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| Ganado vacuno pastando (Asaja, Palencia) |
“En
cada nuevo relato hay que aprender a escribir”
Francisco Fernández Franco era un hombre tranquilo. Toda su
vida se había criado en la aldea de Los Almendros, en el corazón de las
Montañas Azules, llamadas así por la sorprendente acumulación de Lavándula latifolia, genciana ciliada,
campanillas y lirios azules. Había enormes praderas con mil distintos tonos de
azul, nunca igualados por la paleta de ningún pintor. Su madre, Remedios,
maestra rural de soltera, tuvo que dejar el trabajo cuando se casó. La
sociedad, y en particular la familia de él, no veían bien compaginar el
magisterio con el matrimonio. Además, había trabajo en la casa. El país perdió
una soberbia maestra. Ella lo tuvo que aceptar, pero con rebeldía interior no
resignada, jamás renunció a hacer pedagogía: enseñaba a leer a los amigos de
sus hijos; con sus vecinas compartía recetas de cocina, patrones de confección
y algunos tipos de encaje, incluido el de bolillos. En el salón parroquial, estableció
un pequeño club de lecturas comentadas para adultos, prometiendo utilizar
solamente libros autorizados por la censura. Cosa diferente serían los
comentarios: paradójicamente, leyendo libros censurados aprendieron a
criticarlos. Remedios conocía el poder de la cultura y la fuerza del
conocimiento. Detestaba la ignorancia y la pereza.
Cesáreo, su marido, llamado así por el método de parto que lo
trajo al mundo y no por recordar a ningún emperador, era un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra bueno. Tenía
a las vacas por amigas y compañeras, aparte de ser el principal recurso familiar.
Era un hombre sabio, pero no sabía leer. Había vivido siempre en la montaña
cuidando su ganado y aprendiendo de la Naturaleza y de sus mayores. Podía vivir
semanas en el campo a base de hierbas y pequeñas trampas para peces, pájaros y
conejos que le procuraban lo necesario de carne o de pescado; sabía hacer fuego
con leña mojada; conocía plantas con propiedades terapéuticas; almendros,
zarzamoras, madroños y algunos manzanos silvestres le completaban la dieta.
Escuchaba mucho y hablaba lo justo. Desde tiempo inmemorial, en las montañas se
mantenían construidas tres cabañas, bastante separadas, que permanecían siempre
cerradas, pero sin llave. En ellas pastores y vaqueros —y esporádicos
montañeros en aquella época— podían encontrar aparte de refugio, pan, a veces
demasiado duro, cerillas, mantas, leña seca, aceite, vinagre y sal, sobras de
sabrosos embutidos y alguna lata de conserva que la gente dejaba allí cuando
bajaban hacia el pueblo. Las cabañas se convertían así en auténticos salvavidas
de piedra en caso de imprevistas nevadas o carencia de alimentos. Los arroyos
suministraban agua transparente –siempre fría – para el aseo y la bebida.
Estos
eran los padres de Francisco Fernández Franco, sus principales referencias ¿Qué
aprendió de ellos?: Todo. La lógica funcionó en este caso: Su madre le inoculó
el virus de la curiosidad, de la lectura, de la cultura, del saber y de su
padre asimiló todo lo que una persona puede aprender sobre vacas y Naturaleza.
En cuanto a religión, su madre se definía como agnóstica, es decir para ella la
existencia de Dios no se puede afirmar ni negar con certeza, debido a que el
entendimiento humano no puede comprobarlo. El padre, bautizado y de raíces
cristianas, creía en Dios, pero practicaba poco. FFF no creía, pero extrañaba
la trascendencia. Le encantaría creer.
FFF
se crio en un ambiente ganadero y agrícola en el exterior y culto en el rincón
de su casa. Su madre fue la maestra y todos los días, antes de salir al campo
para ayudar al padre, dedicaban un par de horas a dar clase. Lo primero que le
enseñó fue a leer y a escribir; sobre todo a leer. Julio Verne, RL Stevenson, el
TBO y cuentos de los cinco continentes pasaron por sus manos y por sus ojos. Cuando
él aún no sabía leer era su madre la que le leía. Al tener edad, la poesía
machadiana le ocupó también muchos y buenos ratos. La lectura de aventuras y
cuentos era asimilada con facilidad, pero la poesía tenía que releerla varias
veces y, en numerosas ocasiones, se la tenía que explicar su madre. El
razonamiento preferido, para que FFF la entendiera, era comparar la poesía con
la leche condensada. La poesía,
decía, es como la leche condensada, mucha
leche y mucho azúcar en poco sitio: mucho alimento. Así es la poesía, lenguaje
condensado, dice mucho en poco espacio, con pocas palabras. ¡Te
acostumbrarás y quedarás deslumbrado por la belleza que encierra!, decía
Remedios.
FFF
tenía una memoria prodigiosa ejercitada al máximo al repasar las comarcas y los
ríos de España, montañas y ríos del mundo, capitales de Europa y de los demás
continentes, fechas de batallas y reinados. FFF a los quince años se había
leído varias veces sendos tochos de la Historia de Roma y la del Antiguo Egipto:
eran dos civilizaciones que le encantaban. Esas lecturas desembocaron
directamente en la historia de España haciéndole conocer un pasado repleto de
altibajos. Sus épocas preferidas: El descubrimiento de América, 1492; la crisis
de 1898, año fatídico para España, y el periodo de la Guerra Civil. No leía,
arrasaba las páginas con tanta concentración que le borraba las letras a las
páginas dejándolas impresas en la asombrosa grabadora de su cerebro. Los días
de otoño e invierno eran sus preferidos: la noche llegaba pronto y podía dedicar
muchas horas al estudio y a la lectura, acciones que acompañaba desde siempre con
lápiz y papel, donde anotaba jugosos comentarios y reglas nemotécnicas que se
inventaba sobre la marcha.
Ya en su niñez, y más en
la adolescencia, comprendió que el silencio del campo era un fijador natural de
fechas, nombres y sucesos. Tampoco hubo día que no saliera al campo para ayudar
a su padre: unas veces le llevaba la comida, otras que si un parto de una vaca,
otras para acompañar a encontrar algún ejemplar perdido y todos los días a
ordeñar. La venta de leche, en casa y a domicilio, a primeras horas de la
mañana, era un ingreso diario básico, esencial para la economía familiar. Con
la leche sobrante su madre hacía unos quesos exquisitos que vendían a un
tendero en el pueblo de al lado.
La chimenea en la casa siempre estaba encendida. De lo alto, suspendido por una cadena de hierro, colgaba un enorme perol de metal suministrando agua caliente todo el día. En la chimenea se cocían los potajes, se calentaba la leche y se asaba la carne. De ella procedían las ascuas del brasero para la mesa estufa y alumbraba la estancia cuando, en noches de agua, se cortaba la luz. La oscuridad se rompía de forma irregular y una claridad titubeante e insuficiente navegaba por la estancia. La chimenea, la cultura y las vacas eran señas de identidad de aquella casa, casi formaban parte de la familia. Estas vacas pertenecían a una raza autóctona, parda, rústica, dócil, que se cría principalmente de forma extensiva, que suben a los puertos en verano, siempre limpian los montes y llenan las montañas de paz cuando se tumban en la hierba.
Uno
de los días en que Remedios fue al pueblo con sus quesos llegó a la tienda
donde, aparte de vender todo el material escolar, llegaban los periódicos con
un día de retraso. Remedios sabía que no podía comprar siempre el mismo, así
que a la luz de las portadas, variaba su elección. El periódico era fundamental
para las clases de su hijo. Lo revisaban de cabo a rabo leyendo hasta los
anuncios. Ese día, Remedios observó la oferta de un CD semanal de música
clásica con el ejemplar del sábado o del domingo y decidió hacer la
suscripción. La música complementaría, de forma sustancial, la sensibilidad de
su hijo. Además se incluían cuarenta fascículos ilustrados de Historia de la
Música. Una buena oportunidad, le
dijo el de la tienda. Remedios tenía en casa un reproductor muy polivalente —iba
con corriente y a pilas— que le habían regalado en el banco por poner un
dinerillo a plazo fijo. Funcionaba como radio, reproducía casetes y CD’s. No lo
dudó y firmó para recibir, durante cuarenta semanas, los folletos y la música.
Había enganchado a su hijo con la actualidad por medio de la prensa semanal y de
las noticias de la radio. Ahora el periódico introduciría la música en casa.
Sabía que su marido estaría de acuerdo. Todo
lo que se haga por el chaval… está bien, era una de sus sentencias para
confirmar “su estar de acuerdo”.
FFF también se hizo asiduo
de las noticias: en casa escuchaba los noticiarios y en el campo hacía lo
propio con un pequeño transistor, inseparable compañero, regalo de su abuelo cuando
cumplió quince años.
La biblioteca de su madre no era muy grande, pero tenía mucha
calidad y, sobre todo, se usaba. Un par de enciclopedias de la época, varios
diccionarios —uno de ellos Espasa y otro de la RAE—, clásicos españoles, mucha
literatura infantil, libros de viajes, novelas y múltiples obras de la
Generación del 27 y del 98 llenaban las rústicas estanterías que su padre
construyó con mucho mimo siguiendo las indicaciones de Remedios: Hay que
procurar que los libros se sientan cómodos. Los libros, como las vacas, deben tener su sitio. A todos hay que tratarlos bien.
Las vacas darán más leche y los libros se dejarán leer y te darán sabiduría.
En
ese ambiente, FFF creció en conocimientos, madurez y responsabilidad. Su tenaz
entrenadora era muy exigente en todos los aspectos. La frase “Se tarda menos en
aprender una cosa bien que en aprenderla mal” la definía perfectamente. Nunca
le hizo exámenes a su hijo: no los necesitaba. Sabía de la eficacia del
esfuerzo diario mantenido en el tiempo. Lo principal fue que su pasión por la
cultura se introdujo en la mente del muchacho de forma suave, como sin querer.
Fue como una lluvia fina cultural que regó y penetró hasta el fondo de la
última neurona. Era mucho el cariño que sentía por aquel chaval y estaba super convencida
de la potencia transformadora del saber. Su fascinación por las obras de los
otros, por conocer sus vidas, sus pensamientos, sus dificultades, sus dudas y
sus ocurrencias no tenía límites. Le hubiera gustado viajar, conocer otros
países, otras formas de vida, otras culturas. Al no poder realizar esas salidas
se percató de la oportunidad que le brindaban los libros y en ellos se volcó.
Cada libro leído era un viaje realizado, una aventura vivida en su interior,
una experiencia insólita. Siempre fue un personaje más en la novela de turno:
dama enamorada del caballero enamorado, pequeña empresaria arriesgada y
valiente o esposa inteligente del esforzado inspector de policía. Vivía la
lectura con tanta pasión que era frecuente verla llorar o reír ante relatos que
la ensimismaban. Su hijo y su marido la dejaban estar asistiendo expectantes a
ese derroche enorme de sensibilidad, exquisitez y silencio.
***
Los años fueron pasando con naturalidad pero sin perdonar
nada. Ante un tiempo inmisericorde los cuerpos de los padres se encorvaron y
FFF, ya con los cuarenta por delante, fue el hombre de la casa. Mientras la
madre pudo seguir haciendo lo de toda su vida, el padre tuvo que ir dejando los
trabajos del campo poco a poco. Además de tener ocho años más que su esposa,
las faenas eran más duras. La vida cultural de la casa, unidireccional, sólo
podía enraizarse más y eso ocurrió. Fueron más años de más libros, más prensa,
más radio, más programas elegidos de la tele, más películas en vídeos y la
incipiente “red de redes” que ya apuntaba su presencia. Desde el principio FFF
estuvo abierto y conectado. Empedernido amigo de la innovación, a su casa llegó
la primera parabólica del lugar y el primer portátil. Convencido de las enormes
ventajas, desde su inicio, el teléfono móvil fue compañero inseparable, aliado
fiel, pero nunca corrió el riesgo de la dependencia emocional: fue consciente
de que estaba ante una herramienta más a su servicio.
Afortunadamente
la economía familiar siempre fue bien. FFF tuvo el buen acuerdo de asociarse a
una cooperativa agrícola y ganadera de la zona, bien dirigida y muy bien
organizada. Gracias a esta pudo renovar y ampliar su tremendo establo para más
de ochenta vacas, adquirir todo lo necesario para ordeñarlas automáticamente y
almacenar la leche, tener reservas de pienso y una atención veterinaria de
primera. De todas formas las vacas de FFF eran las más mimadas del lugar pues
todos los días salían a pastar. Con sol, viento, lluvia o nieve allá iba el
bueno de Francisco con su ganado montaña arriba. Las vacas tienen que andar, tienen que hacer ejercicio, eso las relaja,
les da ganas de comer y mejora la producción de leche y de carne. Muchos de
los días, Francisco echaba un par de libros al zurrón acompañados de sendos
bocadillos y una fruta y las acompañaba todo el día. A él le gustaba decir que
era pastor de vacas, que no vaquero. Contaba con la ayuda del pastor eléctrico
que perimetraba la enorme finca y de “Canelo”, un precioso mastín gris
especializado en guardar ganado vacuno que siempre estaba pendiente de sus ojos,
sus silbidos y sus manos. Otros días, los menos, subía el ganado y lo dejaba
allí en compañía del mastín. Él se bajaba para hacer gestiones en la
cooperativa, algunas compras o cuidar de sus padres. Cuando por alguna razón
necesitaba ayuda contaba con el apoyo de un matrimonio, vecinos próximos.
Siempre decía que era una persona muy afortunada por poder hacer lo que le
gustaba: Cuidar vacas y curiosear por la Cultura. Vivir en un entorno natural
acompañado por la familia y algunos vecinos amigos era un enorme privilegio, un
lujo total.
***
La
vida continuó. Pasado el trance de la muerte de sus padres, Francisco se quedó
sólo con sus vacas y sus libros. Al principio la soledad le hizo mella, pero su
fuerte ritmo de enriquecimiento cultural le dio fuerzas y ánimo y, con rapidez,
recuperó fuerzas para seguir. Trabajaba, leía y estudiaba. Todo lo hacía con
avidez y vehemencia. Algunos día bajaba al pueblo para lo de siempre: recoger
paquetes, ciertas compras, pasar por la farmacia y la inevitable visita al quiosco
de prensa. Ahora los libros le llegaban por correo o por mensajería. Nunca dejó
de leer en papel aunque Internet y las pantallas le habían comido mucho
terreno. El silencio ambiental que acompañaba su vivienda era gratificante y
positivo: actuaba como un auténtico fijador de datos en el disco blando de su
memoria.
Fue
su amigo, y vecino, el que un día le insinuó: ¿Por qué no te presentas a uno
de esos concursos de la tele?... Con lo que tú sabes… Seguro que lo harás bien.
Francisco
había demostrado que su corazón resistía bien rudos trabajos rurales e
interminables ratos de lectura, pero no estaba seguro de digerir adecuadamente la
tensión de preguntas y respuestas en un estudio de radio o en un plató de
televisión. Su saber era un saber tranquilo y placentero, un divertido
pasatiempo, un conocimiento en modo hobby, pero su espíritu emprendedor le hizo
picar en un concurso de radio y así empezó a construirse un Francisco
más urbano, más cosmopolita y bastante más conocido.
Ese primer concurso tuvo un ámbito comarcal. FFF se había criado allí y los 17 Pueblos formaban parte de su familia. Evidentemente había nacido en uno, pero él tenía una visión global de la comarca y siempre se afanó en explicar que en Los Pedregales de la Sierra y el Viento debía prevalecer la unidad de acción. La despoblación, la ausencia de juventud, la carencia de industrias y unas comunicaciones de segunda o tercera convergían en su lema: “O unidos o desaparecidos”. Por desgracia esta preocupación no era compartida por los alcaldes de la zona que siempre actuaron por directrices políticas y no por las necesidades de la ciudadanía. Anteponer consignas partidarias a problemas reales locales es propio de miopes obedientes que aspiran a felpudos, a costo de subir en el escalafón en detrimento de soluciones eficaces y compartidas. Todos los políticos no eran iguales pero la práctica era decepcionante por la ausencia de resultados. Francisco era consciente de que la despoblación era el resultado de decisiones políticas. Basta con no autorizar una fábrica en una gran capital o instalar una consejería —da igual su nombre— en un pueblo de diecinueve habitantes. El asunto se arregla distribuyendo la actividad política y, sobre todo, la industrial. La inevitable acumulación de trabajadores en la periferia de una gran capital es una milonga monumental que perjudica, sobre todo, a la clase obrera.
Particularmente
FFF estaba enfrentado a las autoridades de la zona por dos graves problemas:
uno era la gestión del agua y el otro la proliferación de macrogranjas,
fundamentalmente de porcino y bovino. Él era de los pocos que pastoreaba vacas
y no participaba -para nada- de la ganadería intensiva, ya fuera estabulada o
limitada a una ciénaga de estiércol y pipis. Por otra parte, el agua
subterránea era abundante en la comarca de Los Pedregales, pero
desde hacía varios años los niveles de nitratos y fosfatos, bacterias y
patógenos fecales y residuos de fármacos veterinarios la habían convertido en
algo inmundo, imposible de ser potabilizada. Un pantano, concebido para dar
agua potable a la zona, lo habían transformado en un enorme depósito de aguas
residuales contaminadas que llegaban a él por medio de los cauces naturales de
los arroyos. Cuando llovía era aún peor. Los arroyos se convertían en torrentes
que transportaban la suciedad acumulada durante las temporadas o meses de
sequía. Su frase: “Hemos de intentar no consumir el futuro” fue eslogan de
anuncios de televisión y grupos ecologistas. De todas formas Francisco graduaba
sus dosis de críticas pues sabía que las invectivas exageradas y continuas
acaban generando indiferencia.
Por estos motivos FFF no gozaba de simpatías en los ámbitos de poder de Los Pedregales. Amaba el campo y la Naturaleza por encima de todo y nunca comprendió los intereses, ni la torpeza ni la ignorancia de aquellos mandamases provisionales que habían hecho de la política su perversa profesión.
***
Las bases del concurso de radio —Sintonía con nuestra
historia— recogían que, con el fin de que los concursantes tuvieran tiempo
de prepararse, darían tres meses de plazo para apuntarse. Las condiciones eran
muy simples: presentar copia del DNI, ser mayor de edad y haber nacido en
cualquiera de los 17 Pueblos de la comarca. Tema del concurso: Los Pedregales
de la Sierra y del Viento: Historia, Bellas Artes (Pintura, Escultura,
Arquitectura, Música, Danza, Literatura y Cine), Patrimonio (material e
inmaterial), Geografía, Gastronomía, Ciencia y Tecnología, Deportes,
Arqueología, Ferias, Advocaciones religiosas, Patrones y Patronas, Fauna,
Flora, etc.…etc.…. Cualquier cuestión, detalle o conexión de todas las épocas o
situaciones relativas a los 17 Pueblos de Los Pedregales podría ser objeto de
ser preguntado. Los concursantes serían interrogados alternativamente y
tendrían treinta segundos para responder a cada una de las diez preguntas. El
que tuviera mayor número de aciertos, sería el ganador. En caso de empate,
quedaría eliminado el que fallara primero tras el acierto del otro, es decir
sería un 1 a 0 o bien un 0 a 1.
La emisora de radio seleccionó a dieciséis personas a las
cuales sortearon para eliminarse dos a dos; eso dio lugar a ocho programas.
Tras la primera fase quedaron ocho concursantes, lo que desembocó en cuatro
programas más. Los cuatro finalistas se quedaron en dos después de dos
programas y por fin llegó la finalísima: era el programa décimo quinto. FFF
estaba allí dispuesto a ganar el diploma, la copa, el jamón de pata negra
donado por una famosa cooperativa, el lote de aceites ecológicos y la caja de
exquisitos quesos variados. Aparte Bancosur, previo acuerdo, invitaría a los
cuatro finalistas a un fin de semana en Madrid. La estancia incluía, además del
todo pagado, la asistencia a un concierto en el Teatro Real, la visita guiada a
los Velázquez del Museo del Prado y una mañana para conocer las instalaciones
de la estación espacial de Robledo de Chavela.
Los programas se emitían en directo los martes y los jueves, a
las doce de la mañana. El concurso duró siete semanas y media.
Desde el principio FFF
cogió el toro por los cuernos. Lo primero que hizo fue apuntarse en la emisora.
Quería sentirse totalmente comprometido. Durante los tres meses de espera, solo
vivió para su ganado y para estudiar. La casa era atendida por una tía suya,
soltera y algo mayor. Se trasladó a vivir allí con la promesa de que no le
interrumpiría ni un segundo. Estimaba mucho a su sobrino y quería que ganara
aquel concurso a toda costa. ¡Qué pena de carrera que no estudiaste!,
era su frase preferida cuando intercambiaban algunas palabras. Francisco valoró
esa ayuda como oro puro. Conocía perfectamente la mentalidad de su tía y la
respetó al máximo. Recién llegada, esta le advirtió: “Hace tiempo la Iglesia y
los maridos nos decían lo que las mujeres teníamos que hacer, como teníamos que
comportarnos. Ahora ese papel lo ha asumido la izquierda. Así que tú a lo tuyo
y yo a lo mío. Tropezones, los justos”.
Por su parte FFF, estableció un horario germánico. Se levantaba a las seis de la mañana. Tras el desayuno, sacaba a pastar su ganado, luego ducha, un café solo y a estudiar. Dejaba a la una y dedicaba una hora a caminar. Un vecino le vigilaba las vacas. Cada día lo llamaba por teléfono para ver cómo había ido la mañana. Comía y echaba una siesta corta, máximo media hora. Otro café y a estudiar otra vez. Cada dos horas salía, daba un par de vueltas a la casa y otra vez al ordenador y a los libros. Al anochecer recogía el ganado mientras conversaba en voz alta con los animales. Él les transmitía sus miedos, sus inquietudes, su cansancio y sus dudas. Las vacas, en general, lo miraban sin entender, pero con cara de satisfacción. Algunas daban un leve mugido que él celebraba como una respuesta. Luego, en casa, FFF comentaba a su tía que habiendo vacas que escuchan y mugen, ¿para qué hacen falta los psicólogos? Así un día y otro. No existían diferencias entre martes o domingos. Su rígido calendario solo lo alteró la enfermedad de “Estrella”, una vaca vieja que pilló una pulmonía. Por fortuna la cosa mejoró en un par de días con la ayuda de la solícita veterinaria y los correspondientes antibióticos.
Francisco
Fernández Franco pasó tres meses en una burbuja de cultura y aromas de vacas,
aparte del olor de los suculentos guisos que preparaba su tía. Siempre comían
de cuchara: cocidos, estofados, lentejas, alubias,…. Incluso de noche, la sopa
con hojitas de hierbabuena resultaba inevitable. Las verduras cocidas,
suavemente aliñadas, eran como el oxígeno: estaban presentes todos los días.
Tras el obligatorio postre, Francisco terminaba con una bellota del año
anterior. Se comía tres bellotas al día, como si fuera una pastilla. Decía:
— Si
a los cerdos les vienen bien, a nosotros también. Seguro que previenen el
colesterol, bajan la tensión y ayudan a dormir.
En
el concurso de radio las tres efes de Francisco arrasaron. Cariñosamente le
llamaron “la triple F”. La gente decía que era como si fueran tres personas en
una. Contestaba rápido y seguro. De las decenas de preguntas que le hicieron,
no falló ni una. Daba igual que se refirieran a antiguas explotaciones mineras,
a recientes museos, a molinas de aceite, a dólmenes o tumbas prehistóricas, a
castillos medievales, a comidas de pastores, a la guerra civil o a escritores
comarcales. FFF era como una inteligencia natural automatizada. Su mente podría
servir para un robot, pero su cuerpo se componía de carne y huesos. Cada
pregunta pulsaba una neurona y la respuesta, acertada por supuesto, tardaba
solo unos segundos. De nada sirvieron las advertencias de la locutora que le
aconsejaban que se tomara su tiempo. Diez segundos eran para Francisco un
tiempo más que suficiente. Su nombre comenzó a sonar con fuerza en la comarca,
llegando los ecos a la prensa provincial e incluso a la autonómica.
La
bomba detonante fue la entrevista que le hizo una influyente de la zona. La
chica lo hizo bien. A lo largo de media hora de grabación -en directo, sin
retoques- Petroswka fue intercalando preguntas sobre su vida personal con otras
sobre Los Pedregales que le habían preparado en el Departamento de Historia y
Antropología de la Universidad. De fondo sonaba, con suavidad, música folk de
un famoso grupo comarcal. La combinación fue perfecta, así como las respuestas
de Francisco. Solo titubeó en una pregunta referida a la calle más antigua de
los 17 Pueblos, pero al final, entre la calle del Pozo Viejo en El Hardal y el
Callejón de Los Lobos en Las Viñas del Cerezo, optó por el primero. La
locutora, documentada al respecto, certificó la veracidad de su respuesta.
Ganar aquel concurso le dio seguridad y fama. Llevado por su
gran dosis de humildad, él se repetía “soy solo un pastor vaquero”, “soy solo un
pastor vaquero”, pero las llamadas de teléfono, los saludos por la calle, las
entrevistas en prensa y radio, etc.… lo catapultaron a personaje público. Aquellos
ritmos nunca le gustaron demasiado, pero esa timidez natural tan suya y la respetuosa
educación inculcada con los años le obligaban a atender a unos medios cada vez
más exigentes, medios que aprovechaban la frescura y la naturalidad de un
Francisco maduro que daba juego por sus ingeniosas respuestas y su saber estar.
Los primeros pasos por la televisión los dio en “Sabiduría
en Espiral”, concurso de cultura general para adultos estructurado en tres
fases. Se trataba de avanzar sobre el borde exterior de la espiral hacia el
centro, el Núcleo de la Sabiduría, respondiendo preguntas de dificultad
creciente.
Tras
las doce preguntas de la “Espiral de Entrada”, quedaba eliminado el
concursante con la menor puntuación.
En
la segunda fase, Duelo entre Dos, ganaba aquel que llegara primero a los
cien puntos. Las preguntas salían de una ruleta manual, en espiral, dividida en
100 casillas-pregunta. Cada concursante disponía de dos comodines: uno de
ellos, llamado borrador eliminaba dos opciones incorrectas en preguntas
tipo test; el otro, conocido como la espiral invertida, devolvía la
pregunta al rival, que si la acertaba puntuaba el doble.
El
ganador, ya próximo al Núcleo de la Sabiduría, pasaba a jugar la gran final.
Bajo el riguroso control de un enorme cronómetro disponía de 90 segundos para
responder a una serie de siete preguntas encadenadas, de tal forma que cada
respuesta daba una pista para la siguiente, a modo de una imposible espiral que
se cierra.
Si se acertaban las 7 preguntas, el ganador /a se
llevaba el bote acumulado del programa más mil euros por cada segundo que le hubieran
sobrado de los 90 de la tercera fase. Si fallaba alguna, ganaba un premio fijo
de consolación y el derecho a participar en el próximo programa.
FFF estuvo allí 27 semanas. Como el programa se emitía
dos veces por semana, fueron 54 programas, marcando un récord de participación
y de dinero recogido. Se fue ocupando el Núcleo de la Sabiduría y con 67.800
euros en su cuenta corriente.
Tras un año de descanso, había terminado agotado, unos amigos —también concursantes— lo convencieron para formar equipo en “Saber en acción” emitido por el Canal Sapiens. El espíritu, la formación y personalidad de FFF fue el corazón del concurso y del equipo. La cadena, sabedora del tirón de audiencia de FFF, lo enfocaba justo el doble que a cualquiera de sus compañeros. Durante año y medio participó en 278 programas, los cuales le proporcionaron algo más de 190.000 euros, llevándose la admiración y el respeto del público, de sus compañeros de equipo y de todos los trabajadores del estudio.
FFF se percató de que su participación en los concursos de televisión le estaban partiendo la vida. Los aplausos, parabienes y dinero le producían satisfacción, pero perdió la tranquilidad del campo, los mensajes cotidianos de sus vacas, el silencio de las noches y el olor insustituible de las mañanas al abrir las ventanas tras el resencio[1] de la noche. Además, dormía mal, sentía cansancio físico y psicológico. Así que decidió abandonar todo lo relativo a concursar y dedicarse exclusivamente a su ganado y a estudiar, pero sin la presión de tener que demostrar sus conocimientos en público. En su “casa de la pradera” y alrededores -como le gustaba decir- tenía todo lo que quería: trabajo, entretenimiento, amigos y familia, Naturaleza, silencio y tranquilidad. El verde y el marrón de la vegetación, los perfiles de las montañas, el azul del cielo o los nubarrones y el aire puro constituían una medicación natural propia de reyes. El teléfono, poco a poco, dejó de sonar y FFF volvió a ser un vecino más, aunque muchos nunca dejaron de llamarle “Francisco el de la tele”, pero a él eso le daba igual.
***
Un día de otoño —habían pasado dos años desde su
último concurso— se paró un coche en la puerta de su casa. De él se bajaron dos
hombres y una mujer. Una cuarta persona que hacía de chófer se quedó en el
interior del vehículo. Antes de que llamaran a la puerta, Francisco salió. Su
primera impresión, al verlos muy arreglados, fue de que se habían perdido. En
tono suave, como no queriendo romper el silencio del lugar, la mujer le dirigió
la palabra:
-
¿Francisco Fernández
Franco?
-
Soy yo.
-
Buenos días prosiguió la
dama. Soy Adela Martínez, directora general de programas de la 1, de TVE. Me
acompañan Salvador González Perea y Martín Redondo Arrebola, catedráticos de
Lengua y Literatura Española y de Historia de España en la Universidad Autónoma
de Madrid, respectivamente. Queríamos hablar con usted.
-
Pues tendrán que
disculparme. Ahora mismo me estaba preparando para darle un paseo al ganado. Es
su hora de salir… je, je… ¡Bueno, también es mi hora!... Si me hubieran avisado
hubiera encargado la tarea a un vecino…
Salvador González, le interrumpió:
-
Pero… no vienen preparados…
hay mucho barro, agua y algunas cacas de vaca parecen panes… No sé… por mí no
hay inconveniente, allá ustedes…
-
No se hable más -terció
Martín. Le acompañaremos.
-
Manuel, por favor ¿nos
traes las botas de goma?
-
Al momento, doña Adela.
-
Pueden dejar sus zapatos
dentro de la casa, les indicó Francisco. Cogeremos también unos capotes por si
cae algo de agua. No creo pero es mejor ir preparados.
-
Ustedes dirán —comentó
Francisco. Estoy intrigado.
-
Lo mejor será que nos
tuteemos, dijo Adela. El tuteo lo pondrá todo más fácil y nos entenderemos
mejor.
-
Soy todo oídos -aclaró FFF.
El concurso se llamaría Plaza Mayor. Sería
punto de encuentro de la diversidad cultural española y tendría dos partes muy
claras:
a) Ñ Cultural, basado
en preguntas sobre el Diccionario de la RAE de la lengua española, pero entre
pregunta y pregunta, el locutor o comentarista metería algunas cuñas de
euskera, catalán y gallego.
b) La segunda parte sería Crisol TV, donde
se haría referencia a la mezcla y fusión de culturas que forman la España
actual. Un espacio ideal para, por medio de preguntas, poner de manifiesto la
rica historia de España y los valiosos matices que aportan las Comunidades
Autónomas.
Martín quiso matizar que de alguna forma el concurso
quería poner de manifiesto los valores que posibilitaron la Transición.
Consultados, los partidos mayoritarios estaban de acuerdo. Se habían dado
cuenta de que la polarización de la sociedad no conduce a nada bueno y que era
necesario hablar para todos y no solo para “los tuyos”. De alguna forma, siguió
Martín, nosotros somos unos mandados y trabajamos por encargo. La mayor
parte de los partidos que componen el arco parlamentario, hacen suya la frase
de que “Solo se camina más rápido, pero si vas acompañado, llegas más lejos”.
La política de la nación necesita acuerdos y consenso en temas esenciales:
pensiones, política exterior, vivienda, educación, sanidad, etc.… pretendemos
que el programa / concurso nos ayude a caminar en esa dirección. Data tu
personalidad, fama y preparación, contar contigo sería una garantía de éxito.
Todos coincidimos en que eres la persona adecuada para abrir.
Adela le aclaró que a partir de su sí, tendría ocho o nueve meses para prepararse. Televisión también necesitaba tiempo: buscar asesores, elaborar las preguntas, presentador-a, contratar publicidad, etc.… Una cosa así no se podía improvisar.
Salvador le indicó a Francisco que habría público en
la grabación de los programas. Querían que el público llevara la parte de la Ñ.
Se tomaría un diccionario. Alguien del público lo abriría al azar y,
alternativamente, se diría una palabra y el concursante tendría que explicar su
significado o bien, se leería lo que dice el diccionario y el concursante tendría
que averiguar la palabra. Para evitar el aburrimiento y la rutina, se intercalaría
con la Ñ una pregunta de la parte referida a la historia y cultura general de
España y sus Comunidades.
Adela quiso terminar:
-
Grosso modo ese es el
concurso. Supongo que conforme avancemos tendremos que pulir algunos detalles.
No nos tienes que responder ahora mismo. Tómate tu tiempo, pero tampoco tardes
demasiado.
Francisco
preguntó:
-
Pero ¿por qué me habéis
elegido a mí?
Adela le explicó que lo consideraban un artista de la
comunicación, un artista con mucha calidad que para llamar la atención no
necesitaba provocar, solo manifestarse como era.
-
Un programa de esta
envergadura me llevará un tiempo. Tendré que buscar alguien que cuide mi
ganado; además habrá gastos de alojamiento y comida, transporte, alguna ropa, etc.…
- ¿Y si me pongo enfermo? —volvió a preguntar
Francisco.
- Desde el primer segundo que salgas de tu casa
entrará en vigor un seguro a todo riesgo: accidentes, enfermedades,
imprevistos, etc.…-respondió Salvador. Te cuidaremos mejor que a una actor de
Hollywood ¡Eres nuestro protagonista! ¡Todo girará alrededor de ti! Ten en
cuenta que en “La uno” disponemos de un excelente gabinete jurídico y
acumulamos experiencia de años. Ningún problema. Es evidente que el dinero que
vayas consiguiendo en cada programa es cosa tuya y de hacienda.
- Por cierto, ¿Nos puedes adelantar algo? ¿Qué te
parece el escenario? —interpeló Martín.
- A primera vista el asunto me resulta interesante. Es
un enorme reto. Si lo aceptamos, sé que va a tener repercusión en toda España.
No me gusta demasiado el cierto tinte político que desprende. Aunque no me
quitarán el sueño, le temo a los comentarios que algunos independentistas de la
periferia puedan publicar —confesó Francisco.
Adela recogió el guante y manifestó:
-
Digan lo que digan la
prensa y los políticos, tú debes limitarte a responder las preguntas con toda
la naturalidad del mundo. Para limar asperezas con “el exterior” —si salen
algunas— están los conductores / presentadores del concurso. Lo más probable es
que haya un chico y una chica. Ellos comentarían estratégicamente lo que sea
más oportuno. Son profesionales y están acostumbrados a deslizar sutilezas sin
generar broncas ni provocaciones. Además tenemos como plataforma de respuestas
nuestra potente página web. Si fuera muy, muy necesario, yo saldría a la
palestra. Tras tu salida del programa, bajo tu exclusiva responsabilidad, eres
libre para dar entrevistas o hacer las declaraciones que te plazcan.
La despedida fue afectuosa por los dos lados. Francisco les prometió que, como mucho, en una semana tendrían noticias de él. En su interior se sentía como un torero retirado antes de tiempo. La idea de volver había anidado en su corazón desde hacía tiempo, pero ahora que se presentaba la oportunidad la inseguridad y el cambio de ritmo en el día a día, le hacían dudar. Otra vez salir a la gran ciudad, los tremendos focos de los estudios de TV, las escrutadoras cámaras, los nervios, las noches a medio dormir, comidas diferentes, etc.…Tantos cambios y tan concentrados lo agobiaban demasiado. A veces se llevaba en un tarro de cristal hojas de hierbabuena para olerlo en momentos de estrés. Ese profundo y hermoso olor actuaba como un masaje interno neuronal que rejuvenecía y provocaba una tenue sonrisa. Su efecto era tranquilizador y estimulante a la vez. Sin darte cuenta te transportaba a un paraíso de flores, luces de colores y olores a fantasía y a cuentos.
A los tres días de la visita, Francisco llamó por
teléfono a Adela para decirle que aceptaba. A pesar de la tensión que todo
aquello le producía, en el fondo sabía que la única manera de rebajarla era
correr el riesgo, tener la experiencia y estar a tope de adrenalina. Cada
programa, cada grabación era una lucha contra sí mismo, contra sus dudas y
contra sus miedos. Era un ponerse a prueba delante de unos cientos de miles de
espectadores —quizás millones. Francisco estaba seguro de que aquellas cámaras
desnudaban su espíritu y se exponía a comentarios de todo tipo hechos por
desconocidos. Volvería a no poder deambular por las calles con esa tranquilidad
que da el anonimato. Era consciente de que la mejor defensa ante multitud de
situaciones es que no te conozca nadie. La fama te convierte en foco de todas
las miradas y eso te hace vulnerable. La gente se fija en cómo vas vestido, en
tu forma de andar, en los sitios que entras, si comes por la calle o en la
bolsa de plástico que cuelga de tu mano. Algunos cuchichean, mientras otros te
señalan con el dedo. Es la fama tu sombra y tu condena. Y todo por acceder a responder
unas simples preguntas. A pesar de todo eso, Francisco aceptó, aunque se
prometió que “Plaza Mayor” sería su último concurso.
Los
meses siguientes pasaron rápidos entre vacas y libros, libros y vacas,
internet, enciclopedias y diccionarios, prensa, noticias, Naturaleza y mucha
música. Tuvo acceso a todas las hemerotecas del país, a la Biblioteca Nacional,
a páginas webs de Archivos y Museos, a las Reales Academias, a Universidades, etc.…
Francisco era un rastreador de primera con una capacidad lectora que superaba
las 400 palabras por minuto. La falta de ejercicio y tanta lectura hizo que su
mente “engordara” a la vez que su cuerpo. La memoria seguía siendo prodigiosa,
así como su capacidad de síntesis unida a una formidable lucidez para observar.
Toda su vida fue un autodidacta exquisito con una infinita capacidad de
relación.
El
concurso fue razonablemente bien. Para superar las dificultades que se le
presentaron en el desarrollo de este, Francisco recordaba sus entrenamientos de
baloncesto con dos kilos de garbanzos en cada hombro y la macilenta luz de un
campo de tierra lleno de hoyos, donde la pelota era pura anarquía marcada por
un desastroso relieve donde botaba a su pesar. Cada pregunta la emparejaba con
un bote irregular: si fue capaz de controlar aquellos caóticas piruetas,
controlaría también las preguntas por mucha dificultad que tuvieran.
Después
de tres meses y medio en el candelero, Francisco perdió por agotamiento. Había
ganado 108.975 euros. Fue despedido con un soberbio homenaje, el aplauso
unánime de todo el estudio y una placa conmemorativa de su paso por el
programa.
Al
poco tiempo, Francisco murió a causa de un accidente. Volvía de la capital
hacía su casa después de una periódica ITV médica. Todo había ido bien. Tendría
que seguir tomando las pastillitas del colesterol, la de la tensión y poco más.
Una aspirina infantil para evitar coágulos y punto pelota. Pero Francisco no
contaba con que una cierva de cinco años con más de cien kilos se cruzara en su
camino. El golpe fue brutal. A pesar del airbag, Francisco se golpeó la cabeza
con el volante y de rebote con el techo. Dos traumatismos acabaron con su vida
en tres minutos. La cierva, agonizante también, miraba con los ojos muy
abiertos a través del astillado parabrisas. Cuando llegó la Guardia Civil los
dos estaban muertos. El Ayuntamiento de la localidad instaló ese mismo día la
capilla ardiente y en un pleno extraordinario acordaron ponerle a su finca
“Paraje de las Tres Efes”, tal cual. Llegaron coronas de toda España.
A FFF no lo enterraron. En los pueblos de aquella comarca
llevaban más de cincuenta años sin usar los cementerios. Todo el mundo era
incinerado y las cenizas se distribuían entre arroyos y prados. Estas, por un
lado o por otro, alimentaban las hierbas las cuales hacían lo propio con las
vacas que como madres amamantaban a sus terneros. Este encadenamiento permitía
que vecinos y vecinas estuvieran siempre presentes en aquel impresionante valle
por medio de la vida. Mientras hubiera ganado, ellos y ellas seguirían viviendo
allí. Estaban convencidos de que aquellas reencarnaciones sucesivas les
garantizaría la vida eterna. Al menos la local. Mientras, arroyos y rio, con
sus frías aguas multicolores, seguían balbuceando canciones que solamente los avispados
pájaros conseguirían entender.
Anexo I: La biblioteca
del concursante
FFF
tenía una biblioteca inmensa. A los volúmenes de su madre había añadido los
suyos. Menos mal que la casa era grande. Los libros invadían pasillos, sala de
estar y dormitorios. FFF había habilitado una bodega — sótano, mitad aceite y
vino y otra mitad cultura. En su opinión, cultura y alcohol maridaban bastante
bien.
Para
Francisco eran tan importantes los libros leídos como los comprados y no
leídos. Según él, la luz y la sombra siempre acompañaron al paisaje; algo
parecido a la vida y la muerte, la sabiduría y la ignorancia, lo blanco y lo
negro.
Aleatoriamente
citamos los “habitantes” de aquella biblioteca tan descomunal como nutrida.
-
Estantería de 64 volúmenes de
pensamiento político.
-
37 volúmenes de la colección Personajes e
Historia.
-
La novela histórica era una de sus
debilidades. Había acumulado alrededor de 94 obras, tanto de autores españoles
como de Europa y América del Sur.
-
Guardaba como oro en paño la colección
completa de la revista “La buena ama de casa” donde se detallaban recetas de
cocina, remedios caseros para la salud, bricolaje elemental, electrodomésticos
y su buen uso, decoración, productos de limpieza, etc.
-
En francés –no recordaba como– tenía una
fabulosa colección de cuentos infantiles.
-
Las agendas de regalo de bancos y
empresas eran inagotables fuentes de información. Él las guardaba todas
consciente de su potencial. Además las leía y tomaba notas.
-
La revista “Cuadernos de Literatura” era
la joya de la corona. Eran unos cuadernos de tirada nacional que llevaba
guardando los últimos 35 años. Interesantes por sus textos y, sobre todo, sus
imágenes: un tesoro gráfico de primer nivel.
-
La enciclopedia de Historia Local no era
gran cosa, pero algo aportaba por sus notas al pie, cuidadas e ilustrativas.
-
Enciclopedia Labor de la mujer y del
Hogar. En ella abundaban numerosas e innovadoras recetas de cocina, aparte de lo
tradicional español.
-
Libros de viajes tenía alrededor de 50
con descripciones de países, ciudades, geografía, etc.
-
De editorial Bruguera estaban los
clásicos juveniles.
-
La literatura religiosa católica estaba
muy presente por medio de encíclicas, biografías de los Papas, Museos
Vaticanos, la Biblia, etc.
-
Los diccionarios eran parte importante
de su biblioteca. Estaban colocados junto a los libros de viajes.
-
Caminos de España. El propio título ya
lo indicaba. Más de setecientas páginas, con abundantes fotografías, informaban
sobre famosos senderos que formaban una tupida red con múltiples indicadores
sobre su importancia. Entre ellos destacaban el Camino de Santiago (Historia
General de la Peregrinación, Regiones y Comarcas del Camino, Relatos de
Peregrinos, Sobre la ciudad de Santiago y el Apóstol, etc.) y las Cañadas Reales.
-
Los Cómics estaban presentes por medio
Astérix, Disney, Mortadelo y Filemón, TBOs. De singular interés era la super
colección de comics de terror de ámbito europeo.
-
La enciclopedia “Los Continentes” la
encontró en el Rastro con sus veinte tomos en uno de sus viajes a Madrid.
-
Un grueso Atlas del Planeta acompañaba a
los 15 tomos de Geografía Universal.
-
La historia de la Música con la
biografía de los más famosos compositores era otra de sus preferidas. Cada uno
de sus 35 volúmenes adjuntaba un CD con las obras más conocidas de los autores
incluidos.
-
Otro campo que cubría esta sensacional
biblioteca era el de Deportes y Deportistas de ámbito universal: Olimpiadas,
campeonatos mundiales, competiciones de todo tipo… era un área francamente
amplia y difícil de recordar sus infinitas relaciones de fechas y de nombres.
-
Una colección de 20 tomos– síntesis
sobre “Las guerras como eventos de transformación del mundo”-,en inglés,
adornaba una espléndida vitrina con un papel que certificaba su valor y su
identidad.
-
La información básica sobre pintura,
escultura, arquitectura y cine la obtenía de la Enciclopedia Británica y de la Larousse.
-
Libros de poesía española del Siglo de
Oro ocupaban un lugar destacado en una vitrina llena de álbumes de sellos.
-
La moda mundial estaba perfectamente
representada por revistas europeas y americanas.
Al
no disponer de más sitio, sacos de libros, periódicos y revistas formaban
columnas de papel. El personal de la comarca sabía que Francisco no tiraría
nada y se deshacían de aquello que consideraban “fuera de uso”.
[1] Resencio
(también escrito recencio)
es un regionalismo empleado en zonas como Extremadura, zonas del Norte de
Córdoba y Salamanca para referirse al relente, al aire frío y húmedo de la noche o de la
madrugada.






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