La muerte acecha a la vida y no se cansa nunca de esperar su momento. No es ave de rapiña. Es bastante peor ya que, con frecuencia, no se ve llegar y siempre se alimenta de ilusiones rotas, de mejorías infundadas, de accidentes imprevistos, de enfermedades crónicas o traidoras, de corazones cansados, de rastreras caídas, de resfriados incurables o de complicaciones varias derivadas de gripes mal curadas. Todo eso lo aliña con ciertas dosis de azar, su aliado impenetrable.
Damián
llevaba casi cuarenta días asistiendo a entierros encadenados de gente conocida.
Mal terminó el año viejo, pero mucho peor comenzó el nuevo. Esperaba que aquel siniestro
desfile terminara, anhelaba unos días de respiro, pero la procesión de muertos
y funerales formaba parte de una sucesión infinita que no finalizaría hasta que
ocurriera la muerte del Planeta, esa esfera flotante que deambula orientada siendo
a la vez hogar y tumba.
La
cosa empezó en la provincia de Ciudad Real. Allá por el veinte-de
diciembre, mes que da muerte al año. La tía Evangelina falleció en Horcajo de los
Montes. ¡Cómo se alegró de haber ido a su funeral! Recordó que en 2016 le
felicitó para año nuevo. Decía así: “Querido Damián: te deseo feliz y próspero año
nuevo, con el recuerdo imborrable de tu padre y queridísimo primo. ¿Cómo
olvidar aquellos años en El Casar del abuelo Fabio y cuando de pequeño te dejaban
a mi cargo en La Solana? Mi madre quería mucho a tu padre, como a un hijo. Lo
tengo siempre presente en mis oraciones y misa diaria. Un abrazo fuerte de tu
tía Evangelina”. Por la mente de Damián transitó la idea de una enamoramiento
adolescente entre primos hermanos, al menos por parte de ella. Ya nunca lo sabría.
A los pocos días, el mismo veinticuatro, día de la Nochebuena,
murió Vicente, panadero de toda la vida en El Casar de la Dehesa, localidad de
nacimiento de Damián. No pudo asistir al entierro porque se enteró sin tiempo
para hacerlo, pero lo sintió. De ese hombre, Damián recordaba dos facetas: su
panadería y su devoción por la Virgen del Sol. Desconocía cualquier otra
circunstancia, aunque no podría olvidar sus sabrosas tortas de aceite en el día
de su santo, las perrunas para la Navidad y los asado de pimientos que
encargaban sus padres, siempre forjados en el horno del pan. Desde lejos, el olor
a rosca recién hecha impregnaba la calle Melancolía de imágenes de hogar.
Vicente simpatizaba con los niños del pueblo dejándoles pasar a su panadería
para que olieran esa mezcla indescriptible —tan perdida ya como anhelada— de
aromas de jara quemada y pan.
La tía Josefa, esposa de Eligio, murió de mayor el día veintiocho
pensando en los Santos Inocentes. Su hijo Miguel, soltero, le prolongó la vida.
Josefa estuvo casada con un primo hermano de María Jesús, la madre de Benita, esposa
de Damián. La muerte de Josefa supuso un mazazo que María Jesús intentó tapar,
dada su persistencia en no parecer débil, pero su avanzada edad y el cúmulo de
achaques, le restaron energía y ganas de vivir.
El último día del año, un día silvestre según el calendario, murió
Carmen a los 59, compañera de trabajo de Benita, tras un proceso penoso y
largo. Las malditas metástasis conocen muy pocas fronteras. Nada se pudo hacer,
dijeron los médicos. Resistió bien, pero era demasiado, opinó la familia.
La mochila de muertos de Benita y Damián se había llenado en doce
días, pero la cosa no iba a terminar ahí. Aquella descendiente del zurrón de
pastor tenía pensado rebosar.
El año se estrenó en medio de médicos, hospital y visitas a
urgencias. El once de enero, domingo, festividad de San Leucio y San Tipaso
falleció María Jesús, madre de Benita. Era mayor; estaba aquejada de dolores,
múltiples molestias y estaba cansada de vivir, así que voló. Abrió la puerta de
su jaula y voló alto y lejos. Quería encontrarse con los suyos, particularmente
con sus hermanos y su querido Alejandro.
Luego vinieron los trenes de Adamuz. Para Benita y Damián
llovía sobre mojado. Su hijo había pasado por allí apenas 48 horas antes. Fue
el día dieciocho, festividad de Santa Margarita de Hungría. Mas que venir, los
trenes no llegaron. Las excesivas, insidiosas y cambiantes explicaciones del
ministro Muro rebotaron en las mentes de la gente sensata, entre ella las de
Benita y Damián ¡Cuánto retorcimiento falseado, calculado y meditado! El
ministro habló, pero no informó y eso no es dar la cara: dar la cara es decir
la verdad y afrontar responsabilidades. Decenas de familias quedaron como los
trenes. El choque fue accidental. Cierto. El descarrilamiento previo —causa del
choque— es otra cosa. Lo estaban investigando, pero las declaraciones políticas
no tranquilizaron ni a Benita ni a Damián, ni a cientos de miles de personas
más. Por el contrario daban por hecho las hipótesis negativas más probables:
falta de mantenimiento o renovaciones mal hechas. No resultó extraño que —al
Gobierno— le molestaran las palabras del presidente de la comisión de
investigación: “Las infraestructuras no viven de las inauguraciones, sino del
mantenimiento”. La frase no necesita aclaraciones de ningún tipo.
— Esa
es la enorme diferencia entre un ingeniero y un político barato con escasa conciencia
social y poco sentido del bien común. Para informar bien, no se precisan ruedas
de prensa de dos horas mareando la perdiz. Eso es camuflaje —le dijo Benita a
Damián.
No
se habían recuperado de los cuarenta y seis muertos, cuando las redes se
inundaron con noticias de un nuevo accidente: Fernando Huerta, joven sevillano
que se formaba para ser maquinista, murió al chocar su tren contra un muro
desprendido.
—¡Joder,
esto ya es demasiado! —gritó Damián al enterarse. Benita admitió que los
ferroviarios estaban en modo desgracia. Al caos se unieron los Rodalies en
Cataluña que ni iban ni venían. El legítimo cabreo de los maquinistas y las
revisiones solicitadas tuvieron el servicio de cercanías catalán en modo desbarajuste
durante varios días. Ni a Benita ni a Damián les pasó desapercibido que el caos
ferroviario catalán se había cobrado dos dimisiones políticas. Por los cuarenta
y seis muertos de Adamuz no había dimitido nadie.
Benita
se explayó:
— El
Gobierno le llama a eso igualdad. Yo le llamo desigualdad y oportunismo, por no
tildarlo de sinvergonzonería.
Los sobresaltos mortales no decayeron; continuaron a golpe de
calendario. El veinte de enero, el WhatsApp de Benita echó humo por la pantalla
del teléfono a causa de la muerte de Emily Olmo “Emilia Dorado Olmo”, amiga de
su infancia. A sus 55 años, un traicionero infarto la dejó prácticamente
muerta. Tres o cuatro días después, murió del todo. La sorpresa y la pena de
Damián y Benita fueron históricas y enormes.
El veintiséis de enero, el diario local y el Facebook informaron
de la repentina muerte de Kiko Canastero Mola, catedrático de IA Aplicada en la
universidad y persona muy próxima a la familia DamiánandBenita. Con el primero
lo unía el compartir la pasión por lo rural; con Benita coincidía en haber
nacido en el mismo pueblo. Era un ser entrañable, amistoso y mejor padre de
familia. ¡Otro más que apuntar en la lista!, lo cual redujo la moral de su
entorno a un valor mínimo! Todos morimos un poco cuando alguien muere.
El martes veintisiete de enero se encontró con la muerte Justa
Hernández, parienta lejana de Damián en El Casar de la Dehesa. Estaba casada
con Juan Manuel Rodríguez Trapero, oficial administrativo de primera que
trabajó en la Agencia Tributaria comarcal. Justa era una persona cariñosa y muy
entregada a su familia. Disfrutaba una barbaridad con las tradiciones y cultura
de su pueblo, extendiendo su interés a toda la Comarca. El infarto intestinal
agazapado en sus entrañas la había eliminado de la carrera de la vida. Su
apenado esposo estuvo echando pétalos de flores variadas en la tumba de Justa
durante un mes.
Esta concentración de muertes, situadas entre la corta y la
media distancia, recordó a Damián la inmensidad de su vulnerabilidad, su
infinita insignificancia y la fugacidad de su existencia. Así se lo comentó a
Benita. Siempre había pensado en la idea de “no somos nadie”, pero este agujero
negro de muertes y de muertos fue un campanazo doloroso y estridente. A partir
de ahora, ya nada sería igual. La conciencia de ser mortal anidó en su cerebro,
echó raíces en sus neuronas. Sabiéndose mortal, lo había pensado con
frecuencia, pero poco. A partir de ahora, no podría dejar de hacerlo.
En un cuaderno que Damián había titulado “Conversaciones
conmigo mismo”— título igual que el que labraba su amiga Amelie—, antes de
irse a la cama, anotó:
“He bajado la basura y
he visto la calle huérfana de gente. Los contenedores, el semáforo, un coche
que pasaba, las farolas mudas y los árboles sin hojas me observaban con
indiferencia. Todas esas imágenes —y posiblemente mi estado de ánimo— sin
conocer por qué me han conducido a pensar en mi muerte… ¿Qué hago yo en medio
de todo esto? Imágenes de Marte y de la Luna han cruzan mi mente y se han posado
en ella ¿Y? ¿Qué hago yo ahora con ellas?… la muerte reinará sobre todo… será
compañera de la vida por los siglos de los siglos y no pasará nada… cada cual ocupará
su sitio… El bloque de pisos donde habito ahora, algún día desaparecerá y todos
mis recuerdos, enmarcados en las cuatro paredes, se morirán con él… Como si
nunca hubiéramos existido ni el bloque ni yo… Nada tiene sentido… Ni nosotros,
ni las cosas… el tiempo lo engullirá todo, nos engullirá como una potente trituradora
que todo lo reduce a polvo y a misterio…”.
Dos páginas atrás Damián tenía escrito: “Llevo mucho tiempo
siendo consciente de mi pequeñez y de mi nula importancia. Dejé de ser alguien
hace ya mucho tiempo para convertirme en una marioneta de papel que es juguete
del aire, de las tempestades y de las circunstancias. Mi vulnerabilidad es
absoluta. Estoy a merced de una imprevista enfermedad, un encuentro fortuito
con no sé bien qué ni con quién, un accidente o un premio gordo de la azarosa
fortuna. ¿Hacia dónde conduce este caótico azar? A estas alturas resulta evidente
que existen infinitos caminos, pero una sola meta”.
En uno de sus múltiples intentos buscando una salida, Damián
se dijo y escribió:
— Lo
absurdo de la vida es tan colosal que solo la existencia de un Dios, fuente de
Infinito Amor, podría tapar semejante hueco y darle sentido. Un absurdo
infinito se transformaría así en “un tener sentido” razonable y eterno. Sería
una solución. Algo inmaterial como el concepto vida se equilibraría así con
algo inmaterial como el concepto Dios. Contra un gran absurdo una tremenda
solución. Contra una gran oscuridad una tremenda fuente luminosa. Contra una
gran sinrazón una tremenda razón. Todo un Dios para aniquilar todas las
absurdeces y aclarar todos los misterios. Somos hijos del Amor aunque a veces
nos cueste creerlo.
Damián
apagó la luz. Hizo lo propio con el ordenador. Soltó el lápiz encima de la mesa
y, pensativo, continuó mirando por la ventana sin ser visto.
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