![]() |
| Imagen creada mediante la IA |
Desde mi nacimiento, pasé
los veranos —al menos parcialmente— en los Caños de Meca. La estancia en
tierras gaditanas, y en concreto en Vejer de la Frontera, era obligada entre
los meses de julio y septiembre. Mi madre iba a ver a su madre. Oliva era mi
otra abuela, la de Cádiz. Por desgracia, no conocí a ningún abuelo: al paterno
lo mataron en la guerra civil en la flor de la vida; el materno, murió de una
crisis de uremia en el 46. Los dos murieron jóvenes.
Vivir
en Vejer suponía un cambio radical de sitio y de costumbres. En Alcaracejos no
me implicaban en ninguna tarea doméstica. En Vejer, me convertía en un inmenso
apoyo para mi madre y mi abuela: hacía todo tipo de recados y compras. Aún
recuerdo los diarios octavos: de azúcar, de café, de harina, de mantequilla y
los vales de trigo que se cambiaban por pan. Me pasaba las mañanas subiendo y
bajando las empinadas calles de aquella fortaleza que fue Vejer. Partes de la
antigua muralla habían sido engullidas por casas de vecinos o destruidas por el
paso del tiempo: aparecían y desaparecían, recordando al Guadiana, pero en
muralla. Las construcciones mantenían sabor y perfil árabe, pero muy reformadas.
Ahora dominaba la construcción cristiana, aunque Vejer, mientras exista, seguirá
siendo un pueblo instalado en la cima que rasca el cielo de Mahoma y de Cristo.
Casi todas sus calles son unas cansinas cuestas, interminables y agotadoras. A mí
me llamaba mucho la atención que, al entrar en las casas, los suelos fueran
llanos. Esperaba suelos en cuesta, inclinados, escaleras que llevaran de una
habitación a otra, pequeñas rampas interiores para ir de un dormitorio a otro.
Pero no, el Arco de las Monjas.- Vejer
suelo no era así. Las casas, o las tiendas, por dentro, tenían dos
o tres niveles hacía arriba o hacia abajo y cada nivel era como la palma de la
mano. Así, la casa de mi abuela tenía cuatro niveles: arriba —a ras con la
calle Corredera— se ubicaban dos dormitorios con un cuarto de baño y un vestíbulo;
luego, unas escaleras, empinadísimas, desembocaban descendiendo en el salón,
cocina y un par de habitaciones. Si seguíamos bajando, una escalera casi
vertical —de madera y sin barandilla— llegaba al lavadero, un granero, un
corredor al aire libre para tender la ropa y un cuartillo de enredos. Por
último otra escalera —esta vez de mampostería, con un par de recodos en ángulo
recto y a la altura de una gruta que servía de palomar— te hacía aterrizar en el
patio. Por debajo de él, ya no había nada, solo tierra. Allí vivían varios
vecinos en casas cuevas. Yo los observaba con curiosidad desde la ventana del
salón. Así que la casa de mi abuela daba, da todavía, a dos calles distintas:
la Corredera y la Cantera. La primera era una calle noble, con balaustrada,
unas vistas preciosas y casas de postín. La Cantera, sin asfalto ni adoquines,
era una calle polvorienta, repleta de pedruscos sueltos donde instalaban
algunas atracciones de feria. Si seguías descendiendo, por un serpenteante e
incivilizado camino, llegabas a “la Barca de Vejer”, pequeño núcleo de
población situado junto al rio Barbate. Desde la época romana funcionó como
punto de paso estratégico, embarcadero y antiguo puerto fluvial que comunicaba
la costa con el interior. Esta llanura fluvial es zona de marismas. En sus
tajos, y cortados, se ha establecido una población estable y autosuficiente del
“ibis eremita”, especie que en 1990 estaba catalogada como “en peligro crítico
de extinción”.
Ahora, con el paso del tiempo, recuerdo los
contrastes del ruido de la feria en “La Cantera”: dueños de las tómbolas y sus
graves voces, de locutor de radio, convenciendo a la gente de comprar papeletas
mientras la música altavoceada, y libre, se colaba por ventanas abiertas en aquel
mes de agosto. Mientras tanto, mi abuela de luto, de cuerpo presente y la cara
tapada por un velo negro. Al agitarlo el aire en la noche cálida, algunos murmuraban:
“Parece que aún respira”. La letra y la música de las “Noches de blanco satén”
ascendían por el aire… “Noches tan
blancas, como el blanco satén, cartas escritas, que se rompen después. Y la
belleza, que siempre ansié, me ha convencido, a declarar mi amor: Porque te
quiero, siiiii…, te quiero, Uooh….. Cuanto te quiero” … Nada que
ver el ambiente de la casa con la calle… el velo de mi abuela se agitó un poco
más y yo, de madrugada, busqué la compañía de mi padre. Pasé la noche durmiendo
en una silla, junto a mi primo Pepe, en medio de un ambiente muy triste. Las
lágrimas humedecían las escaleras, los pañuelos y el aire de la sala de estar.
Corría el mes de agosto de 1963, día dieciséis. El día anterior, quince, la
Virgen de la Oliva había pasado por la puerta en su tradicional procesión y, no
sé cómo, pero la pararon. Volvieron la imagen, cara con fachada, buscando la
puerta de mi abuela Oliva, y la Virgen entró con su mirada. Duró muy poco
tiempo, quizás ¿medio minuto? ¿un minuto? ¿quizás? .... Después la Señora de la
Rama de Olivo continuó su camino. Dos Olivas unidas por el nombre y la fe: fue
un emotivo encuentro con sabor a dolor de despedida. Siempre fui consciente de
que mi abuela Oliva se lo merecía. Con todo el respeto, las Vías Dolorosas de
la Virgen María y de mi abuela Oliva fueron, si no coincidentes, al menos
paralelas.
Muchos años después, recordaría yo esta escena, cuando la
Virgen de Luna se paró para saludar a don Agustín en el camino de La Jara, recorrido
que une su ermita con Pozoblanco. Don Agustín, padre de Elvira, mi mujer, había
sido el pregonero de la Virgen ese año. El hermano mayor, al verlo, mandó parar
el Paso provocando escalofríos y ojos vidriosos en toda la familia,
familia que unida esperaba a la Virgen en su peregrinar hasta el pueblo.
Curiosamente siempre he estado muy relacionado con personas muy ligadas a la
Virgen: mi abuela Oliva, mi madre, don Agustín —un segundo padre para mí— y mi
mujer. Los cuatro han manifestado tener una relación directa y especial con la
Madre de Dios. Por fortuna, algo se queda en mí.
***
Yo
tenía ocho años cuando me paseaba por la playa de los Caños de Meca buscando
todo tipo de conchitas. Siempre lo hacía en la zona donde rompían las olas. Me
hipnotizaba ver como la arena tragaba, una y otra vez, el agua y una ligera
espuma dejaba sus señales. Iba con mi padre. Avanzábamos hacia “La Punta” —pequeño
entrante arenoso como cima acostada formada por el choque de corrientes
opuestas. A nuestra derecha, “La Alhaja”, formación rocosa que en línea recta,
dejaba ver su silueta entre el movimiento secular de las olas. El nombre le
venía al ser considerado como un lugar valioso de cangrejos, erizos, pescaítos,
pulpos, etc debido al vaivén de las mareas.
Concha de abulón
Yo,
niño invadido por la curiosidad, buscaba todo tipo de conchas, ya fueran grandes
o pequeñas, caracolas o caracoles… las que más me gustaban eran unas nacaradas
por dentro que al reflejar la luz daban tonos brillantes de múltiples colores.
Era un intenso brillo iridiscente en tonos azules, verdes y violetas. Con el
tiempo supe que era la concha de un abulón, molusco gasterópodo, muy valorado
en artesanía, joyería y rituales. Su concha, ovalada y aplanada, presenta una
línea de pequeños agujeros que el molusco utiliza para respirar, recuerda a una
oreja humana. Resultaba emocionante comprobar que la concha devolvía, de colores,
la luz blanca que recibía… También estaba interesado en buscar orejitas,
casi planas. Con el tiempo supe que eran las tapaderas -opérculos- de una
caracola marina -la Bolma rugosa-y que un señor las compraba para adornar la
pared de su jardín ya previsto de unos pocos miles de ellas. Estas tapaderitas
tienen una forma ovalada que evoca a la oreja humana o a una haba seca, con
superficie lisa, brillante y de tonos anaranjados. Cuando el molusco muere y la
concha se desgasta, el opérculo se desprende y entre las olas y las corrientes
lo depositan en la orilla de la playa. La tradición popular les atribuye buena
suerte.
Es
esta buena ocasión para traer a la memoria la conexión Naturaleza &
Matemáticas. Resulta que las conchas de los moluscos, como los caracoles y el
nautilo, crecen siguiendo una espiral logarítmica, también llamada
espiral geométrica o maravillosa, la cual se calcula mediante la famosa espiral
de Fibonacci y la proporción áurea. Descifrar el lenguaje matemático en el que
está escrito la Naturaleza es complejo y difícil, pero su orden está lejos del
caos. Einstein lo explicaba diciendo que las leyes de la naturaleza y la
armonía del cosmos son sutiles, algo difícil de percibir.
Opérculos
Todo
lo anterior es escenario, algo previo a cualquier relato. Ahora continuaremos
con nuestra historia.
Un
día, al pasear con mi padre por la orilla, me percaté de un brillo especial entre
la arena al retirarse el agua. Como siempre, miraba para el suelo buscando
conchas. El hallazgo no fue casualidad. Fue lo normal. Me incliné y recogí un
objeto semienterrado. Se lo entregué a mi padre, el cual reaccionó con rapidez
y lo guardó en el bolsillo de su “Meyba”. Era un reloj y parecía de oro.
Seguimos
caminando como si tal cosa.
—Tú
sigue buscando conchas y caracolas. Cuando estemos en casa lo miraremos con
tranquilidad — me sugirió mi padre.
En
la casa, en presencia de mi madre, se confirmaron todas las sospechas: Era un
reloj de oro macizo: un Longines, una joya, una preciosidad. Dentro no tenía nada
de agua. El reloj seguía funcionando con total normalidad. Marcaba bien la
hora. Desde 1937 Longines había estado investigando la sumergibilidad de estas
joyas, objetivo que, en los sesenta, era ya un logro conseguido.
En
los Caños se había comentado que un importante bodeguero de Jerez había perdido
un reloj, que era un recuerdo familiar y que se recompensaría a aquel que lo
entregase a la Guardia Civil. Mis padres, en un principio, pensaron en quedarse
con él y así estuvieron unos días. Lo llevarían a limpiar y engrasar y yo tendría
un fantástico reloj el resto de mis días, pero sus dudas aumentaron con el
tiempo. Pensaron que cada vez que su hijo mirara la hora se acordaría de que
aquel reloj no era del todo suyo. Además, un reloj de marca y material tan
valiosos podría resultar una pesadilla: el temor a que lo robaran les
intranquilizó.
Decidieron
presentarse en el cuartel y depositaron la joya en la Guardia Civil. Dejaron
sus datos personales y su domicilio habitual y ahí terminó la desazón. Insistieron
en que el reloj había sido encontrado por un niño de ocho años mientras buscaba
conchas cerca de “la Punta”.
Al
cabo de un mes, el niño, por correo ordinario, recibió un paquete en su
domicilio de Córdoba. Venía de Jerez. Los padres de David, nerviosos, abrieron
el paquete pensando qué podría contener. Un señor bodeguero de Jerez, Longines
de oro, joya familiar, … Aquel paquete debería contener un buen regalo. Entre
cartones, y abundante papel, apareció un camioncito de madera, muy sencillo,
pintado de vivos colores.
Al
niño le hizo ilusión, pero el padre de David frunció el ceño. No lo pudo
remediar y sentenció: “Si llego a imaginar este regalo, nos hubiéramos quedado
con el reloj”. “Recuerdo familiar, bodeguero de Jerez, joya entrañable…” ¡Gilipoyeces!
| Caños de Meca |

No hay comentarios:
Publicar un comentario