13 enero 2023

Ayer eché una carta

 


Ayer eché una carta. Era una carta comercial, con dirección impresa y en el lugar del sello podía leer “a franquear en destino”. Pero era una carta con la dignidad íntegra: encerraba palabras, un mensaje, una respuesta que alguien esperaba recibir. Tener que echarla era mi obligación. ¡Era lo correcto! Una experiencia inusual en los tiempos de la digitalización googleliana.

             Todo empezó con un cambio de domiciliación bancaria. La empresa tomó nota por teléfono, conversación que grabó, y me envió una serie de documentos por correo postal. Una vez cumplimentados, se los tenía que devolver por el mismo conducto. Como en los viejos tiempos, aquellos en los que el papel era el principal soporte de cartas, documentos, diarios y revistas. A mi cabeza vino mi primera relación de adolescente, en la que las cuartillas estaban perfumadas. ¡Lástima que los whatsapp no desprendan aromas!, aunque todo se andará.

            En principio, aquello de la carta, retomo el hilo, me resultó algo raro, pero como de joven escribí y envié bastantes cartas, solo tenía que recordarlo. Aparte del papel, bolígrafo, comprobar el franqueo, lengüetear el sobre con cuidado y, finalmente, encontrar un buzón, escribir necesita una actitud de esfuerzo, de cierta entrega y una concentración, aunque sea mínima, para justificar los motivos que explican el envío.

            Con tanto correo electrónico, tanto whatsapps y tanto móvil había casi olvidado la ubicación de los buzones en la ciudad. Entre mi desmemoria y la falta de costumbre me resultó difícil localizar donde podría haber uno. Se me ocurrió poner en Google: buzones de correos en Pradolandia. Me salió un buscador de oficinas de idem, pero nada sobre la ubicación de los buzones. Entonces me afirmé en que nadie es perfecto ¡Ni siquiera don Google! Definitivamente, la perfección no existe por mucho que se diga en las redes sociales para mostrar acuerdo o contar un viaje.

            Vuelvo a retomarme. Cogí la carta. Me aseguré de que estaba bien cerrada y dirigí mis pasos a la oficina de correos más próxima. Al ser por la tarde estaba cerrada. La existencia de una potente mensajería privada, ante una debilucha red pública de correos, ha ganado la partida: ha provocado el cierre de oficinas y la reducción drástica del servicio. Pienso que la crisis –siempre hay una, sea social, económica o sanitaria- también habrá tenido algo que ver. Recuerdo que un funcionario me explicó -hace ya algunos años- que las oficinas pueden recoger cartas en la mano, pero que los buzones se quitaron de allí: Resulta que hay gente desquiciada que dedica su tiempo a depositar en ellos materiales ardiendo, con el peligro que esto supone para toda la dependencia. Y es que hay gente “pa tó”. En la calle, si arde un buzón, sólo será el buzón y el contenido, que tampoco obrará graves daños, dado el uso extendido de los nuevos sistemas de comunicación.

            Rebuscando caminos en la tarde, y en mi cerebro, orienté mis pasos y mi memoria. Recordé que junto a la imprenta-librería del Pozo Viejo, en la calle Cumbre, habitaba un silencioso buzón a la sombra de un árbol. Seguía allí, redondo y amarillo, con su ranura horizontal. Su altura, no más de metro y medio, no había crecido y con su tejadillo parecía la casita de un cuento. Esa ranura, protegida por una especie de visera giratoria, era determinante: Similar a una ventana al mundo, aquella boca metálica actuaba como un cordón umbilical: su conexión al exterior, su relación con el gran público. Un buzón sin ranura perdería su naturaleza y toda su utilidad. Sería otra cosa: quizás un monumento, un adorno urbano, un enser viejo sin interés. Realmente lo que da personalidad al buzón es su ranura.

            Su verticalidad me hizo imaginar un buzón sembrado que buscaba la luz. Sus frutos podrían ser las cartas custodiadas que, una vez recogidas, recorrerán kilómetros dispersándose por el mundo buscando sus destinos. Los buzones también tienen sus sentimientos y hoy están algo más tristes que hace unos años. Las nuevas tecnologías los han hecho sentirse casi inútiles. Los carteros, a modo de parteros, sacan de sus entrañas todo tipo de sobres con aires de rutina vestida de indiferencia. Al desconocer la información que encierran no parecen valorar sus variopintas confidencias. Los buzones tratan de soportar su devenida soledad y su aislamiento con ánimo y esperanza, aunque todo parece indicar que su futuro estará en un rincón de algún museo etnológico o en un viejo almacén.

            Llegué al buzón y su ranura parecía sonreírme como un emoticono gigantesco. Es como si me reconociera. Como si descubriera a un viejo y conocido amigo. Me deja levantar su chirriante tapa y lentamente deposito mi carta. Entro en su interior. Mis manos detectan una rampa. Rastreo la posibilidad de que la carta se haya quedado ella. Siento que el buzón recrimina mi desconfianza y mi poca fe en sus diseñadores. La verdad es que temo que mi carta, permanezca atascada en ese pequeño túnel inclinado y caiga en manos diferentes a sus destinatarios.

            Me alejo. El buzón sigue allí, a media luz bajo los grandes árboles. Comienza a lloviznar, fenómeno que afronta con firme indiferencia. Me siento bien tras confiarle mi carta y saber que, por ahora, mañana y pasado él seguirá por allí. El buzón de todos, mi buzón. Depósito metálico acogedor de sueños, custodiador vital de vastas esperanzas, recipiente amarillo de duelos y quebrantos ¡Gracias! ¿Qué me dirías si pudieras hablar?

 

1 comentario:

  1. Has plasmado una realidad sencilla y verdadera, que se nos esta olvidando.

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