30 marzo 2022

Ese bote de Floïd

 

               Llevo ya algunos años que me quedo esperando el frasco anaranjado de la loción de Floïd[1], masaje masculino con mentol vigoroso, historia del mundo de los hombres en el siglo pasado: se iniciaban los treinta. Si hubiera sido niña me hubieran regalado, quizás, posiblemente, el Maderas de Oriente o el myrurgia de turno que contenían aromas de las mil y una noches y así poder viajar, junto con Aladino, subida en una alfombra de bonitos colores.

               Mi pecho se contrae, el corazón se agita y se mojan mis ojos cuando escribo estas letras. Hace ya muchos años y yo, con mi barba incipiente, era orilla de primeros amores y estrenaba gustoso pantalones de hombre. Cuando San Sebastián llegaba al calendario, mi padre me obsequiaba un bote de colonia o el masaje de Floïd, casi siempre el masaje: Creo que era su peculiar manera de reconocer él que me había hecho ya un hombre. Aquel profundo olor que le identificaba era como una estela que impregnaba sus pasos y, desde aquel entonces, acompaña los míos. Padre e hijo debían de oler igual. Y aquel olor de Floïd, tan propio de la época como el luto en la muerte o el puñetero frio de las noches de enero, era característico, tenía una identidad, un algo evocador que te reconfortaba.

        El caso es que este año, ese aroma sin par lo he extrañado de una forma especial. Seguramente añoro aquella juventud, la estampa de mi padre y aquel bote de Floïd, envuelto en celofán, que me duraba un año sin premeditación.

        El por qué no lo sé. El corazón me dice tener unas razones que la razón no entiende y con frecuencia el muro de la mente no resiste el ataque ante un impetuoso caudal de sentimientos. El Floïd me inmortaliza una niñez de pueblo, por supuesto inocente, una época pasada que nunca volverá, un ambiente hogareño con calidez sencilla, voces en el ambiente de gente que se fue, un niño rodeado de personas mayores, ese papel de estraza que todo lo envolvía, un suelo verde y rojo de baldosas cuadradas, una placa[2] metálica moderna para entonces, un pozo con su patio, un arriate de ladrillos macizos con rosales muy pobres, un gallinero enorme con barrizal eterno y vallas de madera, un cantero de pan con aceite y azúcar, una calle rojiza siempre llena de niños con luz amarillenta en el atardecer y unas puertas abiertas de confiados vecinos, unos carros que pasan con sus mulas cansadas, una noche que cae con el parte[3] a las diez.

               Han sido muchos años de recibir el Floïd. Yo no me daba cuenta al ver pasar el tiempo, ¡Era algo natural! Pero al llegar enero viene San Sebastián y todos mis sentidos rebuscan ese olor, esa forma de vidrio con su tapón marrón y ese hombre sonriente, con el pelo muy negro, cuando le dan masaje, que no envejece nunca. En su lugar encuentro un inmenso vacío más grande que el regalo que busco y no lo encuentro y en mi mente rescato la imagen de mi padre con cara enjabonada y cuchilla dispuesta para el diario afeitado. En la repisa el bote del hombre sonriendo y unas manos sin cuerpo, que intuyo desde atrás, le masajea la cara. Es un tierno recuerdo que morirá conmigo, una estampa de antaño que me acompañará.



[1] Los orígenes vallenses del popular 'aftershave' Floïd, en un libro (23/01/2017)

                    El local que actualmente ocupa un locutorio en la calle de la Carnisseria del Barri Antic de Valls (Tarragona) había sido, antiguamente, una barbería. Pero además, fue el lugar de nacimiento de la conocida marca Floïd, que comercializa la popular loción para después del afeitado, o aftershave, de un color amarillo anaranjado. Así lo explica Genís Sinca en el libro El cavaller Floïd. Biografia de Joan B. Cendrós.

                    El habitante de Valls Joan Baptista Cendrós, conocido como 'lo Batiste', trabajaba en este establecimiento como barbero a finales del siglo XIX. En aquel tiempo, Baptista también cortaba el pelo de forma gratuita a una comunidad religiosa de Valls, los Escolapis, que se encontraba al lado de la iglesia del Carme, muy cerca de la barbería. Unos años más tarde, a principios del siglo XX, Baptista decidió instalarse en Barcelona y abrir allí una barbería, denominada Buenos Aires, en la calle de Rocafort. Con motivo de su marcha, los Escolapis le regalaron una botella con un líquido naranja: era un jugo de hierbas, flores, alcohol y limón que usaban para curar quemaduras, heridas, y también como loción aftershave, y que unos años más tarde sería conocido por todas partes.

No fue hasta el año 1932, sin embargo, que el Floïd empezó a popularizarse mucho gracias al hijo de Baptista, J.B. Cendrós, que se puso al frente de la empresa que había empezado a crear a su padre en 1928. El barbero murió prematuramente el año 1937, y su hijo, además de hacer popular la loción, hizo mucho dinero con la empresa y con él se convirtió en mecenas de muchas iniciativas catalanistas. Entre otros, fue uno de los fundadores de Òmnium Cultural, de Esquerra Democràtica de Catalunya, propietario de la Editorial Aymà, mecenas del Institut d'Estudis Catalans, y patrocinador de los autores de la Nova Cançó, de Edicions Proa, y de la Fundació Enciclopèdia Catalana.

[2] Placa de hierro fundido que usaba el carbón para cocinar. Tenía cuatro agujeros graduables mediante aros, según el tamaño del recipiente y un depósito lateral daba agua caliente.

[3] Los diarios hablados de Radio Nacional, normalmente uno a mediodía y otro por la noche, eran conocidos como el parte, término de reminiscencia militar, que recordaba a los partes de guerra. Tanto es así que se iniciaban con el toque de atención de un cornetín de órdenes, y más adelante con una adaptación de una llamada militar a reunión del siglo XV (la llamada "Generala", que se hizo famosa) y finalizaban con otro, seguido por la invocación Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes! y a continuación el himno nacional.

21 marzo 2022

Telésfono y Soledad

 


               Él miraba la previsión del tiempo cuando ella se sentó a su lado. Ni siquiera levantó la cabeza. Absorbida su mente por la pantalla multicolor brillante siguió indagando en el pronóstico y con un hola interruptus respondió a la llegada de su mujer. Eran las siete de la tarde de los primeros días de septiembre. El calor había amainado un poco y esa parte del día se transformó en un espacio temporal agradable.

-Permíteme un momento, por favor. Enseguida termino. Parece que va a refrescar, aclaró Telésfono con sus pupilas centradas en la pantalla.

- No te preocupes. Termina.

La camarera llegó. Sole pidió un café con leche: el solo no la dejaría dormir. Necesitaba algo que le reconfortara un poco pero que no la estimulara demasiado.

El móvil de Telésfono, su marido, comenzó a emitir los típicos pitidos de recepción de mensajes. Uno de los siete grupos a los que pertenecía, por alguna razón, seguramente poco importante, había despertado y estaba muy activo.

-Esta gente…son horrorosos. Con el asunto de la próxima comida están imposibles. A ver si se ponen de acuerdo en el día y en el sitio. Yo comería donde siempre, comentó con voz baja.

Soledad no dijo nada. Sabía de sobra que irían a Casa Juan, donde siempre, y seguro que sería el jueves a medio día.

Telésfono continuó toqueteando la pantalla y dijo:

-Les voy a enviar un par de fotos a mis padres de la comida de cumple que tuvimos el finde. El problema es que con tanta foto como hicimos no sé cuáles mandarles.

-Las mejores son las que estamos todos… esas que salen con los niños sentados delante y ellos están sonrientes, en el centro.

El comentario fue para él un soplo de libertad. Rápidamente interpretó la frase como un permiso que Soledad le daba para seguir navegando. Antes buscaré en Questmail porque quiero saber por dónde anda el paquete de las cremas que compré hace unos días. ¡Me dijeron que era cuestión de horas!

Telésfono, encorvado, escudriñaba cada rincón de su pantalla. Increíblemente podía hacer dos cosas a la vez: Hablar con su esposa y mantener conversaciones o búsquedas por el móvil. El aparato le avisó que debería activar la ubicación para un mejor funcionamiento.

-¡Qué suerte!, comentó. Tengo un mensaje y me informa de que mis cremas depilatorias refrescantes vienen por Andújar. Total mañana estarán en casa. ¡Esta gente es muy formal!

Soledad sorbió el café con cierto placer mientras miraba al infinito. Viajaba por Roma recorriendo mentalmente el reciente viaje que había compartido con unas amigas. Lo habían pasado genial excepto los momentos de decidir restaurante al medio día. La inseguridad ponía bastante nerviosas a las tres: este es caro, el otro no tiene buena pinta, este está casi vacío, aquel tiene pocos platos en la carta, este es bueno pero hay que esperar, hay uno buenísimo pero no encuentro la calle … Soledad se reía porque al final se metían en cualquier sitio para tomarse una simple pizza que, por cierto, siempre les sentó de maravilla con sus correspondientes copitas de Chianti. En esas andaba Sole cuando el marido le preguntó:

-De qué te ríes?

-De nada, dijo ella. Sole siguió: deambulaba por la Fontana de Trevi. Soñaba con ver su rostro reflejado en la lámina de agua rota por una pequeña cascada lateral.

Mientras tanto, el hombre había entrado en la galería de fotos familiares intentando buscar las más adecuadas para sus padres. Su dedo índice cambiaba de pantalla dos veces por segundo. Las fotos parecían perseguirse dentro del móvil. Ninguna le gustaba. Al final retrocedió y marcó las tres primeras. Estas servirán, pensó.

Soledad había terminado su café. Miraba a la gente pasar y se fijó en dos niños pequeños que jugaban con una enorme pelota. Los chiquillos se movían con inseguridad pero lo hacían con decisión para intentar apresar esa flotante y enorme burbuja de aire comprimido por el plástico. Al ser tan grande les resultaba imposible retenerla, por eso, cuando la tocaban, la pelota se desplazaba por el simple contacto con unos bracitos que no podían abarcarla. En realidad, la bola iba un poco a su bola y cumplía a la perfección su función de rodar y moverse con saltos imprevistos marcados por un azar caótico. Ese era su principal atractivo.

Telésfono hablaba ahora por el móvil con una compañera del trabajo. Él era vendedor en unos grandes almacenes y su compañera le solicitaba un cambio de turno porque le había salido un viaje inesperado. Le pedía por favor que le hiciera el próximo sábado, turno de tarde /noche. La compañera había hablado ya con el jefe de la sección y si Telésfono accedía al cambio, la empresa no pondría ningún inconveniente.

- Cuelga y te contesto por whatsapp. Lo consulto con Sole.

Soledad estaba contemplando como dos gorriones se disputaban un trocito de pan que estaba caído en el suelo. También saltaban por las mesas – ahora vacías, sin clientes - y comían las miguitas que permanecían sobre ellas sin recoger. Esos revoloteos, esos picoteos, esas peleillas y algunos píos emitidos por los pájaros la transportaban al paraíso de las emociones infantiles cuando con sus padres iba al parque y compartía su bocadillo con las palomas.

-Pepa necesita que le cambie el turno el sábado…le ha salido un viaje. Yo haría la tarde, manifestó Teles.

-Si tú lo ves conveniente, por mí no hay problema, respondió lacónicamente Sole.

Con mucho afán Telésfono volvió al móvil. Buscó a Pepa y le comunicó que aceptaba el cambio. El emoticono del pulgar levantado confirmaba su decisión.

Estaba en ello cuando el grupo de whatsapp de amigos de los viajes llevaba unos minutos movilizado. Anselmo “el bueno” – así lo tenía identificado en el móvil – que había tenido un nieto hace unos días mandaba un par de fotos. Los comentarios empezaron a acumularse:

- Es un “Anselmito auténtico”¡Genial!

-¡Qué bonito!

-Me encanta, se parece al abuelo.

-Me sumo a todo lo anterior ¡Es una preciosidad!

-Es muy guapo. Se te parece de la nariz para arriba.

- Que lo disfrutes mucho. Seguro que eres un abuelazo.

Soledad mantenía el tipo leyendo el periódico. Pasaba las hojas parsimoniosamente pues no quería que se le terminara. ¿Qué haría después? No le gustaba mucho la política pero leyó un artículo sobre la posibilidad de un adelanto electoral y otro bastante desgraciado sobre la recuperación de la Memoria Histórica. Siempre pensó que había muchas memorias. El uso del artículo “la”, determinado singular, en este caso, no le encajaba en su mentalidad. Luego se empapó de la crónica local, siguió con un vistazo a los deportes e intentó hacer el sudoku – se le daban fatal – después de haber terminado el crucigrama. Colocó el diario encima de la mesa, se puso en pie, tiró hacia abajo de su la falda, como queriendo estirarla, y decidida le dijo a su marido:

-Te espero en casa.

-Voy a mirar la cartelera de los cines y ahora voy para allá. Hace tiempo que no vemos una peli en pantalla grande. ¡A ver si ponen alguna cosa buena!, esgrimió Telésfono.

-Como quieras.

Telésfono no tenía ni idea de la película que podían ver así que revisó la cartelera de arriba abajo: leyó títulos, analizó resúmenes, preguntó a su sobrino,…. Había pasado casi hora y media y prácticamente sus ojos no se despegaron del cristal de la pantalla. Estaba ensimismado, ausente, abducido,… sumergido después de tanta navegación y tanto pantallazo. Se levantó, pagó la cuenta y cabizbajo y desconectado se dirigió a su casa.

Al llegar Sole le preguntó: ¿Has visto alguna peli de interés?

Entré en la cartelera del multicine y una peli me llevó a buscar la vida de Audrey Hepburn. Sin saber muy bien cómo me tropecé con la letra de Moon River, de allí pasé al alunizaje de los astronautas y terminé buscando vida en el Sistema Solar. Sí, he visto bien la cartelera pero no tengo claro la peli que podemos ver….además me enredé con la red y casi olvido lo que estaba buscando. Se me ocurre que podemos entrar en Panflex Series e investigar alguna que sea buena.

Déjalo. Prefiero leer un poco.

En ese instante Telésfono recordó que llevaba un par de días sin entrar en Armsbook así que se puso manos a la obra. Al terminar buscó su otro teléfono y disfrutó con la fotos de Momentgram y el debate de Telefilm sobre los loros de Tasmania, luego el grupo de Go – going de senderismo, después el de deportes de Sportlive,….. Soledad lo observaba disimuladamente, no dijo nada y continuó sumergida entre las páginas del libro. Se quedó dormida en el sofá y cuando despertó su marido seguía con la pantalla reflejada en sus gafas.

Me voy a la cama. Buenas noches.

Terminaré de ver las últimas noticias sobre la evolución del virus en la India. Mi amiga Elefantina tiene pensado ir. Le comentaré algo.

 

 

 

26 febrero 2022

Bares y cafeterías

 

Café - bar El Control * Alcaracejos

    Un bar es un lugar muy común. Posiblemente no encontremos a nadie que no haya entrado alguna vez en alguno.  Suele ser un espacio decorado con más o menos gusto que intenta aparecer agradable para que la gente se sienta bien y en el que nunca falta la barra: son importantes el mobiliario, el tipo de adornos, los ruidos, la luz..... Prefiero los bares regidos por mujeres porque, en general, son más limpios y atienden mejor. A veces pienso que un bar es un pequeño escenario donde cada cual representa su papel: El dueño, la clientela, los repartidores, camareros etc., un rol que, observado, refleja la propia vida de cada uno. Me suelo fijar también en las mesas y en las sillas. No me gustan las de propaganda ni tampoco que sean de plástico porque quitan identidad al local y a los que allí trabajan. También a los clientes. Me gustan la madera, los espejos y el ambiente bohemio natural. Adoro esas cafeterías noventayochescas con sabor a tertulia y a novela donde famosos personajes hablaron de literatura o de política. El mármol me provoca sensación de frío, igual que los mosaicos en la pared, aunque admito que en los julios y agostos del verano refrigeran el ambiente, al menos mentalmente. 

               La importancia del camarero está fuera de toda duda. El de la barra y los que atienden mesas conforman la tarjeta de visita. Sus modales y su atuendo son la radiografía del lugar, así como la higiene. Hablar de un buen café, de una buena tapa o vasos relucientes es causa para volver. Otro factor es el ruido. Rechazo los locales demasiado bulliciosos así como esa costumbre tan española de gritar en vez de hablar. Tampoco me apetece entrar en bares que parezcan cementerios. El nivel de ruidos debe permitir hablar y escuchar sin demasiado esfuerzo, aunque como "hay gente pa tó" conozco a tipos que están solos en un bar, concentrados con ellos mismos, y no hablan con nadie. Sólo se dirigen al camarero para pedir la cuenta o el relleno. Observan, escuchan, beben pequeños sorbos, miran a través de los cristales y rara vez mantienen una conversación; si lo hacen suele ser corta acompañada de frases sentenciosas. Son amigos de su intimidad, de sus pensamientos y de sus silencios. 
Pero un bar /cafetería es mucho más que un local para beber o tapear. Es un lugar de reunión cotidiana, de sociabilidad, de entretenimiento, de quedar, de procurarse cierta relajación, de confidencialidad. ¡Cuantos secretos se habrán contado en un bar delante de un café o de una caña! Estoy superconvencido que los bares y sus circunstancias tienen efectos terapéuticos para la mente y para el cuerpo. Salvando las distancias, a veces se compara el ir al bar con la visita al psicólogo o al psiquiatra. En los bares se suele soltar la lengua y hablamos de negocios, de enfermedades, de política, de la familia, del trabajo, de deportes, de éxitos y de fracasos y, por supuesto, de economía. A veces hasta arreglamos el mundo en un par de conversaciones y uno sale satisfecho. Hablamos de todo, sea terrenal, superfluo o espiritual. La gente se comunica con más facilidad que en otros lugares. Es curioso como en estos establecimientos podemos pagar con gusto el triple o el cuádruple del costo de una simple cerveza o de un humilde café. Los bares  y las cafeterías han inspirado a famosos escritores, han dado pie a magníficas escenas de películas o a comedias de TV. En bares se han cometido asesinatos, se han encontrado enamorados y se ha conspirado contra el poder. Un bar es un trocito de universo.
Me gusta quedarme con la imagen de espacio de encuentro, de conversación, de lugar de reunión, de tertulia y de charla. Si los bares no existieran tendríamos que inventarlos. Tengo que reconocer que prefiero la silla de un bar al diván de un psiquiatra.
Nota: mientras escribo estas líneas Ucrania está siendo invadida salvaje e injustificadamente por la gran Rusia de Putin. Es inevitable no recordar el paralelismo con la invasión de Hungría, 1956, y la de Checoeslovaquia, 1968, por parte de la todopoderosa U.R.S.S..... Suecia y Finlandia están avisadas. Creo que esto es bastante más que la invasión de un pais: Putin ha reventado, por sus narices, el orden internacional.  La impotencia, cierto temor y un futuro lleno de incertidumbre me dominan. La libertad y la democracia corren un gran riesgo. Deseo con vehemencia que estalle la PAZ y que las cafeterías y bares de Ucrania vuelvan a llenarse de gente y de esperanza. El Papa Francisco ha visitado la embajada rusa ante el Vaticano y pide el fin de la guerra en Ucrania. Nos unimos a él y a sus oraciones.

14 febrero 2022

Caños de Meca: Visión de un niño, años cincuenta

 

Faro de Trafalgar

          Estamos en verano. Década de los 50. Todos los años íbamos a Cádiz para compartir las vacaciones con la familia de mi madre. Después de un viaje atroz desde Alcaracejos a Córdoba, debido a un trazado mareante de la mal asfaltada carretera, dormíamos en la capital para coger el tren correo a la mañana siguiente. Mi padre nos dejaba instalados en nuestros asientos después de arrastrar el enorme maletón por un andén repleto de viajeros y volvía para el pueblo. A mi madre y a mí, esa ausencia, nos causaba una extraña sensación de vacío y soledad compensada por la emoción aventurera del viaje y una abollada fiambrera de aluminio, donde una suculenta tortilla de patatas le daba compañía a unos filetes empanados. Emprendíamos así una ruta de ocho largas horas con paradas en todas las estaciones del trayecto, por pequeñas que fueran. Era el tren correo que con los años sustituimos por el rápido y finalmente por el moderno Talgo. La enorme maleta, forrada con una ajustada funda de botones, era mi mayor pesadilla. No poder transportarla e imaginar su peso me causaban agobio y hasta cierto coraje. En San Fernando tomábamos un taxi hasta Vejer donde mi abuela nos esperaba siempre con los brazos abiertos y una sopa caliente con un huevo estrellado y unas maravillosas hojas de yerbabuena recién arrancada de una maceta que tenía en la azotea.

          Vejer no tiene playa, así que tras un par de semanas preparaban las cosas para irnos a los Caños de Meca. Allí la familia conservaba un cortijo. Yo era un niño de corta edad. Mis años se escribían tan solo con un dígito. El mar nos esperaba.

   

"Cortijo" Barriada rural de Gibalbin. Idéntica en los Caños de Meca
en los años cincuenta (1950 -1960)

   Recuerdo que, a pesar de mi incipiente uso de razón, lo del cortijo siempre me descuadró. Yo esperaba una hacienda típica andaluza con buena fachada, al menos con dos plantas, ventanas muy vistosas, algún balcón curioso y un patio con parte de jardín, macetas de geranios y curvas mecedoras. Pero no. El cortijo era tan solo una choza diáfana. Tenía una gran sola habitación con el suelo de albero y un par de ventanucos de madera modelaban su fachada junto a una estrecha puerta. Sus paredes eran blancas y gruesas, con una altura similar a la de una persona, quizás algo más. En un rincón estaban dos hornillas de carbón y un fregadero de piedra con un seno. También una cantarera de madera para encajar dos cántaros hechos de un barro amarillento. Las necesidades se hacían en un patio trasero, detrás de una pobre pared, que al ponerte en cuclillas permitía ver la cabeza del que estaba detrás: era la señal de ocupado. El tejado del cortijo, a dos aguas, era de paja y en él podíamos ver una serie de palos que, enlazados, sujetados con cuerdas, constituían el armazón del techo. A la paja la imagino bien cosida para aguantar la lluvia y las frecuentes levanteras que tanto molestaban en la playa - y siguen molestando- al convertir los granitos de arena en pequeñas agujas que golpeaban las piernas. El levante cambia el genio, solía decír mi tía. También afecta a la cabeza, remataba mi madre. A veces era tan fuerte que mudaba la playa en un desierto donde los sombrajos vacíos daban una tremenda sensación de fluida soledad.

          La gran habitación se dividía en otras más pequeñas por medio de tabiques de tela con cortinas y sábanas que preservaban, con gran dificultad, nuestra guardada intimidad. En la puerta de entrada, amigos vecinos del lugar, construían todos los años, una habitación extra con el material que suministraban los frecuentes cañaverales de la zona: había cañas por todos sitios. Se trataba de un sombrajo - habitación cuadrada con paredes y techo. Por supuesto, la más fresquita de la casa porque su construcción permitía el paso del aire y no penetraba el sol. A veces le hacían una abertura lateral, pegada a la pared, a modo de otra puerta. Ese espacio añadido se utilizaba como comedor principal y sala de estar. Velas, lamparitas de aceite o petromás iluminaban nuestras felices noches en un paraíso por descubrir para la mayoría de los mortales. Los Caños, por entonces, te hacían sentir una pletórica sensación de enorme libertad, relax y fantasía. ¡Lástima de escritor que no apareció por allí! Salvando las distancias Los Caños serían parte de territorios mágicos, similar al Macondo de Gabriel García Márquez, a Región de Juan Benet o a Los Pedroches de López Andrada. 

           Allí veraneaban ¿treinta? ¿ quizás cuarenta? familias, la mayor parte de Vejer. La Guardia Civil, omnipresente, gozaba de un magnífico cuartel de paredes blancas con puertas y ventanas de marcos  verdes. El panadero iba con un caballo una o dos veces por semana. El pescado era exquisito y abundante, fresco del día, capturado por un viejo lobo de mar al que llamábamos "Cachila" y al que ayudábamos a sacar la barca del mar por la mañana temprano. Cubos llenos de una mezcla de diferentes peces eran comprados por los presentes por medio de una pequeña subasta en la misma playa. Toda una experiencia y un privilegio. El Chori, José, un hombre bueno, hacía escobas, taburetes de corcho y madera y soplillos con la vista perdida en un paisaje idílico. Verlo trabajar era un embeleso y un hermoso espectáculo. Las chumberas marcaban unas lindes confusas, quizás demasiado anchas, y daban unos higos sabrosos e indigestos que había que barrer previamente para quitarles unas espinas finísimas. La chicharra zumbaba en el pinar que nos alimentaba de piñones y de olor a resina. 

          Con este escenario de cine pretendo trasladar al lector a un territorio virgen, atractivo y cien por cien natural. Es importante que se conozcan las condiciones de vida de aquellos años finales de los cincuenta e inicios de los sesenta. Los Caños era un lugar aislado, primitivo, carretera infernal para ir a Vejer o a Barbate. El fantástico faro de Trafalgar y la presencia de escasos coches eran las únicas conexiones con el progreso y la tecnología. Los faluchos de Barbate iban y venían en busca de pescado, añadían al paisaje belleza, un encanto imantado y nos aproximaban a la desigual lucha del hombre con el mar. De noche podíamos observar los destellos del faro de Tánger. No sé a los mayores, pero a los niños la imaginación se nos disparaba cuando las estrellas mezclaban sus reflejos en el mar con los luminosos rayos del faro en medio de un silencio solo quebrado por el susurro de las olas al romper en la orilla. Grandes dosis de Naturaleza nocturna que serenaban el alma. Un pequeño acantilado, mirador, separaba las casas de la playa. Todas miraban al mar.

Familia de excursión a "Las Cortinas" aprovechando la bajada de la marea (1955)

    Por su parte inferior, ese acantilado derramaba agua dulce, cristalina y fresca y formaba conatos de pequeños ríos que morían rápido tragados por una arena increíblemente fina. El agua que manaban las escarpadas paredes del acantilado se canalizaban con hojas de pita pinchadas en ella a un par de metros de altura. Aquel genial invento eran una duchas naturales que permitían que el agua dulce nos quitara la sal del mar. De ahí el nombre de Los Caños. 

    Por medio de su azote permanente, sobre todo en invierno, el mar se había comido la base del acantilado provocando algunos desprendimientos y unas pequeñas cuevas - covachas - que rezumaban agua por el fondo y el techo, no demasiado alto, lleno de irregularidades a modo de mocábares de roca. Algunas cuevas eran algo más grandes. Todas con humedad y frío. Un día vi refrescarse en esas aguas botellines de Cruzcampo y de Mirindas de naranja. Recuerdo un bote de aceitunas y algunas latas de mejillones. Fue el principio de algo nuevo. Creo que se llamaba "El Capi", era un hombre del lugar y se había dado cuenta de que a la gente le gustaba disfrutar de la playa con un aperitivo. Con el tiempo vi sillas de madera en equis, plegables y mesas compañeras metidas en esas cuevas. Habían nacido los chiringuitos naturales a pie de playa.

          Los permisos, la higiene, los impuestos, la lista de precios, la recogida de basura y todo eso brillaban por su ausencia. En el acantilado manaba agua corriente y fría en un marco sin par. Los Caños eran una sobredosis de sencillez, silencio, frescor y Naturaleza. Mucho más que suficiente. Con el tiempo los pequeños negocios proliferaron: tuvieron que sacarlos de la misma playa y trasladarlos al filo del acantilado, arriba. Cañas, palos y soguillas de esparto - tomizas - fueron sus materiales de construcción. Desde arriba las vistas de las rocas, de la "Punta" y del Faro eran espectaculares. Los Caños eran un alhaja, nombre que también dábamos a una fila de rocas bastante metida en el mar, muy rica en cangrejos y erizos, que el agua cubría con la subida de la marea. Aún hoy se puede ver.

          Por la parte de atrás de las casas un inmenso y precioso pinar te invitaba a pasear y permitía henchir tus pulmones de aire puro que olía a gloria. Era un aire con sabor a piñones.

          Los autobuses comenzaron a llegar a principios de los sesenta. Venían de todas partes. El pinar se pobló de furgonetas, muchas de ellas francesas y alemanas. El ambiente cambió. Las drogas hicieron su aparición, la suciedad también, un exceso de gente y sobre todo cierto descontrol. Durante demasiado tiempo las infraestructuras brillaron por su ausencia. A mi entender la responsabilidad de las Administraciones Públicas, sobre todo local y provincial,  también. Mi abuela murió y yo dejé de ir, aunque Los Caños siempre han estado vivos en mi corazón.

    Hoy día visito los Caños en otoño o primavera cada dos o tres años. La nostalgia me invade y los recuerdos penetrantes de una niñez espléndida acuden a mi mente. El Faro sigue allí lanzando su mensaje. Ya no conozco a nadie. Últimamente me ha alegrado saber que han descubierto unas ruinas romanas para salar pescado y algunas cosas más. Ojalá fuera el principio de un cierto renacer aunque ya nada será igual.

Playa en los Caños de Meca. Al fondo el Faro.

 

30 enero 2022

El ecologista tímido

 

De Pozoblanco a Dos Torres, Los Pedroches. Rafael Redondo, Enero 2022

Su timidez siempre fue superlativa. No era amigo de las multitudes ni de las grandes manifestaciones públicas, aunque eso no le impidió ser un magnífico maestro de primaria. En la escuela, el aula, el patio o los despachos su retraimiento se convertía en arrojo, rozando la osadía cuando de defender alumnos se trataba. En la calle le funcionaba otro chip. Se mostraba tacaño en palabras y gestos. También en la familia y un tanto parecido con los pocos amigos. Con su pareja, maestra ella también, no había ningún problema porque Mari Sol le miraba a los ojos y los leía como si fuera un libro abierto iluminado. La empatía de esta última, también superlativa, compensaba con creces la cortedad absoluta de Fernando.

               Sus padres, campesinos, amigos de la tierra, del esfuerzo y del poco necesitar quisieron que estudiara y él sacó partido de la oportunidad. Terminó magisterio con el trastorno, en palabras de algunos, de una tremenda preocupación por el medio ambiente. Entero decía él, en plan irónico, citando a sus maestras. Desde muy joven tuvo la sensación, y buscó datos, de que la Tierra se moriría algún día debido a la torpeza, ceguera y ambición de unos locos con carnet y decidió hacer algo. Convencido de la potencia de la constancia de una gota de agua se propuso velar por la salud y bienestar de este planeta, siendo siempre consciente de sus limitaciones.

               Pronto, recién llegado a la universidad se apuntó voluntario a un par de verdes ONGs. Su trabajo, híbrido de carácter y formación, siempre fue vanguardista en la retaguardia: pagaba sus cuotas, diseñaba carteles en el anonimato, facilitaba slogans de manifestaciones, con ficticios pseudónimos escribió algún artículo en la prensa local, asesoró a algún líder con citas a escondidas …. Cámaras y micrófonos le producían cierta alergia vital por lo que nunca se vio su rostro en actos públicos y jamás se escuchó su voz como un ecologista intolerante.

               En la escuela su labor se centraba en educar alumnos en el respeto al medio natural, insistiendo en que la Tierra puede ser cualquier cosa menos un basurero. En claustros y reuniones se mostraba pacífico, abandonando toda pretensión acusatoria, cualquier actitud de posesión de la verdad y procurando conciliar posturas aunque para eso tuviera que relajar la suya. Defendía que un logro bajo acordado entre muchos era un enorme logro para todos.

               Partidario del prevenir mejor que del curar y de la opinión que establece que el que contamina lo deja como estaba, ¡se siente!, nunca estuvo en política. ¡Su opción fue la Naturaleza! Pasaba de intenciones de leyes y ministros pues para él prevalecía el concepto: “Dejarlo como estaba antes de la incidencia”…..si tiene que pagar que pague el infractor, pero el concepto es claro: “Dejarlo como estaba”: léase Mar Menor de Murcia, cualquier tipo de incendio intencionado, montaña paseada o playa y botellón. No se trata de descontaminar, se trata de no contaminar y advertía que la ecología no es de derechas ni de izquierdas. La Tierra necesita la colaboración de todos.

               En el ámbito personal su yo resultaba exigente y riguroso: senderista basurero de caminos y cunetas que recogía en una bolsa todo tipo de residuos; paseante urbano recolector que introducía en los contenedores lo que otros habían sacado o dejaban a sus lados; su casa era una colección de selectivos contenedores: orgánica, metal, madera, vidrio, papeles, pilas, envases, ropa, aceite, ….la lavadora siempre la ponía llena y en su lavavajillas no cabía un plato más; cisternas con dos compartimentos eran obligatorias en sus cuartos de baño; la radio siempre baja, folios por los dos lados, cubo para recoger agua de la ducha hasta que llega la caliente, agua de lluvia para la plancha,…Criticaba duramente que con agua potable se regaran las plantas, se lavaran los coches o se usara a diario en el mismo WC. Pagar bolsas de plástico en los supermercados era una absurdez total que nada soluciona…. Lo de comprar cuotas de CO2 a países más pobres era de sinvergüenzas además de insensatos…. La cría de ganado, en su forma intensiva, era calificada como doble maldad por el daño a la tierra y a la especie animal, … avisaba de que una economía mundial basada en el consumismo y en la super – explotación de recursos no puede acabar bien…. La Tierra es un ser vivo y siempre ha respondido a los ataques…..Y recordó a su madre barriendo el empedrado de la puerta de entrada del cortijo en tiempos de su infancia.                            

Publicado en Diario Córdoba 6/10/2021

27 enero 2022

El cántaro de hielo

 

Cántaro tradicional hecho a mano 40 cm de altura y 27 cm de ancho
 alfarería m. zabala (Toledo)

               Estamos ante un humilde cántaro de barro que pasaba las noches al relente. Su agua procedía de una potable fuente pública. Solo, al lado del pozo, debajo de la parra, contra la pared blanca, destacaba su roja silueta. La penumbra, en la noche, lo cubría cuando el aire, el ambiente y el agua de los charcos comenzaban a enfriarse. El mercurio se contraía en el termómetro y una tiniebla, entre azul y morada, conformaba las sombras mientras la luna mostraba el plateado de las hojas de un olivo justo al lado. Era un invierno crudo.

               La frialdad de la húmeda madrugada cuajó la noche y el cántaro de barro crujió, se partió en dos pedazos. Solo lo contemplaron el pozo, la parra, el olivo y la luna, en medio de una estridente soledad.

               Por la mañana el niño salió al patio y ante sus ojos apareció un cántaro de cristal, sólido y transparente, efímeramente bello. La principal diferencia estribaba en la falta de un asa. Parecía mucho más un gran jarrón que un cántaro. Jamás podría llenarse a pesar de su forma. Su alma era sólida.

               ¡Mamá!, gritó, entre espanto y sorpresa: El cántaro se ha roto y en su lugar tenemos un cubito de hielo que ha heredado su forma.

               Pero ¿Qué estás diciendo?, alma de cántaro, le respondió la madre. ¡Tú estás viendo visiones! ¡¡¡ Ya estás desayunando!!!. Aun así, la madre se asomó.

               ¡Anda, pues es verdad! se dijo para sí, maravillada al contemplar la insólita escultura.

               Un rayito de sol, que viajaba en el aire por el este, consciente de la desnudez del hielo, de forma natural, inauguró el combate que luego arreciaría al entrar en el juego un sol de oro brillante. Por el perfil del cántaro de hielo empezaron a deslizarse lágrimas frías. Las gotas, derretidas, parecían manar de aquella piel de hielo cristalino, dando lugar a un charquito en el suelo.

               El niño, con ojos muy abiertos, no se perdía detalle. Tienes que irte ya, le sugirió la madre. Pero es que cuando venga ya no podré mirarlo, ya no estará, le respondió el chaval. Estará de otra forma, las cosas cambian, le respondió la madre. Tendrás que acostumbrarte. ¿Sabes? Al cubito-jarrón lo pondré en un barreño y aprovecharé el agua. En cuanto al barro roto, cogeré los pedazos y los pegaré todos. El niño agarró su cartera y se fue para el cole sin poder desprenderse de la imagen helada de aquel enorme huevo que moría poco a poco. Nada se podía hacer ante aquel sol naciente. Su madre lo besó y le calentó el alma. El chico se fue cole. Sacó su piedra -a modo de balón- y a base de patadas la transportó hasta la misma puerta de la escuela. La recogió, la guardó en su cartera y atravesó la puerta. El maestro ya esperaba.

Interpretación de Goval (Febrero 2022)


19 enero 2022

El naranjo torcido

 


               Cuando era un niño se me quedó grabado aquello de que el árbol desde chiquitito. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de lo frecuente que es repetir frases o refranes legados por nuestros padres y abuelos de tal manera que, al recordarlas, comprendes mucho mejor lo que realmente significan. Además puedes poner a prueba su veracidad: solo tienes que observar lo que sucede a tu alrededor.

               Corría el final del siglo XX cuando descubrí cerca de mi casa un naranjo inclinado hacia el este. Al principio no le eché mucha cuenta, pero me molestaba su visión quizás por la fuerte rutina de estar habituados a que los árboles huyan de sus raíces en vertical. Pasé por su lado muchas veces camino del supermercado. Era una atracción fatal la que la Tierra le producía. Su copa, a modo de cabeza, se humillaba hacia la salida del sol: claramente se podía identificar como una reverencia y un reconocimiento de la autoridad de nuestra estrella Sol. Un día me paré y observé que estaba sano y fuerte, pero su amor por el saliente era más que un deseo. Era una realidad física.

               Me propuse arreglar aquella pertinaz tendencia, anormal para mí. Encontré recias cintas de plástico de embalajes de motos, las cuales, amarradas a unos postes de hierro que impedían el acceso de coches al espacio entre bloques, consiguieron forzar su inclinación hacia la verticalidad. Pasaron unos días sin novedad, pero al quinto o al sexto las cintas se habían roto y el naranjo, como aguja vegetal imantada, volvía a marcar el este con mayor insistencia. Noté que tenía fuerza y no me permitía ponerlo algo derecho. Con varios palos de madera, anclados en el suelo, intenté levantarlo. A duras penas, el árbol, se enderezó un poquito, pero el intenso pulso que mantenía con los extremos de los robustos palos que le obligaban a mantener cierta esbeltez, era demasiado fuerte. Mi interior me decía que era una lucha desigual y costosa, pero no cejé en el empeño.

               Dos días después volví a pasar por allí. Habían regado y los palos, ante la inconsistencia de la tierra mojada, cedieron posiciones. El naranjo exhibía su inclinación como una victoria. Uno de los palos, posiblemente ya bastante cansado, reposaba en el suelo. Los otros dos dudaban si caerse. La impotencia, a veces luminosa, me llevó a pensar que la inclinación no era un defecto, sino algo natural y frecuente que podía hacer de la Naturaleza algo singular, pero mi cerebro no lo aceptaba como tal. Fue entonces cuando con palos y cuerdas, juntos, diseñé un sistema para tirar del dichoso arbolito hacia el oeste. Con periodicidad semanal tensaba las cuerdas y empinaba algo esas maderas que intentaban llevarle la contraria a su obstinada dirección. Pareció corregirse algún centímetro pero alguien cortó las cuerdas y retiró los palos: su tronco recuperó el terreno engañosamente cedido. Me recordó al junco que se curva ante el viento, pero una vez calmado la planta recupera su primitiva posición. El instinto natural de este árbol, cual brújula botánica, era mantener el este como la quilla de un barco encallado en las rocas.

               En primavera atacó la sequía y, semanalmente, lo regué durante varios meses, sobre todo en verano. Mejor un árbol inclinado que seco. El árbol agradecido me ofreció su mejor imagen y me correspondió con un verdor intenso. Sus abundantes hojas brillaban de salud. Pero, una vez nutridas sus raíces, ante la persistente cabezonada oblicua del vegetal me aburrí y poco a poco me olvidé de él. Su destino estaba marcado. Durante años, quizá entre cinco a seis, lo he visto sin mirarlo pero, de repente, hace unos días, volví a caer en la cuenta de su buena salud y de su amor eterno por el naciente sol. Se ha hecho más robusto y está más que frondoso. Su autonomía es total y, como cabra que tira al monte, él sigue apuntando hacia donde lo ha hecho toda su vida.

               ¿Qué me he encontrado ahora? El árbol tiene el tronco más grueso y una i griega, Y, gigante de madera, que alguien le colocó, lucha impotente ahora contra ese apartamiento de la vertical. En su pie le han salido dos hijos muy derechos, perpendiculares al cielo y a la tierra. La convivencia entre los tres es total. Viéndolos se me ocurrió pensar que de progenitores torcidos pueden salir retoños muy derechos y que ideologías extremas – con la lima del tiempo y la experiencia – logran moderación. La Naturaleza y la vida parecen compensar las tendencias de uno y otro lado, dando lugar a una prodigiosa diversidad que alberga lo uno, su contrario y lo del medio. Todo tiene su sitio y nadie es más que nadie. En el escenario del tiempo caben mezclas de eventos y circunstancias – a veces naturales a veces artificiales – y juntos determinan, aliñados con dosis del azar, lo que permanece y lo que se va.

               Inclinados o derechos, todos los árboles tienen la misma oportunidad de existir y no está bien eliminar ninguno. Todos aportan oxígeno y hacen el prodigio de transformar el ceodos (CO2), el agua y las sales minerales en troncos, ramas, hojas y frutos. Lo de la inclinación, realmente, es secundario…. Y al árbol no le importa. en el terreno humano son las inclinaciones las que más nos definen.

               A la vista de los dos vástagos derechos, se me ocurrió pensar en cortar el naranjo sesgado. Desaparecido el principal y antiguo propietario de ese trozo de tierra, sus descendientes aprovecharían sus potentes raíces, formadas con los años, para crecer mejor y más, para consolidar su perpendicularidad, pero deseché la idea. Debe ser la Naturaleza la que solucione el problema que ella misma creó. Será ella quién decida el cómo y el cuándo. De momento siguen creciendo los tres en amor y compaña y a mí me gusta verlos.

               Me equivoqué. Lo natural ha sido interrumpido. La mano del hombre precipitó un fatal tala criminal. Ha pasado un año y alguien ha pensado que, a pesar de su oblicuedad, lo mejor era quedarse con el padre. Los dos vástagos han sido cortados por su pie y dos tocones tímidos indican el lugar donde estuvieron. Al padre no le han preguntado y desde su cruzada posición destila soledad. Ahí sigue, fuerte, vigoroso e inclinado dando fuerza a otros vástagos.




10 enero 2022

Entre locura y realidad

          Es la tercera vez que publico este artículo, cada vez ligeramente corregido y a mi entender, no acaba de perder actualidad. ¡ Salud!



            Entiendo que vivir es un mix de experiencias, desdicha, sentimientos, felicidad y súplicas, trabajo, preocupaciones, viajes, política y salud, contradicciones, lo malo, lo bueno, torpeza, sabiduría, etcétera, etcétera. La mezcla es la esencia de lo cotidiano y a veces nos resulta difícil identificar lo fundamental porque, normalmente, se nos muestra disfrazado. Todo forma parte de todo lo demás. Todo está conectado. Las conexiones, a veces invisibles, dominan los espacios. Las interesadas más. Mientras tanto, las mentiras forman parte de cualquier verdad, lo blanco se combina con lo negro y las sombras se confunden con la luz tejiendo zonas de penumbra. Lo que puede ser bueno para la Naturaleza y para la vida se convierte en un problema a la hora de intentar comprender las realidades social y política. Ante la galaxia de opiniones e intereses, estos escenarios cristalizan en ilusiones mentales difuminadas, en desvanecidas nubes sin perfiles: existen pero nos resulta muy difícil interpretarlos y llegan momentos en los que ¡¡¡Ya no sabes a quién creer ni lo que creer !!! Lo sencillamente complejo ha sido sustituido por lo complicado de la sencillez.

            Entiendo que tanta tergiversación y tanto retorcimiento intentan que no lleguemos a comprender y, en ese maremagnun de falsedades, pretenden que no tengamos elementos de juicio claros para pensar por nosotros mismos. Casi todos nos mienten. Son unos embaucadores que quieren que aceptemos sus mentiras como nuestra verdad y, sobre todo, que seamos obedientes y sigamos sus pautas. Todos trabajan para convencernos no de su bondad, sino de la maldad del otro. La política ha pasado de ser el arte de lo posible al magistral arte de la mentira. En mi opinión, esto explicaría el auge de cualquier populismo: mensajes nuevos, directos y simples, concretos y políticamente incorrectos, aunque en el fondo sean más de lo mismo o incluso peor, porque para entenderlos entran mejor debido a la ley del mínimo esfuerzo al sobreponer las emociones a la razón.

            Armas tradicionales son y han sido: El poder, lo pícaro, lo válido, el implacable tesón, lo práctico, el brillo, la confusión, lo útil, nuestros euros, lo manejable, las imposibles promesas, lo reutilizable, la vivienda necesaria, las trampas, la agresividad disfrazada de pacifismo, el pisotón, la discriminación, el bofetón, la exagerada adjetivación, la envidia, el engaño, la intolerancia, el enfrentamiento, la frialdad, el sentimentalismo, el futuro bienestar, la insensibilidad, el avasallamiento, el aislamiento, la soberbia, el quítate tú que me pongo yo, el engreimiento, lo vacío, la imagen, el marketing, la psicología social, los big – data, el doble rasero, la falta de compromiso, la falsa solidaridad, tusproblemassonmisproblemas, la tergiversación, el puro interés, el chantaje, el ocultamiento, el insulto vestido de alabanza, el sectarismo, etc.

            Resultaría difícil, muy difícil, establecer una priorización y mucho menos una clarificación de estos componentes en una situación cotidiana o ante un problema social o sanitario grave. Intereses e interesados se encargan de que esto nos resulte imposible. Pero es terriblemente fácil darse cuenta de que lo que nos rodea contiene significativos porcentajes de todo lo anterior. Siempre lo hubo en el mundo. Siempre existió. Pero hoy parece estar más presente que nunca.

            Tigres disfrazados de payasos que inauguran cementerios. Reuniones de focas ordenadas y sentadas que se dan la palabra cuando el semáforo se pone verde. Fábrica de ideas enlatadas con precinto de garantía y con fecha de caducidad. Iglesias llenas de pájaros sentados con botellas de butano amarradas a la espalda. Cuerpos acostados en catres sin somier y sin colchón, sólo con sábanas. Pensamiento único. Escuelas llenas de paja esperando que lleguen los burros. Farmacias que venden menús de cócteles venenosos. Gobierno teledirigido desde la cárcel. Barcos con patas de avestruz que sustituyen al metro y al centímetro. Bolígrafos en estado de catalepsia. Uñas que crecen hacia dentro. Ballenas que incendian montes. Partidos de fútbol jugados entre serpientes con pelota de granito. Libertad presa, ministros chatarreros vestidos de alienígenas, odios disfrazados del buen samaritano… ¡No os preocupéis, todo va bien, es normal! ¡ Se avanza!

            Elefantes que caminan por los hilos del teléfono llevando cada uno una palabra. Asesinos que conferencian en universidades. Enamorados condenados a desenamorarse por tribunales de águilas. Latas de comida para el 3.500 donde los conservantes totalizan el 95 % de su contenido. Inútiles que legislan, gobiernan y dicen todo lo que se les ocurre a través de una cebolla microfónica. Robots vestidos con corbatas y papel higiénico haciendo el amor a un bidón de gasolina. Traficantes de droga repartiendo cuadros de Goya y Picassos entre buitres con corbata. Arquitectos que construyen hormigueros y panales para abejas de plástico. Presidentes y ministros vendiendo hamburguesas metálicas caramelizadas con sabor a fresa. Guitarras que tocan cuando se les sopla por una clavija. Manzano repleto de jeringas. Palabras sin letras. Cielo sólido. Políticos que escriben la Historia. Ministerios que no saben sumar muertos del Covid. Fallecidos sin rostro. Contagios virulentos por centenares de miles. Inflacción del 6%. Gigaprecio para la luzy el gas. Homenajes a etarras asesinos. Montañas de mentiras. Moscas que venden el invierno, obispos asimétricos vestidos de Flash Gordon, móviles como camiones colgados de la frente, desiertos de arena en los Polos, despilfarro de agua por el norte que provoca terrenos muy sedientos por el sur, incapacidad para gastar los fondos europeos, crispación interesada convertida en espectáculo,....

            No os preocupéis, todo va bien. Es normal. El tiempo camina a nuestro favor. Nadie quedará atrás,.....

            Hospitales convertidos en supermercados, bancos transformados en cuevas de ladrones para perder miles y miles de patatas en metálico, periódicos con hojas de cemento, luz oscura, sol frio, nieve negra. Mares como sepulcros, llaves de azúcar. Granjas de tijeras medianas y pequeñas que hablan inglés. Mesas sin patas. Palacios de hielo convertidos en morgues. Ojos sin cara. Enanos mentales sinvergüenzas mutados en intelectuales éticos. NO TEMÁIS. TODO VA BIEN. ES NORMAL. EL TIEMPO AVANZA A NUESTRO FAVOR. NO HAY PROBLEMA. ESTAMOS TRABAJANDO. TODO ESTÁ CONTROLADO.

05 enero 2022

Lluvia, farmacia y bar

 

Córdoba: Panorámica (Foto de S. Muriel)

    Llueve. Es noche cerrada en el centro de Córdoba. El bar y la farmacia, objetos de estas líneas están puerta con puerta. Entre el agua que cae y el tinto que bebo, la realidad invita a fantasear: mi bolígrafo aspira a ser  una varita mágica. Es invierno. A causa de la gripe y del Covid, también a resfriados, la gente necesita la ayuda de los fármacos y, por miedo al contagio, hace cola en la puerta. No entran. Todo el que llega pide su vez y aguarda turno religiosamente. En fila india, el personal se refugia en el toldo que la cafetería mantiene desplegado. La dueña, bajita, morena y regordeta, con muy malos modos, increpa a la laica procesión formada por mor de la salud “porque su toldo no está para cobijar a los clientes de otras tiendas” y además, les suelta “Me mancháis los cristales al rozar los abrigos”. La gente con incredulidad la mira, se remueve en el sitio pero no lo abandona. Sigue bajo el toldo.

    Decidida, la montaraz mujer entra en el bar, guarida desde ahora, y con genio gira la manivela que enrolla la loneta. Admito que ese gesto, para un observador casual como yo, me sorprende y perturba. El toldo opone resistencia y chirría pero ante la mano insistente de su dueña no tiene más remedio que ceder y plegarse. Dos chicas, al detectar las gotas, se amparan en la carpa de enfrente y comparten conmigo esa prolongación del bar – con paredes y ventanas de plástico - que en tiempos no lejanos estaba destinada a fumar. Eso también es mío, les dice la señora. Vamos a ver señoritas, o se sientan y consumen o se quitan de ahí. Pago mucho dinero por ocupar ese trozo de calle; además están los calefactores…..así que ¡¡ gilando!! Las chicas le aclaran que allí no molestan a nadie, que la carpa está prácticamente vacía y que serán tan solo dos minutos. ¡Ni dos minutos ni medio… ese espacio es para mis clientes y ¡por favor! un respeto a las canas. ¿Será posible? ¡¡Qué cara más dura tiene la gente joven!! le espeta a una cliente octogenaria que, desde el interior, la observa con ojos muy abiertos bebiendo su cerveza. Asiente pero no dice nada.

San Basilio (Córdoba)
Contrariadas, las jóvenes abandonan la carpa y vuelven a “la fila”, a la húmeda intemperie. ¡¡ Y quitarse de la puerta….que no dejáis entrar a la clientela!! ruge con voz felina desde dentro de aquella “leonera”. Una de las dos jóvenes, encapuchada para evitar la lluvia en su cabeza, no puede aguantar más y exclama: “Discúlpeme señora pero es usted h o r r o r o s a”. ¿Tendremos que desaparecer de Córdoba para que nos deje en paz? “Con que os vayáis de mi acera tengo bastante y para hablar conmigo no te tapes la cara. ¿Por qué te escondes? ¿Es que te da vergüenza? Señora, no me tapo la cara, solo me protejo del agua.

    El único cliente que había bajo la carpa, convidado de piedra hasta el momento, rebotó de su sitio y con tranquilidad, con una voz suave pero determinada, le dijo a la vociferante jefa: “Señora, nunca más volveré por aquí después de lo que he visto: su actitud de hoy forma parte del Everest de la insolidaridad”. “Si fuera inteligente evitaría que la gente se mojara. Conseguiría así nuevos clientes. Pero visto lo visto, seguro que es pedirle demasiado”. “Que tenga buena noche”. La superseñora le respondió que no estaba el horno para bollos, que la dejara en paz, que quién le había dado vela en este entierro y que se fuera con sus sermones a otra parte, que ella tenía mucho que hacer. Que le habían salido los dientes detrás de una barra, que estaba hasta el moño de consejos y que se estaba mojando por su culpa. ¡¡ Que se calle, coño!! terminó por decirle. Tanto se ofuscó la sabihonda mujer que de repente sintió un profundo mareo, sus piernas se aflojaron, la vista se nubló y cuando llegó al suelo ya casi había perdido el conocimiento. Alrededor de ella se formó el típico revuelo. Mientras tanto la lluvia arreció de lo lindo. Rosa, empapada por detrás y por delante tenía la cara lívida, los ojos entornados y balbuceaba algunas palabras que nadie conseguía entender. Una de las chicas abroncadas, con la lluvia corriendo por su cara, solicitó pasar: “Soy médico, soy médico, dejen paso por favor”. De rodillas sobre Rosa le tomó el pulso que notó acelerado. Rosa temblaba como un flan, estaba sudorosa, aturdida. Vomitó un par de veces. La chica médico suplicó: “Que alguien me diga algo sobre esta mujer, llamen al 112 por favor, llamen al 112…”. El tumulto y el alboroto llegaron al interior del bar. “Algo ha pasado en la puerta” comentó una cliente. Pilar, la camarera salió a ver qué pasaba y cuando se encontró a Rosa allí tendida no pudo remediarlo y comenzó a llorar: Pero ¿qué le ha pasado? pudo decir tragándose tres nudos de garganta. Pilar, despierta y avispada gritó: “Rosa padece de diabetes”. La médico miró, se levantó con una agilidad pasmosa, decidida. Las descargas de adrenalina actuaron como cohetes propulsores y con un par de saltos se coló en la farmacia: Por favor, es urgente, un set para diabéticos, glucómetro incluido. Salió. Dejen pasar el aire, le dio tiempo a decir….dejen espacio, por favor dejen sitio….Rosa, desmadejada, permanecía en el suelo. Entre el sudor y el agua de la lluvia su ropa era una esponja. Pinchacito en la yema del dedo, la sangre aflora rauda. La tira reactiva marca una hipoglucemia grave. La joven médico le inyecta un glucagón intravenoso. Todo ha sido muy rápido. Ahora tendremos que esperar unos minutos, dijo la chica. Que alguien traiga algo para abrigar a Rosa. Pilar traía su trenka cuando una ambulancia UCI hizo acto de presencia. Rosa empezó a removerse y abrió sus asombrados ojos ante el círculo de gente que la rodeaba. En medio de su desconcierto y desorientación, absolutos, preguntó: ¿Qué ha ocurrido aquí? Nada, un pequeño mareo, respondieron a coro los sanitarios. Parece que lo peor ha pasado, comentó el conductor y se llevaron a Rosa al hospital. La gente que miraba estalló en un aplauso para la joven médico. Ella, emocionada, no pudo remediar una lágrima y se fue con su amiga. Nadie sabía su nombre.

    Tras una noche en observación, sin mayores problemas, le dieron el alta y Rosa, lo primero que hizo fue volver a su bar. Había dormido bien y estaba relajada. Pilar y Rafael, los camareros, la estaban esperando. Al entrar se abrazaron los tres. Fuera seguía lloviendo. Sin demora, descorrió el toldo hasta que tropezó con la estructura de la carpa. Podría mojarse alguien, murmuró muy bajito. Luego fue a la farmacia a pagar aquel set que le salvó la vida. La farmacéutica no le quiso cobrar. Dijo que no tuvo importancia. Rosa pidió un papel y escribió: “Vale por un año de desayunos al personal de esta farmacia en la cafetería de Rosa. Los clientes de esta farmacia pueden cobijarse en el toldo de Rosa todos los días que llueva y durante el tiempo que necesiten”. Firmado Rosa.” Su ángel de la guarda, testigo de excepción, le había hecho comprender, minuciosamente, todo lo sucedido.

    Ese mismo día, atardecido, el cliente que abroncó a Rosa pasó por allí y vio el toldo echado. La gente que hacía cola para la farmacia disfrutaba de él. Rosa conversaba con ellos como si los conociera de toda la vida. Ángel, así se llamaba aquel hombre, se sentó en una mesa debajo de la carpa y, sonriendo, pidió un café. Rosa lo reconoció y le dijo: “Hoy, paga la casa”.

31 de diciembre de 2021

24 diciembre 2021

La dehesa transformada


  El mundo de las emociones y de los sentimientos es un vasto misterio: Resultan innumerables por su variedad, orígenes, niveles de intensidad, escenarios en los que se generan y expresiones que puedan concretarlos. ¿Cuántas emociones y sentimientos habitan en los seres humanos y de qué tipos? Al viajar por la red me he tropezado con una lista que describe hasta más de doscientos cincuenta. Seguramente encontraremos más.            

 Hay emociones positivas como son la alegría, la superación, el afecto, la libertad o la empatía. En casa de la negatividad habitan la ansiedad, el odio, la perfección, la venganza, la envidia, el desdén o los celos. En un tercer cajón podríamos encajar emociones y sentimientos ¿más neutros? Tengo mis dudas. Aquí podrían citarse aburrimiento, encanto, timidez, alivio, sorpresa, autonomía, concentración, firmeza, curiosidad, nostalgia, simpatía,….aunque será la intensidad de estos estados la que desplace a la persona hacia su beneficio o perjuicio.

               En todo caso emociones y sentimientos son esenciales para vivir y debiéramos aprender a digerirlos. No estaría mal que en casa y en la escuela se dedicaran diez minutos al día a esclarecer lo que encierra cada uno de ellos analizando situaciones cotidianas, fotos, poesías o pequeños relatos. La inteligencia emocional nos marca, es factor decisivo en nuestras vidas y es soporte para la profesión, en las relaciones humanas y también, por supuesto, para saber aprovechar el tiempo libre.

               Al pasear por la dehesa de La Jara me sorprendió el perfil del desgarro de una encina caída. Mis ojos se quedaron prisioneros en sus entrañas rotas de forma irregular. No pude resistirme y eché las fotos que ilustran estas líneas.




                ¿Qué emociones se adueñaron de mí ante tal infortunio? Mi primer desconsuelo fue pena y desolación. ¡Una enorme desgracia para un árbol¡ pensé, pero seguí mirando. Observé aquellos restos en silencio y descubrí un dragón desmembrado que parecía estar vivo y me miraba agónico, imagen caprichosa natural que el viento cinceló con su empuje asesino. Luego seguí sintiendo abatimiento, aflicción, agobio y amargura; angustia, asombro, ausencia; derrota, desaliento; desasosiego, desesperación, disgusto; estremecimiento, fastidio e impotencia; melancolía, nostalgia, pesadumbre y una tremenda vulnerabilidad. Me había identificado con la encina vencida y sus enormes trozos eran parte de mí. Lo que yo contemplaba era mi cuerpo fragmentado y sentí con terror la imposibilidad de unirlo. Este rompecabezas me generó un enorme dolor, realmente insoportable. Me alejé de allí buscando ayuda. A mi alrededor yacían otras encinas muertas, medio podridas, que imaginé personas. La dehesa había mutado en un gran cementerio.