13 enero 2023

Ayer eché una carta

 


Ayer eché una carta. Era una carta comercial, con dirección impresa y en el lugar del sello podía leer “a franquear en destino”. Pero era una carta con la dignidad íntegra: encerraba palabras, un mensaje, una respuesta que alguien esperaba recibir. Tener que echarla era mi obligación. ¡Era lo correcto! Una experiencia inusual en los tiempos de la digitalización googleliana.

             Todo empezó con un cambio de domiciliación bancaria. La empresa tomó nota por teléfono, conversación que grabó, y me envió una serie de documentos por correo postal. Una vez cumplimentados, se los tenía que devolver por el mismo conducto. Como en los viejos tiempos, aquellos en los que el papel era el principal soporte de cartas, documentos, diarios y revistas. A mi cabeza vino mi primera relación de adolescente, en la que las cuartillas estaban perfumadas. ¡Lástima que los whatsapp no desprendan aromas!, aunque todo se andará.

            En principio, aquello de la carta, retomo el hilo, me resultó algo raro, pero como de joven escribí y envié bastantes cartas, solo tenía que recordarlo. Aparte del papel, bolígrafo, comprobar el franqueo, lengüetear el sobre con cuidado y, finalmente, encontrar un buzón, escribir necesita una actitud de esfuerzo, de cierta entrega y una concentración, aunque sea mínima, para justificar los motivos que explican el envío.

            Con tanto correo electrónico, tanto whatsapps y tanto móvil había casi olvidado la ubicación de los buzones en la ciudad. Entre mi desmemoria y la falta de costumbre me resultó difícil localizar donde podría haber uno. Se me ocurrió poner en Google: buzones de correos en Pradolandia. Me salió un buscador de oficinas de idem, pero nada sobre la ubicación de los buzones. Entonces me afirmé en que nadie es perfecto ¡Ni siquiera don Google! Definitivamente, la perfección no existe por mucho que se diga en las redes sociales para mostrar acuerdo o contar un viaje.

            Vuelvo a retomarme. Cogí la carta. Me aseguré de que estaba bien cerrada y dirigí mis pasos a la oficina de correos más próxima. Al ser por la tarde estaba cerrada. La existencia de una potente mensajería privada, ante una debilucha red pública de correos, ha ganado la partida: ha provocado el cierre de oficinas y la reducción drástica del servicio. Pienso que la crisis –siempre hay una, sea social, económica o sanitaria- también habrá tenido algo que ver. Recuerdo que un funcionario me explicó -hace ya algunos años- que las oficinas pueden recoger cartas en la mano, pero que los buzones se quitaron de allí: Resulta que hay gente desquiciada que dedica su tiempo a depositar en ellos materiales ardiendo, con el peligro que esto supone para toda la dependencia. Y es que hay gente “pa tó”. En la calle, si arde un buzón, sólo será el buzón y el contenido, que tampoco obrará graves daños, dado el uso extendido de los nuevos sistemas de comunicación.

            Rebuscando caminos en la tarde, y en mi cerebro, orienté mis pasos y mi memoria. Recordé que junto a la imprenta-librería del Pozo Viejo, en la calle Cumbre, habitaba un silencioso buzón a la sombra de un árbol. Seguía allí, redondo y amarillo, con su ranura horizontal. Su altura, no más de metro y medio, no había crecido y con su tejadillo parecía la casita de un cuento. Esa ranura, protegida por una especie de visera giratoria, era determinante: Similar a una ventana al mundo, aquella boca metálica actuaba como un cordón umbilical: su conexión al exterior, su relación con el gran público. Un buzón sin ranura perdería su naturaleza y toda su utilidad. Sería otra cosa: quizás un monumento, un adorno urbano, un enser viejo sin interés. Realmente lo que da personalidad al buzón es su ranura.

            Su verticalidad me hizo imaginar un buzón sembrado que buscaba la luz. Sus frutos podrían ser las cartas custodiadas que, una vez recogidas, recorrerán kilómetros dispersándose por el mundo buscando sus destinos. Los buzones también tienen sus sentimientos y hoy están algo más tristes que hace unos años. Las nuevas tecnologías los han hecho sentirse casi inútiles. Los carteros, a modo de parteros, sacan de sus entrañas todo tipo de sobres con aires de rutina vestida de indiferencia. Al desconocer la información que encierran no parecen valorar sus variopintas confidencias. Los buzones tratan de soportar su devenida soledad y su aislamiento con ánimo y esperanza, aunque todo parece indicar que su futuro estará en un rincón de algún museo etnológico o en un viejo almacén.

            Llegué al buzón y su ranura parecía sonreírme como un emoticono gigantesco. Es como si me reconociera. Como si descubriera a un viejo y conocido amigo. Me deja levantar su chirriante tapa y lentamente deposito mi carta. Entro en su interior. Mis manos detectan una rampa. Rastreo la posibilidad de que la carta se haya quedado ella. Siento que el buzón recrimina mi desconfianza y mi poca fe en sus diseñadores. La verdad es que temo que mi carta, permanezca atascada en ese pequeño túnel inclinado y caiga en manos diferentes a sus destinatarios.

            Me alejo. El buzón sigue allí, a media luz bajo los grandes árboles. Comienza a lloviznar, fenómeno que afronta con firme indiferencia. Me siento bien tras confiarle mi carta y saber que, por ahora, mañana y pasado él seguirá por allí. El buzón de todos, mi buzón. Depósito metálico acogedor de sueños, custodiador vital de vastas esperanzas, recipiente amarillo de duelos y quebrantos ¡Gracias! ¿Qué me dirías si pudieras hablar?

 

03 enero 2023

Queridos lectores

 


               Desde la intimidad y rincones de la literatura quiero desearos un Feliz Año 2023. Al llegar estas fechas es frecuente caer en tópicos y en frases tan altisonantes como vacías. No es este mi caso. Estoy agradecido. De corazón, sinceramente gracias.

               Es cierto que no sois muchos, no arraso, pero estáis ahí y cada vez que cuento las visitas me siento satisfecho al comprobar que suben o al menos se mantienen. Eso me anima a seguir. A mis casi setenta y dos años sigo siendo un escritor en ciernes, un principiante que tiene mucho que aprender. Así que muchas gracias. Para mí sois muy importantes. Google con sus exactas cuentas me ha dado la última semana 80 visitantes de Israel, 9 de Indonesia, otros tantos de EE.UU., 8 de España, 4 de Alemania y 1 de Suecia. Para mí sois más que muchos y a todos os sitúo en el mismo nivel de importancia.

               Por nuestros ratos compartidos, a pesar de la distancia, es un placer felicitaros en Año Nuevo. Me produce gran ilusión saber que estamos vivos y conectados por medio de la palabra. Las palabras como lugar de encuentro. Hay días que me cuesta escribir, como que no me inspiro, pero pienso en vosotros y enseguida me animo. Sentir que alguien me espera a miles de kilómetros es una sensación cálida, gente que no conozco y recoge las vibraciones de mi espíritu, los golpes del teclado. Alguien, en fin, que me dedica unos minutos y valora lo escrito y como lo dibujo. Sí, porque escribir es pintar con las palabras. Así que quiero transmitiros mi más profundo agradecimiento. Un escritor sin lectores, se queda en la mitad.

               Este año, como felicitación, he utilizado una pintura de Miguel López Navarrete, pintor universal nacido en Alcaracejos – Córdoba – España. Las obras de Miguel comunican, se trata de una conexión inalámbrica. Sus trazos atraviesan la realidad y te transportan a otro lugar, siempre maravilloso. Sus colores, te elevan y te dopan de magia. ¡Gracias Miguel!

               Un año que comienza es una puerta abierta, un cruce de caminos temporales, un puente a construir entre un después y un antes. Año nuevo, vida nueva, se dice. Un año recién nacido es una alarma contra la rutina, una oportunidad para filosofar y agradecer un existir inexplicable y misterioso. Haber vivido es una experiencia única, irrepetible. Seguir viviendo es la gran ocasión para llenar el tiempo y darle un sentido coherente a nuestra vida. Es por eso que en las palabras que subtitulan el cuadro de Miguel podemos encontrar sueños y esperanza.

               Lo mismo que no podemos repudiar a las personas que queremos, es imposible renunciar a nuestros sueños: tenemos que perseguirlos y rodearlos con hechos, trabajarlos. Hemos de seducirlos con todas las estrategias imaginables y hacerlos realidad, porque el intentar alcanzar nuestros sueños nos hace mejores y mejoramos lo que nos rodea. Con sueños esperanzados nuestra vida cobrará sentido y plenitud, sabiendo que el camino suele ser más vivificador que la posada. Además nos encontraremos con caminantes que nos acompañaran en nuestro recorrido. Y esto es lo que me ocurre con vosotros, queridos y desconocidos lectores: Vuestra presencia me da fuerza.

               Los grandes deseos son inevitables en estas fechas por eso hemos de soñar con la Paz y la Libertad. Nada de guerras, de dictaduras ni pseudodemocracias. La lucha contra el hambre y la miseria ha de seguir. Todas las personas tienen derecho a una sanidad y una educación y hombres y mujeres son iguales en deberes y derechos. Los gobiernos del mundo han de trabajar para procurar a sus ciudadanos la oportunidad de crear su propio proyecto de vida. Pensar por ellos es manipulación. Decidir por ellos, usurpación. Crear oportunidades es respetarlos y amarlos. Hay mucho por hacer y en este año que comienza la solidaridad y la justicia espera nuestra colaboración. La Tierra también ansía un menor daño y quiere seguir siendo azul.

               De mis políticos españoles espero que este año trabajen por el bien común y no por el de unos pocos o para sí mismos. El 2023 debiera ser el año del entendimiento. Las elecciones son una buena ocasión para demostrarlo. Lo necesitamos todos. Alimentar la crispación, la polarización y la división desde las alturas es nefasto para la convivencia, sea nacional o interterritorial. El diálogo, para serlo, ha de establecerse con los más opuestos, no con los que piensan lo mismo que tú. Y por favor, dejémonos de populismos bananeros, unos y otros. Mi último deseo, en este aspecto, es que España mejore su estado de deberes y derechos y se avance en la separación de poderes. Hay nubarrones que me gustaría hacerlos desaparecer.

    Termino con Salud para todos, el bien más preciado de la humanidad a lo largo del tiempo.

13 diciembre 2022

Vicente y Luisa: la escalera

 


               Vicente y Luisa fueron una pareja feliz durante toda su vida, si exceptuamos momentos de desavenencias propias de toda etapa en común. Solo pueden rozar los que están juntos, decían. Eso sucedía ocasionalmente, solo de vez en cuando, por menudencias que pronto se olvidaban. Nada importante que dejase marcas en sus corazones o que determinaran ese futuro compartido. Sus cuatro hijos, dos varones y dos hembras crecieron en un ambiente familiar cálido y sereno.

               Vicente ejercía como maestro de primaria. Al terminar las horas oficiales prolongaba su jornada con clases particulares, sobre todo de Lengua. Siempre hubo padres preocupados porque sus hijos aprendieran un poco más. Vicente empleaba estas horas extras en repasar los deberes del día, aclarar dudas, trabajar alguna técnica de estudio y continuar con la buena costumbre que practicó, como alumno, en la enseñanza pública. No podía dominar la tentación de dedicar unos cuantos minutos más a la lectura colectiva en voz alta. Todos los días solicitaba a los alumnos su colaboración. Uno leía. Mientras, los demás escuchaban.

- A ver, fulanito, cógete el libro verde, aquel de los piratas del Caribe y léenos algo. Abre el libro al azar. Todos los demás ….¡Atentos!

               Tras los cinco minutos de rigor Vicente requería un comentario de lo leído. Otras veces pedía la idea principal y en ocasiones un cortito resumen. Tanto disfrutaba haciendo de maestro de Lengua que muchos días los alumnos tenían que avisarle: “¡¡don Vicente que nos hemos colado media hora…..!!. ¡¡Ea…. Pues vámonos. Mañana será otro día!!, pero si alguien quiere que le explique alguna cosa me quedo otros diez minutos. Los chavales salían disparados hacia la calle como estrellas fugaces buscando el horizonte.

               La Lengua siempre fue para él lugar de encuentro entre diferentes. Nunca debe ser elemento de discriminación ni de rechazo y menos un arma arrojadiza entre culturas. Así aleccionaba a sus alumnos. La capacidad de expresar pensamientos y sentimientos, afirmaba, es la máxima cota del ser humano. No existen lenguas superiores. Solo las pseudodemocracias y las dictaduras intentan imponer aquella que creen suya. El dueño de la lengua es la ciudadanía y son los ciudadanos los que deciden el idioma que usan. Rechazar a un individuo por su lengua materna es propio de ignorantes o de malas personas. La garantía de un idioma es su utilidad y el número de personas que, libremente, se comunican con él.

               Vicente estaba convencido del mensaje integrador de los idiomas y se lo recordaba a sus alumnos todos los días. Las Lenguas están para hermanar, jamás para separar o dividir, por eso hay que conocerlas muy bien, trabajarlas y que sirvan de nexo. Convertir un idioma en una muralla o en una obligación es propio de cerebros planos. Además, la Lengua es la llave de la puerta de entrada a todo el conocimiento, a todas las demás asignaturas, es por eso que debéis esforzaros en leer y escribir lo mejor que podáis. Aprended todos los idiomas del mundo y así os convertiréis en sus ciudadanos. En realidad, las consideraciones de Vicente sobre el idioma expresaban una manera de entender la vida, una forma de relacionarse con los demás. El vehículo era extraordinariamente potente: La Lengua, los Idiomas.

               Luisa, su mujer, la mayor de tres hermanas, se educó desde pequeña en las labores domésticas. Fue un rol que tuvo que asimilar en su niñez: intuyó, más bien supo, que sería ama de casa. Desde chica destacó como organizadora. Era algo que le encantaba. En su grupo de clase la maestra le encargaba hacer la lista de las excursiones, anotar los pagos, ordenar los exámenes por orden alfabético o recoger los libros de lectura. Todo lo hacía de modo natural y nunca nadie la acusó de enchufada ni de ojito derecho del maestro. Simplemente le gustaba, se ofrecía y empleaba sus cinco sentidos. En su casa ordenaba la ropa de sus hermanas, los libros de las estanterías, los platos de la alacena y hasta la fruta del frutero. Su cuarto era un escaparate del orden impecable: ni un lápiz fuera de su sitio, ni un pañuelo fuera de su caja, ni una caja fuera de su cajón. Jamás un cajón desaparejado de su mueble ni unos zapatos por el suelo.

               Entre sus hobbies estaban la jardinería y el huerto. Su capacidad para comunicarse con los vegetales desbordaba cualquier expectativa. El abuelo y su madre eran las fuentes de tanto conocimiento. Además, sus padres la apuntaron a un taller municipal donde un par de buenos aficionados dieron clases a los niños del pueblo. Los geranios del patio eran alucinantes pero no menos lo fueron los tomates que recogía del huerto. Nunca dejó de cuidar su mundo vegetal y de organizar, mucho menos. Tenía a bien cantarle a las plantas con dificultades. Era un tratamiento individualizado, especial para el rosal o la buganvilia. Aparte, tanto en su patio como en el huerto, tenía una terminal de un altavoz a través del cual se podía escuchar música clásica que curaba las enfermedades a los vegetales. También guardaba una selección musical para fomentar el crecimiento o cuando, por necesidades de tamaño, tenía que trasplantar. Para algunas criticonas del pueblo era como una bruja. Siempre aseguró que las plantas sentían dolor y tenían alma.

               Tras varios años de casados, Luisa y Vicente tuvieron que cambiar de vivienda: la que tenían les resultaba demasiado pequeña para alojar a tanta prole. Sus necesidades de espacio habían aumentado considerablemente. Pensaron que lo mejor era hacerse una casita a medida en las afueras del pueblo. Cada tarde se daban un paseo. Intentaban localizar una parcela que les viniera bien. Recorrieron la circunvalación decenas de veces. Miraron a derecha y a izquierda, alguna casa vieja que pudieran tirar, patios de casas abandonadas por familias emigradas, se interesaron por algunas herencias, etc…. al final compraron una huerta con vivienda en las inmediaciones del pueblo.

               Luisa, bastante cabezota, tenía una visión espacial prodigiosa. Vicente, muy entregado en la marcha de sus clases y sus alumnos, la dejaba hacer. La mujer tenía la mente muy clara en cuanto a situar muros, tabiques y ventanas. Tal era su visión espacial que el encargado de las obras de su casa le propuso trabajar para él.

- Nunca vi una mujer así, comentó en la oficina. Tiene una visión rápida y mágica sobre cómo distribuir habitaciones y para qué usar cada una de ellas. Cualquier problema lo convierte en solución y la ocurrencia encaja perfectamente.

               Luisa quería una casa de dos plantas: arriba dormitorios y abajo para estar. La inevitable escalera la dispuso de un tramo para aliviar espacios, lo cual supuso que el desnivel salvado fuera considerable. El salón ganó unos metros a costa de menos escalones. El encargado, con varios años de experiencia a sus espaldas, le aconsejó dos tramos de escalera, aumentar los peldaños y bajar la pendiente, pero Luisa, muy dura de mollera, decidió que un ramal era la solución perfecta. ¡Perfecta, pero muy inclinada! insistió el albañil.

               La escalera, con el tiempo, sirvió como escenario de fotos familiares, tendedero de ropa en las tardes de lluvia y puente de madera entre arriba y abajo. En su triangular hueco, se guardaron las bicis y triciclos de los niños durante muchos años.

               El tiempo pasó y ante las vastas dificultades que la vida fue acumulando, Luisa y Vicente estuvieron pensando en adaptar la planta baja a sus necesidades. Espacio había de sobra. Solo era cuestión de maestros albañiles y un poco de dinero. Subir y descender se había convertido en un suplicio para los dos y juntos, con sus hijos, decidieron que abandonarían el dormitorio de la primera planta. Entre tabiques tirados, levantar unos nuevos, manitas de pintura y reubicar muebles pasaron treinta días. Ahora, la famosa oquedad, bajo los peldaños, servía de aparcamiento de la silla de ruedas y del nuevo andador. La edad de la pareja los había convertido en socios necesarios y colegas recíprocos, imprescindibles: Vicente con su silla, ella con su andador. Todo quedó perfecto. La novedad más fuerte eran las dos camitas.

               Fue la primera noche del cambio cuando Luisa montó el número a la hora de acostarse. Que no, que no y que no. Que ella había dormido más de sesenta años en el piso de arriba y que ahora no se iba a trasladar a un dormitorio bastante más pequeño y mucho más incómodo. Vicente, anonadado, durmió abajo y Luisa con paciencia y dolores subió al piso de arriba. Fue la primera vez que durmieron separados desde que se casaron. El genio y terquedad de la mujer, la costumbre de años, la añoranza de su madurez vivida en la primera planta, el álbum de recuerdos mentales y alguna excusa más fueron determinantes.

               Por la mañana Luisa se levantó temprano. Había dormido poco. Demasiados cambios para sus tradicionales hábitos. De todas formas se vistió como siempre, se aseó y, con mucho cuidado, se dispuso a bajar. El primer escalón perfecto, lo mismo que el segundo pero en el tercero se le quedó la pierna atrás y perdió el equilibrio. Sin serlo, rodó como una piedra. Una cámara oculta hubiera visto piernas, luego cabeza, luego las piernas otra vez, cabeza ensangrentada, manchas en la pared y en la madera de los escalones,…. Fue una caída eterna, criminal y asesina. Cuando Luisa llegó abajo estaba muerta.

               Vicente, ya despierto, había escuchado ruidos y a duras penas, cojeando y encorvado, con su bastón de ébano, abandonó la cama y preguntó en voz alta:

-        Luisita, ¿eres tú?

Nadie le respondió.

-        Luisa, ¿Qué ha sido ese ruido? ¿Estás bien? Dijo elevando la voz.

El silencio era total. Solo quedó quebrado por el quejido del bastón y el roce de las zapatillas al arrastrar sus pasos contra el suelo.

Luisa, Luisa, Luisa,……..

               Por fin la vio. Luisa era la muerta estampa de un maniquí descoyuntado, de trapo. Se paró y ,sin poder remediarlo, se quedó sin voz.

               Sonó el timbre en la puerta.





25 noviembre 2022

El sueño de Federico

 

Obra de Miguel L. Navarrete (Alcaracejos, 2022). Colección "Sensaciones"


               ¿Se puede soñar que te despiertas en mitad de un sueño mientras tu cuerpo sigue dormido? Parece ser que sí. Al menos eso es lo que le pasó a Federico Tornero aquella noche lluviosa de noviembre: En su sueño, fue testigo despierto de su propio sueño.

               Se soñó despierto. Estaba en Costanilla del Mar. Lo sabía porque delante de él leyó un letrero que daba la bienvenida. El pueblo estaba en feria. A su espalda, dos casetas invitaban al personal a divertirse: en cada una de ellas actuaba un grupo musical con el encargo de amenizar las fiestas desde el mediodía. En ambas sonaba la música muy alta. Uno era un conjunto de rock duro, una peña con cuatro componentes vestidos con ropa cara rota, con tatuajes y piercings. En la carpa de al lado, elegante y de gala, cantaba una mujer morena, con una voz potente, canciones españolas. El compañero, con corbatón y smoking, tocaba un piano eléctrico. En la pista, una pareja de personas mayores bailaban agarrados. Sus caras reflejaban una triste alegría. Sonreían impregnados de ausencia, sin saber bien por qué. Sus pasos traslucían constantes de rutina, prestos pero mecánicos y con muy poca estética. Era una danza huérfana de sentido, regada con el hábito y la repetición, producto de haberla practicado muchas veces a lo largo del tiempo.

               Federico, en su perplejidad, se dio cuenta de que tenía que ser un sueño porque recordaba perfectamente que anoche se acostó en su casa de Cuenca ¿Cómo podía ser que se estuviera viendo en la feria de Costanilla? ¿Qué había hecho para llegar allí? Caminó. Se alejó del bullicio siguiendo a una mujer que vestía un estampado a la que no le pudo ver la cara porque andaba más deprisa que él. La mujer tiraba de un niño con una gorra roja. Cogido de su mano daba enormes chupetones a una bola de fresa helada que culminaba el cucurucho.

               De pronto, Federico se encontró ante un enorme muro de piedras muy talladas. A su lado yacían descomunales trozos. A modo de un complot de largo recorrido, el tiempo y la falta de mantenimiento habían unido fuerzas para derribar algunas de sus partes. Estaba delante de una gran abertura a través de la cual se podía observar, abajo, el centenario puerto costanillés. Dos inmensos brazos, curvos y desiguales, de piedra y hormigón, como dos grandes hoces enfrentadas a diferente altura, encerraban una especie de mar menor dejando libre la bocana del puerto: A la derecha pudo ver el dique de abrigo. En él se diferenciaba con claridad un paseo inferior protegido de los vientos y el agua. Cada cierta distancia unos escaloncitos permitían subir a la parte de arriba, una especie de púlpito alargado de hormigón donde la plenitud y la extensión de un mar de color cielo, extrañamente en calma, te hacían su prisionero. Al final, elevado sobre una construcción cilíndrica, muy sólida, se encontraba el viejo faro observador de cúpula redonda, vidriera transparente, con una balconada circular y pretil protector, en apariencia frágil. Desde allí un horizonte lejano y nítido, como si fuera recto, era el lugar del encuentro ficticio del cielo con el agua.

               En el puerto, en la hoz de la izquierda, siglos atrás, se había construido una pequeña fortaleza con dos esbeltas torres y un recinto cuadrado, amurallado, para defender la ciudad ante invasores y piratas. Por sus almenas asomaban las bocas de unos viejos cañones, hoy con seguridad decorativos. Un mástil huérfano, vertical, de madera, crecía como si fuera un árbol sin sus ramas: quería pinchar una nube violeta de algodón. En su extremo, una gaviota, sin vértigo, con vista de Linceo, vigilaba la costa. La marea, ahora baja, dejaba ver los cimientos en rampa, cubiertos de algas, de la vieja muralla defensora. En la arena, de una minúscula playa lateral, unas rocas tranquilas esperaban volver a ser cubiertas por el agua.

               Federico pensó en esos enormes brazos de hormigón: nunca llegarían a encontrarse del todo, nunca abrazarían nada. Estaban hechos para proteger sin tocarse. Su éxito estaba en su calculada y obligatoria separación. Eso sí: podrían mirar en su interior y observar su mutuo desgaste; comprobarían como el agua y el tiempo modelaban las piedras del vecino, una batalla lenta con vencedor seguro. Podrían escuchar los bramidos de un viento atronador y un mar embravecido, pero nunca se enlazarían por sus extremos. Sólo sus desprendidos y pequeños granos de arena entrarían en contacto, al mezclarse, en las poco profundas aguas de la ensenada.

               Un brusco encuentro ocurrió en aquel sueño real. Sucedió que Federico Tornero, perito mecánico de titulación y profesor de Electrotecnia en la Universidad, se tropezó de repente con Mª Ángeles Glaciar, compañera en el departamento de Electrónica.

               El caso es que Costanilla[1], un término en desuso[2], debía su nombre a la presencia de numerosas calles cortas y en cuesta, rodeadas de otras con menor inclinación. Al estar enclavada en un relieve irregular, próximo al mar, resultaba un pueblo pintoresco y atractivo.

               La profe visitaba con alumnos las particularidades urbanísticas de Costanilla[3] del Mar, tras la instructiva visita a la fábrica de microchips avanzados situada en sus proximidades. El repentino encuentro agitó sus corazones y la respuesta fue un abrazo de larga duración. Era la salida natural y lógica a la inexplicable atracción que ambos sentían, nunca dicha y menos concretada. Ella con melenita, pelo castaño oscuro y gafas de sol. Él con barba de talibán y cabeza rapada.

-        ¿Estamos demasiado cerca? preguntó él.

-        No. Estamos bien, respondió ella.

               Federico siempre que saludaba, besando a una mujer, procuraba mantenerse inclinado hacia fuera para no rozar su pecho. Le resultaba entre violento y aprovechado ese tipo de contacto…. En su sueño lo intentó, pero esta vez no fue así. Su compañera se pegó a él a lo largo de toda su vertical y entre los dos cuerpos no había el más mínimo resquicio que pudiera atravesar la luz. Le preguntó que hacía por allí y ella le respondió que estaba de excursión con sus alumnos, dando una vuelta al pueblo. Tras el abrazo más largo y apretado del mundo, un alumno le espetó: ¡Seño, que tenemos que irnos! La pareja parecía soldada por todos sus puntos de contacto. Una ambulancia que pasaba deprisa, con su sirena devolvió a Federico a la soñada realidad. ¡Se separaron!

               Ya solo, el sueño continuó en la habitación de un hotel. Estaba pintada de azul. Allí estaba su jaula. Él, en Cuenca, tenía un pájaro, pero observó que dentro había dos pajarillos más. ¿Cómo es posible que hayan entrado esos dos con la puerta cerrada? En su ensoñación pudo ver como su pájaro abría la puerta de la jaula con un extraño movimiento de palanca del pico. Atónito, confirmó lo que había sospechado: “Los animales son bastante más listos de lo que parecen y sólo en los sueños podemos comprobar algunos de sus poderes especiales”. La puerta de la jaula se abrió y los dos pajarillos remontaron el vuelo. El suyo quedó dentro después de volver a cerrar la portezuela.

               Al permanecer despierto en el sueño, Federico Tornero lo estaba disfrutando de lo lindo pero en su subconsciente quería volver a Cuenca y fue a buscar su coche. Al aproximarse se tropezó con una chica joven muy bonita: pelo recogido con raya central de la que salen dos rayas a izquierda y a derecha a distintas alturas, cejas finas depiladas, grandes y profundos ojos verdes, nariz pequeña insinuada, labios carnosos, cuello largo, camisa verde rayada -con bolsillo- en la que destacaban cinco botones de un verde más oscuro. Federico la reconoció enseguida: Era la chica del cuadro que presidía la entrada del Museo de arte abstracto español en las Casas Colgadas …. pero de carne y hueso. Su esbeltez y aquella forma de andar lo dejaron abrumado. Parecía que flotaba en el aire.

               Entonces pudo pensar y se dijo: ¡Qué sueño más potente y más real estoy teniendo! La chica le habló pero no entendió nada de lo que le dijo. Era un idioma desconocido para él. Se acercó a ella pero esta se alejó caminando hacia atrás, sin perderle la cara….la distancia hizo que cada vez la viera más pequeña hasta que desapareció de su vista.

               Quiso entrar en el coche pero no encontró la llave. Las únicas que llevaba encima eran las llaves de su casa. ¿Cómo es posible que su coche estuviera en Costanilla del Mar y las llaves en Cuenca? Su cabeza le estaba gastando una mala pasada. El ring del despertador lo sacudió de verdad. Aún estuvo un rato en duermevela. Al poco tiempo sonó el teléfono. Era su compañera de la universidad Mª Ángeles Glaciar. Lo estaba esperando abajo, en la puerta.

 Nota: las citas a pie de página no tienen nada que ver con el relato. Se trata simplemente de un desahogo complementario del autor que pudiera ser de interés para los lectores.

 

 

 

 

 

 



[1] En Madrid existe la calle de la Costanilla, citada por Galdós, que posteriormente tomaría el nombre de Costanilla de los Capuchinos. Costanillas, plural, nombra a barrios históricos de ciudades como Córdoba, Sevilla o Segovia.

[2]  Cita literal de Wikipedia: “Igual olvido han sufrido otros términos en desuso como alameda, adarve, altozano, espolón, portillo, travesía o travesera,... Interesado por el tema, en 1840, Fermín Caballero, siendo alcalde de Madrid, reunió una lista de los nombres genéricos de las vías urbanas, recopilando un total de catorce maneras de denominar una calle: carrera, corredera, callejón, cuesta, costanilla, pretil, portal, arco, pasadizo, plaza, plazuela, campillo, puerta y postigo. En el siglo XXI, el callejero de Madrid añade a la lista del alcalde romántico otros diecisiete términos de urbanismo: avenida, cañada, cava, escalinata, glorieta, galería, gran vía, pasaje, paseo, paso, plazoleta, ribera, ronda, senda, vereda y vía".

[3] En la calle Costanilla de Valladolid, luego calle de la Platería, nacería el que fuera tercer amo del Lazarillo de Tormes y de ello presume ante Lázaro en el “Tratado tercero” de la obra.

 

13 noviembre 2022

Aquilino y sus circunstancias

 


            Hablábamos de un barrio de la periferia de la capital. La mayor parte de las familias que vivían en él disponían de escasos recursos económicos. Metafóricamente, a pesar de su orgullo demostrado, se las calificaba de personas humildes o muy humildes. Los bloques, con seis pisos de altura legislada, conformaban una geometría demasiado prismática, excesivamente regular. La imaginación del arquitecto había brillado por su ausencia. Se notaba que eran diseños para salir del paso, hechos con prisa, sin calidez. La conclusión fueron pisos baratos, sencillos y vulgares donde primaba lo práctico. La construcción era pobre. A través de paredes y suelos muy porosos se intercalaban los íntimos gemidos con el rumor de las cisternas; lamentos de dolor de los enfermos crónicos con carreras de  niños y bronca entre mayores. La dicción de la tele se amalgamaba con los programas de las teles vecinas. Desde fuera, las pálidas persianas de madera daban aspecto de abandono y las ropas colgadas en los balcones, para secarse, ofrecían la imagen de una España irredenta y tercermundista. Las bombonas de gas, presas trás los barrotes de las barandillas, daban un tono de color, pero la estampa de cierta desolación no mejoraba. Cajas de plástico y alguna bicicleta de niño, de esas que tienen cuatro ruedas, terminaban de ocupar el espacio disponible. En su conjunto, la fachada era una agrupación de balcones almacén, ordenados en filas y columnas, que rebosaban de bártulos con el peligro de caer sobre la acera.

Balcones y ventanas de las dos primeras plantas estaban enrejados como medida disuasoria ante los cacos. Pura seguridad. En varias ocasiones ladrones escaladores habían entrado en las viviendas para llevarse cualquier cosa que pudieran vender en los mercadillos de segunda o tercera mano. Con el paso del tiempo los vecinos habían ido colocando rejas. Lo hicieron por etapas, lo cual dio lugar a una considerable variedad ya que los herreros, artesanos en extinción, se negaban a hacerlas idénticas a las de sus competidores. Podemos decir que las fachadas eran un muestrario de toldos, aparatos de aire acondicionado, rejas, persianas y ropa de toda talla y condición. El multicolorismo estaba servido y la falta de uniformidad era tan evidente que resultaba atractiva para las personas que pasaban por allí. La gente intentaba localizar dos balconadas o dos ventanas iguales, pero resultaba tarea imposible. Más de una vez, el barrio y sus fachadas habían salido en la TV local como señal de identidad de la periferia este. Aquellos exteriores eran señales evidentes de una cultura propia, de una manera singular de vivir. Vecinos y vecinas fueron entrevistados ante las cámaras. Todos defendieron las peculiaridades de su reja y de su tendedero. Ni que decir tiene que la Comunidad de propietarios había renunciado hacía tiempo al intento de unificación de criterios y ahora potenciaba el lema de ¡Nunca más dos balcones iguales! El presidente, al que gustaba el ejercicio del cargo, tuvo que renunciar a toda posible autoridad e hizo suya la frase de un político populista de su edad: “¡Yo estoy aquí para hacer lo que vosotros queráis y digáis! Evidentemente, esa era la única fórmula para mantenerse en el puesto.

 Ahí vivía Aquilino, hijo de Carmen y padre desconocido. Era alumno del colegio “El Niño de la Uña”, nombre que figuraba en la entrada del mismo y en una placa de mármol junto a la puerta del salón de actos. El “Niño de la Uña”, ex – alumno, hoy era conocido como un afamado guitarrista que tuvo la fortuna de disfrutar de un abuelo cariñoso y exigente. Como su madre no podía hacer carrera de él, el abuelo se encargó de la educación del nieto. Por tres detalles de este, enseguida se dio cuenta de que los libros no eran lo fuerte del chaval, así que le propuso aprender a tocar la guitarra: sería profesor, tutor y abuelo. "El Niño", sin saber dónde se metía, aceptó y durante siete años, el abuelo fue su coach guitarrero. Primero intentó que le gustara con cositas alegres y sencillas, y luego, cuando el gusanillo del flamenco se convirtió en duende le apretó las clavijas. El luego famoso “Niño” tocaba la guitarra todos los días, y con frecuencia, también, la mayoría de las noches. El abuelo haciendo gala de una paciencia y una sabiduría infinitas tenía una receta mágica: “Cuando lo hagas bien lo dejamos, pero mientras tienes que seguir tocando”. Además lo convenció para que siguiera yendo al colegio y luego al instituto. Su rendimiento académico era un desastre, pero “el de la uña” siempre se mostró respetuoso y nunca molestó. El ir al instituto fue una decisión condicionada por la amenaza del abuelo de dejar de enseñarle el guitarreo. El chaval era buena gente. Cuando ganó sus primeros dinerillos en una fiesta de confianza, con éxito y cariño asegurado, el “Niño”, en un gesto de cálida nobleza y como muestra de un agradecimiento insuperable, se los entregó al abuelo para que se convidara. “Ya pronto, cobraré otra vez”, le dijo. El abuelo lo abrazó y, entre lágrimas, aceptó el regalo. De paso, lo bautizó artísticamente con el sobrenombre de “El Niño de la Uña” por aquella que se dejó crecer en su dedo índice y que, milagrosamente, le facilitaba un toque personal en su forma de hacer música.

Así sea, sentenció el “Niño”.

Y que lo sea por muchos años, remató el abuelo.

             Aquel barrio reunía a numerosas familias en el paro. La formación cultural era baja y la educación justita, aunque con mucha calle. La gente tenía experiencia en solicitar todo tipo de ayudas y subvenciones, fueran privadas o públicas. Un asesor rellenaba uno de los impresos a conciencia y todos los demás, amigos, familiares, etc… prácticamente fusilaban su contenido cambiando el nombre, domicilio y cuatro datos más. Muchas de aquellas familias, aunque sabían pescar y pescaban, eran partidarias de que papá Estado, mamá Ayuntamiento y la tita de “Cáritas” les completaran la dieta con cualquier tipo de pescado. Digamos que los acentos se cargaban más en los derechos que en las obligaciones. También había gente que le gustaba trabajar, aprender y progresar que luchaba por un proyecto propio ajustado a sus capacidades. Vivian honradamente: compraban, vendían, cuidaban ancianos o echaban horas en el servicio doméstico. Todo sin declarar, claro, si no la cosa se quedaba en casi nada. Lo de la venta ambulante de calle en calle, de mercadillo en mercadillo, de casa en casa o de acera en acera era la ocupación más frecuente. En cualquier esquina te podías encontrar a una abuela vendiendo ajos, naranjas o calcetines. Un par de jóvenes iban con un cartel por la calle: “Te traigo la colonia que tú quieras a mitad de precio”. En otros casos eran tres bragas al precio de una, bolígrafos baratos o un paquete de pañuelos de papel “por la voluntad”, aunque si esta era menor que un euro te podían soltar cualquier improperio más o menos gracioso, pero improperio.

          

El "rey de la casa"

  En ese barrio y en esas circunstancias vivía Aquilino con su madre y un tío soltero que era la referencia masculina de la casa. Carmen, la madre, no había tenido una vida fácil. Desde muy joven trabajó para ayudar a sus padres y a sus dos hermanos a tirar p'alante. Su madre, muy medicinada por asunto de nervios, se levantaba tarde y desorientada. Su padre se ganaba la vida con una vieja furgoneta. Por un lado daba portes de cualquier cosa y por otro iba recogiendo los muebles que se encontraba junto a los contenedores de basura. Sillas, estanterías, lámparas, cajones, mesas, mesillas, pequeños armarios, etc eran sus piezas preferidas. Tenía buena mano para la carpintería si eran cosas sencillas. Reparaba lo roto y con un par de pasadas de barniz quedaba como nuevo. A veces la gente le avisaba y recogía muebles usados por las casas, muebles que antes de tirar revisaba cuidadosamente y que generalmente se quedaba. En las tiendas de segunda mano y en los frecuentes mercadillos de la ciudad daba salida a todo. Se entretenía muchísimo y arrimaba un dinero para el mantenimiento de la familia. Aparte le quedaba para sus gastos.

            A los catorce años Carmen ya se encargaba del hogar de sus padres. Era mujer fuerte de carácter pero de débil corazón. De alguna forma fue criada en casa de sus padres y siguió siendo criada de su hijo y de su hermano Luis, soltero empedernido, en el hogar que conformaron los tres. Del padre de mi hijo, mejor no hablar, era su comentario.

            Aquilino era la debilidad de Carmen. Para ella su hijo lo fue todo desde el momento que vino al mundo. De alguna forma dio a luz a un salvavidas. Vivía para él. Trabajaba por él y para él. Desde pequeño siempre le preguntó sus opiniones sobre temas que lo sobrepasaban, debido a su corta edad. Con grandes sacrificios le compraba ropa de marca para que su hijo no fuera menos que nadie. En casa se veían los programas de tele que Aquilino quería, siendo el mando a distancia su principal juguete. Un día que su tío Luis cambió de canal sin su permiso recibió una super bronca de su hermana Carmen que le llegó a decir que si quería ver otra cosa que se comprara una tele y la pusiera en su cuarto. Esa tele era suya y de su hijo y se ve lo que nosotros queremos. El tío aprovechó el numerito montado para desaparecer de la casa.

            Aquilino creció en el mimo, el exceso de consideración, el hombrecito de la casa. Su autoestima era tan grande que siempre pensó que todo se lo merecía. Que su madre limpiara escaleras en jornadas y en condiciones de auténtica explotación era lo que ocurría a diario para que él pudiera comprarse camisetas de sus equipos preferidos al precio de 100 ó 200 euros. La madre tenía la obligación de darle todo y él tenía el derecho de recibir todo de todos.

            Carmen estaba muy influenciada por esa mala costumbre que tienen algunas madres: “Quiero darle a mi hijo todo lo que yo no tuve” se la oía decir. En sus adentros sabía perfectamente que eso estaba mal, pero a la hora de concretar su amor de madre la desbordaba una superprotección exagerada. Aquilino acabó sufriendo el síndrome del niño emperador. Era una persona con un monstruo dentro. En su corta vida, ya adolescente, nunca había conocido un no por parte de su madre.

             En la escuela estaba considerado un niño pijo. Pobre pero pijo. Solía despreciar a los maestros y de forma especial a las maestras. Se acostumbró a no hacer nada y a decir que los profesores eran afortunados por tener un alumno como él. Los profes serían famosos por haberle dado algunas clases. Todos los días se presentaba superarreglado con sus gafas oscuras, gafas que también usaba en el interior del aula aludiendo una sensibilidad extraña con la luz. El día que una profesora se las hizo quitar juró, para sus adentros, vengarse. Dejó pasar un par de meses. Identificado domicilio y el rojo Seat Ibiza de la docente con un par de amigotes del barrio, untados con 20 euros cada uno, pintaron de negro todos los cristales del vehículo, incluidos faros e intermitentes. Se jactaba de haberle puesto gafas de sol al coche de la profe.

            Aquilino se consideraba guapo cuando en realidad era del montón; se creía inteligente, ocurrente y gracioso. Se reía de sus propias tonterías y como su madre le proporcionaba algún dinerillo más que la media de sus compañeros lo utilizaba para tener siempre un coro de aduladores a los que invitaba fardando de ser el más chulo, sin darse cuenta de que esas amistades sólo se aprovechaban de su estupidez. Con las chicas se mostraba como el gallo del corral. Seguro de si mismo, fanfarronamente contaba a los amigos cualquier roce o apretoncillo por pequeño que fuera. Presumía que todas las chicas de su grupo estaban locas por él y le pedían salir los fines de semana. Pequeñas notas escritas de su puño y letra con piropos o declaraciones de amor, decía haberlas recibido de chicas mayores que él. Aclaraba que no podía decir sus nombres para no comprometerlas.

            Aquilino, intentando jugar a divo, era un líder sin carisma, una persona engreída y totalmente desubicada por los excesos contemplativos de su madre. Era pura fachada, puro marketing, puro artificio. En su desmedida soberbia consideraba la sencillez como un defecto, los humildes eran idiotas y el trabajo una desgracia como otra cualquiera. Se las prometía muy felices andando siempre sobre las cabezas de la gente. A sus 15 años se imaginaba su futuro rodeado de rubias impresionantes, actor de fama con una buena cuenta corriente y un par de Porches deportivos aparcados en la puerta de su lujosa mansión.

             En casa no hacía nada. Nunca recogió una mesa ni su habitación. Jamás limpió un pasillo o tendió una ropa. Después de ducharse se colocaba la camiseta y pantalón que previamente había acordado con su madre y que esta cariñosamente había depositado en la pequeña silla del cuarto de baño. Nunca salió a comprar comida de ningún tipo. Nunca pasó una escoba a un pasillo ni una fregona al suelo. Ni siquiera apagaba la tele después de haberla visto. A lo más que llegó fue a recoger el correo – le pillaba de paso al entrar en su casa – y a salir a la calle para comprarse alguna ropa, acompañado de su madre, claro.

             Con la comida no iba a ser menos y motivado por las constantes cesiones de su madre fue reduciendo la variedad de su menú hasta unos límites ciertamente patológicos. La verdura fue desapareciendo de sus platos y a los diez años ya no la probaba. Los guisos de cuchara, que tan ricos preparó siempre su madre, los calificaba de comidas de antiguos y de porrinos. Un cocido era un plato típico de residencia de ancianos, una comida de abuelos, pero no para él. Lo mismo comentaba sobre lentejas, estofados, arroz o macarrones. La fruta había que pelarla o lavarla: se perdía mucho tiempo y era una incomodidad. Para desayunar la leche le resultaba asquerosa y las infusiones sabían a medicina.

            La conclusión fue que la dieta de Aquilino se convirtió en un desastre absoluto, un atentado voluntario contra su propia salud. Cenas y mediodías las apañó con huevos, patatas fritas, hamburguesas y pizzas. El desayuno brillaba por su ausencia y en el recreo compraba donuts de chocolate o palmeras de ídem con su lata de Cola Loca.

             Con el tiempo los caprichos alimenticios aumentaron, se exageraron más y desaparecieron la pizza y las hamburguesas. También los donuts. Así que nos quedamos con los huevos, las patatas, la Coca para beber y las achocolatadas palmeras. En plena adolescencia Aquilino era un maniático insoportable. Además su carácter derivó hacia una tiranía arrogante. Se convirtió en un impertinente salvaje e insoportable.

             Carmen fue dominada por su hijo por completo. Incapaz de negarse a sus deseos, le preparaba a diario para comer y cenar los susodichos huevos fritos con patatas, patatas fritas y tortilla francesa, huevos revueltos con patatas fritas de bolsa, tortilla de patatas, huevos pasados por agua y patatas alargadas para mojar, a veces huevos duros con patatas fritas redonditas o cualquier combinación que se pueda imaginar sin salirnos de los dos componentes básicos: huevos y patatas. El agua ni la probaba. Su líquido compañero fue su botella de Coca de dos litros que su madre le reponía cada día. De postre o de merendilla palmera de chocolate.

             Además Aquilino comía repantigado en el sofá viendo continuamente la televisión. Al llegar de su jornada escolar dejaba caer al suelo su pesada mochila dando sensación de cansancio. Allí estaba su madre para recogerla y ponerla en su sitio mientras le decía: ¡Hay que ver cómo eres! ¡Tienes que ser más ordenado!

            Ante esto Aquilino le ordenaba a su madre: ¡Tráeme la bandeja! Tengo hambre.

             Así un día y otro y otro. Una semana y otra y otra. Un mes y otro y otro. Un año y otro y otro… Su burbuja de confort jamás fue cortocircuitada por su madre.

             Otra particularidad, muy notable, de Aquilino es que le gustaba mucho el fútbol. Eso así dicho no suena nada raro, pero el caso es que Aquilino era fan del Real Madrid y del Barcelona. Seguidor empedernido de ambos tenía el corazón partío por la mitad. No lo podía remediar: admiraba a los dos clubs por igual. Para él esto no era ningún problema. Sus nervios alcanzaban una especie de éxtasis esquizofrénico cuando tenía lugar un Barça–Madrid o viceversa, pero se compensaba al final pues siempre le satisfacía la victoria de uno de los dos, siempre ganaba, aunque su resultado preferido para este tipo de choque era el empate.

             Esa afición al fútbol y alguna cosa más hicieron que la vida de Aquilino cambiara por completo. No fue precisamente corriendo detrás de una pelota como se produjo ese cambio. Corría el mes de noviembre de 2009 y en el Nou Camp el día 29 se jugaba un Barça – Real Madrid. 19 horas. Arbitró Undiano Mallenco.

             A las siete menos cinco Aquilino está sentado, en su sofá de siempre, frente al televisor. No se pensaba perder ni un segundo. Su madre plancha y le hace compañía. Antes de comenzar el joven le dice a su madre que haga el favor de no hablarle, que no lo distraiga. Quiere absorber todo lo que la caja tonta vomite. El partido está calificado como de máxima emoción y de alto riesgo.

            Se inicia el partido. El Nou Camp rebosa. Ambiente caldeado. Durante el primer tiempo muchas precauciones de los dos equipos con algunas ocasiones de gol que no llegan a cuajar. Las caras, los gestos y las entradas de algunos jugadores denotan  tensión. Dos tarjetas amarillas para el Madrid.

             A las 20 horas comienza el segundo tiempo. Aquilino le pide a su madre que le prepare un par de huevos fritos con patatas de bolsa y su preciada Coca con azúcar y gas. Al terminar el partido se irá a dar una vuelta con algunos amigos. Quiere cenar temprano. Se acerca el minuto 56 del partido y Carmen lleva la bandeja para que su hijo cene. Se arrima para dársela tapando, de forma inevitable, la visión del televisor. En ese justo momento, minuto 56, Ibrahimovic marca el primer gol del partido para el Barça. Aquilino, nervioso, no lo ha podido ver y pegándole un tremendo empujón a su madre que casi la estampa con la tele, grita: ¡Estúpida vieja! ¡Ya me has jodido la tarde! Huevos fritos, patatas y Coca Cola han volado por la habitación. Carmen se levanta como puede, se tambalea un poco, pero sin pensárselo dos veces le da un guantazo de revés a un Aquilino que no se lo esperaba hipnotizado por la celebración del gol. Cuando aún no se ha repuesto de la enorme, y a juicio de algunos, merecida bofetada, Carmen lo mira de frente, aproxima su frente a la de su hijo y con una tranquilidad pasmosa le dice muy bajito. ¡Aquí el único estúpido que hay eres tú! ¡Capullo! ¡Se te acabó el chollo! Y ahora, si quieres cenar, vas a recoger tus malditos huevos y tus jodidas patatas fritas y te las vas a comer, Sí o Sí. ¡Y no te olvides de la fregona para recoger esa cola loca! ¡Imbécil!

            Aquilino no da crédito ni a lo que ve ni a lo que oye. Aturdido, caso shocado, empieza a recoger la comida del suelo y con sus dedos regordetes se la echa directamente a la boca. La madre, algo más tranquila, le dice que debe coger un plato y un tenedor, pero que cola loca no hay. Si la quiere debe chuparla directamente de la alfombra y si no, agua del grifo.

            Aquilino termina de comer mientras la madre le da un plátano que no está en condiciones de rechazar. Te sentará bien, le dice. Hace miles de años que no comes fruta.

            El partido termina con la victoria del Barça por 1 – 0. Aquilino, desorientado por completo, termina yéndose a su habitación. No le apetece salir. Carmen se queda sola recogiendo algunos pequeños restos de comida que han quedado por ahí desperdigados. Apaga la tele y se sienta. Sin poderlo impedir unas violetas, grandes y amargas lágrimas afloran por sus ojos que de repente se han convertido en unas cataratas de agua salada. Llora un buen rato a solas. Diluvian lágrimas en medio de un silencio que la sobrecoge. Su llanto es una mezcla de pena por su hijo y de alegría  por haber sido capaz de romper una rutina que la estaba ahogando. Está segura de haber actuado bien. No quiere un hijo ñoño y egoísta. Piensa que aún está a tiempo. Mañana será otro día. Echa lentejas en remojo.

 

 

31 octubre 2022

Escribir a mano

      

Apuntes de Fidel Fita, mina Terreras, Alcaracejos,1913

Escribir a mano es dibujar ideas, como si fuera un cuadro.

               Desde la invención de la imprenta por Gutemberg en 1440, después de una gran controversia por disputarse la gloria entre alemanes, franceses, italianos y holandeses, se dotó a la humanidad de la posibilidad de escribir, al menos en la forma, con rasgos despersonalizados.

               Los variados e intensos avances hasta la impresión digital actual han dejado a Gutemberg en pañales, aunque su idea, su enorme y genial idea fue la gran madre de todo lo que vino después.

               Escribir a mano puede parecer primitivo y antiguo pero a fecha de hoy lo considero una innovación y un placer, una importante faceta del desarrollo personal. El simple hecho de poner unas letras en un papel es relajante, te identifica y desarrolla más tu actividad cerebral porque, aparte de que debes evitar tachones, has de mantener la horizontalidad de las líneas. Es una experiencia tranquila y entrañable que te permite un reencuentro con tu interior. Sin despreciar nada ni a nadie… ¡Que le digan a un pintor amigo de óleos que pinte con un programa de ordenador! Es indudable que el arte tiene infinitos caminos pero la belleza de un Velázquez o un Goya no tienen parangón.

               Emborronar un papel con nuestra letra es una experiencia similar a la que pudo sentir el hombre / la mujer de Altamira dibujando un bisonte o Picasso plasmando a Don Quijote: las tres son obras originales únicas. ¡No hay dos caligrafías iguales! Los rasgos de tus letras, aparte de personalidad, marcan ideas, sentimientos, estados de ánimo, creatividad, gusto por la estética, etc ¡Hasta reflejan nuestro subconsciente y nuestros deseos más profundos! En tus escritos está presente un ADN gráfico irrepetible. Para nada son iguales las mismas ideas expresadas con un ordenador o en una máquina. Escribir a mano es un proceso más íntimo. Quizás por eso lo hicieron muchos escritores y prefirieron mojar la pluma en un tintero o dejarse guiar por una estilográfica, práctica que empezó a decaer cuando el periodista húngaro László József Bíró, en 1938, algo cansado de las dificultades de la pluma, inventó el bolígrafo.

Lindes de las Siete Villas (3.11.1837)
Me encantan las palabras caligrafía y manuscrito, porque ambos –por medio de libros y papeles– dan cuerpo y perfil a singulares obras de arte que me atraen. Como el fuego o el mar, es relajante observar el punto cambiante de la “i”, la ligera inclinación de la “l”, las barriguitas de la “g” o de la “p” o los puentecitos de la “m” y de la “n”. ¿Qué decir de la fuerza de la “z” o del derecho de primogenitura de la “a”? ¿Y la suerte que tienen las letras gemelas de ir siempre por parejas para diferenciar “un carro” de lo “caro” y una “llama” de un “lama”.

               Por otra parte, siempre me molestó la nefasta diferenciación entre letras y números, ya que ambos son el pilar de todas las culturas y su relación es íntima, casi amorosa diría. En todos los alfabetos del mundo letras y números son dibujos, líneas, trazos, siluetas. ¿Hay mucha diferencia entre inventarse la “m” o un “3”? ¿Y entre un cero y la “O”? ¿Y entre la “B” y un “8”?. La “x” [equis] la utilizamos para multiplicar y los dos puntos, “:”, para dividir. A los lados de un triángulo siempre les hemos llamado a, b, y c, dejando las mayúsculas A, B, C, para sus ángulos. Eso sí, cuando el triángulo es rectángulo podemos encontrarnos con “c”, “ c’ ” y h para nombrar los catetos y la hipotenusa. X, Y y Z siempre serán incógnitas y, curiosamente, la letra “h” la hemos elegido para nombrar la altura, de una figura plana o de un cuerpo geométrico, palabra que no la lleva. La abstracción es fantástica pues una “V” con visera se lee como raíz cuadrada y una “S” estirada simboliza una integral. A todo esto no podemos olvidar diferentes números asociados con letras: “número e” = 2’718281828459…, el “número pi”= 3,14159 26535… y el “número áureo”(letra fi en griego) = 1,6180339887498…, los tres irracionales y el casi mágico “número i”, del análisis complejo y del álgebra, definido de tal forma que i2 = -1

               Escribir hoy a mano números y letras pone de actualidad el antiguo oficio de escribano que daba fe, por medio de escrituras, de actos que se desarrollaban ante él. Atrás quedan también la redacción de cartas y testamentos. Hoy día las nuevas tecnologías nos permiten escribir con la voz. Su posible generalización acabaría con el uso del papel y la posibilidad de escribir del ser humano. Para mí sería una grave pérdida: los seres humanos no tendrían letra. Reclamo la letra de cada uno de nosotros como Patrimonio de la Humanidad, antes de que sea demasiado tarde.

 

Comisión Municipal del Censo, Alcaracejos (8 de junio 1924)

16 octubre 2022

Quasi

 

Y Quasi voló y voló. Se perdió entre el azul del cielo y los rayos del sol

El lunes, tres de octubre del veinte veintidós, cuando salíamos hacía el Quirón para hacerme las pruebas del preoperatorio Quasi empezó a morir. Le hablé para tranquilizarla. Con prisas quise darle gusanos. Pensé que se trataba de una convulsión más, situación bastante repetida en tramos de su vida, pero no. Parecía ser la última. Por primera vez no quiso los gusanos. Deambuló por la jaula como si hubiera bebido una copa de más. Las convulsiones se repitieron. Tenía el pico muy abierto, tanto que dejaba ver su garganta, enorme como un túnel oscuro. Pensamos en un ataque al corazón. Elvira madre, con ese fino instinto que la caracteriza para prever la muerte, más que instinto sabiduría por su vasta experiencia, la cogió con tierna suavidad y la puso despacio bajo la escalerita que la subía a beber. Se la regaló Luisa, su amante cuidadora cuando salíamos de viaje. Le puso bien las alas y le dijo: “Ahí vas a estar tranquilita”. Tuvimos que irnos con el corazón triste y el ánimo encogido. Quasi había emprendido el camino hacia ese cielo eterno donde los pájaros no dejan de volar. Yo camino del hospital Quirón con mi isquemia coronaria. Elvira fue el soporte donde nos apoyamos. Un camino a la vida y el otro hacia la muerte. Otros a Santiago. Así son las cosas.

    El día fue muy movido. Afortunadamente, y debido a la profesionalidad de los médicos que me atendieron, todo fue bien aunque di con mis huesos en la UCI para que me observaran. Elvira volvió a casa para dormir y se encontró con Quasi. Seguía con la misma postura de la mañana. La volvió a dejar tranquilita, como si la estornina estuviera dormida. Su última noche en casa.

    Por la mañana, el martes cuatro, pensó en que lo mejor era que Quasi siguiera con su sueño. Tenía que volver al hospital para ver la evolución de Sebastián. Todo fue bien: a él lo subieron de la UCI a la planta y ella llegó de casa. Se encontraron en la habitación sin mayores problemas. Elvira comentó que Quasi se había muerto. “Me lo había imaginado” respondió Sebastián. “Ha sido un pájaro feliz que nos ha hecho felices a toda la familia”. Un lujo haberla disfrutado tanto a esta “matusalena de los estorninos”: trece años y medio demuestran el cariño, el buen trato y lo a gusto que estaba. “Ha durado tanto como Reina”, nuestra linda perrita que murió en 2011.

    Son las primeras horas de la tarde. Alta en el hospital. Volvemos a la casa. Quasi sigue durmiendo ese sueño perpetuo. No ha perdido su posición ni ha cambiado de sitio. Parece que vigila. No se mueve. Decidimos que se acerque la noche para enterrarla junto a la encina que Jaime plantó en unos jardines próximos. Queremos un acto íntimo. Estamos de duelo y no queremos interrupciones. Nos apetece la reserva. Buscamos el silencio.

   Ha anochecido. Comienza nuestro rito. Elvira busca un trapo limpio. Se decide por uno de color negro. Cojo a Quasi como si se me fuera a romper, la deposito con cuidado en esa tela rectangular que será su mortaja y la protegerá del contacto con la tierra. La doblo para un lado, para el otro y remeto por debajo la izquierda y la derecha. Termino haciendo un paquetito a modo de sarcófago: es una faraona. No estamos demasiado tristes. Es ley de vida. Recordamos a Jaime y a  Elvira hija. Juanma también estará triste.

    Elvira madre escarba la dura tierra seca con una pequeña azada de jardín junto a la encina que le hará compañía. Hay piedras y raíces. Yo miro. Permanezco de pie y sostengo a Quasi envuelta en su cofre textil con mi brazo derecho dolorido por un cateterismo salvador. “Dale con algo más de fuerza, profundiza”. El golpe de la azada resuena en el ambiente…¡zas! ¡zas! ¡zas! ... la tierra está  reseca y cuesta un poco de trabajo. No pasa nadie … estamos los tres: un corazón muerto, pequeñito, que dejó de latir, y dos entristecidos, los nuestros. Los de Jaime, Juanma y Elvira hija revolotean en el ambiente. No nos sentimos solos. Colocamos a Quasi en lo más hondo y la ajustamos al huequito, a modo de bebé en una cuna. Estará bien. Como genial que es, alimentará la encina que plantó su amigo protector y será inmortal porque esa encina echará bellotas y de esas bellotas saldrán encinasQuasi que poblarán la Tierra por los siglos de los siglos. Y esas encinas, sabedoras de nuestra gran amistad, protegerán la Tierra. Con el tiempo nos fundiremos todos en un gran abrazo con Reina, la cobaya y el hámster y miraremos hacia atrás con un amor hacia los animales tan hermoso como el que sintió San Francisco de Asís.

               Gracias Quasi por haber contribuido a la felicidad de toda la familia con esos baños que te pegabas, por comer –vorazmente- arroz, garbanzos, manzana, ciruelas o pescado o pienso; por ese hermoso y vital saludo tuyo que siempre nos hacías repetir ¿Qué pasa Quasi? y que tú lo decías cuando te daba la gana. Gracias Quasi por aguantar monólogos de todos, por tu confianza aunque no tuviéramos plumas, por tu cambio de color del pico en primavera, por dejarte coger y conocer, por tus ganas de vivir, por convertir nuestro balcón en sala de visitas de otros pájaros, por servir de pértiga para elevarnos a mundos impensables... Nos metiste en tu maravilloso mundo, nos introdujiste en tu jaula y ya no quisimos salir… También nosotros te metimos en nuestro corazón y siempre vas a permanecer allí porque has sido una pajarita linda y agradecida ... Nunca voy a olvidar esos pequeños ojos negros, casi humanos, vivarachos, que con mirada fija penetrante pretendían comprender lo que ocurría al otro lado de la jaula. Siempre en nuestro corazón, querida Quasi. Córdoba, miércoles 5 de octubre, 2022.

Quería volar y le abrimos la puerta ... hubo que dejarla ir. 

Reina, ya mayor, y Quasi, jovencita. Ahora, de nuevo juntos.