21 marzo 2026

La muerte acecha

 


La muerte acecha a la vida y no se cansa nunca de esperar su momento. No es ave de rapiña. Es bastante peor ya que, con frecuencia, no se ve llegar y siempre se alimenta de ilusiones rotas, de mejorías infundadas, de accidentes imprevistos, de enfermedades crónicas o traidoras, de corazones cansados, de rastreras caídas, de resfriados incurables o de complicaciones varias derivadas de gripes mal curadas. Todo eso lo aliña con ciertas dosis de azar, su aliado impenetrable.

Damián llevaba casi cuarenta días asistiendo a entierros encadenados de gente conocida. Mal terminó el año viejo, pero mucho peor comenzó el nuevo. Esperaba que aquel siniestro desfile terminara, anhelaba unos días de respiro, pero la procesión de muertos y funerales formaba parte de una sucesión infinita que no finalizaría hasta que ocurriera la muerte del Planeta, esa esfera flotante que deambula orientada siendo a la vez hogar y tumba.

La cosa empezó en la provincia de Ciudad Real. Allá por el veinte-de diciembre, mes que da muerte al año. La tía Evangelina falleció en Horcajo de los Montes. ¡Cómo se alegró de haber ido a su funeral! Recordó que en 2016 le felicitó para año nuevo. Decía así: “Querido Damián: te deseo feliz y próspero año nuevo, con el recuerdo imborrable de tu padre y queridísimo primo. ¿Cómo olvidar aquellos años en El Casar del abuelo Fabio y cuando de pequeño te dejaban a mi cargo en La Solana? Mi madre quería mucho a tu padre, como a un hijo. Lo tengo siempre presente en mis oraciones y misa diaria. Un abrazo fuerte de tu tía Evangelina”. Por la mente de Damián transitó la idea de una enamoramiento adolescente entre primos hermanos, al menos por parte de ella. Ya nunca lo sabría.

       A los pocos días, el mismo veinticuatro, día de la Nochebuena, murió Vicente, panadero de toda la vida en El Casar de la Dehesa, localidad de nacimiento de Damián. No pudo asistir al entierro porque se enteró sin tiempo para hacerlo, pero lo sintió. De ese hombre, Damián recordaba dos facetas: su panadería y su devoción por la Virgen del Sol. Desconocía cualquier otra circunstancia, aunque no podría olvidar sus sabrosas tortas de aceite en el día de su santo, las perrunas para la Navidad y los asado de pimientos que encargaban sus padres, siempre forjados en el horno del pan. Desde lejos, el olor a rosca recién hecha impregnaba la calle Melancolía de imágenes de hogar. Vicente simpatizaba con los niños del pueblo dejándoles pasar a su panadería para que olieran esa mezcla indescriptible —tan perdida ya como anhelada— de aromas de jara quemada y pan.

       La tía Josefa, esposa de Eligio, murió de mayor el día veintiocho pensando en los Santos Inocentes. Su hijo Miguel, soltero, le prolongó la vida. Josefa estuvo casada con un primo hermano de María Jesús, la madre de Benita, esposa de Damián. La muerte de Josefa supuso un mazazo que María Jesús intentó tapar, dada su persistencia en no parecer débil, pero su avanzada edad y el cúmulo de achaques, le restaron energía y ganas de vivir.

       El último día del año, un día silvestre según el calendario, murió Carmen a los 59, compañera de trabajo de Benita, tras un proceso penoso y largo. Las malditas metástasis conocen muy pocas fronteras. Nada se pudo hacer, dijeron los médicos. Resistió bien, pero era demasiado, opinó la familia.

       La mochila de muertos de Benita y Damián se había llenado en doce días, pero la cosa no iba a terminar ahí. Aquella descendiente del zurrón de pastor tenía pensado rebosar.

       El año se estrenó en medio de médicos, hospital y visitas a urgencias. El once de enero, domingo, festividad de San Leucio y San Tipaso falleció María Jesús, madre de Benita. Era mayor; estaba aquejada de dolores, múltiples molestias y estaba cansada de vivir, así que voló. Abrió la puerta de su jaula y voló alto y lejos. Quería encontrarse con los suyos, particularmente con sus hermanos y su querido Alejandro.

       Luego vinieron los trenes de Adamuz. Para Benita y Damián llovía sobre mojado. Su hijo había pasado por allí apenas 48 horas antes. Fue el día dieciocho, festividad de Santa Margarita de Hungría. Mas que venir, los trenes no llegaron. Las excesivas, insidiosas y cambiantes explicaciones del ministro Muro rebotaron en las mentes de la gente sensata, entre ella las de Benita y Damián ¡Cuánto retorcimiento falseado, calculado y meditado! El ministro habló, pero no informó y eso no es dar la cara: dar la cara es decir la verdad y afrontar responsabilidades. Decenas de familias quedaron como los trenes. El choque fue accidental. Cierto. El descarrilamiento previo —causa del choque— es otra cosa. Lo estaban investigando, pero las declaraciones políticas no tranquilizaron ni a Benita ni a Damián, ni a cientos de miles de personas más. Por el contrario daban por hecho las hipótesis negativas más probables: falta de mantenimiento o renovaciones mal hechas. No resultó extraño que —al Gobierno— le molestaran las palabras del presidente de la comisión de investigación: “Las infraestructuras no viven de las inauguraciones, sino del mantenimiento”. La frase no necesita aclaraciones de ningún tipo.

   Esa es la enorme diferencia entre un ingeniero y un político barato con escasa conciencia social y poco sentido del bien común. Para informar bien, no se precisan ruedas de prensa de dos horas mareando la perdiz. Eso es camuflaje —le dijo Benita a Damián.

No se habían recuperado de los cuarenta y seis muertos, cuando las redes se inundaron con noticias de un nuevo accidente: Fernando Huerta, joven sevillano que se formaba para ser maquinista, murió al chocar su tren contra un muro desprendido.

—¡Joder, esto ya es demasiado! —gritó Damián al enterarse. Benita admitió que los ferroviarios estaban en modo desgracia. Al caos se unieron los Rodalies en Cataluña que ni iban ni venían. El legítimo cabreo de los maquinistas y las revisiones solicitadas tuvieron el servicio de cercanías catalán en modo desbarajuste durante varios días. Ni a Benita ni a Damián les pasó desapercibido que el caos ferroviario catalán se había cobrado dos dimisiones políticas. Por los cuarenta y seis muertos de Adamuz no había dimitido nadie.

Benita se explayó:

   El Gobierno le llama a eso igualdad. Yo le llamo desigualdad y oportunismo, por no tildarlo de sinvergonzonería.

       Los sobresaltos mortales no decayeron; continuaron a golpe de calendario. El veinte de enero, el WhatsApp de Benita echó humo por la pantalla del teléfono a causa de la muerte de Emily Olmo “Emilia Dorado Olmo”, amiga de su infancia. A sus 55 años, un traicionero infarto la dejó prácticamente muerta. Tres o cuatro días después, murió del todo. La sorpresa y la pena de Damián y Benita fueron históricas y enormes.

       El veintiséis de enero, el diario local y el Facebook informaron de la repentina muerte de Kiko Canastero Mola, catedrático de IA Aplicada en la universidad y persona muy próxima a la familia DamiánandBenita. Con el primero lo unía el compartir la pasión por lo rural; con Benita coincidía en haber nacido en el mismo pueblo. Era un ser entrañable, amistoso y mejor padre de familia. ¡Otro más que apuntar en la lista!, lo cual redujo la moral de su entorno a un valor mínimo! Todos morimos un poco cuando alguien muere.

       El martes veintisiete de enero se encontró con la muerte Justa Hernández, parienta lejana de Damián en El Casar de la Dehesa. Estaba casada con Juan Manuel Rodríguez Trapero, oficial administrativo de primera que trabajó en la Agencia Tributaria comarcal. Justa era una persona cariñosa y muy entregada a su familia. Disfrutaba una barbaridad con las tradiciones y cultura de su pueblo, extendiendo su interés a toda la Comarca. El infarto intestinal agazapado en sus entrañas la había eliminado de la carrera de la vida. Su apenado esposo estuvo echando pétalos de flores variadas en la tumba de Justa durante un mes.

       Esta concentración de muertes, situadas entre la corta y la media distancia, recordó a Damián la inmensidad de su vulnerabilidad, su infinita insignificancia y la fugacidad de su existencia. Así se lo comentó a Benita. Siempre había pensado en la idea de “no somos nadie”, pero este agujero negro de muertes y de muertos fue un campanazo doloroso y estridente. A partir de ahora, ya nada sería igual. La conciencia de ser mortal anidó en su cerebro, echó raíces en sus neuronas. Sabiéndose mortal, lo había pensado con frecuencia, pero poco. A partir de ahora, no podría dejar de hacerlo.

       En un cuaderno que Damián había titulado “Conversaciones conmigo mismo”— título igual que el que labraba su amiga Amelie—, antes de irse a la cama, anotó:

“He bajado la basura y he visto la calle huérfana de gente. Los contenedores, el semáforo, un coche que pasaba, las farolas mudas y los árboles sin hojas me observaban con indiferencia. Todas esas imágenes —y posiblemente mi estado de ánimo— sin conocer por qué me han conducido a pensar en mi muerte… ¿Qué hago yo en medio de todo esto? Imágenes de Marte y de la Luna han cruzan mi mente y se han posado en ella ¿Y? ¿Qué hago yo ahora con ellas?… la muerte reinará sobre todo… será compañera de la vida por los siglos de los siglos y no pasará nada… cada cual ocupará su sitio… El bloque de pisos donde habito ahora, algún día desaparecerá y todos mis recuerdos, enmarcados en las cuatro paredes, se morirán con él… Como si nunca hubiéramos existido ni el bloque ni yo… Nada tiene sentido… Ni nosotros, ni las cosas… el tiempo lo engullirá todo, nos engullirá como una potente trituradora que todo lo reduce a polvo y a misterio…”.

       Dos páginas atrás Damián tenía escrito: “Llevo mucho tiempo siendo consciente de mi pequeñez y de mi nula importancia. Dejé de ser alguien hace ya mucho tiempo para convertirme en una marioneta de papel que es juguete del aire, de las tempestades y de las circunstancias. Mi vulnerabilidad es absoluta. Estoy a merced de una imprevista enfermedad, un encuentro fortuito con no sé bien qué ni con quién, un accidente o un premio gordo de la azarosa fortuna. ¿Hacia dónde conduce este caótico azar? A estas alturas resulta evidente que existen infinitos caminos, pero una sola meta”.

       En uno de sus múltiples intentos buscando una salida, Damián se dijo y escribió:

   Lo absurdo de la vida es tan colosal que solo la existencia de un Dios, fuente de Infinito Amor, podría tapar semejante hueco y darle sentido. Un absurdo infinito se transformaría así en “un tener sentido” razonable y eterno. Sería una solución. Algo inmaterial como el concepto vida se equilibraría así con algo inmaterial como el concepto Dios. Contra un gran absurdo una tremenda solución. Contra una gran oscuridad una tremenda fuente luminosa. Contra una gran sinrazón una tremenda razón. Todo un Dios para aniquilar todas las absurdeces y aclarar todos los misterios. Somos hijos del Amor aunque a veces nos cueste creerlo.

Damián apagó la luz. Hizo lo propio con el ordenador. Soltó el lápiz encima de la mesa y, pensativo, continuó mirando por la ventana sin ser visto.

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