la escuela estaba considerado un niño pijo. Pobre pero pijo. Solía despreciar a los maestros y de forma especial a las maestras. Se acostumbró a no hacer nada y a decir que los profesores eran afortunados por tener un alumno como él. Los profes serían famosos por haberle dado algunas clases. Todos los días se presentaba superarreglado con sus gafas oscuras, gafas que también usaba en el interior del aula aludiendo una sensibilidad extraña con la luz. El día que una profesora se las hizo quitar juró, para sus adentros, vengarse. Dejó pasar un par de meses. Identificado domicilio y el rojo Seat Ibiza de la docente con un par de amigotes del barrio, untados con 20 euros cada uno, pintaron de negro todos los cristales del vehículo, incluidos faros e intermitentes. Se jactaba de haberle puesto gafas de sol al coche de la profe.

            Aquilino se consideraba guapo cuando en realidad era del montón; se creía inteligente, ocurrente y gracioso. Se reía de sus propias tonterías y como su madre le proporcionaba algún dinerillo más que la media de sus compañeros lo utilizaba para tener siempre un coro de aduladores a los que invitaba fardando de ser el más chulo, sin darse cuenta de que esas amistades sólo se aprovechaban de su estupidez. Con las chicas se mostraba como el gallo del corral. Seguro de si mismo, fanfarronamente contaba a los amigos cualquier roce o apretoncillo por pequeño que fuera. Presumía que todas las chicas de su grupo estaban locas por él y le pedían salir los fines de semana. Pequeñas notas escritas de su puño y letra con piropos o declaraciones de amor, decía haberlas recibido de chicas mayores que él. Aclaraba que no podía decir sus nombres para no comprometerlas.

            Aquilino, intentando jugar a divo, era un líder sin carisma, una persona engreída y totalmente desubicada por los excesos contemplativos de su madre. Era pura fachada, puro marketing, puro artificio. En su desmedida soberbia consideraba la sencillez como un defecto, los humildes eran idiotas y el trabajo una desgracia como otra cualquiera. Se las prometía muy felices andando siempre sobre las cabezas de la gente. A sus 15 años se imaginaba su futuro rodeado de rubias impresionantes, actor de fama con una buena cuenta corriente y un par de Porches deportivos aparcados en la puerta de su lujosa mansión.

             En casa no hacía nada. Nunca recogió una mesa ni su habitación. Jamás limpió un pasillo o tendió una ropa. Después de ducharse se colocaba la camiseta y pantalón que previamente había acordado con su madre y que esta cariñosamente había depositado en la pequeña silla del cuarto de baño. Nunca salió a comprar comida de ningún tipo. Nunca pasó una escoba a un pasillo ni una fregona al suelo. Ni siquiera apagaba la tele después de haberla visto. A lo más que llegó fue a recoger el correo – le pillaba de paso al entrar en su casa – y a salir a la calle para comprarse alguna ropa, acompañado de su madre, claro.

             Con la comida no iba a ser menos y motivado por las constantes cesiones de su madre fue reduciendo la variedad de su menú hasta unos límites ciertamente patológicos. La verdura fue desapareciendo de sus platos y a los diez años ya no la probaba. Los guisos de cuchara, que tan ricos preparó siempre su madre, los calificaba de comidas de antiguos y de porrinos. Un cocido era un plato típico de residencia de ancianos, una comida de abuelos, pero no para él. Lo mismo comentaba sobre lentejas, estofados, arroz o macarrones. La fruta había que pelarla o lavarla: se perdía mucho tiempo y era una incomodidad. Para desayunar la leche le resultaba asquerosa y las infusiones sabían a medicina.

            La conclusión fue que la dieta de Aquilino se convirtió en un desastre absoluto, un atentado voluntario contra su propia salud. Cenas y mediodías las apañó con huevos, patatas fritas, hamburguesas y pizzas. El desayuno brillaba por su ausencia y en el recreo compraba donuts de chocolate o palmeras de ídem con su lata de Cola Loca.

             Con el tiempo los caprichos alimenticios aumentaron, se exageraron más y desaparecieron la pizza y las hamburguesas. También los donuts. Así que nos quedamos con los huevos, las patatas, la Coca para beber y las achocolatadas palmeras. En plena adolescencia Aquilino era un maniático insoportable. Además su carácter derivó hacia una tiranía arrogante. Se convirtió en un impertinente salvaje e insoportable.

             Carmen fue dominada por su hijo por completo. Incapaz de negarse a sus deseos, le preparaba a diario para comer y cenar los susodichos huevos fritos con patatas, patatas fritas y tortilla francesa, huevos revueltos con patatas fritas de bolsa, tortilla de patatas, huevos pasados por agua y patatas alargadas para mojar, a veces huevos duros con patatas fritas redonditas o cualquier combinación que se pueda imaginar sin salirnos de los dos componentes básicos: huevos y patatas. El agua ni la probaba. Su líquido compañero fue su botella de Coca de dos litros que su madre le reponía cada día. De postre o de merendilla palmera de chocolate.

             Además Aquilino comía repantigado en el sofá viendo continuamente la televisión. Al llegar de su jornada escolar dejaba caer al suelo su pesada mochila dando sensación de cansancio. Allí estaba su madre para recogerla y ponerla en su sitio mientras le decía: ¡Hay que ver cómo eres! ¡Tienes que ser más ordenado!

            Ante esto Aquilino le ordenaba a su madre: ¡Tráeme la bandeja! Tengo hambre.

             Así un día y otro y otro. Una semana y otra y otra. Un mes y otro y otro. Un año y otro y otro… Su burbuja de confort jamás fue cortocircuitada por su madre.

             Otra particularidad, muy notable, de Aquilino es que le gustaba mucho el fútbol. Eso así dicho no suena nada raro, pero el caso es que Aquilino era fan del Real Madrid y del Barcelona. Seguidor empedernido de ambos tenía el corazón partío por la mitad. No lo podía remediar: admiraba a los dos clubs por igual. Para él esto no era ningún problema. Sus nervios alcanzaban una especie de éxtasis esquizofrénico cuando tenía lugar un Barça–Madrid o viceversa, pero se compensaba al final pues siempre le satisfacía la victoria de uno de los dos, siempre ganaba, aunque su resultado preferido para este tipo de choque era el empate.

             Esa afición al fútbol y alguna cosa más hicieron que la vida de Aquilino cambiara por completo. No fue precisamente corriendo detrás de una pelota como se produjo ese cambio. Corría el mes de noviembre de 2009 y en el Nou Camp el día 29 se jugaba un Barça – Real Madrid. 19 horas. Arbitró Undiano Mallenco.

             A las siete menos cinco Aquilino está sentado, en su sofá de siempre, frente al televisor. No se pensaba perder ni un segundo. Su madre plancha y le hace compañía. Antes de comenzar el joven le dice a su madre que haga el favor de no hablarle, que no lo distraiga. Quiere absorber todo lo que la caja tonta vomite. El partido está calificado como de máxima emoción y de alto riesgo.

            Se inicia el partido. El Nou Camp rebosa. Ambiente caldeado. Durante el primer tiempo muchas precauciones de los dos equipos con algunas ocasiones de gol que no llegan a cuajar. Las caras, los gestos y las entradas de algunos jugadores denotan  tensión. Dos tarjetas amarillas para el Madrid.

             A las 20 horas comienza el segundo tiempo. Aquilino le pide a su madre que le prepare un par de huevos fritos con patatas de bolsa y su preciada Coca con azúcar y gas. Al terminar el partido se irá a dar una vuelta con algunos amigos. Quiere cenar temprano. Se acerca el minuto 56 del partido y Carmen lleva la bandeja para que su hijo cene. Se arrima para dársela tapando, de forma inevitable, la visión del televisor. En ese justo momento, minuto 56, Ibrahimovic marca el primer gol del partido para el Barça. Aquilino, nervioso, no lo ha podido ver y pegándole un tremendo empujón a su madre que casi la estampa con la tele, grita: ¡Estúpida vieja! ¡Ya me has jodido la tarde! Huevos fritos, patatas y Coca Cola han volado por la habitación. Carmen se levanta como puede, se tambalea un poco, pero sin pensárselo dos veces le da un guantazo de revés a un Aquilino que no se lo esperaba hipnotizado por la celebración del gol. Cuando aún no se ha repuesto de la enorme, y a juicio de algunos, merecida bofetada, Carmen lo mira de frente, aproxima su frente a la de su hijo y con una tranquilidad pasmosa le dice muy bajito. ¡Aquí el único estúpido que hay eres tú! ¡Capullo! ¡Se te acabó el chollo! Y ahora, si quieres cenar, vas a recoger tus malditos huevos y tus jodidas patatas fritas y te las vas a comer, Sí o Sí. ¡Y no te olvides de la fregona para recoger esa cola loca! ¡Imbécil!

            Aquilino no da crédito ni a lo que ve ni a lo que oye. Aturdido, caso shocado, empieza a recoger la comida del suelo y con sus dedos regordetes se la echa directamente a la boca. La madre, algo más tranquila, le dice que debe coger un plato y un tenedor, pero que cola loca no hay. Si la quiere debe chuparla directamente de la alfombra y si no, agua del grifo.

            Aquilino termina de comer mientras la madre le da un plátano que no está en condiciones de rechazar. Te sentará bien, le dice. Hace miles de años que no comes fruta.

            El partido termina con la victoria del Barça por 1 – 0. Aquilino, desorientado por completo, termina yéndose a su habitación. No le apetece salir. Carmen se queda sola recogiendo algunos pequeños restos de comida que han quedado por ahí desperdigados. Apaga la tele y se sienta. Sin poderlo impedir unas violetas, grandes y amargas lágrimas afloran por sus ojos que de repente se han convertido en unas cataratas de agua salada. Llora un buen rato a solas. Diluvian lágrimas en medio de un silencio que la sobrecoge. Su llanto es una mezcla de pena por su hijo y de alegría  por haber sido capaz de romper una rutina que la estaba ahogando. Está segura de haber actuado bien. No quiere un hijo ñoño y egoísta. Piensa que aún está a tiempo. Mañana será otro día. Echa lentejas en remojo.

 

 

31 octubre 2022

Escribir a mano

      

Apuntes de Fidel Fita, mina Terreras, Alcaracejos,1913

Escribir a mano es dibujar ideas, como si fuera un cuadro.

               Desde la invención de la imprenta por Gutemberg en 1440, después de una gran controversia por disputarse la gloria entre alemanes, franceses, italianos y holandeses, se dotó a la humanidad de la posibilidad de escribir, al menos en la forma, con rasgos despersonalizados.

               Los variados e intensos avances hasta la impresión digital actual han dejado a Gutemberg en pañales, aunque su idea, su enorme y genial idea fue la gran madre de todo lo que vino después.

               Escribir a mano puede parecer primitivo y antiguo pero a fecha de hoy lo considero una innovación y un placer, una importante faceta del desarrollo personal. El simple hecho de poner unas letras en un papel es relajante, te identifica y desarrolla más tu actividad cerebral porque, aparte de que debes evitar tachones, has de mantener la horizontalidad de las líneas. Es una experiencia tranquila y entrañable que te permite un reencuentro con tu interior. Sin despreciar nada ni a nadie… ¡Que le digan a un pintor amigo de óleos que pinte con un programa de ordenador! Es indudable que el arte tiene infinitos caminos pero la belleza de un Velázquez o un Goya no tienen parangón.

               Emborronar un papel con nuestra letra es una experiencia similar a la que pudo sentir el hombre / la mujer de Altamira dibujando un bisonte o Picasso plasmando a Don Quijote: las tres son obras originales únicas. ¡No hay dos caligrafías iguales! Los rasgos de tus letras, aparte de personalidad, marcan ideas, sentimientos, estados de ánimo, creatividad, gusto por la estética, etc ¡Hasta reflejan nuestro subconsciente y nuestros deseos más profundos! En tus escritos está presente un ADN gráfico irrepetible. Para nada son iguales las mismas ideas expresadas con un ordenador o en una máquina. Escribir a mano es un proceso más íntimo. Quizás por eso lo hicieron muchos escritores y prefirieron mojar la pluma en un tintero o dejarse guiar por una estilográfica, práctica que empezó a decaer cuando el periodista húngaro László József Bíró, en 1938, algo cansado de las dificultades de la pluma, inventó el bolígrafo.

Lindes de las Siete Villas (3.11.1837)
Me encantan las palabras caligrafía y manuscrito, porque ambos –por medio de libros y papeles– dan cuerpo y perfil a singulares obras de arte que me atraen. Como el fuego o el mar, es relajante observar el punto cambiante de la “i”, la ligera inclinación de la “l”, las barriguitas de la “g” o de la “p” o los puentecitos de la “m” y de la “n”. ¿Qué decir de la fuerza de la “z” o del derecho de primogenitura de la “a”? ¿Y la suerte que tienen las letras gemelas de ir siempre por parejas para diferenciar “un carro” de lo “caro” y una “llama” de un “lama”.

               Por otra parte, siempre me molestó la nefasta diferenciación entre letras y números, ya que ambos son el pilar de todas las culturas y su relación es íntima, casi amorosa diría. En todos los alfabetos del mundo letras y números son dibujos, líneas, trazos, siluetas. ¿Hay mucha diferencia entre inventarse la “m” o un “3”? ¿Y entre un cero y la “O”? ¿Y entre la “B” y un “8”?. La “x” [equis] la utilizamos para multiplicar y los dos puntos, “:”, para dividir. A los lados de un triángulo siempre les hemos llamado a, b, y c, dejando las mayúsculas A, B, C, para sus ángulos. Eso sí, cuando el triángulo es rectángulo podemos encontrarnos con “c”, “ c’ ” y h para nombrar los catetos y la hipotenusa. X, Y y Z siempre serán incógnitas y, curiosamente, la letra “h” la hemos elegido para nombrar la altura, de una figura plana o de un cuerpo geométrico, palabra que no la lleva. La abstracción es fantástica pues una “V” con visera se lee como raíz cuadrada y una “S” estirada simboliza una integral. A todo esto no podemos olvidar diferentes números asociados con letras: “número e” = 2’718281828459…, el “número pi”= 3,14159 26535… y el “número áureo”(letra fi en griego) = 1,6180339887498…, los tres irracionales y el casi mágico “número i”, del análisis complejo y del álgebra, definido de tal forma que i2 = -1

               Escribir hoy a mano números y letras pone de actualidad el antiguo oficio de escribano que daba fe, por medio de escrituras, de actos que se desarrollaban ante él. Atrás quedan también la redacción de cartas y testamentos. Hoy día las nuevas tecnologías nos permiten escribir con la voz. Su posible generalización acabaría con el uso del papel y la posibilidad de escribir del ser humano. Para mí sería una grave pérdida: los seres humanos no tendrían letra. Reclamo la letra de cada uno de nosotros como Patrimonio de la Humanidad, antes de que sea demasiado tarde.

 

Comisión Municipal del Censo, Alcaracejos (8 de junio 1924)

16 octubre 2022

Quasi

 

Y Quasi voló y voló. Se perdió entre el azul del cielo y los rayos del sol

El lunes, tres de octubre del veinte veintidós, cuando salíamos hacía el Quirón para hacerme las pruebas del preoperatorio Quasi empezó a morir. Le hablé para tranquilizarla. Con prisas quise darle gusanos. Pensé que se trataba de una convulsión más, situación bastante repetida en tramos de su vida, pero no. Parecía ser la última. Por primera vez no quiso los gusanos. Deambuló por la jaula como si hubiera bebido una copa de más. Las convulsiones se repitieron. Tenía el pico muy abierto, tanto que dejaba ver su garganta, enorme como un túnel oscuro. Pensamos en un ataque al corazón. Elvira madre, con ese fino instinto que la caracteriza para prever la muerte, más que instinto sabiduría por su vasta experiencia, la cogió con tierna suavidad y la puso despacio bajo la escalerita que la subía a beber. Se la regaló Luisa, su amante cuidadora cuando salíamos de viaje. Le puso bien las alas y le dijo: “Ahí vas a estar tranquilita”. Tuvimos que irnos con el corazón triste y el ánimo encogido. Quasi había emprendido el camino hacia ese cielo eterno donde los pájaros no dejan de volar. Yo camino del hospital Quirón con mi isquemia coronaria. Elvira fue el soporte donde nos apoyamos. Un camino a la vida y el otro hacia la muerte. Otros a Santiago. Así son las cosas.

    El día fue muy movido. Afortunadamente, y debido a la profesionalidad de los médicos que me atendieron, todo fue bien aunque di con mis huesos en la UCI para que me observaran. Elvira volvió a casa para dormir y se encontró con Quasi. Seguía con la misma postura de la mañana. La volvió a dejar tranquilita, como si la estornina estuviera dormida. Su última noche en casa.

    Por la mañana, el martes cuatro, pensó en que lo mejor era que Quasi siguiera con su sueño. Tenía que volver al hospital para ver la evolución de Sebastián. Todo fue bien: a él lo subieron de la UCI a la planta y ella llegó de casa. Se encontraron en la habitación sin mayores problemas. Elvira comentó que Quasi se había muerto. “Me lo había imaginado” respondió Sebastián. “Ha sido un pájaro feliz que nos ha hecho felices a toda la familia”. Un lujo haberla disfrutado tanto a esta “matusalena de los estorninos”: trece años y medio demuestran el cariño, el buen trato y lo a gusto que estaba. “Ha durado tanto como Reina”, nuestra linda perrita que murió en 2011.

    Son las primeras horas de la tarde. Alta en el hospital. Volvemos a la casa. Quasi sigue durmiendo ese sueño perpetuo. No ha perdido su posición ni ha cambiado de sitio. Parece que vigila. No se mueve. Decidimos que se acerque la noche para enterrarla junto a la encina que Jaime plantó en unos jardines próximos. Queremos un acto íntimo. Estamos de duelo y no queremos interrupciones. Nos apetece la reserva. Buscamos el silencio.

   Ha anochecido. Comienza nuestro rito. Elvira busca un trapo limpio. Se decide por uno de color negro. Cojo a Quasi como si se me fuera a romper, la deposito con cuidado en esa tela rectangular que será su mortaja y la protegerá del contacto con la tierra. La doblo para un lado, para el otro y remeto por debajo la izquierda y la derecha. Termino haciendo un paquetito a modo de sarcófago: es una faraona. No estamos demasiado tristes. Es ley de vida. Recordamos a Jaime y a  Elvira hija. Juanma también estará triste.

    Elvira madre escarba la dura tierra seca con una pequeña azada de jardín junto a la encina que le hará compañía. Hay piedras y raíces. Yo miro. Permanezco de pie y sostengo a Quasi envuelta en su cofre textil con mi brazo derecho dolorido por un cateterismo salvador. “Dale con algo más de fuerza, profundiza”. El golpe de la azada resuena en el ambiente…¡zas! ¡zas! ¡zas! ... la tierra está  reseca y cuesta un poco de trabajo. No pasa nadie … estamos los tres: un corazón muerto, pequeñito, que dejó de latir, y dos entristecidos, los nuestros. Los de Jaime, Juanma y Elvira hija revolotean en el ambiente. No nos sentimos solos. Colocamos a Quasi en lo más hondo y la ajustamos al huequito, a modo de bebé en una cuna. Estará bien. Como genial que es, alimentará la encina que plantó su amigo protector y será inmortal porque esa encina echará bellotas y de esas bellotas saldrán encinasQuasi que poblarán la Tierra por los siglos de los siglos. Y esas encinas, sabedoras de nuestra gran amistad, protegerán la Tierra. Con el tiempo nos fundiremos todos en un gran abrazo con Reina, la cobaya y el hámster y miraremos hacia atrás con un amor hacia los animales tan hermoso como el que sintió San Francisco de Asís.

               Gracias Quasi por haber contribuido a la felicidad de toda la familia con esos baños que te pegabas, por comer –vorazmente- arroz, garbanzos, manzana, ciruelas o pescado o pienso; por ese hermoso y vital saludo tuyo que siempre nos hacías repetir ¿Qué pasa Quasi? y que tú lo decías cuando te daba la gana. Gracias Quasi por aguantar monólogos de todos, por tu confianza aunque no tuviéramos plumas, por tu cambio de color del pico en primavera, por dejarte coger y conocer, por tus ganas de vivir, por convertir nuestro balcón en sala de visitas de otros pájaros, por servir de pértiga para elevarnos a mundos impensables... Nos metiste en tu maravilloso mundo, nos introdujiste en tu jaula y ya no quisimos salir… También nosotros te metimos en nuestro corazón y siempre vas a permanecer allí porque has sido una pajarita linda y agradecida ... Nunca voy a olvidar esos pequeños ojos negros, casi humanos, vivarachos, que con mirada fija penetrante pretendían comprender lo que ocurría al otro lado de la jaula. Siempre en nuestro corazón, querida Quasi. Córdoba, miércoles 5 de octubre, 2022.

Quería volar y le abrimos la puerta ... hubo que dejarla ir. 

Reina, ya mayor, y Quasi, jovencita. Ahora, de nuevo juntos.


08 octubre 2022

El autobús

 

Para Cristina Sabariego

               El autobús salió de su estación. Eran las seis de la tarde en la ciudad Amapola cuando el chófer inició la marcha atrás para salir del parking. Tras la falsa óptica del cristal de las ventanillas aparecían los rostros desfigurados de los viajeros. Rostros de indiferencia ante el imperativo del viaje, como conformándose, rostros de resignación. En el interior, adolescentes fijos en la pantalla del móvil. Algunas manos se agitan en el aire hacia izquierda y derecha en modo de saludo que despide. Medio lleno de gente, el bus avanza hacia la puerta de salida. Desde el andén, familiares y amigos, salen de la estación. Buscan el resto de la ciudad. El ambiente es frío y húmedo. Una ligera brisa fresca se cuela por los enormes huecos que son las puertas de entrada y salida de esas enormes habitaciones rodantes que son los autobuses. Los guardias de seguridad, con aparente despreocupación, observan al personal que la estación cobija. Da igual viajero que familiar o amiga: para ellos todos los transeúntes son posibles sospechosos de algo. Por supuesto de robos. Han visto de todo y no se fían. Aún recuerdan el incidente del hombre trajeado robando la maleta de una abuela. A no ser por su nieto, que dio la voz de alarma, nunca más la hubiera vuelto a ver. Al detenerlo, el hombre encorbatado dejó muy claro que sólo pretendía ayudar a la anciana: solamente intentaba colocar la maleta en los bajos del saure. Tuvieron que soltarlo.

               El bus dobló la esquina buscando la avenida. Era una tarde gris, de otoño, propia de un noviembre nublado que amenazaba lluvia. Las nubes en el cielo pugnaban por tapar el débil sol y empezaba a llover. El conductor, con un gesto mecánico, accionó la palanca y puso a trabajar los limpiaparabrisas para barrer la lluvia. María iba sentada en la primera fila y tuvo la impresión de que un telón de agua se descorría ante ella. El vasto ventanal delantero del bus era como una gran pantalla de cine de verano, un enorme escenario que mutaba al instante: un gran edificio azul, el parque, un bar de tapas, la entrada de un hotel, los letreros del super,… todas vistas normales que la altura del bus transformaba en insólitas. Al fin y al cabo la elevación modificaba la vista y la curiosidad.

               El conductor apagó las luces del interior y puso una película española pulsando en el teclado del CD. Los vídeos ya brillaban por su ausencia. La luz del semáforo tiñó de rojo las caras de la gente a medida que el bus menguaba su velocidad. Pasaban sobre el viejo puente cuando María tocó el botón del whatsapp del grupo de compañeras del Colegio Mayor. En dos horas nos vemos, les dijo después de enviarles unas fotos del paseo que había dado por la sierra.

               Las luces de la ciudad quedaron atrás. La autovía presentaba poca circulación. El ambiente dentro del bus era relajado y silencioso. Sólo alguna curva o algún adelantamiento alteraban la normalidad de la marcha. Algunos dormían. Nadie se fijaba en nadie.

               Después de media hora de viaje el autobús abandonó la autovía. María se percató de la maniobra pero no dijo nada. Le habían asegurado que el viaje era directo entre Amapola y Rosagrande. Alguna razón habría para que el conductor tomara esa desviación. Algún imprevisto quizás. El autobús estaba entrando en Las Viñas del Puerto sin tener que entrar. Su conductor callejeó algo más de la cuenta, todo resultaba un poco extraño. Parecía no conocer muy bien a dónde iba y tampoco lo que estaba buscando. Se metió por una calle con poca luz. No era muy ancha. Tuvo que tener conciencia de haberse confundido porque intentó dar la vuelta, pero la longitud del bus no se lo permitió. Asumió seguir hacia delante, pasó un cruce, siguió recto y la calle de repente se empinó. Estaba perdido. María estaba inquieta porque no comprendía lo que estaba pasando y todo aquello retrasaba la hora de llegada. Le puso un whatsapp a su madre para contarle que estaban perdidos en un pueblo en el que no tenían que estar. Su madre la tranquilizó comentándole que, a veces, los autobuses pasan a recoger a alguien, algún compromiso del chofer, algún familiar, algún imprevisto. Total por cinco minutos…..más o menos, comentó.

               Algo aturdido, el chófer paró el bus. Se bajó y preguntó a una despeinada niña que pasaba por allí cómo podría salir a la autovía, dirección a Rosagrande. Súbitamente, el gigantesco autobús comenzó a moverse calle abajo. Sin marcha metida y sin freno de mano se sintió libre y lentamente, pero cada vez más deprisa iba devolviendo el camino ganado con su ascenso. La gente empezó a gritar, ….¡el chófer, ¿dónde está el chófer?; el autobús se mueve sólo…..¡ nos vamos a estrellar! ….Pero ¿Qué está pasando?.....un niño comenzó a llorar.

               María, por la enorme luna delantera, veía como los números de las casas iban disminuyendo ….21, 19, 17, 15, 13,…Se quedó pegada al sillón y vio que tenía puesto el cinturón de seguridad. Se agarró fuerte al asiento de delante y pegó su espalda al suyo esperando el impacto.

               Se sintieron pasos por el pasillo y la chica vio como un joven corría por el pasillo con gesto decidido…su cara contraída denotaba preocupación, susto, ansiedad … Sus manos se apoyaban en el aire para ir más deprisa....María lo vio venir e instintivamente se apartó hacia un lado sin estar en medio. ¡Intentaba dejarle más sitio! El joven pegó un tirón de la palanca del freno manual….el autobús crujió, se quejó algo, pero se paró.

               Estupefacta, con pulso acelerado, María…miró al chico…esbozó su mejor sonrisa y le dijo ¡¡¡Graciaaaasssss!!! El salvador le guiñó un ojo en modo emoticono y levantó el pulgar de su mano derecha. Los viajeros le dedicaron un sonoro aplauso que el joven correspondió con espontáneas reverencias.

               El chófer llegó corriendo con gesto de inminente congestión. Se llevaba las manos a la cabeza y sus ojos estaban desencajados, como queriendo salirse de sus órbitas. Alguien abrió las puertas. El conductor subió y preguntó con cara de inocente: Pero… ¿Qué ha pasado? María con una sonrisa de oreja a oreja le respondió por todos:¡¡ Afortunadamente nada!! El cochero volvió a su volante y con signos de cierta desorientación, puso en marcha el Ton – Ton. Con torpes palabras pidió disculpas a los acongojados viajeros: “Disculpen….no sé lo que ha podido pasar. Este ordenador nos llevará a casa”.

               Eran las diez de la noche cuando María, recién llegada, habló con su madre. Todo bien por Rosagrande. Buenas noches.

               Al día siguiente María presentó una denuncia en las oficinas de la empresa de autobuses. Solicitaba una investigación de lo ocurrido. Por su cabeza pasaron imágenes del autobús cuesta abajo, el chico que corrió por el pasillo y la sonrisa del satisfecho joven guiñándole un ojo. Hasta se le ocurrió pensar que el chofer había sido abducido por algún extraterrestre o por un transitorio trastorno mental. En cualquier caso asumió que la vida es un suspiro ligero, un aleteo de cristal, un puente de nieve al sol, un capricho de la eternidad. Firmó el papel de la declaración y salió disparada para clase porque se le hacía tarde.

02 octubre 2022

Across my Universe

 


Con frecuencia pienso en el desmesurado espacio que alberga el Universo y siento, como otros, esa tremenda sensación de vértigo. Me falta suelo. Piso una base líquida o quizás sea de madejas de lana. Mi cuerpo avanza hacia ninguna meta. Gira caóticamente alrededor de su centro de gravedad, pero, curiosamente, no me mareo. Viajo solo. En el entorno se respira frialdad aunque yo no la siento. No pienso en nada. La oscuridad es total. Como la vieja amiga de Simon & Garfunkel, me permite ver luces asombrosas, en el fondo, por los lados, por delante y por detrás, pero son luces que no alumbran. Son millones de luces de colores que viajan por el cosmos que dejan entrever los muchos astros que hay. Las distancias entre ellos, del color de las violetas, son bestiales, gigantescas. Al contrario que las luces de neón, sus destellos son destellos de una oscuridad que me acaricia. No hay aire pero no me cuesta trabajo respirar. Me siento bien. El silencio del silencio es total. Me miro pero no veo mi cuerpo, aunque presiento que tengo límites: se ha transformado en una especie de energía transparente pero con fronteras muy próximas.

          Desde aquí, pienso en la Tierra y todos mis problemas me parecen pequeños, irrisorios. La perspectiva importa. Siempre ha importado mucho para ver o no ver o ver lo que te gusta. No me duele nada, sólo detecto que viajo dulcemente. Me deslizo por un camino de plumas invisibles, con suavidad. Suavemente, sin parar. Voy solo pero no me siento solo….es como si otros muchos cuerpos transparentes viajaran a mi lado. No les puedo hablar pero noto su compañía, es una conversación sin hablar, un escuchar sin oír. Todos viajamos por el universo y todos seguimos la misma dirección. No podemos parar pero tampoco chocamos. Estoy consciente. Es otra forma de existir desconocida para mí.


          La ingravidez es total así como también el descontrol sobre mi ruta. Marcho teledirigido hacia un destino desconocido que intuyo se encuentra en ninguna parte del infinito. Ningún astro me atrae. Todos están lo suficientemente lejos como para que mi trayectoria se mantenga rectilínea y con la misma velocidad. No parezco tener masa. No peso. Mi cerebro se percata de todo y puedo pensar, puedo darme cuenta pero el escenario encierra tantos y tan grandes misterios que todo lo graba como extraordinario. Sé que nunca voy a encontrar respuestas adecuadas a tanta ocultación: ¿Para qué viajo? ¿A dónde voy? ¿Cuál es mi destino? ¿Por qué un universo tan vacío a modo de átomo gigante? ¿Qué hay detrás de esta transmutación? Me sorprende que mis neuronas se pongan de acuerdo para preguntar preguntas sin respuesta. Deberían ser más inteligentes: Todo esto es ridículo. ¿Cómo puede ser ninguna respuesta ante tanta inmensidad, ante tanto espacio y tan inmenso escenario? ¿Viajaré a una nebulosa para vivir otra vida? Pero, ¿Cuánto voy a tardar? ¿Se reducirá todo a pura energía vital embutida en un cuerpo transparente que se traslada de un lado a otro Across the Universe? ¿Será que la vida es eterna pero viviéndola en otras dimensiones y desde luego en otras coordenadas? Nada de nada sé. Una vez venido al mundo, una vez que has nacido tu destino es existir….pero has tenido que abandonar la Tierra para existir transformado….tu física y tu química han cambiado por completo aunque sigues siendo tú. Tu personalidad, tu carácter, tus actitudes… serán siempre los mismos…eso de los cuatro estados de la materia es un cuento chino, pura falsedad. La materia tiene miles, millones de estados…y este es uno más... Todo parece depender del lugar del universo donde te encuentres. Tú eres tú. Tu naturaleza permanece, pero tus coordenadas cambian tu estado, tus necesidades y tu relación con los otros.

          ¿Quién y qué han inspirado estas palabras casi mágicas? ¿Quién ha plantado esta visión en mi cerebro? ¿Estoy contando una experiencia ya vivida o se trata de un adelanto de lo que me queda por vivir? ¿Estoy despierto o estoy soñando en la realidad de un sueño? ¿Estoy vivo, estoy muerto o vivo una particular catalepsia?

          Heráclito llevaba razón: “Nunca te podrás bañar dos veces en la misma agua”. El Universo fluye, cambia. Yo viajo, cambio. Todo cambia mi mundo. Las estrellas nacen y mueren, cambian. El tiempo fluye porque lo demás cambia. Todo cambia menos él. El tiempo es el guardián del Universo. Un déspota, un tirano que sin presencia física mira como todo evoluciona. El tiempo es el gamberro del cosmos, un descontrolado total que todo lo impregna y lo controla. ¡Es el ubicuo universal! El tiempo es aquello que está presente –al mismo tiempo– en todas partes. También lo está en esta especie de viaje interestelar a través del Universo o de ¿mi universo? Si hay cosas que solamente puedo ver yo, deduzco que mis viajes tienen lugar en mi universo, tan ilimitado como el Otro, pero con un único espectador: YO. Cada cual vive en su universo. De ahí la existencia de millones y millones de universos que viajan cambiando Across the Universe.

          Puedo oír una música extraña que relaja. Cada astro, a modo de instrumento cósmico, emite ultrasonidos que puedo detectar. Su conjunto es un mensaje de paz y de presencia. Billones de instrumentos emitiendo a la vez su música universal que mi aura, como una antena parabólica, absorbe a modo de alimento. Es la energía de los astros, energía vital para nosotros.

          Cada vez llego a ideas más absurdas pero no puedo parar. He llegado a la conclusión de que soy prisionero y esclavo del cerebro. ¡Él va a lo suyo! Tiene sus dudas, sus preguntas, sus escalas... y me obliga a que las redacte haciéndome sentir –sutilmente- cierta satisfacción. Él solo no tiene ninguna posibilidad, así que su dominio me esclaviza y libera al mismo tiempo. Cuentan que los cerebros de las personas son autónomos y que toman solos –sin tenernos en cuenta– sus propias decisiones. Cuando bebí agua fue porque mi cerebro tomó esa decisión un tiempo atrás y si critico algo se debe a que mi cerebro quiere que lo critique. Pienso lo que a él le da la gana. No lo puedo parar. ¡Incluso me hace pensar y sentir ideas que me hacen daño! Es evidente que está aliado con el tiempo y entre los dos me dominan. Un tirano es mucho pero dos son insoportables. ¿Qué será todo esto? ¿A dónde conducirá?

          Existe una tercera déspota que son mis hormonas, pero en el estado en el que viajo no me afectan para nada por el efecto de la evaporación espacial y un yoga permanente que disminuye las hormonas de estrés y al mismo tiempo aumenta las endorfinas y el GABA. ¡Demasiado terrenales para que me acompañen las hormonas que generan malestar!

          Cuentan que Dios está en todas partes, así que seguro que también estará por aquí. Cualquiera sabe. Por si acaso, Saludos Dios.

 


 

02 mayo 2022

Acosos III y IV


Ángel caído (Aurelio Teno) - Patio de los Naranjos -
 Mezquita Catedral - Córdoba 

 III

La vida sigue y ampliar estudios conlleva trasladarse a la capital. Pepito ha dejado de existir. A partir de ahora lo nombraran por Pepe. Sus padres pretendían una carrera corta: bachiller elemental, 14 años, más tres años de magisterio, 17, y a currar, si fuera posible sacando las respectivas oposiciones, sueño de todos los padres de aquella época por aquello de la seguridad. Pero va a ser que no. A Pepe no le disgusta magisterio pero él quiere ir a la universidad para hacer una carrera de ciencias. Es bastante más largo, más costoso y requiere mayor esfuerzo, pero…  En el colegio, durante el bachillerato superior (16 años) tuvo la oportunidad de disfrutar de un laboratorio portátil de electromagnetismo[1] y quedó maravillado y sorprendido por sus efectos. Las materias de letras le encantan y se les da bien; las ciencias se le resisten, pero lo tiene claro. El curso previo a la universidad lo hará en la capital por consejo de sus últimos profesores. El problema de la residencia se resuelve con un piso de unas señoras conocidas, muy próximo al nuevo colegio: le darán habitación y comida, pero no le lavarán la ropa.

               El nuevo colegio es inmenso. Dicen que tienen miles de alumnos. Más alumnos que habitantes hay en su villa natal. Los campos de fútbol son casi estadios y los patios son mayores que la plaza de pueblo donde, tradicionalmente, se ubica la feria. En clase hay casi cincuenta alumnos para hacer el curso de acceso a la universidad. Volvemos a las andadas: aparecen los fantasmas del acoso. Joven de pueblo de clase media y humildes costumbres rodeado de hijos de la burguesía capitalina (médicos, abogados, industriales de cierta potencia, comerciantes venidos a más…) y de algunos hijos de caciques de pueblo. El acoso no se identifica con las clases altas, pero a veces coincide. Menos mal que en el piso-residencia los dos compañeros son de su igual y excelentes personas. Fueron tres amigos que compartieron un año repleto de experiencias y de buen rollo. Un año inolvidable para todos, incluido Felipe, un honrado y entrañable republicano, ya maduro, que compartía una de las habitaciones del piso y que contaba historias maravillosas.

    El caso es que la sensibilidad, cierta predisposición a las cosas sencillas, un trato respetuoso, algo de timidez etcétera siempre han estado reñidos con la chulería, la dominación y los aires de superioridad. En ese ambiente algunos intentaron que Pepe fuera – otra vez – objeto de sus bromas, de sus burlas y de sus carencias acomplejadas. Los prepotentes se ceban con los más débiles o con los que silencian / amortiguan su capacidad de respuesta antes los abusos y faltas de respeto. El ambiente alrededor de Pepe comenzó a enrarecerse, a hacerse irrespirable: cuatro o cinco compañeros,  por turnos, focalizaban sus hirientes comentarios o su vacío en su persona, ante la callada o la indiferencia de los demás. Pasaron un par de meses y Pepe no se sentía nada cómodo. Además la dificultad del curso iba en aumento: muchas materias nuevas, voluminosas, henchidas de conceptos bastante abstractos, sobre todo en las tradicionales ciencias. Al ser los mayores del colegio, último año, el tutor dejaba muchas veces solos al grupo de alumnos en las horas de estudio. Decía que eso era bueno para autoformarse. Las personas muy protegidas o muy vigiladas nunca alcanzan una decorosa madurez ni una independencia saludable.

    Hay que decir que la mayor parte de los compañeros se comportaban con normalidad: saludos, comentarios sobre las clases, alguna cosa personal, algún cigarro… las relaciones eran cordiales, teñidas de detalles inmaduros, pero dentro de una cordialidad propia de la edad y de las circunstancias. Como siempre hay de todo: dentro de los cincuenta dieciséisañeros resaltaba un grupo de gente más bulliciosa, más bromista, más irresponsable y, en general, con peor educación. Cuando el cura se iba hablaban a voces, dejaban aparecer sus risitas sonoras - a veces carcajadas – arrastraban sillas y pupitres, etc. En el grupo nadie les decía nada. Eran los más chulillos, los más protagonistas, los que más se hacían notar y, en apariencia, imponían sus modales.

    Un día, siguiendo con sus tonterías y faltas de respeto, se pusieron de acuerdo para centrar sus necedades en Pepe. Recogieron trozos de tiza de la pizarra y alternándose, cada cierto tiempo, se las tiraban. Pepe y los demás trataban de estudiar, intentaban aprovechar un tiempo siempre escaso. La primera ticita le dio en un hombro. Risitas en el fondo. Le molestaba mucho ese tipo de cosas pues él nunca se metió con nadie y le costaba trabajo pensar que alguien lo hiciera gratuitamente y por la pura diversión de machacar. El segundo trozo de tiza golpea en el libro que estudia, encima de su mesa. Mira, se incorpora un poco, otea el horizonte en circular e intenta seguir con su tarea. El grupo como tal no se da cuenta de lo que está pasando, cada cual va a lo suyo. Pepe en su interior está muy tenso, le han aumentado las pulsaciones, casi le tiemblan las manos, no puede concentrarse, y con cierto temor espera el tercer golpe. No sabe bien que hacer. Se siente incómodo, nervioso e intranquilo. La tercera tiza impacta en su cabeza ante las risas – ya importantes – del grupito de ¿bromistas? ¿agresores?. Pepe se arma de valor, se pone en pie y dirigiéndose al grupito de provocadores, con mirada de ira contenida, les dice: “El que tenga cojones que me tire otra tiza”. El grupo no sabe lo que ocurre. Los ofensores saben que lo que hacen está mal y actúan sibilinamente, dando a entender que ellos no saben nada y que Pepe ha perdido los estribos sin razón. Actúan como si la frase de Pepe les hubiera roto su concentración. Disimulan con soberbia, prepotencia y carita de no saber lo que está pasando. Pepe se sienta, está fuera de sí. Casi no ve las letras de su libro abierto. La rabia y la humillación se mezclan en su mente y en su cuerpo. Mira hacia abajo. Quisiera que todos, todos, desaparecieran. Ansía una soledad tranquila que le permita recuperar la calma. Supone que todas las miradas se posan en su figura y se siente observado, lo que nunca quiso y siempre evitó: no le gustaba nada llamar la atención.

    Su frase, a modo de sentencia, lo ha metido en un callejón sin salida. Lo sabe y aguarda. Imposible leer una línea. Mira de reojo en el preciso instante que uno de sus simpáticos compañeros le lanza una tiza que le impacta en la espalda. No es dolor físico el que siente, dado el minúsculo tamaño del proyectil. Es un imponente dolor psicológico. La adrenalina debe estar a tope. Con decisión se levanta y se dirige al compañero que finge estudiar y que le acaba de lanzar el trocito de tiza. El fingidor quiere ponerse en pie, pero antes de que termine recibe un tremendo puñetazo en la cara. Se tambalea, cae hacia atrás y con la espalda arrastra su silla y el pupitre trasero vecino. Con las piernas, al caer golpea su propia mesa que cae hacia delante. El estrépito es enorme. Libros y cuadernos regados por el suelo…Pepe enfurecido quiere seguir pegándole e intenta pisotearlo. Al bromista se le ha cambiado la cara. Está lívido. Unos compañeros acuden y lo ayudan a levantarse. Otros recogen los enseres desparramados por el suelo. Otros intentan que Pepe se tranquilice. A duras penas consiguen sentarlo y algo de normalidad se recupera. En esto llega el cura y pregunta que pasa. El delegado le explica que uno se ha escurrido y se ha caído un pupitre. Todos miran hacia abajo, nadie mira al cura de frente vaya a querer saber la verdad. El profe capta el mensaje que no va con él, entiende que no hay problema y comienza su clase de francés.

    El puñetazo – bofetón tuvo un efecto espectacular desde ese mismo día. Los bromistas atacantes decidieron dejar de hacerlo y varios compañeros dieron a Pepe una visibilidad que nunca había tenido. En un par de minutos, Pepe había dejado de ser juguete para alcanzar una consideración de igual y un sitio nunca pensados por él. De hecho algunos “de su cuerda, de su manera de ser” lo felicitaron en secreto por enfrentarse a aquellos pelmazos que no dejaban de interrumpir, más o menos, a todo el mundo. Pepe pasó a ocupar cierto liderazgo en la oscuridad, las asignaturas se derritieron ante su constancia y el curso de acceso a la Universidad fue superado con éxito, cosa que no pudieron decir todos aquellos cobardicas destructores de personalidades ajenas.

IV

El cuarto intento le ocurrió en su nueva residencia universitaria y se inició al año siguiente. Pepe llegó a pensar que tenía un problema o trastorno de personalidad pues no era normal que cada vez que cambiaba de lugar y ambiente hubiera bromistas que lo utilizaban como blanco de sus ocurrencias. La residencia en cuestión lo era para ciento cincuenta jóvenes, un poco la flor y nata de la burguesía andaluza de aquella época, aunque ya había unas superbecas del estado que permitían estudiar a jóvenes procedentes de clases bajas o humildes, siempre que destacaran por su esfuerzo e inteligencia. A Pepe como a todos los recién llegados le gastaron novatadas individuales y una gran novatada colectiva que resultó una fiesta. No lo pasó mal porque su carácter no era de enfrentarse con nadie, incluso en la colectiva se hartó de reir de la pinta que todos tenían, en pijama, con la raya del pelo en medio de la cabeza resaltada con pasta de los dientes, la cara pintada con kanfort negro o marrón y cantando el “Perdona a tu pueblo, Señor” con una vela en la mano por el campo de fútbol. Pasado ese periodo de cierta adaptación, los novatos siempre hacen amistad con los novatos. En un grupo siempre hay gente más espabilada o con un carácter más fuerte o más bromista que otros y Pepe, que pasaba una crisis muy fuerte de amores, volvió a sufrir algunos desprecios públicos y comentarios jocosos sobre su persona, sobre sus opiniones o sobre circunstancias que le afectaban. Las ofensas no eran continuas ni demasiado frecuentes, pero allí estaban los dardos que le disminuían de una forma especial y sobre todo le ridiculizaban. Definitivamente no era como la mayoría de sus compañeros. Los malintencionados adivinaban que era callado y abusaban. Esa situación se prolongó durante un par de años. Pepe no superaba su crisis amorosa, por el contrario la distancia la complicó algo más y las cartas llegaban de muy tarde en tarde repletas de palabras a destiempo. Aunque había teléfono, este no reportaba ningún consuelo y él no disponía ni del ánimo ni de los medios económicos suficientes para desplazarse en un fin de semana y charlar en vivo y en directo con aquella muchacha con algo de tranquilidad. Afortunadamente aparecieron un par de amigos que lo defendieron en público, fueron cómplices de sus desahogos y le recomendaron – encarecidamente – que dejara de ser un libro abierto para todos porque “No todo el mundo es bueno y no todos están preparados para escucharte. A casi nadie le importa lo que sientas o lo que pienses, así que cierra el pico y sólo comenta con quién te dé muestras concretas de respeto y consideración”. También le insistieron en evitar y alejarse de ciertos compañeros tóxicos, auténticos malasombras que se ensañaban con las debilidades del prójimo y pagaban con él sus complejos y sus traumas. La amistad como baluarte y el mandar a tomar viento fresco, en privado y en público, a tres o cuatro imbéciles casi de nacimiento, acosadores maltratadores, fue mano de santo. Los amigos pasaban por su habitación para charlar un rato, ir al cine, jugar al dominó o salir de paseo. Fue un apoyo decisivo y las cosas cambiaron por completo. En uno de esos veranos ese primer amor vehemente, lleno de idealismo, se fue al garete después de cuatro años. Ella más madura que él, necesitaba otro tipo de persona y, sobre todo, otros comportamientos. Rompieron. Pepe lo comprendió. La primera semana se sintió extraño pero enseguida encontró gente con la que salir, otras chicas, otros lugares … No lo pasó mal y aquel trago lo superó. Pasados varios meses, por una amiga común, le llegó el rumor de que ella, de alguna forma, esperaba algún tipo de encuentro, pero Pepe no fue y cada cual siguió su camino. Esa rotura sin sufrimiento y sin compartirla con nadie fue como algo natural. Sin duda fue señal de que algo estaba cambiando en su interior: supuso que cierta madurez había comenzado y eso le daba fuerza para afrontar nuevos retos.

    De vuelta a la macroresidencia, ya sin la carga de un amor poco o nada correspondido y con el apoyo de un círculo total, y seguro, de amigos, las relaciones y las notas mejoraron considerablemente. Aumentó su autoestima lo suficiente como para enfrentarse a un estúpido sevillano que le quería hacer creer que una compañera de clase – monísima por cierto y objeto de las miradas y deseos de media facultad – estaba colada por él y que quería una cita. Conocedor de la capullez del intermediario le dijo directamente que era un gilipoyas, que lo dejara en paz y que se metiera en sus cosas. “Tú para mí no existes, así que espero que yo no exista para ti. Agur” El bromista acosador, que tenía fama de gracioso, sorprendido por la contumaz respuesta no supo reaccionar. Abatido, ahogado en su propia vergüenza, se dio media vuelta, se marchó con el rabo entre las piernas y desapareció de su vida para siempre. Nunca más supo de él.

 

Primavera en Córdoba (2022, SM)



[1] Armario Torres Quevedo.