27 julio 2026

Oro en los Caños de Meca

 

Imagen creada mediante la IA

Desde mi nacimiento, pasé los veranos —al menos parcialmente— en los Caños de Meca. La estancia en tierras gaditanas, y en concreto en Vejer de la Frontera, era obligada entre los meses de julio y septiembre. Mi madre iba a ver a su madre. Oliva era mi otra abuela, la de Cádiz. Por desgracia, no conocí a ningún abuelo: al paterno lo mataron en la guerra civil en la flor de la vida; el materno, murió de una crisis de uremia en el 46. Los dos murieron jóvenes.

Vivir en Vejer suponía un cambio radical de sitio y de costumbres. En Alcaracejos no me implicaban en ninguna tarea doméstica. En Vejer, me convertía en un inmenso apoyo para mi madre y mi abuela: hacía todo tipo de recados y compras. Aún recuerdo los diarios octavos: de azúcar, de café, de harina, de mantequilla y los vales de trigo que se cambiaban por pan. Me pasaba las mañanas subiendo y bajando las empinadas calles de aquella fortaleza que fue Vejer. Partes de la antigua muralla habían sido engullidas por casas de vecinos o destruidas por el paso del tiempo: aparecían y desaparecían, recordando al Guadiana, pero en muralla. Las construcciones mantenían sabor y perfil árabe, pero muy reformadas. Ahora dominaba la construcción cristiana, aunque Vejer, mientras exista, seguirá siendo un pueblo instalado en la cima que rasca el cielo de Mahoma y de Cristo. Casi todas sus calles son unas cansinas cuestas, interminables y agotadoras. A mí me llamaba mucho la atención que, al entrar en las casas, los suelos fueran llanos. Esperaba suelos en cuesta, inclinados, escaleras que llevaran de una habitación a otra, pequeñas rampas interiores para ir de un dormitorio a otro. Pero no, el

Arco de las Monjas.- Vejer

suelo no era así. Las casas, o las tiendas, por dentro, tenían dos o tres niveles hacía arriba o hacia abajo y cada nivel era como la palma de la mano. Así, la casa de mi abuela tenía cuatro niveles: arriba —a ras con la calle Corredera— se ubicaban dos dormitorios con un cuarto de baño y un vestíbulo; luego, unas escaleras, empinadísimas, desembocaban descendiendo en el salón, cocina y un par de habitaciones. Si seguíamos bajando, una escalera casi vertical —de madera y sin barandilla— llegaba al lavadero, un granero, un corredor al aire libre para tender la ropa y un cuartillo de enredos. Por último otra escalera —esta vez de mampostería, con un par de recodos en ángulo recto y a la altura de una gruta que servía de palomar— te hacía aterrizar en el patio. Por debajo de él, ya no había nada, solo tierra. Allí vivían varios vecinos en casas cuevas. Yo los observaba con curiosidad desde la ventana del salón. Así que la casa de mi abuela daba, da todavía, a dos calles distintas: la Corredera y la Cantera. La primera era una calle noble, con balaustrada, unas vistas preciosas y casas de postín. La Cantera, sin asfalto ni adoquines, era una calle polvorienta, repleta de pedruscos sueltos donde instalaban algunas atracciones de feria. Si seguías descendiendo, por un serpenteante e incivilizado camino, llegabas a “la Barca de Vejer”, pequeño núcleo de población situado junto al rio Barbate. Desde la época romana funcionó como punto de paso estratégico, embarcadero y antiguo puerto fluvial que comunicaba la costa con el interior. Esta llanura fluvial es zona de marismas. En sus tajos, y cortados, se ha establecido una población estable y autosuficiente del “ibis eremita”, especie que en 1990 estaba catalogada como “en peligro crítico de extinción”.

Ahora, con el paso del tiempo, recuerdo los contrastes del ruido de la feria en “La Cantera”: dueños de las tómbolas y sus graves voces, de locutor de radio, convenciendo a la gente de comprar papeletas mientras la música altavoceada, y libre, se colaba por ventanas abiertas en aquel mes de agosto. Mientras tanto, mi abuela de luto, de cuerpo presente y la cara tapada por un velo negro. Al agitarlo el aire en la noche cálida, algunos murmuraban: “Parece que aún respira”. La letra y la música de las “Noches de blanco satén” ascendían por el aire… “Noches tan blancas, como el blanco satén, cartas escritas, que se rompen después. Y la belleza, que siempre ansié, me ha convencido, a declarar mi amor: Porque te quiero, siiiii…, te quiero, Uooh….. Cuanto te quiero” … Nada que ver el ambiente de la casa con la calle… el velo de mi abuela se agitó un poco más y yo, de madrugada, busqué la compañía de mi padre. Pasé la noche durmiendo en una silla, junto a mi primo Pepe, en medio de un ambiente muy triste. Las lágrimas humedecían las escaleras, los pañuelos y el aire de la sala de estar. Corría el mes de agosto de 1963, día dieciséis. El día anterior, quince, la Virgen de la Oliva había pasado por la puerta en su tradicional procesión y, no sé cómo, pero la pararon. Volvieron la imagen, cara con fachada, buscando la puerta de mi abuela Oliva, y la Virgen entró con su mirada. Duró muy poco tiempo, quizás ¿medio minuto? ¿un minuto? ¿quizás? .... Después la Señora de la Rama de Olivo continuó su camino. Dos Olivas unidas por el nombre y la fe: fue un emotivo encuentro con sabor a dolor de despedida. Siempre fui consciente de que mi abuela Oliva se lo merecía. Con todo el respeto, las Vías Dolorosas de la Virgen María y de mi abuela Oliva fueron, si no coincidentes, al menos paralelas.

        Muchos años después, recordaría yo esta escena, cuando la Virgen de Luna se paró para saludar a don Agustín en el camino de La Jara, recorrido que une su ermita con Pozoblanco. Don Agustín, padre de Elvira, mi mujer, había sido el pregonero de la Virgen ese año. El hermano mayor, al verlo, mandó parar el Paso provocando escalofríos y ojos vidriosos en toda la familia, familia que unida esperaba a la Virgen en su peregrinar hasta el pueblo. Curiosamente siempre he estado muy relacionado con personas muy ligadas a la Virgen: mi abuela Oliva, mi madre, don Agustín —un segundo padre para mí— y mi mujer. Los cuatro han manifestado tener una relación directa y especial con la Madre de Dios. Por fortuna, algo se queda en mí.

***

Yo tenía ocho años cuando me paseaba por la playa de los Caños de Meca buscando todo tipo de conchitas. Siempre lo hacía en la zona donde rompían las olas. Me hipnotizaba ver como la arena tragaba, una y otra vez, el agua y una ligera espuma dejaba sus señales. Iba con mi padre. Avanzábamos hacia “La Punta” —pequeño entrante arenoso como cima acostada formada por el choque de corrientes opuestas. A nuestra derecha, “La Alhaja”, formación rocosa que en línea recta, dejaba ver su silueta entre el movimiento secular de las olas. El nombre le venía al ser considerado como un lugar valioso de cangrejos, erizos, pescaítos, pulpos, etc debido al vaivén de las mareas.

Concha de abulón

Yo, niño invadido por la curiosidad, buscaba todo tipo de conchas, ya fueran grandes o pequeñas, caracolas o caracoles… las que más me gustaban eran unas nacaradas por dentro que al reflejar la luz daban tonos brillantes de múltiples colores. Era un intenso brillo iridiscente en tonos azules, verdes y violetas. Con el tiempo supe que era la concha de un abulón, molusco gasterópodo, muy valorado en artesanía, joyería y rituales. Su concha, ovalada y aplanada, presenta una línea de pequeños agujeros que el molusco utiliza para respirar, recuerda a una oreja humana. Resultaba emocionante comprobar que la concha devolvía, de colores, la luz blanca que recibía… También estaba interesado en buscar orejitas, casi planas. Con el tiempo supe que eran las tapaderas -opérculos- de una caracola marina -la Bolma rugosa-y que un señor las compraba para adornar la pared de su jardín ya previsto de unos pocos miles de ellas. Estas tapaderitas tienen una forma ovalada que evoca a la oreja humana o a una haba seca, con superficie lisa, brillante y de tonos anaranjados. Cuando el molusco muere y la concha se desgasta, el opérculo se desprende y entre las olas y las corrientes lo depositan en la orilla de la playa. La tradición popular les atribuye buena suerte.

Es esta buena ocasión para traer a la memoria la conexión Naturaleza & Matemáticas. Resulta que las conchas de los moluscos, como los caracoles y el nautilo, crecen siguiendo una espiral logarítmica, también llamada espiral geométrica o maravillosa, la cual se calcula mediante la famosa espiral de Fibonacci y la proporción áurea. Descifrar el lenguaje matemático en el que está escrito la Naturaleza es complejo y difícil, pero su orden está lejos del caos. Einstein lo explicaba diciendo que las leyes de la naturaleza y la armonía del cosmos son sutiles, algo difícil de percibir.

Opérculos

Todo lo anterior es escenario, algo previo a cualquier relato. Ahora continuaremos con nuestra historia.

Un día, al pasear con mi padre por la orilla, me percaté de un brillo especial entre la arena al retirarse el agua. Como siempre, miraba para el suelo buscando conchas. El hallazgo no fue casualidad. Fue lo normal. Me incliné y recogí un objeto semienterrado. Se lo entregué a mi padre, el cual reaccionó con rapidez y lo guardó en el bolsillo de su “Meyba”. Era un reloj y parecía de oro.

Seguimos caminando como si tal cosa.

—Tú sigue buscando conchas y caracolas. Cuando estemos en casa lo miraremos con tranquilidad — me sugirió mi padre.

En la casa, en presencia de mi madre, se confirmaron todas las sospechas: Era un reloj de oro macizo: un Longines, una joya, una preciosidad. Dentro no tenía nada de agua. El reloj seguía funcionando con total normalidad. Marcaba bien la hora. Desde 1937 Longines había estado investigando la sumergibilidad de estas joyas, objetivo que, en los sesenta, era ya un logro conseguido.

En los Caños se había comentado que un importante bodeguero de Jerez había perdido un reloj, que era un recuerdo familiar y que se recompensaría a aquel que lo entregase a la Guardia Civil. Mis padres, en un principio, pensaron en quedarse con él y así estuvieron unos días. Lo llevarían a limpiar y engrasar y yo tendría un fantástico reloj el resto de mis días, pero sus dudas aumentaron con el tiempo. Pensaron que cada vez que su hijo mirara la hora se acordaría de que aquel reloj no era del todo suyo. Además, un reloj de marca y material tan valiosos podría resultar una pesadilla: el temor a que lo robaran les intranquilizó.

Decidieron presentarse en el cuartel y depositaron la joya en la Guardia Civil. Dejaron sus datos personales y su domicilio habitual y ahí terminó la desazón. Insistieron en que el reloj había sido encontrado por un niño de ocho años mientras buscaba conchas cerca de “la Punta”.

Al cabo de un mes, el niño, por correo ordinario, recibió un paquete en su domicilio de Córdoba. Venía de Jerez. Los padres de David, nerviosos, abrieron el paquete pensando qué podría contener. Un señor bodeguero de Jerez, Longines de oro, joya familiar, … Aquel paquete debería contener un buen regalo. Entre cartones, y abundante papel, apareció un camioncito de madera, muy sencillo, pintado de vivos colores.

Al niño le hizo ilusión, pero el padre de David frunció el ceño. No lo pudo remediar y sentenció: “Si llego a imaginar este regalo, nos hubiéramos quedado con el reloj”. “Recuerdo familiar, bodeguero de Jerez, joya entrañable…” ¡Gilipoyeces!

Caños de Meca