02 marzo 2023

Es mi trabajo

 
Horizonte quebrado pirenaico

Para  Colette y Manuel, amigos.

    Pedro era un profesor español becado en Francia temporalmente. Se había trasladado allí con su familia. Los objetivos del proyecto que se traía entre manos eran conocer el sistema educativo francés, convivir con profesores franceses y mostrar algunas pinceladas de la educación en España. Estamos a mediados de los 90 del siglo XX, en un pequeño pueblo del departamento Haute-Garonne, en la región de la Occitanie.

    Todos los días Pedro acompañaba a su compañero francés al instituto. Iban en coche. Pedro aún no lo sabe, pero Antoine es todo un personaje. Pudo quedarse en la universidad, a investigar, en la década de los sesenta, pero no aguantó el politiqueo barato que se traían en el departamento de Física Nuclear. El jefe era el jefe y el mérito y la capacidad no formaban parte de su baraja. El as preferido para imponer su criterio era “París ha dicho”, “Me han llamado de París”, “según comentan en París”, “instrucciones recibidas de París”, etc. Vamos que era un mero transmisor de las órdenes recibidas. Sabía que la obediencia a los superiores, siempre, con el tiempo, sería recompensada.

    El expediente de Antoine, doctor en física nuclear, era inmejorable. Aparte de inteligente, como trabajador resultaba incansable, pero tenía el defecto de llamar a las cosas por su nombre. A los dos años de estancia en la “uni” llegó la primera posibilidad de ascender. Antoine era el mejor colocado pero su jefe propuso a Didier, científico mediocre, poco brillante, pero con matrícula de honor en adulación y vaselinas. Didier, premio extraordinario, varios años, en la categoría de estar de acuerdo con su jefe, le chivateaba cualquier información, por pequeña que fuera, que circulara por el departamento. Antoine, políticamente incorrecto, fue víctima de cierta incontinencia verbal y el ascenso se lo llevó Didier en medio de una brutal discusión. Antoine, dolido, no pudo remediarlo y en la reunión mantenida le preguntó a Jules Bernard, su jefe:

-        -Jules, ¿por qué me haces esto? Es mi trabajo le respondió con sequedad.

Antoine se levantó y sin decir palabra salió de aquella pocilga de intereses dando un portazo. Fuera de sí, se dirigió directamente a su despacho. Entre una caja de cartón y un par de bolsas de basura, tuvo bastante para meter sus pertenencias. Buscó el coche y se largó de allí.

Al llegar a Mont, la aldea donde vivía se lo contó a su mujer. Brigitte lo escuchó en silencio. Sabía que era lo que Antoine necesitaba.

-      -Has hecho bien, le dijo al terminar.

-        -Sí, pero no hay derecho, le respondió él. Mañana buscaré trabajo en algún liceo [instituto] de la zona. No me será difícil. He decidido que mis clases sean para jóvenes, en un centro de secundaria. La universidad no es para mí. No soporto el tráfico de intereses. Tampoco en la empresa privada estaría bien. Mi sitio es alguna cosa pública.

-        - En el instituto, tendrás que tener mucha paciencia con los jóvenes, manifestó Brigitte. La juventud es inmadura y atrevida. Hace de la rebeldía un valor y no sabe graduar el daño de una crueldad.

-        - Lo he pensado. Con mi carácter tendrás que ayudarme.

-        -No tendrás problemas porque tu corazón es tan grande como tu genio. Salvado el segundo, los chavales se quedarán con el primero. Fue lo que yo hice y ya sabes que no me suelo equivocar.

En uno de los días del trayecto al lycée Pedro le preguntó a Antoine que como un físico nuclear, con un doctorado cum laude de por medio, podía aguantar la inmadurez de unos adolescentes e impartir unos conocimientos tan básicos.

-        -Tú te has preparado para otra cosa, le dijo.

-      -  Es cierto. Al principio me costó bastante, pero las personas tenemos una tremenda capacidad para reinventarnos. Ese potencial de adaptación es la clave del progreso y de la supervivencia. Te lo planteas, lo haces y, al repetirlo, ya forma parte de ti. Lo asumes, le sacas partido y ves que tus alumnos te acompañan en ese recorrido. Te sientes útil y hay muchos momentos en los que eres feliz.

-        -Ya, dijo Pedro, pero descendiste en el escalafón profesional y seguro que también en el sueldo.

-       - Es verdad, pero al elegir, mejoré como persona. Mi autoestima, al principio dañada, subió como la espuma. Te advierto que un profe de la “uni” no es más que uno de secundaria. Son solo niveles diferentes de conocimientos, pero las personas están a la misma altura. Además, para demostrar que no guardaba ningún rencor y que había superado mis rencillas en la universidad, un día pedí permiso y fui a tomar un café con mis excompañeros. Al final comimos juntos. Lo pasamos muy bien. Nos reímos del pasado. Ahora no podría vivir sin mis alumnos de secundaria. Es mi trabajo e intento hacerlo lo mejor posible.

    Pedro, a pesar de su madurez, no dejaba de aprender de un Antoine catedrático en vida modelado por Brigitte. Desde que llegó a Mont tuvo una sensación de plenitud que solo la montaña y la buena gente puede dar. El aire fresco y un horizonte quebrado y lejano reconfortaban más que cualquier vitamina. Él y su familia habían tenido suerte con el intercambio. Su olfato, al leer los papeles previos a la experiencia, no le había engañado: un pueblito en mitad de los Pirineos, montañas, nieve, bosques, lluvia y una familia encantadora que se deshacía por el bienestar de él, de su esposa y el de sus dos hijos. La gite[1] cedida era un hogar de película, quizás demasiado grande, pero se adaptaron y en tres días la encontraron cómoda. El terminado de paredes, maderas, azulejos y suelo era algo basto. La explicación fue que estaba hecha por Antoine, familia y algún vecino “manitas” para los detalles más finos. Pero no faltaba de nada. Lo más era su enorme chimenea a la que Antoine alimentaba con árboles casi enteros. Hay mucha leña por aquí y mucho frio, solía decir.

    Brigitte era la humanidad personificada. A pesar de que Marisa, esposa de Pedro, tenía poca base de francés, siempre estaba dispuesta a charlar un rato con ella e invitarla a tomar un café mientras Antoine y Pedro estaban en el instituto. Si no se entendían con las palabras lo hacía con gestos o con dibujos. Brigitte había sido maestra y ya disfrutaba de su jubilación. Le contaba a Marisa que durante los últimos ocho años había sido maestra en un pueblo cercano, a unos ocho kilómetros. Como no sabía conducir y Antoine iba en dirección contraria, se iba andando. Con frio, nieve, lluvia o sol bajaba por la carretera y luego solía tirar por un camino que acortaba el trayecto. A veces la nieve le llegaba a la rodilla pero Brigitte nunca faltó y siempre llegó puntual. Sabía que sus catorce alumnos, escuela unitaria, la esperaban y además era mi trabajo, le comentó a Marisa. Sí, realmente Brigitte era una bellísima persona, una estrella del cielo transformada en humana que irradiaba dulzura y un saber estar sobresaliente, con el aliño de no darle importancia, jamás, a nada de lo que hacía. Estaba profundamente enamorada de Antoine.

-       - A Antoine hay que darle tiempo, hay que conocerlo, le advirtió a Marisa el primer día, recién llegados.

Los miércoles Antoine y Pedro se quedaban a comer en el comedor del instituto. Antoine tenía clase por la tarde. Pedro siempre entraba en sus clases, asistía a las reuniones del Departamento de Ciencias y a las sesiones de evaluación, siempre presididas por el Director del centro. Había un comedor para los alumnos. Otro para el profesorado. El Director, cargo profesional dependiente de Paris directamente, comía en la cocina, solo. No estaba bien visto relacionarse con los profesores. En caso de llamada de atención era un grave inconveniente. Aquel día había lentejas. El comedor estaba muy animado. Fueron muchos los profesores que se quedaron a comer. En un momento dado Pedro se levantó, cogió su plato, y los de un par de compañeros, y los metió en el torno que daba a la cocina. Los tres habían terminado. Una de las camareras llamó la atención a Pedro y le dijo:

-        -Por favor, señor, siéntese.

-        -Solo quería poner los platos en el torno.

-        -Ya. lo entiendo, pero….usted debe descansar, estará fatigado de toda la mañana dando clase y además, debe de continuar esta tarde. Ser profesor es una labor que necesita de toda su energía y de toda su concentración. Poner y recoger los platos es mi trabajo. Cada cual debe estar en su puesto.

-       - Disculpe no era mi intención entrometerme en su labor. Solo quería ayudar.

-        -Sin duda. No se preocupe. Lo entiendo, pero siéntese.

La sonrisa cómplice de Antoine y el ligero movimiento de cabeza, lo terminaron de descolocar.

-        -Has metido la pata, siéntate. Aquí las fronteras laborales están muy claras. Para botón de muestra observa donde come el Director, le dijo.

-        -Ya, ya me he dado cuenta.

    Para Marisa, Pedro y los dos hijos la experiencia fue un regalo increíble. Les fue tan requetebién que durante diez años pasaron unos días en la gite. Por allí pasó toda la familia: padres, hermanos, cuñados y sobrinos. Los franceses devolvieron las visitas a España acompañados de familia o amigos, siempre con el mayor respeto y un trato cariñoso y cordial.

    Pedro y Marisa aún recuerdan la máquina quitanieves que subía por una ladera y bajaba por la opuesta. Por un lado permitía que subieran a Mont panadero y cartero; por el otro desbloqueaba la carretera que Antoine tenía que recorrer todos los días, camino del liceo. Panadero, cartero y conductor de la quitanieves velaban para que los 17 habitantes de Mont pudieran hacer una vida normal. ¡¡¡Era su trabajo!!!

 



[1] Casa rural en francés.


12 febrero 2023

La piedra

 

Cuarzo gris

    La piedra lo esperaba con paciencia en la calle, en el rincón izquierdo de su cálida casa. Cada tarde, a la caída del sol, aún sin verse la luna, al alba del anochecer, él la dejaba allí, un poco protegida de la vista de todos. Nadie se daría cuenta. Era una piedra más de las muchas que había, aunque era para él una piedra sin par.

    La eligió cubierto de inconsciencia y de casualidad. No era un canto rodado que el agua había limado. Era una piedra gris, posiblemente un cuarzo con ciertas impurezas de materia rojiza. Aquiles no sabía que el cuarzo color gris ayuda a equilibrar las relaciones, dificulta el cansancio, filtra las vibraciones negativas y eleva los niveles de la energía interior. Quizás fuera por eso, y su rodar poliédrico, lo que le decidió. Era su piedra única y predilecta, era una piedra ahijada, casi tomada en adopción.

    Como cada mañana, a golpe de zapatos, llegaban a la escuela. La piedra dando vueltas con justos puntapiés y él con paso ligero, usando aquellas botas con las suelas de las ruedas de coche, compradas en la feria. Era un calzado fuerte, todo cosido a mano y cordones de cuero. Las hacían en los pueblos expertos zapateros y eran casi irrompibles. Algunos se reían por su falta de estética, pero eran eficaces y protegían el pie como el mejor calzado.

    Después de una mañana llena de soledad, allí estaba la piedra, esperando tapada, oculta tras un árbol y otra vez a patadas, al salir de la escuela, Aquiles la conducía a su casa. Por la tarde lo mismo. El mismo recorrido y la piedra, obediente, cantaba su canción al golpear contra el suelo. Él sin decirle nada, absorto en un ver sin mirar, con la cartera a cuestas, se sentía como una piedra más que empujaba la vida sin poder remediarlo.

    A veces un rebote, o un tropezar con algo, desviaba al pedrusco de su habitual camino y el niño, contrariado, le reñía con voz seca: ¿A dónde vas? ¡Que por ahí no es! ¿No ves que te equivocas? La siguiente patada con precisión exacta le hacía recuperar el camino perdido y la cara del niño recuperaba su natural sonrisa teñida de azul cielo. ¡Tienes que ir por donde yo te diga! ¡Eres mi compañía!

    Aquel niño creció. La piedra sigue igual pero cambió de sitio. Ahora la piedra está encima de una mesa, al lado de unos libros, con un pie de metal y unos años inscritos. Con el paso del tiempo el niño se esfumó, maduró, se hizo hombre y para él, ese trozo de cuarzo es señal de amistad, una adhesión eterna que le amalgama con la Naturaleza.

13 enero 2023

Ayer eché una carta

 


Ayer eché una carta. Era una carta comercial, con dirección impresa y en el lugar del sello podía leer “a franquear en destino”. Pero era una carta con la dignidad íntegra: encerraba palabras, un mensaje, una respuesta que alguien esperaba recibir. Tener que echarla era mi obligación. ¡Era lo correcto! Una experiencia inusual en los tiempos de la digitalización googleliana.

             Todo empezó con un cambio de domiciliación bancaria. La empresa tomó nota por teléfono, conversación que grabó, y me envió una serie de documentos por correo postal. Una vez cumplimentados, se los tenía que devolver por el mismo conducto. Como en los viejos tiempos, aquellos en los que el papel era el principal soporte de cartas, documentos, diarios y revistas. A mi cabeza vino mi primera relación de adolescente, en la que las cuartillas estaban perfumadas. ¡Lástima que los whatsapp no desprendan aromas!, aunque todo se andará.

            En principio, aquello de la carta, retomo el hilo, me resultó algo raro, pero como de joven escribí y envié bastantes cartas, solo tenía que recordarlo. Aparte del papel, bolígrafo, comprobar el franqueo, lengüetear el sobre con cuidado y, finalmente, encontrar un buzón, escribir necesita una actitud de esfuerzo, de cierta entrega y una concentración, aunque sea mínima, para justificar los motivos que explican el envío.

            Con tanto correo electrónico, tanto whatsapps y tanto móvil había casi olvidado la ubicación de los buzones en la ciudad. Entre mi desmemoria y la falta de costumbre me resultó difícil localizar donde podría haber uno. Se me ocurrió poner en Google: buzones de correos en Pradolandia. Me salió un buscador de oficinas de idem, pero nada sobre la ubicación de los buzones. Entonces me afirmé en que nadie es perfecto ¡Ni siquiera don Google! Definitivamente, la perfección no existe por mucho que se diga en las redes sociales para mostrar acuerdo o contar un viaje.

            Vuelvo a retomarme. Cogí la carta. Me aseguré de que estaba bien cerrada y dirigí mis pasos a la oficina de correos más próxima. Al ser por la tarde estaba cerrada. La existencia de una potente mensajería privada, ante una debilucha red pública de correos, ha ganado la partida: ha provocado el cierre de oficinas y la reducción drástica del servicio. Pienso que la crisis –siempre hay una, sea social, económica o sanitaria- también habrá tenido algo que ver. Recuerdo que un funcionario me explicó -hace ya algunos años- que las oficinas pueden recoger cartas en la mano, pero que los buzones se quitaron de allí: Resulta que hay gente desquiciada que dedica su tiempo a depositar en ellos materiales ardiendo, con el peligro que esto supone para toda la dependencia. Y es que hay gente “pa tó”. En la calle, si arde un buzón, sólo será el buzón y el contenido, que tampoco obrará graves daños, dado el uso extendido de los nuevos sistemas de comunicación.

            Rebuscando caminos en la tarde, y en mi cerebro, orienté mis pasos y mi memoria. Recordé que junto a la imprenta-librería del Pozo Viejo, en la calle Cumbre, habitaba un silencioso buzón a la sombra de un árbol. Seguía allí, redondo y amarillo, con su ranura horizontal. Su altura, no más de metro y medio, no había crecido y con su tejadillo parecía la casita de un cuento. Esa ranura, protegida por una especie de visera giratoria, era determinante: Similar a una ventana al mundo, aquella boca metálica actuaba como un cordón umbilical: su conexión al exterior, su relación con el gran público. Un buzón sin ranura perdería su naturaleza y toda su utilidad. Sería otra cosa: quizás un monumento, un adorno urbano, un enser viejo sin interés. Realmente lo que da personalidad al buzón es su ranura.

            Su verticalidad me hizo imaginar un buzón sembrado que buscaba la luz. Sus frutos podrían ser las cartas custodiadas que, una vez recogidas, recorrerán kilómetros dispersándose por el mundo buscando sus destinos. Los buzones también tienen sus sentimientos y hoy están algo más tristes que hace unos años. Las nuevas tecnologías los han hecho sentirse casi inútiles. Los carteros, a modo de parteros, sacan de sus entrañas todo tipo de sobres con aires de rutina vestida de indiferencia. Al desconocer la información que encierran no parecen valorar sus variopintas confidencias. Los buzones tratan de soportar su devenida soledad y su aislamiento con ánimo y esperanza, aunque todo parece indicar que su futuro estará en un rincón de algún museo etnológico o en un viejo almacén.

            Llegué al buzón y su ranura parecía sonreírme como un emoticono gigantesco. Es como si me reconociera. Como si descubriera a un viejo y conocido amigo. Me deja levantar su chirriante tapa y lentamente deposito mi carta. Entro en su interior. Mis manos detectan una rampa. Rastreo la posibilidad de que la carta se haya quedado ella. Siento que el buzón recrimina mi desconfianza y mi poca fe en sus diseñadores. La verdad es que temo que mi carta, permanezca atascada en ese pequeño túnel inclinado y caiga en manos diferentes a sus destinatarios.

            Me alejo. El buzón sigue allí, a media luz bajo los grandes árboles. Comienza a lloviznar, fenómeno que afronta con firme indiferencia. Me siento bien tras confiarle mi carta y saber que, por ahora, mañana y pasado él seguirá por allí. El buzón de todos, mi buzón. Depósito metálico acogedor de sueños, custodiador vital de vastas esperanzas, recipiente amarillo de duelos y quebrantos ¡Gracias! ¿Qué me dirías si pudieras hablar?

 

03 enero 2023

Queridos lectores

 


               Desde la intimidad y rincones de la literatura quiero desearos un Feliz Año 2023. Al llegar estas fechas es frecuente caer en tópicos y en frases tan altisonantes como vacías. No es este mi caso. Estoy agradecido. De corazón, sinceramente gracias.

               Es cierto que no sois muchos, no arraso, pero estáis ahí y cada vez que cuento las visitas me siento satisfecho al comprobar que suben o al menos se mantienen. Eso me anima a seguir. A mis casi setenta y dos años sigo siendo un escritor en ciernes, un principiante que tiene mucho que aprender. Así que muchas gracias. Para mí sois muy importantes. Google con sus exactas cuentas me ha dado la última semana 80 visitantes de Israel, 9 de Indonesia, otros tantos de EE.UU., 8 de España, 4 de Alemania y 1 de Suecia. Para mí sois más que muchos y a todos os sitúo en el mismo nivel de importancia.

               Por nuestros ratos compartidos, a pesar de la distancia, es un placer felicitaros en Año Nuevo. Me produce gran ilusión saber que estamos vivos y conectados por medio de la palabra. Las palabras como lugar de encuentro. Hay días que me cuesta escribir, como que no me inspiro, pero pienso en vosotros y enseguida me animo. Sentir que alguien me espera a miles de kilómetros es una sensación cálida, gente que no conozco y recoge las vibraciones de mi espíritu, los golpes del teclado. Alguien, en fin, que me dedica unos minutos y valora lo escrito y como lo dibujo. Sí, porque escribir es pintar con las palabras. Así que quiero transmitiros mi más profundo agradecimiento. Un escritor sin lectores, se queda en la mitad.

               Este año, como felicitación, he utilizado una pintura de Miguel López Navarrete, pintor universal nacido en Alcaracejos – Córdoba – España. Las obras de Miguel comunican, se trata de una conexión inalámbrica. Sus trazos atraviesan la realidad y te transportan a otro lugar, siempre maravilloso. Sus colores, te elevan y te dopan de magia. ¡Gracias Miguel!

               Un año que comienza es una puerta abierta, un cruce de caminos temporales, un puente a construir entre un después y un antes. Año nuevo, vida nueva, se dice. Un año recién nacido es una alarma contra la rutina, una oportunidad para filosofar y agradecer un existir inexplicable y misterioso. Haber vivido es una experiencia única, irrepetible. Seguir viviendo es la gran ocasión para llenar el tiempo y darle un sentido coherente a nuestra vida. Es por eso que en las palabras que subtitulan el cuadro de Miguel podemos encontrar sueños y esperanza.

               Lo mismo que no podemos repudiar a las personas que queremos, es imposible renunciar a nuestros sueños: tenemos que perseguirlos y rodearlos con hechos, trabajarlos. Hemos de seducirlos con todas las estrategias imaginables y hacerlos realidad, porque el intentar alcanzar nuestros sueños nos hace mejores y mejoramos lo que nos rodea. Con sueños esperanzados nuestra vida cobrará sentido y plenitud, sabiendo que el camino suele ser más vivificador que la posada. Además nos encontraremos con caminantes que nos acompañaran en nuestro recorrido. Y esto es lo que me ocurre con vosotros, queridos y desconocidos lectores: Vuestra presencia me da fuerza.

               Los grandes deseos son inevitables en estas fechas por eso hemos de soñar con la Paz y la Libertad. Nada de guerras, de dictaduras ni pseudodemocracias. La lucha contra el hambre y la miseria ha de seguir. Todas las personas tienen derecho a una sanidad y una educación y hombres y mujeres son iguales en deberes y derechos. Los gobiernos del mundo han de trabajar para procurar a sus ciudadanos la oportunidad de crear su propio proyecto de vida. Pensar por ellos es manipulación. Decidir por ellos, usurpación. Crear oportunidades es respetarlos y amarlos. Hay mucho por hacer y en este año que comienza la solidaridad y la justicia espera nuestra colaboración. La Tierra también ansía un menor daño y quiere seguir siendo azul.

               De mis políticos españoles espero que este año trabajen por el bien común y no por el de unos pocos o para sí mismos. El 2023 debiera ser el año del entendimiento. Las elecciones son una buena ocasión para demostrarlo. Lo necesitamos todos. Alimentar la crispación, la polarización y la división desde las alturas es nefasto para la convivencia, sea nacional o interterritorial. El diálogo, para serlo, ha de establecerse con los más opuestos, no con los que piensan lo mismo que tú. Y por favor, dejémonos de populismos bananeros, unos y otros. Mi último deseo, en este aspecto, es que España mejore su estado de deberes y derechos y se avance en la separación de poderes. Hay nubarrones que me gustaría hacerlos desaparecer.

    Termino con Salud para todos, el bien más preciado de la humanidad a lo largo del tiempo.

13 diciembre 2022

Vicente y Luisa: la escalera

 


               Vicente y Luisa fueron una pareja feliz durante toda su vida, si exceptuamos momentos de desavenencias propias de toda etapa en común. Solo pueden rozar los que están juntos, decían. Eso sucedía ocasionalmente, solo de vez en cuando, por menudencias que pronto se olvidaban. Nada importante que dejase marcas en sus corazones o que determinaran ese futuro compartido. Sus cuatro hijos, dos varones y dos hembras crecieron en un ambiente familiar cálido y sereno.

               Vicente ejercía como maestro de primaria. Al terminar las horas oficiales prolongaba su jornada con clases particulares, sobre todo de Lengua. Siempre hubo padres preocupados porque sus hijos aprendieran un poco más. Vicente empleaba estas horas extras en repasar los deberes del día, aclarar dudas, trabajar alguna técnica de estudio y continuar con la buena costumbre que practicó, como alumno, en la enseñanza pública. No podía dominar la tentación de dedicar unos cuantos minutos más a la lectura colectiva en voz alta. Todos los días solicitaba a los alumnos su colaboración. Uno leía. Mientras, los demás escuchaban.

- A ver, fulanito, cógete el libro verde, aquel de los piratas del Caribe y léenos algo. Abre el libro al azar. Todos los demás ….¡Atentos!

               Tras los cinco minutos de rigor Vicente requería un comentario de lo leído. Otras veces pedía la idea principal y en ocasiones un cortito resumen. Tanto disfrutaba haciendo de maestro de Lengua que muchos días los alumnos tenían que avisarle: “¡¡don Vicente que nos hemos colado media hora…..!!. ¡¡Ea…. Pues vámonos. Mañana será otro día!!, pero si alguien quiere que le explique alguna cosa me quedo otros diez minutos. Los chavales salían disparados hacia la calle como estrellas fugaces buscando el horizonte.

               La Lengua siempre fue para él lugar de encuentro entre diferentes. Nunca debe ser elemento de discriminación ni de rechazo y menos un arma arrojadiza entre culturas. Así aleccionaba a sus alumnos. La capacidad de expresar pensamientos y sentimientos, afirmaba, es la máxima cota del ser humano. No existen lenguas superiores. Solo las pseudodemocracias y las dictaduras intentan imponer aquella que creen suya. El dueño de la lengua es la ciudadanía y son los ciudadanos los que deciden el idioma que usan. Rechazar a un individuo por su lengua materna es propio de ignorantes o de malas personas. La garantía de un idioma es su utilidad y el número de personas que, libremente, se comunican con él.

               Vicente estaba convencido del mensaje integrador de los idiomas y se lo recordaba a sus alumnos todos los días. Las Lenguas están para hermanar, jamás para separar o dividir, por eso hay que conocerlas muy bien, trabajarlas y que sirvan de nexo. Convertir un idioma en una muralla o en una obligación es propio de cerebros planos. Además, la Lengua es la llave de la puerta de entrada a todo el conocimiento, a todas las demás asignaturas, es por eso que debéis esforzaros en leer y escribir lo mejor que podáis. Aprended todos los idiomas del mundo y así os convertiréis en sus ciudadanos. En realidad, las consideraciones de Vicente sobre el idioma expresaban una manera de entender la vida, una forma de relacionarse con los demás. El vehículo era extraordinariamente potente: La Lengua, los Idiomas.

               Luisa, su mujer, la mayor de tres hermanas, se educó desde pequeña en las labores domésticas. Fue un rol que tuvo que asimilar en su niñez: intuyó, más bien supo, que sería ama de casa. Desde chica destacó como organizadora. Era algo que le encantaba. En su grupo de clase la maestra le encargaba hacer la lista de las excursiones, anotar los pagos, ordenar los exámenes por orden alfabético o recoger los libros de lectura. Todo lo hacía de modo natural y nunca nadie la acusó de enchufada ni de ojito derecho del maestro. Simplemente le gustaba, se ofrecía y empleaba sus cinco sentidos. En su casa ordenaba la ropa de sus hermanas, los libros de las estanterías, los platos de la alacena y hasta la fruta del frutero. Su cuarto era un escaparate del orden impecable: ni un lápiz fuera de su sitio, ni un pañuelo fuera de su caja, ni una caja fuera de su cajón. Jamás un cajón desaparejado de su mueble ni unos zapatos por el suelo.

               Entre sus hobbies estaban la jardinería y el huerto. Su capacidad para comunicarse con los vegetales desbordaba cualquier expectativa. El abuelo y su madre eran las fuentes de tanto conocimiento. Además, sus padres la apuntaron a un taller municipal donde un par de buenos aficionados dieron clases a los niños del pueblo. Los geranios del patio eran alucinantes pero no menos lo fueron los tomates que recogía del huerto. Nunca dejó de cuidar su mundo vegetal y de organizar, mucho menos. Tenía a bien cantarle a las plantas con dificultades. Era un tratamiento individualizado, especial para el rosal o la buganvilia. Aparte, tanto en su patio como en el huerto, tenía una terminal de un altavoz a través del cual se podía escuchar música clásica que curaba las enfermedades a los vegetales. También guardaba una selección musical para fomentar el crecimiento o cuando, por necesidades de tamaño, tenía que trasplantar. Para algunas criticonas del pueblo era como una bruja. Siempre aseguró que las plantas sentían dolor y tenían alma.

               Tras varios años de casados, Luisa y Vicente tuvieron que cambiar de vivienda: la que tenían les resultaba demasiado pequeña para alojar a tanta prole. Sus necesidades de espacio habían aumentado considerablemente. Pensaron que lo mejor era hacerse una casita a medida en las afueras del pueblo. Cada tarde se daban un paseo. Intentaban localizar una parcela que les viniera bien. Recorrieron la circunvalación decenas de veces. Miraron a derecha y a izquierda, alguna casa vieja que pudieran tirar, patios de casas abandonadas por familias emigradas, se interesaron por algunas herencias, etc…. al final compraron una huerta con vivienda en las inmediaciones del pueblo.

               Luisa, bastante cabezota, tenía una visión espacial prodigiosa. Vicente, muy entregado en la marcha de sus clases y sus alumnos, la dejaba hacer. La mujer tenía la mente muy clara en cuanto a situar muros, tabiques y ventanas. Tal era su visión espacial que el encargado de las obras de su casa le propuso trabajar para él.

- Nunca vi una mujer así, comentó en la oficina. Tiene una visión rápida y mágica sobre cómo distribuir habitaciones y para qué usar cada una de ellas. Cualquier problema lo convierte en solución y la ocurrencia encaja perfectamente.

               Luisa quería una casa de dos plantas: arriba dormitorios y abajo para estar. La inevitable escalera la dispuso de un tramo para aliviar espacios, lo cual supuso que el desnivel salvado fuera considerable. El salón ganó unos metros a costa de menos escalones. El encargado, con varios años de experiencia a sus espaldas, le aconsejó dos tramos de escalera, aumentar los peldaños y bajar la pendiente, pero Luisa, muy dura de mollera, decidió que un ramal era la solución perfecta. ¡Perfecta, pero muy inclinada! insistió el albañil.

               La escalera, con el tiempo, sirvió como escenario de fotos familiares, tendedero de ropa en las tardes de lluvia y puente de madera entre arriba y abajo. En su triangular hueco, se guardaron las bicis y triciclos de los niños durante muchos años.

               El tiempo pasó y ante las vastas dificultades que la vida fue acumulando, Luisa y Vicente estuvieron pensando en adaptar la planta baja a sus necesidades. Espacio había de sobra. Solo era cuestión de maestros albañiles y un poco de dinero. Subir y descender se había convertido en un suplicio para los dos y juntos, con sus hijos, decidieron que abandonarían el dormitorio de la primera planta. Entre tabiques tirados, levantar unos nuevos, manitas de pintura y reubicar muebles pasaron treinta días. Ahora, la famosa oquedad, bajo los peldaños, servía de aparcamiento de la silla de ruedas y del nuevo andador. La edad de la pareja los había convertido en socios necesarios y colegas recíprocos, imprescindibles: Vicente con su silla, ella con su andador. Todo quedó perfecto. La novedad más fuerte eran las dos camitas.

               Fue la primera noche del cambio cuando Luisa montó el número a la hora de acostarse. Que no, que no y que no. Que ella había dormido más de sesenta años en el piso de arriba y que ahora no se iba a trasladar a un dormitorio bastante más pequeño y mucho más incómodo. Vicente, anonadado, durmió abajo y Luisa con paciencia y dolores subió al piso de arriba. Fue la primera vez que durmieron separados desde que se casaron. El genio y terquedad de la mujer, la costumbre de años, la añoranza de su madurez vivida en la primera planta, el álbum de recuerdos mentales y alguna excusa más fueron determinantes.

               Por la mañana Luisa se levantó temprano. Había dormido poco. Demasiados cambios para sus tradicionales hábitos. De todas formas se vistió como siempre, se aseó y, con mucho cuidado, se dispuso a bajar. El primer escalón perfecto, lo mismo que el segundo pero en el tercero se le quedó la pierna atrás y perdió el equilibrio. Sin serlo, rodó como una piedra. Una cámara oculta hubiera visto piernas, luego cabeza, luego las piernas otra vez, cabeza ensangrentada, manchas en la pared y en la madera de los escalones,…. Fue una caída eterna, criminal y asesina. Cuando Luisa llegó abajo estaba muerta.

               Vicente, ya despierto, había escuchado ruidos y a duras penas, cojeando y encorvado, con su bastón de ébano, abandonó la cama y preguntó en voz alta:

-        Luisita, ¿eres tú?

Nadie le respondió.

-        Luisa, ¿Qué ha sido ese ruido? ¿Estás bien? Dijo elevando la voz.

El silencio era total. Solo quedó quebrado por el quejido del bastón y el roce de las zapatillas al arrastrar sus pasos contra el suelo.

Luisa, Luisa, Luisa,……..

               Por fin la vio. Luisa era la muerta estampa de un maniquí descoyuntado, de trapo. Se paró y ,sin poder remediarlo, se quedó sin voz.

               Sonó el timbre en la puerta.





25 noviembre 2022

El sueño de Federico

 

Obra de Miguel L. Navarrete (Alcaracejos, 2022). Colección "Sensaciones"


               ¿Se puede soñar que te despiertas en mitad de un sueño mientras tu cuerpo sigue dormido? Parece ser que sí. Al menos eso es lo que le pasó a Federico Tornero aquella noche lluviosa de noviembre: En su sueño, fue testigo despierto de su propio sueño.

               Se soñó despierto. Estaba en Costanilla del Mar. Lo sabía porque delante de él leyó un letrero que daba la bienvenida. El pueblo estaba en feria. A su espalda, dos casetas invitaban al personal a divertirse: en cada una de ellas actuaba un grupo musical con el encargo de amenizar las fiestas desde el mediodía. En ambas sonaba la música muy alta. Uno era un conjunto de rock duro, una peña con cuatro componentes vestidos con ropa cara rota, con tatuajes y piercings. En la carpa de al lado, elegante y de gala, cantaba una mujer morena, con una voz potente, canciones españolas. El compañero, con corbatón y smoking, tocaba un piano eléctrico. En la pista, una pareja de personas mayores bailaban agarrados. Sus caras reflejaban una triste alegría. Sonreían impregnados de ausencia, sin saber bien por qué. Sus pasos traslucían constantes de rutina, prestos pero mecánicos y con muy poca estética. Era una danza huérfana de sentido, regada con el hábito y la repetición, producto de haberla practicado muchas veces a lo largo del tiempo.

               Federico, en su perplejidad, se dio cuenta de que tenía que ser un sueño porque recordaba perfectamente que anoche se acostó en su casa de Cuenca ¿Cómo podía ser que se estuviera viendo en la feria de Costanilla? ¿Qué había hecho para llegar allí? Caminó. Se alejó del bullicio siguiendo a una mujer que vestía un estampado a la que no le pudo ver la cara porque andaba más deprisa que él. La mujer tiraba de un niño con una gorra roja. Cogido de su mano daba enormes chupetones a una bola de fresa helada que culminaba el cucurucho.

               De pronto, Federico se encontró ante un enorme muro de piedras muy talladas. A su lado yacían descomunales trozos. A modo de un complot de largo recorrido, el tiempo y la falta de mantenimiento habían unido fuerzas para derribar algunas de sus partes. Estaba delante de una gran abertura a través de la cual se podía observar, abajo, el centenario puerto costanillés. Dos inmensos brazos, curvos y desiguales, de piedra y hormigón, como dos grandes hoces enfrentadas a diferente altura, encerraban una especie de mar menor dejando libre la bocana del puerto: A la derecha pudo ver el dique de abrigo. En él se diferenciaba con claridad un paseo inferior protegido de los vientos y el agua. Cada cierta distancia unos escaloncitos permitían subir a la parte de arriba, una especie de púlpito alargado de hormigón donde la plenitud y la extensión de un mar de color cielo, extrañamente en calma, te hacían su prisionero. Al final, elevado sobre una construcción cilíndrica, muy sólida, se encontraba el viejo faro observador de cúpula redonda, vidriera transparente, con una balconada circular y pretil protector, en apariencia frágil. Desde allí un horizonte lejano y nítido, como si fuera recto, era el lugar del encuentro ficticio del cielo con el agua.

               En el puerto, en la hoz de la izquierda, siglos atrás, se había construido una pequeña fortaleza con dos esbeltas torres y un recinto cuadrado, amurallado, para defender la ciudad ante invasores y piratas. Por sus almenas asomaban las bocas de unos viejos cañones, hoy con seguridad decorativos. Un mástil huérfano, vertical, de madera, crecía como si fuera un árbol sin sus ramas: quería pinchar una nube violeta de algodón. En su extremo, una gaviota, sin vértigo, con vista de Linceo, vigilaba la costa. La marea, ahora baja, dejaba ver los cimientos en rampa, cubiertos de algas, de la vieja muralla defensora. En la arena, de una minúscula playa lateral, unas rocas tranquilas esperaban volver a ser cubiertas por el agua.

               Federico pensó en esos enormes brazos de hormigón: nunca llegarían a encontrarse del todo, nunca abrazarían nada. Estaban hechos para proteger sin tocarse. Su éxito estaba en su calculada y obligatoria separación. Eso sí: podrían mirar en su interior y observar su mutuo desgaste; comprobarían como el agua y el tiempo modelaban las piedras del vecino, una batalla lenta con vencedor seguro. Podrían escuchar los bramidos de un viento atronador y un mar embravecido, pero nunca se enlazarían por sus extremos. Sólo sus desprendidos y pequeños granos de arena entrarían en contacto, al mezclarse, en las poco profundas aguas de la ensenada.

               Un brusco encuentro ocurrió en aquel sueño real. Sucedió que Federico Tornero, perito mecánico de titulación y profesor de Electrotecnia en la Universidad, se tropezó de repente con Mª Ángeles Glaciar, compañera en el departamento de Electrónica.

               El caso es que Costanilla[1], un término en desuso[2], debía su nombre a la presencia de numerosas calles cortas y en cuesta, rodeadas de otras con menor inclinación. Al estar enclavada en un relieve irregular, próximo al mar, resultaba un pueblo pintoresco y atractivo.

               La profe visitaba con alumnos las particularidades urbanísticas de Costanilla[3] del Mar, tras la instructiva visita a la fábrica de microchips avanzados situada en sus proximidades. El repentino encuentro agitó sus corazones y la respuesta fue un abrazo de larga duración. Era la salida natural y lógica a la inexplicable atracción que ambos sentían, nunca dicha y menos concretada. Ella con melenita, pelo castaño oscuro y gafas de sol. Él con barba de talibán y cabeza rapada.

-        ¿Estamos demasiado cerca? preguntó él.

-        No. Estamos bien, respondió ella.

               Federico siempre que saludaba, besando a una mujer, procuraba mantenerse inclinado hacia fuera para no rozar su pecho. Le resultaba entre violento y aprovechado ese tipo de contacto…. En su sueño lo intentó, pero esta vez no fue así. Su compañera se pegó a él a lo largo de toda su vertical y entre los dos cuerpos no había el más mínimo resquicio que pudiera atravesar la luz. Le preguntó que hacía por allí y ella le respondió que estaba de excursión con sus alumnos, dando una vuelta al pueblo. Tras el abrazo más largo y apretado del mundo, un alumno le espetó: ¡Seño, que tenemos que irnos! La pareja parecía soldada por todos sus puntos de contacto. Una ambulancia que pasaba deprisa, con su sirena devolvió a Federico a la soñada realidad. ¡Se separaron!

               Ya solo, el sueño continuó en la habitación de un hotel. Estaba pintada de azul. Allí estaba su jaula. Él, en Cuenca, tenía un pájaro, pero observó que dentro había dos pajarillos más. ¿Cómo es posible que hayan entrado esos dos con la puerta cerrada? En su ensoñación pudo ver como su pájaro abría la puerta de la jaula con un extraño movimiento de palanca del pico. Atónito, confirmó lo que había sospechado: “Los animales son bastante más listos de lo que parecen y sólo en los sueños podemos comprobar algunos de sus poderes especiales”. La puerta de la jaula se abrió y los dos pajarillos remontaron el vuelo. El suyo quedó dentro después de volver a cerrar la portezuela.

               Al permanecer despierto en el sueño, Federico Tornero lo estaba disfrutando de lo lindo pero en su subconsciente quería volver a Cuenca y fue a buscar su coche. Al aproximarse se tropezó con una chica joven muy bonita: pelo recogido con raya central de la que salen dos rayas a izquierda y a derecha a distintas alturas, cejas finas depiladas, grandes y profundos ojos verdes, nariz pequeña insinuada, labios carnosos, cuello largo, camisa verde rayada -con bolsillo- en la que destacaban cinco botones de un verde más oscuro. Federico la reconoció enseguida: Era la chica del cuadro que presidía la entrada del Museo de arte abstracto español en las Casas Colgadas …. pero de carne y hueso. Su esbeltez y aquella forma de andar lo dejaron abrumado. Parecía que flotaba en el aire.

               Entonces pudo pensar y se dijo: ¡Qué sueño más potente y más real estoy teniendo! La chica le habló pero no entendió nada de lo que le dijo. Era un idioma desconocido para él. Se acercó a ella pero esta se alejó caminando hacia atrás, sin perderle la cara….la distancia hizo que cada vez la viera más pequeña hasta que desapareció de su vista.

               Quiso entrar en el coche pero no encontró la llave. Las únicas que llevaba encima eran las llaves de su casa. ¿Cómo es posible que su coche estuviera en Costanilla del Mar y las llaves en Cuenca? Su cabeza le estaba gastando una mala pasada. El ring del despertador lo sacudió de verdad. Aún estuvo un rato en duermevela. Al poco tiempo sonó el teléfono. Era su compañera de la universidad Mª Ángeles Glaciar. Lo estaba esperando abajo, en la puerta.

 Nota: las citas a pie de página no tienen nada que ver con el relato. Se trata simplemente de un desahogo complementario del autor que pudiera ser de interés para los lectores.

 

 

 

 

 

 



[1] En Madrid existe la calle de la Costanilla, citada por Galdós, que posteriormente tomaría el nombre de Costanilla de los Capuchinos. Costanillas, plural, nombra a barrios históricos de ciudades como Córdoba, Sevilla o Segovia.

[2]  Cita literal de Wikipedia: “Igual olvido han sufrido otros términos en desuso como alameda, adarve, altozano, espolón, portillo, travesía o travesera,... Interesado por el tema, en 1840, Fermín Caballero, siendo alcalde de Madrid, reunió una lista de los nombres genéricos de las vías urbanas, recopilando un total de catorce maneras de denominar una calle: carrera, corredera, callejón, cuesta, costanilla, pretil, portal, arco, pasadizo, plaza, plazuela, campillo, puerta y postigo. En el siglo XXI, el callejero de Madrid añade a la lista del alcalde romántico otros diecisiete términos de urbanismo: avenida, cañada, cava, escalinata, glorieta, galería, gran vía, pasaje, paseo, paso, plazoleta, ribera, ronda, senda, vereda y vía".

[3] En la calle Costanilla de Valladolid, luego calle de la Platería, nacería el que fuera tercer amo del Lazarillo de Tormes y de ello presume ante Lázaro en el “Tratado tercero” de la obra.

 

13 noviembre 2022

Aquilino y sus circunstancias

 


            Hablábamos de un barrio de la periferia de la capital. La mayor parte de las familias que vivían en él disponían de escasos recursos económicos. Metafóricamente, a pesar de su orgullo demostrado, se las calificaba de personas humildes o muy humildes. Los bloques, con seis pisos de altura legislada, conformaban una geometría demasiado prismática, excesivamente regular. La imaginación del arquitecto había brillado por su ausencia. Se notaba que eran diseños para salir del paso, hechos con prisa, sin calidez. La conclusión fueron pisos baratos, sencillos y vulgares donde primaba lo práctico. La construcción era pobre. A través de paredes y suelos muy porosos se intercalaban los íntimos gemidos con el rumor de las cisternas; lamentos de dolor de los enfermos crónicos con carreras de  niños y bronca entre mayores. La dicción de la tele se amalgamaba con los programas de las teles vecinas. Desde fuera, las pálidas persianas de madera daban aspecto de abandono y las ropas colgadas en los balcones, para secarse, ofrecían la imagen de una España irredenta y tercermundista. Las bombonas de gas, presas trás los barrotes de las barandillas, daban un tono de color, pero la estampa de cierta desolación no mejoraba. Cajas de plástico y alguna bicicleta de niño, de esas que tienen cuatro ruedas, terminaban de ocupar el espacio disponible. En su conjunto, la fachada era una agrupación de balcones almacén, ordenados en filas y columnas, que rebosaban de bártulos con el peligro de caer sobre la acera.

Balcones y ventanas de las dos primeras plantas estaban enrejados como medida disuasoria ante los cacos. Pura seguridad. En varias ocasiones ladrones escaladores habían entrado en las viviendas para llevarse cualquier cosa que pudieran vender en los mercadillos de segunda o tercera mano. Con el paso del tiempo los vecinos habían ido colocando rejas. Lo hicieron por etapas, lo cual dio lugar a una considerable variedad ya que los herreros, artesanos en extinción, se negaban a hacerlas idénticas a las de sus competidores. Podemos decir que las fachadas eran un muestrario de toldos, aparatos de aire acondicionado, rejas, persianas y ropa de toda talla y condición. El multicolorismo estaba servido y la falta de uniformidad era tan evidente que resultaba atractiva para las personas que pasaban por allí. La gente intentaba localizar dos balconadas o dos ventanas iguales, pero resultaba tarea imposible. Más de una vez, el barrio y sus fachadas habían salido en la TV local como señal de identidad de la periferia este. Aquellos exteriores eran señales evidentes de una cultura propia, de una manera singular de vivir. Vecinos y vecinas fueron entrevistados ante las cámaras. Todos defendieron las peculiaridades de su reja y de su tendedero. Ni que decir tiene que la Comunidad de propietarios había renunciado hacía tiempo al intento de unificación de criterios y ahora potenciaba el lema de ¡Nunca más dos balcones iguales! El presidente, al que gustaba el ejercicio del cargo, tuvo que renunciar a toda posible autoridad e hizo suya la frase de un político populista de su edad: “¡Yo estoy aquí para hacer lo que vosotros queráis y digáis! Evidentemente, esa era la única fórmula para mantenerse en el puesto.

 Ahí vivía Aquilino, hijo de Carmen y padre desconocido. Era alumno del colegio “El Niño de la Uña”, nombre que figuraba en la entrada del mismo y en una placa de mármol junto a la puerta del salón de actos. El “Niño de la Uña”, ex – alumno, hoy era conocido como un afamado guitarrista que tuvo la fortuna de disfrutar de un abuelo cariñoso y exigente. Como su madre no podía hacer carrera de él, el abuelo se encargó de la educación del nieto. Por tres detalles de este, enseguida se dio cuenta de que los libros no eran lo fuerte del chaval, así que le propuso aprender a tocar la guitarra: sería profesor, tutor y abuelo. "El Niño", sin saber dónde se metía, aceptó y durante siete años, el abuelo fue su coach guitarrero. Primero intentó que le gustara con cositas alegres y sencillas, y luego, cuando el gusanillo del flamenco se convirtió en duende le apretó las clavijas. El luego famoso “Niño” tocaba la guitarra todos los días, y con frecuencia, también, la mayoría de las noches. El abuelo haciendo gala de una paciencia y una sabiduría infinitas tenía una receta mágica: “Cuando lo hagas bien lo dejamos, pero mientras tienes que seguir tocando”. Además lo convenció para que siguiera yendo al colegio y luego al instituto. Su rendimiento académico era un desastre, pero “el de la uña” siempre se mostró respetuoso y nunca molestó. El ir al instituto fue una decisión condicionada por la amenaza del abuelo de dejar de enseñarle el guitarreo. El chaval era buena gente. Cuando ganó sus primeros dinerillos en una fiesta de confianza, con éxito y cariño asegurado, el “Niño”, en un gesto de cálida nobleza y como muestra de un agradecimiento insuperable, se los entregó al abuelo para que se convidara. “Ya pronto, cobraré otra vez”, le dijo. El abuelo lo abrazó y, entre lágrimas, aceptó el regalo. De paso, lo bautizó artísticamente con el sobrenombre de “El Niño de la Uña” por aquella que se dejó crecer en su dedo índice y que, milagrosamente, le facilitaba un toque personal en su forma de hacer música.

Así sea, sentenció el “Niño”.

Y que lo sea por muchos años, remató el abuelo.

             Aquel barrio reunía a numerosas familias en el paro. La formación cultural era baja y la educación justita, aunque con mucha calle. La gente tenía experiencia en solicitar todo tipo de ayudas y subvenciones, fueran privadas o públicas. Un asesor rellenaba uno de los impresos a conciencia y todos los demás, amigos, familiares, etc… prácticamente fusilaban su contenido cambiando el nombre, domicilio y cuatro datos más. Muchas de aquellas familias, aunque sabían pescar y pescaban, eran partidarias de que papá Estado, mamá Ayuntamiento y la tita de “Cáritas” les completaran la dieta con cualquier tipo de pescado. Digamos que los acentos se cargaban más en los derechos que en las obligaciones. También había gente que le gustaba trabajar, aprender y progresar que luchaba por un proyecto propio ajustado a sus capacidades. Vivian honradamente: compraban, vendían, cuidaban ancianos o echaban horas en el servicio doméstico. Todo sin declarar, claro, si no la cosa se quedaba en casi nada. Lo de la venta ambulante de calle en calle, de mercadillo en mercadillo, de casa en casa o de acera en acera era la ocupación más frecuente. En cualquier esquina te podías encontrar a una abuela vendiendo ajos, naranjas o calcetines. Un par de jóvenes iban con un cartel por la calle: “Te traigo la colonia que tú quieras a mitad de precio”. En otros casos eran tres bragas al precio de una, bolígrafos baratos o un paquete de pañuelos de papel “por la voluntad”, aunque si esta era menor que un euro te podían soltar cualquier improperio más o menos gracioso, pero improperio.

          

El "rey de la casa"

  En ese barrio y en esas circunstancias vivía Aquilino con su madre y un tío soltero que era la referencia masculina de la casa. Carmen, la madre, no había tenido una vida fácil. Desde muy joven trabajó para ayudar a sus padres y a sus dos hermanos a tirar p'alante. Su madre, muy medicinada por asunto de nervios, se levantaba tarde y desorientada. Su padre se ganaba la vida con una vieja furgoneta. Por un lado daba portes de cualquier cosa y por otro iba recogiendo los muebles que se encontraba junto a los contenedores de basura. Sillas, estanterías, lámparas, cajones, mesas, mesillas, pequeños armarios, etc eran sus piezas preferidas. Tenía buena mano para la carpintería si eran cosas sencillas. Reparaba lo roto y con un par de pasadas de barniz quedaba como nuevo. A veces la gente le avisaba y recogía muebles usados por las casas, muebles que antes de tirar revisaba cuidadosamente y que generalmente se quedaba. En las tiendas de segunda mano y en los frecuentes mercadillos de la ciudad daba salida a todo. Se entretenía muchísimo y arrimaba un dinero para el mantenimiento de la familia. Aparte le quedaba para sus gastos.

            A los catorce años Carmen ya se encargaba del hogar de sus padres. Era mujer fuerte de carácter pero de débil corazón. De alguna forma fue criada en casa de sus padres y siguió siendo criada de su hijo y de su hermano Luis, soltero empedernido, en el hogar que conformaron los tres. Del padre de mi hijo, mejor no hablar, era su comentario.

            Aquilino era la debilidad de Carmen. Para ella su hijo lo fue todo desde el momento que vino al mundo. De alguna forma dio a luz a un salvavidas. Vivía para él. Trabajaba por él y para él. Desde pequeño siempre le preguntó sus opiniones sobre temas que lo sobrepasaban, debido a su corta edad. Con grandes sacrificios le compraba ropa de marca para que su hijo no fuera menos que nadie. En casa se veían los programas de tele que Aquilino quería, siendo el mando a distancia su principal juguete. Un día que su tío Luis cambió de canal sin su permiso recibió una super bronca de su hermana Carmen que le llegó a decir que si quería ver otra cosa que se comprara una tele y la pusiera en su cuarto. Esa tele era suya y de su hijo y se ve lo que nosotros queremos. El tío aprovechó el numerito montado para desaparecer de la casa.

            Aquilino creció en el mimo, el exceso de consideración, el hombrecito de la casa. Su autoestima era tan grande que siempre pensó que todo se lo merecía. Que su madre limpiara escaleras en jornadas y en condiciones de auténtica explotación era lo que ocurría a diario para que él pudiera comprarse camisetas de sus equipos preferidos al precio de 100 ó 200 euros. La madre tenía la obligación de darle todo y él tenía el derecho de recibir todo de todos.

            Carmen estaba muy influenciada por esa mala costumbre que tienen algunas madres: “Quiero darle a mi hijo todo lo que yo no tuve” se la oía decir. En sus adentros sabía perfectamente que eso estaba mal, pero a la hora de concretar su amor de madre la desbordaba una superprotección exagerada. Aquilino acabó sufriendo el síndrome del niño emperador. Era una persona con un monstruo dentro. En su corta vida, ya adolescente, nunca había conocido un no por parte de su madre.

             En la escuela estaba considerado un niño pijo. Pobre pero pijo. Solía despreciar a los maestros y de forma especial a las maestras. Se acostumbró a no hacer nada y a decir que los profesores eran afortunados por tener un alumno como él. Los profes serían famosos por haberle dado algunas clases. Todos los días se presentaba superarreglado con sus gafas oscuras, gafas que también usaba en el interior del aula aludiendo una sensibilidad extraña con la luz. El día que una profesora se las hizo quitar juró, para sus adentros, vengarse. Dejó pasar un par de meses. Identificado domicilio y el rojo Seat Ibiza de la docente con un par de amigotes del barrio, untados con 20 euros cada uno, pintaron de negro todos los cristales del vehículo, incluidos faros e intermitentes. Se jactaba de haberle puesto gafas de sol al coche de la profe.

            Aquilino se consideraba guapo cuando en realidad era del montón; se creía inteligente, ocurrente y gracioso. Se reía de sus propias tonterías y como su madre le proporcionaba algún dinerillo más que la media de sus compañeros lo utilizaba para tener siempre un coro de aduladores a los que invitaba fardando de ser el más chulo, sin darse cuenta de que esas amistades sólo se aprovechaban de su estupidez. Con las chicas se mostraba como el gallo del corral. Seguro de si mismo, fanfarronamente contaba a los amigos cualquier roce o apretoncillo por pequeño que fuera. Presumía que todas las chicas de su grupo estaban locas por él y le pedían salir los fines de semana. Pequeñas notas escritas de su puño y letra con piropos o declaraciones de amor, decía haberlas recibido de chicas mayores que él. Aclaraba que no podía decir sus nombres para no comprometerlas.

            Aquilino, intentando jugar a divo, era un líder sin carisma, una persona engreída y totalmente desubicada por los excesos contemplativos de su madre. Era pura fachada, puro marketing, puro artificio. En su desmedida soberbia consideraba la sencillez como un defecto, los humildes eran idiotas y el trabajo una desgracia como otra cualquiera. Se las prometía muy felices andando siempre sobre las cabezas de la gente. A sus 15 años se imaginaba su futuro rodeado de rubias impresionantes, actor de fama con una buena cuenta corriente y un par de Porches deportivos aparcados en la puerta de su lujosa mansión.

             En casa no hacía nada. Nunca recogió una mesa ni su habitación. Jamás limpió un pasillo o tendió una ropa. Después de ducharse se colocaba la camiseta y pantalón que previamente había acordado con su madre y que esta cariñosamente había depositado en la pequeña silla del cuarto de baño. Nunca salió a comprar comida de ningún tipo. Nunca pasó una escoba a un pasillo ni una fregona al suelo. Ni siquiera apagaba la tele después de haberla visto. A lo más que llegó fue a recoger el correo – le pillaba de paso al entrar en su casa – y a salir a la calle para comprarse alguna ropa, acompañado de su madre, claro.

             Con la comida no iba a ser menos y motivado por las constantes cesiones de su madre fue reduciendo la variedad de su menú hasta unos límites ciertamente patológicos. La verdura fue desapareciendo de sus platos y a los diez años ya no la probaba. Los guisos de cuchara, que tan ricos preparó siempre su madre, los calificaba de comidas de antiguos y de porrinos. Un cocido era un plato típico de residencia de ancianos, una comida de abuelos, pero no para él. Lo mismo comentaba sobre lentejas, estofados, arroz o macarrones. La fruta había que pelarla o lavarla: se perdía mucho tiempo y era una incomodidad. Para desayunar la leche le resultaba asquerosa y las infusiones sabían a medicina.

            La conclusión fue que la dieta de Aquilino se convirtió en un desastre absoluto, un atentado voluntario contra su propia salud. Cenas y mediodías las apañó con huevos, patatas fritas, hamburguesas y pizzas. El desayuno brillaba por su ausencia y en el recreo compraba donuts de chocolate o palmeras de ídem con su lata de Cola Loca.

             Con el tiempo los caprichos alimenticios aumentaron, se exageraron más y desaparecieron la pizza y las hamburguesas. También los donuts. Así que nos quedamos con los huevos, las patatas, la Coca para beber y las achocolatadas palmeras. En plena adolescencia Aquilino era un maniático insoportable. Además su carácter derivó hacia una tiranía arrogante. Se convirtió en un impertinente salvaje e insoportable.

             Carmen fue dominada por su hijo por completo. Incapaz de negarse a sus deseos, le preparaba a diario para comer y cenar los susodichos huevos fritos con patatas, patatas fritas y tortilla francesa, huevos revueltos con patatas fritas de bolsa, tortilla de patatas, huevos pasados por agua y patatas alargadas para mojar, a veces huevos duros con patatas fritas redonditas o cualquier combinación que se pueda imaginar sin salirnos de los dos componentes básicos: huevos y patatas. El agua ni la probaba. Su líquido compañero fue su botella de Coca de dos litros que su madre le reponía cada día. De postre o de merendilla palmera de chocolate.

             Además Aquilino comía repantigado en el sofá viendo continuamente la televisión. Al llegar de su jornada escolar dejaba caer al suelo su pesada mochila dando sensación de cansancio. Allí estaba su madre para recogerla y ponerla en su sitio mientras le decía: ¡Hay que ver cómo eres! ¡Tienes que ser más ordenado!

            Ante esto Aquilino le ordenaba a su madre: ¡Tráeme la bandeja! Tengo hambre.

             Así un día y otro y otro. Una semana y otra y otra. Un mes y otro y otro. Un año y otro y otro… Su burbuja de confort jamás fue cortocircuitada por su madre.

             Otra particularidad, muy notable, de Aquilino es que le gustaba mucho el fútbol. Eso así dicho no suena nada raro, pero el caso es que Aquilino era fan del Real Madrid y del Barcelona. Seguidor empedernido de ambos tenía el corazón partío por la mitad. No lo podía remediar: admiraba a los dos clubs por igual. Para él esto no era ningún problema. Sus nervios alcanzaban una especie de éxtasis esquizofrénico cuando tenía lugar un Barça–Madrid o viceversa, pero se compensaba al final pues siempre le satisfacía la victoria de uno de los dos, siempre ganaba, aunque su resultado preferido para este tipo de choque era el empate.

             Esa afición al fútbol y alguna cosa más hicieron que la vida de Aquilino cambiara por completo. No fue precisamente corriendo detrás de una pelota como se produjo ese cambio. Corría el mes de noviembre de 2009 y en el Nou Camp el día 29 se jugaba un Barça – Real Madrid. 19 horas. Arbitró Undiano Mallenco.

             A las siete menos cinco Aquilino está sentado, en su sofá de siempre, frente al televisor. No se pensaba perder ni un segundo. Su madre plancha y le hace compañía. Antes de comenzar el joven le dice a su madre que haga el favor de no hablarle, que no lo distraiga. Quiere absorber todo lo que la caja tonta vomite. El partido está calificado como de máxima emoción y de alto riesgo.

            Se inicia el partido. El Nou Camp rebosa. Ambiente caldeado. Durante el primer tiempo muchas precauciones de los dos equipos con algunas ocasiones de gol que no llegan a cuajar. Las caras, los gestos y las entradas de algunos jugadores denotan  tensión. Dos tarjetas amarillas para el Madrid.

             A las 20 horas comienza el segundo tiempo. Aquilino le pide a su madre que le prepare un par de huevos fritos con patatas de bolsa y su preciada Coca con azúcar y gas. Al terminar el partido se irá a dar una vuelta con algunos amigos. Quiere cenar temprano. Se acerca el minuto 56 del partido y Carmen lleva la bandeja para que su hijo cene. Se arrima para dársela tapando, de forma inevitable, la visión del televisor. En ese justo momento, minuto 56, Ibrahimovic marca el primer gol del partido para el Barça. Aquilino, nervioso, no lo ha podido ver y pegándole un tremendo empujón a su madre que casi la estampa con la tele, grita: ¡Estúpida vieja! ¡Ya me has jodido la tarde! Huevos fritos, patatas y Coca Cola han volado por la habitación. Carmen se levanta como puede, se tambalea un poco, pero sin pensárselo dos veces le da un guantazo de revés a un Aquilino que no se lo esperaba hipnotizado por la celebración del gol. Cuando aún no se ha repuesto de la enorme, y a juicio de algunos, merecida bofetada, Carmen lo mira de frente, aproxima su frente a la de su hijo y con una tranquilidad pasmosa le dice muy bajito. ¡Aquí el único estúpido que hay eres tú! ¡Capullo! ¡Se te acabó el chollo! Y ahora, si quieres cenar, vas a recoger tus malditos huevos y tus jodidas patatas fritas y te las vas a comer, Sí o Sí. ¡Y no te olvides de la fregona para recoger esa cola loca! ¡Imbécil!

            Aquilino no da crédito ni a lo que ve ni a lo que oye. Aturdido, caso shocado, empieza a recoger la comida del suelo y con sus dedos regordetes se la echa directamente a la boca. La madre, algo más tranquila, le dice que debe coger un plato y un tenedor, pero que cola loca no hay. Si la quiere debe chuparla directamente de la alfombra y si no, agua del grifo.

            Aquilino termina de comer mientras la madre le da un plátano que no está en condiciones de rechazar. Te sentará bien, le dice. Hace miles de años que no comes fruta.

            El partido termina con la victoria del Barça por 1 – 0. Aquilino, desorientado por completo, termina yéndose a su habitación. No le apetece salir. Carmen se queda sola recogiendo algunos pequeños restos de comida que han quedado por ahí desperdigados. Apaga la tele y se sienta. Sin poderlo impedir unas violetas, grandes y amargas lágrimas afloran por sus ojos que de repente se han convertido en unas cataratas de agua salada. Llora un buen rato a solas. Diluvian lágrimas en medio de un silencio que la sobrecoge. Su llanto es una mezcla de pena por su hijo y de alegría  por haber sido capaz de romper una rutina que la estaba ahogando. Está segura de haber actuado bien. No quiere un hijo ñoño y egoísta. Piensa que aún está a tiempo. Mañana será otro día. Echa lentejas en remojo.