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El desastre de la
emigración, unida a la baja natalidad, se podía palpar en el pueblo con señales
claras que lo indicaban. Así, el cura pasaba por allí dos o tres veces a la
semana. Llevaban quince años sin celebrar un bautizo. La última boda se ofició
hacía tres años: el novio tenía 65 y la novia 60. Habían pasado quince de
relaciones, sin relacionarse nada. Cosas de antiguos, decía la gente.
En el pueblo no había
niños, pero sí disponían de un maestro de adultos que daba clase tres días a la
semana. En total, dedicaba seis horas porque tenía que compartirse con dos
pueblos más.
El banco, obcecado en
su escandaloso interés, abría solamente los jueves de 11 a 14 horas. El médico
y la enfermera pasaban consulta tres días a la semana. Había establecido un
servicio de urgencias con ambulancias para trasladar a los pacientes graves al
hospital, situado a unos 15 kilómetros. Casi todos los mayores disponían del botón
rojo y eran controlados a distancia mediante llamadas periódicas por
teléfono.
La única tienda que
estaba abierta procuraba tener de todo, desde sellos -el último se vendió hacía
cinco años- y parafarmacia a zapatos y alimentos; también vendían sencillos
repuestos de ferretería y electricidad, algo de ropa de temporada, bebidas,
artículos básicos de mercería y pasatiempos, etc. En el centro de día —vital
punto de encuentro— un monitor había recomendado hacer sudokus y crucigramas
para luchar contra el Alzheimer y otras demencias similares. También jugaban al
dominó y a las cartas, tradicionales entretenimientos con gimnasia mental
incorporada y positivos momentos para el diálogo y la convivencia.
- Mantener la mente activa sana el
cuerpo y potencia el espíritu —era una de las frases que lucía en la pared
principal del salón.
El pan lo suministraba
a diario la misma empresa que distribuía las medicinas. Ambas mercancías las
dejaba en la tienda y la gente pasaba a recogerlas. Al ser los medicamentos material
sensible, las cajitas llevaban escrito el nombre del vecino con su domicilio,
como si fuera una carta. La tendera desempeñaba todos los roles de vendedora:
frutera, manceba, zapatera, dependienta, y hasta cartera. Su empatía natural,
la llevó a desempeñar hasta labores de psicóloga. Escuchaba a los viejos, les
daba conversación y comprendía perfectamente sus achaques y sus manías. La
tienda era foco, sumidero, diván y, a veces, confesionario civil: comentarios,
conflictos, críticas, enfermedades, comidas del día, viajes, etc. fluían entre
sus paredes con naturalidad y sosiego. La gente decía que el “olor a tienda”
era una droga que las empujaba —inevitablemente— a compartir su interior. La
dueña, Mari Ángeles, empezó a tomar fama de confidente, curandera, hada madrina
y algo de bruja. Disfrutaba de una tremenda inteligencia emocional que ella
traducía en ventas y amistades.
La edad media de los
varones estaba alrededor de los setenta; las mujeres andaban por los setenta y
cinco.
Había decenas de
magníficas casas en venta. Hijos y nietos se habían trasladado, para sobrevivir
de mala manera, a las ciudades dormitorio de las grandes urbes. Era la
tendencia. En el pueblo, por cuatro perras conseguías una casa con cuatro o
cinco habitaciones, cocina, WC, patio y corral. Te dejaban todos los muebles y
todos los electrodomésticos en perfecto estado de funcionamiento. Los viejos
del lugar comentaban que en el país no había escasez de viviendas: el problema
era que la población estaba mal distribuida y lo achacaban a la falta de
previsión, miopía crónica de la clase política y a la casi nula inversión en
viviendas de protección oficial.
Hasta aquí el
escenario. Entramos en la acción.
***
Adelardo está casado con Juana.
La pareja comparte casa con Miguel, hermano menor del primero. Los hombres se
ocupan de las tareas agrícolas y ganaderas. La mujer, de la casa.
Adelardo y Miguel se
alternaban entre el campo y los animales para evitar ciertas rutinas y no aburrirse
demasiado, aunque había periodos en los que ambos se dedicaban a lo mismo ante la
envergadura de la labor a realizar. Entre el trabajo y alguna subvención, el
trio tenía sus necesidades vitales atendidas y siempre les sobraba algo de
dinero que guardaban como oro en paño, para atender caprichos —pocos— o imprevistos.
Adelardo muere de un
infarto. En tres días la casa se pone boca abajo. Todos los equilibrios
conseguidos durante décadas se trastocan: la economía, el trabajo a realizar,
el ambiente familiar, las conversaciones… Quedan solos una mujer gordita, de
buen carácter y mejor ver, junto a un hombre soltero, algo rudo, con el que ha compartido
comida y casa la mayor parte de su vida.
Ella es delicada,
suave en las formas, femenina, limpia, trabajadora incansable, organizadora y
con ideas muy firmes. Él es brutote, poco detalloso, inteligente, mal hablado,
conocedor del pueblo y responsable en su trabajo.
Ya en el entierro de
Adelardo, Juana se percató de que los abrazos de consuelo de Miguel la
apretaban más de la cuenta. Echó la culpa a “las emociones del momento”. Ambos
estaban destrozados ante la repentina muerte de Adelardo. En su interior
admitió que esos abrazos —algo exagerados— la reconfortaban.
Pasados unos meses
Juana observó que Miguel se aseaba con más frecuencia de lo que acostumbraba,
pasaba mucho tiempo en casa y procuraba ayudarla —con torpeza, todo hay que
decirlo— en las tareas del hogar. Sus manos se rozaban al recoger la mesa; sus
cuerpos “coincidían” al dejarse el paso; la sonrisa de Miguel era más acogedora
y sus conversaciones más relajadas. Miguel era más de hablar y Juana lo
escuchaba.
Un día Miguel se
presentó con una precioso ramo de flores silvestres. “Para la casa” -dijo. Las
he cogido en el campo.
—¿Sabes Juana? — le detalló:
El campo es el mejor jardín que conozco, el más bonito, el más grande y el más
auténtico, pero la flor más hermosa está en esta casa y esa eres tú.
Juana entró casi en
shock. Estupefacta sonrió para agradecer el cumplido.
A Miguel, inspirado
por un fuerte deseo de posesión, le salió la frase de su vida. Una frase que
volvió a alterar los débiles equilibrios conseguidos de puertas adentro después
de la muerte de su hermano. A partir de aquel día, de mutuo acuerdo, durmieron
juntos, en la misma cama. Ambos reconocieron sus necesidades. Juana sabía que
se arriesgaba a un fracaso, pero su cuerpo le pedía intentarlo. Ya en el pueblo
se había rumoreado su posible relación. Hombre y mujer, mismo techo, mayores de
edad, cuñados, viéndose a diario, solos, …ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Tras unos meses de
fogosos encuentros —Miguel la llamaba “mi yegua brava”— el ánimo de la mujer
empezó a decaer. Físicamente las cosas no iban mal, pero ella necesitaba
alimentar su espíritu. Su alma no recibía alimento aunque su cuerpo estaba
satisfecho. Las conversaciones de Miguel no salían del abono, de que si no
llovía o llovía demasiado, que una vaca había tenido un mal parto o que la
sementera no crecía lo suficiente. El hombre no daba más de sí. Jamás había
leído un libro y nunca pisó una iglesia, aunque de pequeño aprendió a leer y a
firmar. Escribir, lo que se dice escribir, sabía muy poco. Sin embargo las
cuatro reglas las dominaba con facilidad.
Ella le pidió que saliera
de sus noches y volviera a su dormitorio de cuñado. La categoría de amante le
había resultado excesiva. Necesitaba un periodo de descanso.
Miguel lo hizo así,
pero empezó a dormir bastante mal. Además, desde el espejo grande de enfrente
de su cama, enmarcado en madera, observó que una desfigurada sombra le hablaba —o
al menos eso creía él.
Tras unos días, la
identificó con el espíritu enfadado de su hermano que le recriminaba su
conducta. Le echaba en cara que no había pasado ni un año desde su muerte y ya
“había cubierto” a su mujer decenas de veces. ¡Eso no se le hace a un hermano
difunto, una persona que ya no puede defenderse! ¡Qué menos que un año de
respeto a la obligada ausencia!
En su defensa Miguel
alegaba que ella le había dado muchas facilidades y que se notaba que Juana no
había sido una mujer guitarreada[1]
y que “su huerto no estaba bien regado”. La soledad, el vivir juntos y las
necesidades naturales habían empujado en una sola dirección.
El fantasma de la
sombra de Adelardo se le aparecía todas las noches. Tras el primer sueño,
Miguel se despertaba con temblores, otras veces sudaba, otras con taquicardia.
Siempre era lo mismo.
—¡Mal hermano! ¡Has
traicionado mi memoria en mi propia cama! Antes de cometer tales fechorías podías
haberte ido “a cascártela con dos piedras o a joder ranas a un charco, que
tienen el chocho fresco”[2],
manifestaba la sombra adelardiana con cabreo.
Llegó un momento en
que Miguel no quería acostarse. Dando cabezadas, se quedaba en la mesa camilla mirando
la televisión o viendo arder la leña de encina en la candela con tal de no
entrar a su dormitorio. El crepitar del fuego le relajaba.
Con Juana las
relaciones se habían normalizado bastante. Los dos aceptaron que su lío estuvo
bien, pero lo pasado, pasó. Como se necesitaban siguieron compartiendo casa,
quehaceres, comida y conversaciones… pero era una intimidad limitada,
institucional, una intimidad políticamente correcta entre examantes cuñados.
Juana acudía a diario a la tienda. Siempre tenía una excusa para comprar algo,
conversar del tiempo o enfermedades, recoger medicinas o intercambiar palabras
con la gente con el único afán de entretenerse. Era una rutina diaria para
tener la casa atendida y a ella le sentaba bien cambiar de ambiente.
Juana le preguntaba a
Miguel que porqué tardaba tanto en acostarse. Él le respondía que prefería
hacerlo cuando tenía mucho, mucho sueño. Echar una cabezadita en el sillón le venía
de perlas. La televisión de fondo le servía de nana. Miguel nunca le comentó
que entre las nubes del sueño se comunicaba con su hermano.
Una de esas noches de
pesadilla y sopor Miguel se volvió a encontrar con la sombra de su hermano en
el espejo. Esta vez casi sobresalía del cristal y le hablaba con muchísimo
cabreo.
— Miguel, Miguel…
— ¿Qué pasa ahora? Ya he dejado de
regarle el perejil a Juana. ¿Qué pretendes? ¡Me vas a matar con tantos
sobresaltos! ¡Tengo el ánimo en tenguerengue[3]!
— ¿No has notado nada raro en
Juana? ¿No te has dado cuenta de que está cambiada? —le dijo la sombra a través
del espejo.
— La verdad es que no. Antes de lo
nuestro la observaba más pero ya vamos cada uno a lo suyo. ¿está enferma? ¿qué
le pasa?
— Tú sabes que los espíritus
existimos en otras dimensiones y disponemos de quinientos sentidos. Algo me
dice que Juana ha encontrado otro amor —manifestó la sombra de Adelardo.
— ¿Otro hombre? Es lógico que veas
visiones. Eres un espíritu —afirmó Miguel extraordinariamente convencido. No
hay hombres en el pueblo en edad de follinguear. ¡Yo soy el único! Todos los
demás pasan de los ochenta. Están bien de salud, pero no tanto como para que su
churrina[4]
se emocione, se venga arriba y cause estragos aceptables.
— Te digo yo que sí, que hay otro
hombre. Que Juana haya estado contigo tiene cierto pase porque “todo” se queda
en la familia, pero que por culpa de un extraño yo no pueda pasar por debajo de
los chaparros[5],
eso no se lo perdono.
— Disculpa Adelardo, tú ya puedes
pasar por donde quieras. Eres un espíritu y hasta puedes atravesar los espejos.
Si pasas por debajo de un chaparro, por muchos cuernos que Juana te haya
puesto, no moverás ni una hoja ni harás caer una bellota.
— Yo lo que sé que desde que me he
muerto, estoy pasando más fatigas que un perro cagando lana[6].
Yo a mi Juana la llené de cariño y le he dado más besos que a la boca de una
botija vieja[7].
Nunca pensé que iba a olvidarme tan pronto.
— Ya sabes el refrán —dijo Miguel:
“El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.
— Hombre, no compares, porque no se
puede comparar. ¡Una cosa es comer y otra es joder! —emitió la voz salida del
otro lado del espejo.
— Las dos forman parte del mundo de
los vivos —objetó Miguel.
Ansioso, Miguel tuvo
que levantarse a beber agua. Tenía la garganta seca y la lengua pastosa. La
conversación se suspendió y en el aire quedaron las vibraciones emitidas por el
difunto: Juana tenía “tema” con otro hombre. Miguel, entre intrigado y
sorprendido, no contempló otra salida que observarla con más detenimiento.
El
aviso del espíritu de su hermano puso a Miguel en estado de alarma. A partir de
ese momento su mente actuó como un scaner. Observaba a Juana en todos sus
movimientos, se presentaba en la casa a deshora con excusas absurdas, le
preguntaba si se sentía bien, etc. Tanto cambio —aunque procuraba hacerlos con
estudiada prudencia— encendió en Juana una cierta inquietud. Un día, ante la
intención de Miguel de conocer lo que había hecho esa tarde, Juana le espetó:
— ¡A ti te pasa algo! ¿Quieres
volver a compartir el lecho? Pareces más un policía que un cuñado examante. Te
pasas el día preguntándome qué hago y a donde voy. Empiezo a intuir que me
vigilas y eso hace que me sienta muy incómoda.
— No me pasa nada —respondió
Miguel. Únicamente me preocupo por ti. Aunque ya no compartamos cancanetes[8]
necesito saber que estás bien.
— Pues no te preocupes tanto que me
agobias. Dejemos las cosas claras: Si te necesito para algo, te llamaré, ¿de
acuerdo? —objetó Juana.
— Será como tú dices, pero no puedo
dejar de protegerte. Cuando vivía mi hermano hacía lo mismo aunque tú no te
dieras cuenta. Estoy solo en el mundo:
no tengo parientes, ni mujer ni hijos. Solo te tengo a ti. Por nada del mundo
me perdonaría que por mi culpa te pasara algo -aclaró Miguel.
— Yo también estoy sola y no te
persigo —alegó Juana. Pasará lo que tenga que pasar. No soporto cercos ni
grilletes. Creo que fue Cervantes, por boca de don Quijote, el que hablando sobre
la libertad escribió que “es uno de los más preciosos dones; con ella no pueden
igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la
libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.
— Un sabio ese Cervantes, pero aquí
lo querría yo ver, puntualizó Miguel. Ya sabes: “Del dicho al hecho va mucho
trecho”.
— A mí no me digas esas frases
porque, fundamentalmente, soy persona de obras — respondió Juana. Y dio por
finalizada la conversación.
Miguel cambió de
puertas para fuera, pero en su interior siguió vigilando a Juana a distancia.
Incluso, sin que se diera cuenta la seguía a la tienda, a misa, o cuando
visitaba a alguien enfermo. Registró la casa intentando buscar alguna pista
sobre el supuesto nuevo amante. Lo único que le llamó la atención fue un nuevo
frasco de colonia, desconocida para él, situada encima de la cómoda del
dormitorio. Abrió la caja, la destapó y olió. No le recordaba a ningún perfume
anterior. Le resultó un poco extraño. De sobra conocía los olores que emanaban
de Juana. Definitivamente esa colonia no la había olido nunca. Cogió un trozo
de papel y anotó la marca.
La
vida continuó con su monotonía…
Miguel no dejaba de
recibir avisos del fantasma de su hermano… Aunque le costaba creerlo, cada vez
era más consciente de que otra persona ocupaba los pensamientos de su cuñada.
Miguel analizó hombre
por hombre a los vecinos del pueblo… sus conclusiones finalizaron sin
candidato… El fantasma de su hermano era un celoso de mucho cuidado, un
exagerado que solo vivía de su imaginación. Pensó que los fantasmas tienen
tiempo de sobra y a este le dio por obsesionarse con Juana. Era un fantasma cabezón,
obsesivo y celoso.
Fortuitamente Miguel
fue a la tienda. Necesitaba un cerrojillo y unos tornillos para una puerta.
También algo de silicona para sellar unos azulejos de la cocina y unos metros
de manguera.
Recordó que en el
bolsillo llevaba la notita con la marca de la colonia. Le preguntó a Mari
Ángeles, la dueña y vendedora, y esta le dijo que la conocía, que era bastante
buena, pero que no la traía por ser demasiado cara para las posibilidades de
los vecinos. Al oír esto Miguel supo que la colonia no la había comprado Juana.
No había salido de viaje. Tendría que ser un regalo de alguien especial,
alguien de fuera del pueblo.
Entonces pensó: Los
posibles candidatos tenían que ser de fuera del pueblo, gente que entrara y
saliera... La verdad es que había unos cuantos: El médico, el cura, el
conductor de la ambulancia, el maestro y el panadero. Este último traía también
las medicinas. Eran más candidatos de los que Miguel se hubiera podido
imaginar.
Por fin, la hipótesis
de un nuevo amante se concretaba en nombres y apellidos. Hacer de policía lo
estimulaba de tal forma que Miguel se hizo la persona más observadora del
mundo. Su mente filtraba hasta el más mínimo detalle, esperando encontrar pistas
que condujeran al meollo de la cuestión. Estaba dispuesto a coger a su cuñada
in fraganti, si es que todo aquello cuajaba en algo.
Miguel
comenzó a analizar su reciente colección de sospechosos. Descartó al panadero.
Era poco o nada probable que fuera él, ya que llegaba, dejaba sus mercancías y
se iba. Podrían haber coincidido algún día en la tienda, pero serían presas
fáciles de las vecinas y la tendera.
Eliminó
también al chófer de la ambulancia, pues solamente aparecía por el pueblo en
caso de urgencia médica, todas imprevistas. Venía corriendo y salía pitando.
Además, sus visitas eran irregulares e iba directamente a casa del paciente.
Era un hola y un adiós.
Que
fuera el maestro el nuevo amante de su cuñada entraba en sus cálculos: unos
horarios fijos a la semana garantizaban su presencia en el pueblo. Juana no iba
siempre a clase, pero de vez en cuando aparecía por allí para matar el tiempo y
entretenerse con la materia que fuera. Su asistencia era muy accidental y solía
decidirla de repente. Siempre avisaba a Miguel:
— Hoy asistiré a clase, a ver lo
que me cuentan —le comentaba en la comida del mediodía.
A tenor de las
circunstancias conocidas, no parecía tampoco que el maestro tuviera muchas
oportunidades para compartir el sexo de su cuñada.
Por eliminación llegó
a la conclusión de que tenía que ser el médico o el cura. El confesionario y la
consulta son espacios y tiempos de intimidad que, normalmente, carecen de
duración fija. En ambas situaciones había margen para que el chamariz de Juana
jugara con alguno de los zumbeles[9]
y viceversa. Juana frecuentaba los dos sitios algo más que la escuela y una vez
le contó a Miguel que el cura, para hacer más agradable la confesión, la invitó
a utilizar la sacristía. Era un tú a tú más informal que facilitaba el diálogo
y, quizás, otras cosas. La consulta del médico le pareció a Miguel el lugar
ideal por aquello de “Desnúdese, la voy a auscultar” o ¿Me permite que la
reconozca?, pero de ninguno de los dos tenía la más mínima prueba.
Hablando
con unos y con otras, se enteró de que el horario de la sanidad era fijo,
fijísimo, mientras que el cura lo variaba con frecuencia debido a fiestas
locales de los otros dos pueblos que atendía, entierros, bautizos, bodas,
imprevistos, etc. Para que la gente no se despistara, en la vitrina de anuncios
del exterior del templo, colocaba el horario de la semana con unos días de
antelación. Si había cambios, llamaba por teléfono a la tienda y su propietaria
colocaba el correspondiente papel que anunciaba los cambios.
Miguel
estaba muy intrigado, obsesionado. Por propia curiosidad, con algo de morbo,
entendía que, si su cuñada era presa fácil, los sitios le entraban en la
cabeza, pues tanto la sacristía como la consulta eran lugares posibles, pero no
conseguía concretar el cuándo, ya que tenía a su examante bastante controlada.
Se dijo que seguiría observando. Hay historias que llegan con la intención de
permanecer y el fantasma de su hermano lo había conseguido con esta
sorprendente situación rodeada de incertidumbre.
El
final de la historia fue rocambolesco. El pobre Miguel nunca se enteró de lo
que pasaba. No se trataba ni del cura ni del médico. Juana, mujer abierta a
sensaciones, tras sus dos amantes y hermanos, se le metió entre ceja y ceja una
mujer. La tendera, Mari Ángeles, entre estanterías, le guiñó un día el ojo y
ella sonrió. Lo tomó como un sí y no se equivocó. De inmediato la invitó a
tomar café en su casa, en el piso de arriba. Advirtió al chico que le ayudaba
que no las molestaran, que tenían que hablar de cosas serias. La pasión
contenida desde hacía meses explotó en caricias, posturas y besos
inverosímiles. Juana se estremeció como nunca, sintió como nunca, gimió como
nunca. Le gustó. Desde entonces visitaba la tienda todos los días con la excusa
de comprar o de hacer algún encargo. A veces, para despistar, se hacía
acompañar de alguna vecina. En momentos concretos, Mari Ángeles le hacía un
gesto y desaparecían con la excusa de probarse un vestido, enseñarle un figurín
o tomar algo. Para la gente, su comportamiento era el de dos buenas amigas que
compartían conversaciones y secretos. Nunca nadie sospechó nada. Los cafés o la
ropa encubrían momentos de pasión desbordante que rozaban el éxtasis. Veinte o
treinta minutos de intenso sabor a café eran suficientes. A veces el
momento oportuno sucedía a las doce de la mañana, otras a las siete de la
tarde. El horario daba igual. Miguel siguió buscando pistas, pero jamás
sospechó que su cuñada se entendía con una mujer. Así son las cosas. Su
espíritu de detective se fue desmoronando poco a poco, mientras su hermano, a
través del cristal del espejo lo seguía acusando, cada noche, de inútil e
incapaz.
Una
noche, cansado de soportar aquel suplicio, al escuchar la voz y observar la
desfigurada figura, Miguel cogió su enorme bota y la lanzó contra el espejo. El
cristal se hizo añicos, pero la voz se cayó para siempre.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó una
Juana sobresaltada sin salir de su habitación.
— Nada —respondió Miguel. Sin darme
cuenta le he dado un golpe al espejo y se ha roto. Mañana recogeré todo esto.
Hoy estoy demasiado cansado.
— ¡Hombres! — oyó Miguel decir
desde su cama.
Sin articular
palabra, Miguel se dijo para sí: “Tenía que haberlo hecho hace ya mucho
tiempo”.
Esa noche durmió como
un bebé.
[1] Se dice
de la muchacha que ha tenido relaciones amorosas con varios hombres.
Vocabulario de los Pedroches – Juan Pizarro, pag 112, 1988.
[2] Pizarro,
J.: Vocabulario de Los Pedroches, pag 113, 1988
[3]
Equilibrio precario, en tínguili, tínguili. Vocabulario de los Pedroches. Juan
Pizarro, pag 124, 1988.
[4] Miembro
viril. Vocabulario de los Pedroches. Juan Pizarro. Pag 30, 1988.
[5] Ser
cornudo. Vocabulario de Los Pedroches. Juan Pizarro, 1988.
[6]
Vocabulario de los Pedroches. Juan Pizarro. Pág 112, 1988
[7] idem
[8] Copular,
echar un polvo. Juan Pizarro, Vocabulario de Los Pedroches, pág 109, 1989.
[9] Chamariz y
zumbel, coño y pene, respectivamente, según recoge Juan Pizarro en su libro El
Vocabulario de los Pedroches, pag 131.

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