26 octubre 2026

El concursante

 

Ganado vacuno pastando (Asaja, Palencia)

“En cada nuevo relato hay que aprender a escribir”

        Francisco Fernández Franco era un hombre tranquilo. Toda su vida se había criado en la aldea de Los Almendros, en el corazón de las Montañas Azules, llamadas así por la sorprendente acumulación de Lavándula latifolia, genciana ciliada, campanillas y lirios azules. Había enormes praderas con mil distintos tonos de azul, nunca igualados por la paleta de ningún pintor. Su madre, Remedios, maestra rural de soltera, tuvo que dejar el trabajo cuando se casó. La sociedad, y en particular la familia de él, no veían bien compaginar el magisterio con el matrimonio. Además, había trabajo en la casa. El país perdió una soberbia maestra. Ella lo tuvo que aceptar, pero con rebeldía interior no resignada, jamás renunció a hacer pedagogía: enseñaba a leer a los amigos de sus hijos; con sus vecinas compartía recetas de cocina, patrones de confección y algunos tipos de encaje, incluido el de bolillos. En el salón parroquial, estableció un pequeño club de lecturas comentadas para adultos, prometiendo utilizar solamente libros autorizados por la censura. Cosa diferente serían los comentarios: paradójicamente, leyendo libros censurados aprendieron a criticarlos. Remedios conocía el poder de la cultura y la fuerza del conocimiento. Detestaba la ignorancia y la pereza.

        Cesáreo, su marido, llamado así por el método de parto que lo trajo al mundo y no por recordar a ningún emperador, era un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra bueno. Tenía a las vacas por amigas y compañeras, aparte de ser el principal recurso familiar. Era un hombre sabio, pero no sabía leer. Había vivido siempre en la montaña cuidando su ganado y aprendiendo de la Naturaleza y de sus mayores. Podía vivir semanas en el campo a base de hierbas y pequeñas trampas para peces, pájaros y conejos que le procuraban lo necesario de carne o de pescado; sabía hacer fuego con leña mojada; conocía plantas con propiedades terapéuticas; almendros, zarzamoras, madroños y algunos manzanos silvestres le completaban la dieta. Escuchaba mucho y hablaba lo justo. Desde tiempo inmemorial, en las montañas se mantenían construidas tres cabañas, bastante separadas, que permanecían siempre cerradas, pero sin llave. En ellas pastores y vaqueros —y esporádicos montañeros en aquella época— podían encontrar aparte de refugio, pan, a veces demasiado duro, cerillas, mantas, leña seca, aceite, vinagre y sal, sobras de sabrosos embutidos y alguna lata de conserva que la gente dejaba allí cuando bajaban hacia el pueblo. Las cabañas se convertían así en auténticos salvavidas de piedra en caso de imprevistas nevadas o carencia de alimentos. Los arroyos suministraban agua transparente –siempre fría – para el aseo y la bebida.

        Estos eran los padres de Francisco Fernández Franco, sus principales referencias ¿Qué aprendió de ellos?: Todo. La lógica funcionó en este caso: Su madre le inoculó el virus de la curiosidad, de la lectura, de la cultura, del saber y de su padre asimiló todo lo que una persona puede aprender sobre vacas y Naturaleza. En cuanto a religión, su madre se definía como agnóstica, es decir para ella la existencia de Dios no se puede afirmar ni negar con certeza, debido a que el entendimiento humano no puede comprobarlo. El padre, bautizado y de raíces cristianas, creía en Dios, pero practicaba poco. FFF no creía, pero extrañaba la trascendencia. Le encantaría creer.

        FFF se crio en un ambiente ganadero y agrícola en el exterior y culto en el rincón de su casa. Su madre fue la maestra y todos los días, antes de salir al campo para ayudar al padre, dedicaban un par de horas a dar clase. Lo primero que le enseñó fue a leer y a escribir; sobre todo a leer. Julio Verne, RL Stevenson, el TBO y cuentos de los cinco continentes pasaron por sus manos y por sus ojos. Cuando él aún no sabía leer era su madre la que le leía. Al tener edad, la poesía machadiana le ocupó también muchos y buenos ratos. La lectura de aventuras y cuentos era asimilada con facilidad, pero la poesía tenía que releerla varias veces y, en numerosas ocasiones, se la tenía que explicar su madre. El razonamiento preferido, para que FFF la entendiera, era comparar la poesía con la leche condensada. La poesía, decía, es como la leche condensada, mucha leche y mucho azúcar en poco sitio: mucho alimento. Así es la poesía, lenguaje condensado, dice mucho en poco espacio, con pocas palabras. ¡Te acostumbrarás y quedarás deslumbrado por la belleza que encierra!, decía Remedios.

        FFF tenía una memoria prodigiosa ejercitada al máximo al repasar las comarcas y los ríos de España, montañas y ríos del mundo, capitales de Europa y de los demás continentes, fechas de batallas y reinados. FFF a los quince años se había leído varias veces sendos tochos de la Historia de Roma y la del Antiguo Egipto: eran dos civilizaciones que le encantaban. Esas lecturas desembocaron directamente en la historia de España haciéndole conocer un pasado repleto de altibajos. Sus épocas preferidas: El descubrimiento de América, 1492; la crisis de 1898, año fatídico para España, y el periodo de la Guerra Civil. No leía, arrasaba las páginas con tanta concentración que le borraba las letras a las páginas dejándolas impresas en la asombrosa grabadora de su cerebro. Los días de otoño e invierno eran sus preferidos: la noche llegaba pronto y podía dedicar muchas horas al estudio y a la lectura, acciones que acompañaba desde siempre con lápiz y papel, donde anotaba jugosos comentarios y reglas nemotécnicas que se inventaba sobre la marcha.

Ya en su niñez, y más en la adolescencia, comprendió que el silencio del campo era un fijador natural de fechas, nombres y sucesos. Tampoco hubo día que no saliera al campo para ayudar a su padre: unas veces le llevaba la comida, otras que si un parto de una vaca, otras para acompañar a encontrar algún ejemplar perdido y todos los días a ordeñar. La venta de leche, en casa y a domicilio, a primeras horas de la mañana, era un ingreso diario básico, esencial para la economía familiar. Con la leche sobrante su madre hacía unos quesos exquisitos que vendían a un tendero en el pueblo de al lado.

        La chimenea en la casa siempre estaba encendida. De lo alto, suspendido por una cadena de hierro, colgaba un enorme perol de metal suministrando agua caliente todo el día. En la chimenea se cocían los potajes, se calentaba la leche y se asaba la carne. De ella procedían las ascuas del brasero para la mesa estufa y alumbraba la estancia cuando, en noches de agua, se cortaba la luz. La oscuridad se rompía de forma irregular y una claridad titubeante e insuficiente navegaba por la estancia. La chimenea, la cultura y las vacas eran señas de identidad de aquella casa, casi formaban parte de la familia. Estas vacas pertenecían a una raza autóctona, parda, rústica, dócil, que se cría principalmente de forma extensiva, que suben a los puertos en verano, siempre limpian los montes y llenan las montañas de paz cuando se tumban en la hierba.


        Uno de los días en que Remedios fue al pueblo con sus quesos llegó a la tienda donde, aparte de vender todo el material escolar, llegaban los periódicos con un día de retraso. Remedios sabía que no podía comprar siempre el mismo, así que a la luz de las portadas, variaba su elección. El periódico era fundamental para las clases de su hijo. Lo revisaban de cabo a rabo leyendo hasta los anuncios. Ese día, Remedios observó la oferta de un CD semanal de música clásica con el ejemplar del sábado o del domingo y decidió hacer la suscripción. La música complementaría, de forma sustancial, la sensibilidad de su hijo. Además se incluían cuarenta fascículos ilustrados de Historia de la Música. Una buena oportunidad, le dijo el de la tienda. Remedios tenía en casa un reproductor muy polivalente —iba con corriente y a pilas— que le habían regalado en el banco por poner un dinerillo a plazo fijo. Funcionaba como radio, reproducía casetes y CD’s. No lo dudó y firmó para recibir, durante cuarenta semanas, los folletos y la música. Había enganchado a su hijo con la actualidad por medio de la prensa semanal y de las noticias de la radio. Ahora el periódico introduciría la música en casa. Sabía que su marido estaría de acuerdo. Todo lo que se haga por el chaval… está bien, era una de sus sentencias para confirmar “su estar de acuerdo”.

FFF también se hizo asiduo de las noticias: en casa escuchaba los noticiarios y en el campo hacía lo propio con un pequeño transistor, inseparable compañero, regalo de su abuelo cuando cumplió quince años.

        La biblioteca de su madre no era muy grande, pero tenía mucha calidad y, sobre todo, se usaba. Un par de enciclopedias de la época, varios diccionarios —uno de ellos Espasa y otro de la RAE—, clásicos españoles, mucha literatura infantil, libros de viajes, novelas y múltiples obras de la Generación del 27 y del 98 llenaban las rústicas estanterías que su padre construyó con mucho mimo siguiendo las indicaciones de Remedios: Hay que procurar que los libros se sientan cómodos. Los libros, como las vacas, deben tener su sitio. A todos hay que tratarlos bien. Las vacas darán más leche y los libros se dejarán leer y te darán sabiduría.

En ese ambiente, FFF creció en conocimientos, madurez y responsabilidad. Su tenaz entrenadora era muy exigente en todos los aspectos. La frase “Se tarda menos en aprender una cosa bien que en aprenderla mal” la definía perfectamente. Nunca le hizo exámenes a su hijo: no los necesitaba. Sabía de la eficacia del esfuerzo diario mantenido en el tiempo. Lo principal fue que su pasión por la cultura se introdujo en la mente del muchacho de forma suave, como sin querer. Fue como una lluvia fina cultural que regó y penetró hasta el fondo de la última neurona. Era mucho el cariño que sentía por aquel chaval y estaba super convencida de la potencia transformadora del saber. Su fascinación por las obras de los otros, por conocer sus vidas, sus pensamientos, sus dificultades, sus dudas y sus ocurrencias no tenía límites. Le hubiera gustado viajar, conocer otros países, otras formas de vida, otras culturas. Al no poder realizar esas salidas se percató de la oportunidad que le brindaban los libros y en ellos se volcó. Cada libro leído era un viaje realizado, una aventura vivida en su interior, una experiencia insólita. Siempre fue un personaje más en la novela de turno: dama enamorada del caballero enamorado, pequeña empresaria arriesgada y valiente o esposa inteligente del esforzado inspector de policía. Vivía la lectura con tanta pasión que era frecuente verla llorar o reír ante relatos que la ensimismaban. Su hijo y su marido la dejaban estar asistiendo expectantes a ese derroche enorme de sensibilidad, exquisitez y silencio.

***

        Los años fueron pasando con naturalidad pero sin perdonar nada. Ante un tiempo inmisericorde los cuerpos de los padres se encorvaron y FFF, ya con los cuarenta por delante, fue el hombre de la casa. Mientras la madre pudo seguir haciendo lo de toda su vida, el padre tuvo que ir dejando los trabajos del campo poco a poco. Además de tener ocho años más que su esposa, las faenas eran más duras. La vida cultural de la casa, unidireccional, sólo podía enraizarse más y eso ocurrió. Fueron más años de más libros, más prensa, más radio, más programas elegidos de la tele, más películas en vídeos y la incipiente “red de redes” que ya apuntaba su presencia. Desde el principio FFF estuvo abierto y conectado. Empedernido amigo de la innovación, a su casa llegó la primera parabólica del lugar y el primer portátil. Convencido de las enormes ventajas, desde su inicio, el teléfono móvil fue compañero inseparable, aliado fiel, pero nunca corrió el riesgo de la dependencia emocional: fue consciente de que estaba ante una herramienta más a su servicio.

Afortunadamente la economía familiar siempre fue bien. FFF tuvo el buen acuerdo de asociarse a una cooperativa agrícola y ganadera de la zona, bien dirigida y muy bien organizada. Gracias a esta pudo renovar y ampliar su tremendo establo para más de ochenta vacas, adquirir todo lo necesario para ordeñarlas automáticamente y almacenar la leche, tener reservas de pienso y una atención veterinaria de primera. De todas formas las vacas de FFF eran las más mimadas del lugar pues todos los días salían a pastar. Con sol, viento, lluvia o nieve allá iba el bueno de Francisco con su ganado montaña arriba. Las vacas tienen que andar, tienen que hacer ejercicio, eso las relaja, les da ganas de comer y mejora la producción de leche y de carne. Muchos de los días, Francisco echaba un par de libros al zurrón acompañados de sendos bocadillos y una fruta y las acompañaba todo el día. A él le gustaba decir que era pastor de vacas, que no vaquero. Contaba con la ayuda del pastor eléctrico que perimetraba la enorme finca y de “Canelo”, un precioso mastín gris especializado en guardar ganado vacuno que siempre estaba pendiente de sus ojos, sus silbidos y sus manos. Otros días, los menos, subía el ganado y lo dejaba allí en compañía del mastín. Él se bajaba para hacer gestiones en la cooperativa, algunas compras o cuidar de sus padres. Cuando por alguna razón necesitaba ayuda contaba con el apoyo de un matrimonio, vecinos próximos. Siempre decía que era una persona muy afortunada por poder hacer lo que le gustaba: Cuidar vacas y curiosear por la Cultura. Vivir en un entorno natural acompañado por la familia y algunos vecinos amigos era un enorme privilegio, un lujo total.

***

La vida continuó. Pasado el trance de la muerte de sus padres, Francisco se quedó sólo con sus vacas y sus libros. Al principio la soledad le hizo mella, pero su fuerte ritmo de enriquecimiento cultural le dio fuerzas y ánimo y, con rapidez, recuperó fuerzas para seguir. Trabajaba, leía y estudiaba. Todo lo hacía con avidez y vehemencia. Algunos día bajaba al pueblo para lo de siempre: recoger paquetes, ciertas compras, pasar por la farmacia y la inevitable visita al quiosco de prensa. Ahora los libros le llegaban por correo o por mensajería. Nunca dejó de leer en papel aunque Internet y las pantallas le habían comido mucho terreno. El silencio ambiental que acompañaba su vivienda era gratificante y positivo: actuaba como un auténtico fijador de datos en el disco blando de su memoria.

Fue su amigo, y vecino, el que un día le insinuó: ¿Por qué no te presentas a uno de esos concursos de la tele?... Con lo que tú sabes… Seguro que lo harás bien.

Francisco había demostrado que su corazón resistía bien rudos trabajos rurales e interminables ratos de lectura, pero no estaba seguro de digerir adecuadamente la tensión de preguntas y respuestas en un estudio de radio o en un plató de televisión. Su saber era un saber tranquilo y placentero, un divertido pasatiempo, un conocimiento en modo hobby, pero su espíritu emprendedor le hizo picar en un concurso de radio y así empezó a construirse un Francisco más urbano, más cosmopolita y bastante más conocido.

Ese primer concurso tuvo un ámbito comarcal. FFF se había criado allí y los 17 Pueblos formaban parte de su familia. Evidentemente había nacido en uno, pero él tenía una visión global de la comarca y siempre se afanó en explicar que en Los Pedregales de la Sierra y el Viento debía prevalecer la unidad de acción. La despoblación, la ausencia de juventud, la carencia de industrias y unas comunicaciones de segunda o tercera convergían en su lema: “O unidos o desaparecidos”. Por desgracia esta preocupación no era compartida por los alcaldes de la zona que siempre actuaron por directrices políticas y no por las necesidades de la ciudadanía. Anteponer consignas partidarias a problemas reales locales es propio de miopes obedientes que aspiran a felpudos, a costo de subir en el escalafón en detrimento de soluciones eficaces y compartidas. Todos los políticos no eran iguales pero la práctica era decepcionante por la ausencia de resultados. Francisco era consciente de que la despoblación era el resultado de decisiones políticas. Basta con no autorizar una fábrica en una gran capital o instalar una consejería —da igual su nombre— en un pueblo de diecinueve habitantes. El asunto se arregla distribuyendo la actividad política y, sobre todo, la industrial. La inevitable acumulación de trabajadores en la periferia de una gran capital es una milonga monumental que perjudica, sobre todo, a la clase obrera.

Particularmente FFF estaba enfrentado a las autoridades de la zona por dos graves problemas: uno era la gestión del agua y el otro la proliferación de macrogranjas, fundamentalmente de porcino y bovino. Él era de los pocos que pastoreaba vacas y no participaba -para nada- de la ganadería intensiva, ya fuera estabulada o limitada a una ciénaga de estiércol y pipis. Por otra parte, el agua subterránea era abundante en la comarca de Los Pedregales, pero desde hacía varios años los niveles de nitratos y fosfatos, bacterias y patógenos fecales y residuos de fármacos veterinarios la habían convertido en algo inmundo, imposible de ser potabilizada. Un pantano, concebido para dar agua potable a la zona, lo habían transformado en un enorme depósito de aguas residuales contaminadas que llegaban a él por medio de los cauces naturales de los arroyos. Cuando llovía era aún peor. Los arroyos se convertían en torrentes que transportaban la suciedad acumulada durante las temporadas o meses de sequía. Su frase: “Hemos de intentar no consumir el futuro” fue eslogan de anuncios de televisión y grupos ecologistas. De todas formas Francisco graduaba sus dosis de críticas pues sabía que las invectivas exageradas y continuas acaban generando indiferencia.

Por estos motivos FFF no gozaba de simpatías en los ámbitos de poder de Los Pedregales. Amaba el campo y la Naturaleza por encima de todo y nunca comprendió los intereses, ni la torpeza ni la ignorancia de aquellos mandamases provisionales que habían hecho de la política su perversa profesión.

***

        Las bases del concurso de radio —Sintonía con nuestra historia— recogían que, con el fin de que los concursantes tuvieran tiempo de prepararse, darían tres meses de plazo para apuntarse. Las condiciones eran muy simples: presentar copia del DNI, ser mayor de edad y haber nacido en cualquiera de los 17 Pueblos de la comarca. Tema del concurso: Los Pedregales de la Sierra y del Viento: Historia, Bellas Artes (Pintura, Escultura, Arquitectura, Música, Danza, Literatura y Cine), Patrimonio (material e inmaterial), Geografía, Gastronomía, Ciencia y Tecnología, Deportes, Arqueología, Ferias, Advocaciones religiosas, Patrones y Patronas, Fauna, Flora, etc.…etc.…. Cualquier cuestión, detalle o conexión de todas las épocas o situaciones relativas a los 17 Pueblos de Los Pedregales podría ser objeto de ser preguntado. Los concursantes serían interrogados alternativamente y tendrían treinta segundos para responder a cada una de las diez preguntas. El que tuviera mayor número de aciertos, sería el ganador. En caso de empate, quedaría eliminado el que fallara primero tras el acierto del otro, es decir sería un 1 a 0 o bien un 0 a 1.

        La emisora de radio seleccionó a dieciséis personas a las cuales sortearon para eliminarse dos a dos; eso dio lugar a ocho programas. Tras la primera fase quedaron ocho concursantes, lo que desembocó en cuatro programas más. Los cuatro finalistas se quedaron en dos después de dos programas y por fin llegó la finalísima: era el programa décimo quinto. FFF estaba allí dispuesto a ganar el diploma, la copa, el jamón de pata negra donado por una famosa cooperativa, el lote de aceites ecológicos y la caja de exquisitos quesos variados. Aparte Bancosur, previo acuerdo, invitaría a los cuatro finalistas a un fin de semana en Madrid. La estancia incluía, además del todo pagado, la asistencia a un concierto en el Teatro Real, la visita guiada a los Velázquez del Museo del Prado y una mañana para conocer las instalaciones de la estación espacial de Robledo de Chavela.

        Los programas se emitían en directo los martes y los jueves, a las doce de la mañana. El concurso duró siete semanas y media.

    Desde el principio FFF cogió el toro por los cuernos. Lo primero que hizo fue apuntarse en la emisora. Quería sentirse totalmente comprometido. Durante los tres meses de espera, solo vivió para su ganado y para estudiar. La casa era atendida por una tía suya, soltera y algo mayor. Se trasladó a vivir allí con la promesa de que no le interrumpiría ni un segundo. Estimaba mucho a su sobrino y quería que ganara aquel concurso a toda costa. ¡Qué pena de carrera que no estudiaste!, era su frase preferida cuando intercambiaban algunas palabras. Francisco valoró esa ayuda como oro puro. Conocía perfectamente la mentalidad de su tía y la respetó al máximo. Recién llegada, esta le advirtió: “Hace tiempo la Iglesia y los maridos nos decían lo que las mujeres teníamos que hacer, como teníamos que comportarnos. Ahora ese papel lo ha asumido la izquierda. Así que tú a lo tuyo y yo a lo mío. Tropezones, los justos”.

        Por su parte FFF, estableció un horario germánico. Se levantaba a las seis de la mañana. Tras el desayuno, sacaba a pastar su ganado, luego ducha, un café solo y a estudiar. Dejaba a la una y dedicaba una hora a caminar. Un vecino le vigilaba las vacas. Cada día lo llamaba por teléfono para ver cómo había ido la mañana. Comía y echaba una siesta corta, máximo media hora. Otro café y a estudiar otra vez. Cada dos horas salía, daba un par de vueltas a la casa y otra vez al ordenador y a los libros. Al anochecer recogía el ganado mientras conversaba en voz alta con los animales. Él les transmitía sus miedos, sus inquietudes, su cansancio y sus dudas. Las vacas, en general, lo miraban sin entender, pero con cara de satisfacción. Algunas daban un leve mugido que él celebraba como una respuesta. Luego, en casa, FFF comentaba a su tía que habiendo vacas que escuchan y mugen, ¿para qué hacen falta los psicólogos? Así un día y otro. No existían diferencias entre martes o domingos. Su rígido calendario solo lo alteró la enfermedad de “Estrella”, una vaca vieja que pilló una pulmonía. Por fortuna la cosa mejoró en un par de días con la ayuda de la solícita veterinaria y los correspondientes antibióticos.


Francisco Fernández Franco pasó tres meses en una burbuja de cultura y aromas de vacas, aparte del olor de los suculentos guisos que preparaba su tía. Siempre comían de cuchara: cocidos, estofados, lentejas, alubias,…. Incluso de noche, la sopa con hojitas de hierbabuena resultaba inevitable. Las verduras cocidas, suavemente aliñadas, eran como el oxígeno: estaban presentes todos los días. Tras el obligatorio postre, Francisco terminaba con una bellota del año anterior. Se comía tres bellotas al día, como si fuera una pastilla. Decía:

—    Si a los cerdos les vienen bien, a nosotros también. Seguro que previenen el colesterol, bajan la tensión y ayudan a dormir.

En el concurso de radio las tres efes de Francisco arrasaron. Cariñosamente le llamaron “la triple F”. La gente decía que era como si fueran tres personas en una. Contestaba rápido y seguro. De las decenas de preguntas que le hicieron, no falló ni una. Daba igual que se refirieran a antiguas explotaciones mineras, a recientes museos, a molinas de aceite, a dólmenes o tumbas prehistóricas, a castillos medievales, a comidas de pastores, a la guerra civil o a escritores comarcales. FFF era como una inteligencia natural automatizada. Su mente podría servir para un robot, pero su cuerpo se componía de carne y huesos. Cada pregunta pulsaba una neurona y la respuesta, acertada por supuesto, tardaba solo unos segundos. De nada sirvieron las advertencias de la locutora que le aconsejaban que se tomara su tiempo. Diez segundos eran para Francisco un tiempo más que suficiente. Su nombre comenzó a sonar con fuerza en la comarca, llegando los ecos a la prensa provincial e incluso a la autonómica.

La bomba detonante fue la entrevista que le hizo una influyente de la zona. La chica lo hizo bien. A lo largo de media hora de grabación -en directo, sin retoques- Petroswka fue intercalando preguntas sobre su vida personal con otras sobre Los Pedregales que le habían preparado en el Departamento de Historia y Antropología de la Universidad. De fondo sonaba, con suavidad, música folk de un famoso grupo comarcal. La combinación fue perfecta, así como las respuestas de Francisco. Solo titubeó en una pregunta referida a la calle más antigua de los 17 Pueblos, pero al final, entre la calle del Pozo Viejo en El Hardal y el Callejón de Los Lobos en Las Viñas del Cerezo, optó por el primero. La locutora, documentada al respecto, certificó la veracidad de su respuesta.

        Ganar aquel concurso le dio seguridad y fama. Llevado por su gran dosis de humildad, él se repetía “soy solo un pastor vaquero”, “soy solo un pastor vaquero”, pero las llamadas de teléfono, los saludos por la calle, las entrevistas en prensa y radio, etc.… lo catapultaron a personaje público. Aquellos ritmos nunca le gustaron demasiado, pero esa timidez natural tan suya y la respetuosa educación inculcada con los años le obligaban a atender a unos medios cada vez más exigentes, medios que aprovechaban la frescura y la naturalidad de un Francisco maduro que daba juego por sus ingeniosas respuestas y su saber estar.

        Los primeros pasos por la televisión los dio en “Sabiduría en Espiral”, concurso de cultura general para adultos estructurado en tres fases. Se trataba de avanzar sobre el borde exterior de la espiral hacia el centro, el Núcleo de la Sabiduría, respondiendo preguntas de dificultad creciente.

Tras las doce preguntas de la “Espiral de Entrada”, quedaba eliminado el concursante con la menor puntuación.

En la segunda fase, Duelo entre Dos, ganaba aquel que llegara primero a los cien puntos. Las preguntas salían de una ruleta manual, en espiral, dividida en 100 casillas-pregunta. Cada concursante disponía de dos comodines: uno de ellos, llamado borrador eliminaba dos opciones incorrectas en preguntas tipo test; el otro, conocido como la espiral invertida, devolvía la pregunta al rival, que si la acertaba puntuaba el doble.

El ganador, ya próximo al Núcleo de la Sabiduría, pasaba a jugar la gran final. Bajo el riguroso control de un enorme cronómetro disponía de 90 segundos para responder a una serie de siete preguntas encadenadas, de tal forma que cada respuesta daba una pista para la siguiente, a modo de una imposible espiral que se cierra.

Si se acertaban las 7 preguntas, el ganador /a se llevaba el bote acumulado del programa más mil euros por cada segundo que le hubieran sobrado de los 90 de la tercera fase. Si fallaba alguna, ganaba un premio fijo de consolación y el derecho a participar en el próximo programa.

FFF estuvo allí 27 semanas. Como el programa se emitía dos veces por semana, fueron 54 programas, marcando un récord de participación y de dinero recogido. Se fue ocupando el Núcleo de la Sabiduría y con 67.800 euros en su cuenta corriente.

Tras un año de descanso, había terminado agotado, unos amigos —también concursantes— lo convencieron para formar equipo en “Saber en acción” emitido por el Canal Sapiens. El espíritu, la formación y personalidad de FFF fue el corazón del concurso y del equipo. La cadena, sabedora del tirón de audiencia de FFF, lo enfocaba justo el doble que a cualquiera de sus compañeros. Durante año y medio participó en 278 programas, los cuales le proporcionaron algo más de 190.000 euros, llevándose la admiración y el respeto del público, de sus compañeros de equipo y de todos los trabajadores del estudio.

FFF se percató de que su participación en los concursos de televisión le estaban partiendo la vida. Los aplausos, parabienes y dinero le producían satisfacción, pero perdió la tranquilidad del campo, los mensajes cotidianos de sus vacas, el silencio de las noches y el olor insustituible de las mañanas al abrir las ventanas tras el resencio[1] de la noche. Además, dormía mal, sentía cansancio físico y psicológico. Así que decidió abandonar todo lo relativo a concursar y dedicarse exclusivamente a su ganado y a estudiar, pero sin la presión de tener que demostrar sus conocimientos en público. En su “casa de la pradera” y alrededores -como le gustaba decir- tenía todo lo que quería: trabajo, entretenimiento, amigos y familia, Naturaleza, silencio y tranquilidad. El verde y el marrón de la vegetación, los perfiles de las montañas, el azul del cielo o los nubarrones y el aire puro constituían una medicación natural propia de reyes. El teléfono, poco a poco, dejó de sonar y FFF volvió a ser un vecino más, aunque muchos nunca dejaron de llamarle “Francisco el de la tele”, pero a él eso le daba igual.

***

Un día de otoño —habían pasado dos años desde su último concurso— se paró un coche en la puerta de su casa. De él se bajaron dos hombres y una mujer. Una cuarta persona que hacía de chófer se quedó en el interior del vehículo. Antes de que llamaran a la puerta, Francisco salió. Su primera impresión, al verlos muy arreglados, fue de que se habían perdido. En tono suave, como no queriendo romper el silencio del lugar, la mujer le dirigió la palabra:

-      ¿Francisco Fernández Franco?

-      Soy yo.

-      Buenos días prosiguió la dama. Soy Adela Martínez, directora general de programas de la 1, de TVE. Me acompañan Salvador González Perea y Martín Redondo Arrebola, catedráticos de Lengua y Literatura Española y de Historia de España en la Universidad Autónoma de Madrid, respectivamente. Queríamos hablar con usted.

-      Pues tendrán que disculparme. Ahora mismo me estaba preparando para darle un paseo al ganado. Es su hora de salir… je, je… ¡Bueno, también es mi hora!... Si me hubieran avisado hubiera encargado la tarea a un vecino…


Salvador González, le interrumpió:

 -      Disculpe. El no avisarle es porque sabemos lo ocupado que está y no queríamos interrumpirle. Conocemos sus paseos y algunas de sus rutinas. Si nos permite acompañarle, podemos hablar durante el camino. ¡No importa que las vacas se enteren de nuestra conversación! Para nosotros será un placer.

-      Pero… no vienen preparados… hay mucho barro, agua y algunas cacas de vaca parecen panes… No sé… por mí no hay inconveniente, allá ustedes…

-      No se hable más -terció Martín. Le acompañaremos.

 Adela dio una voz al chófer.

 

-      Manuel, por favor ¿nos traes las botas de goma?

-      Al momento, doña Adela.

-      Pueden dejar sus zapatos dentro de la casa, les indicó Francisco. Cogeremos también unos capotes por si cae algo de agua. No creo pero es mejor ir preparados.

 Iniciado el paseo la conversación no tardó en llegar.


-      Ustedes dirán —comentó Francisco. Estoy intrigado.

-      Lo mejor será que nos tuteemos, dijo Adela. El tuteo lo pondrá todo más fácil y nos entenderemos mejor.

-      Soy todo oídos -aclaró FFF.

           Tomó la palabra Salvador para comunicarle que el motivo esencial de su visita era pedirle que abriera un concurso en la primera de TVE.

El concurso se llamaría Plaza Mayor. Sería punto de encuentro de la diversidad cultural española y tendría dos partes muy claras:

a)   Ñ Cultural, basado en preguntas sobre el Diccionario de la RAE de la lengua española, pero entre pregunta y pregunta, el locutor o comentarista metería algunas cuñas de euskera, catalán y gallego.

b)   La segunda parte sería Crisol TV, donde se haría referencia a la mezcla y fusión de culturas que forman la España actual. Un espacio ideal para, por medio de preguntas, poner de manifiesto la rica historia de España y los valiosos matices que aportan las Comunidades Autónomas.

 La forma de permanecer en el concurso era acertar, como mínimo, el 90 % de las preguntas. Conforme avanzaba el programa la pantalla iba marcando: número de preguntas realizadas, número de preguntas acertadas y tanto por ciento de aciertos. Al final había una pregunta comodín que, una vez elegida libremente por el concursante, te sumaba o te restaba un 5 %.

Martín quiso matizar que de alguna forma el concurso quería poner de manifiesto los valores que posibilitaron la Transición. Consultados, los partidos mayoritarios estaban de acuerdo. Se habían dado cuenta de que la polarización de la sociedad no conduce a nada bueno y que era necesario hablar para todos y no solo para “los tuyos”. De alguna forma, siguió Martín, nosotros somos unos mandados y trabajamos por encargo. La mayor parte de los partidos que componen el arco parlamentario, hacen suya la frase de que “Solo se camina más rápido, pero si vas acompañado, llegas más lejos”. La política de la nación necesita acuerdos y consenso en temas esenciales: pensiones, política exterior, vivienda, educación, sanidad, etc.… pretendemos que el programa / concurso nos ayude a caminar en esa dirección. Data tu personalidad, fama y preparación, contar contigo sería una garantía de éxito. Todos coincidimos en que eres la persona adecuada para abrir.

Adela le aclaró que a partir de su sí, tendría ocho o nueve meses para prepararse. Televisión también necesitaba tiempo: buscar asesores, elaborar las preguntas, presentador-a, contratar publicidad, etc.… Una cosa así no se podía improvisar.

Salvador le indicó a Francisco que habría público en la grabación de los programas. Querían que el público llevara la parte de la Ñ. Se tomaría un diccionario. Alguien del público lo abriría al azar y, alternativamente, se diría una palabra y el concursante tendría que explicar su significado o bien, se leería lo que dice el diccionario y el concursante tendría que averiguar la palabra. Para evitar el aburrimiento y la rutina, se intercalaría con la Ñ una pregunta de la parte referida a la historia y cultura general de España y sus Comunidades.

Adela quiso terminar:

-      Grosso modo ese es el concurso. Supongo que conforme avancemos tendremos que pulir algunos detalles. No nos tienes que responder ahora mismo. Tómate tu tiempo, pero tampoco tardes demasiado.

Francisco preguntó:

-      Pero ¿por qué me habéis elegido a mí?

Adela le explicó que lo consideraban un artista de la comunicación, un artista con mucha calidad que para llamar la atención no necesitaba provocar, solo manifestarse como era.

 Francisco les dio las gracias por haber pensado en él y prometió pensarlo. Sobre la marcha se le ocurrió otra pregunta:

-      Un programa de esta envergadura me llevará un tiempo. Tendré que buscar alguien que cuide mi ganado; además habrá gastos de alojamiento y comida, transporte, alguna ropa, etc.…

 Adela le respondió que de eso no tenía que preocuparse. En caso de hacerse el concurso, que de los ingresos por publicidad se llevaría un buen porcentaje. Por experiencia sé que cubrirán con creces todos esos desembolsos —remató.

- ¿Y si me pongo enfermo? —volvió a preguntar Francisco.

- Desde el primer segundo que salgas de tu casa entrará en vigor un seguro a todo riesgo: accidentes, enfermedades, imprevistos, etc.…-respondió Salvador. Te cuidaremos mejor que a una actor de Hollywood ¡Eres nuestro protagonista! ¡Todo girará alrededor de ti! Ten en cuenta que en “La uno” disponemos de un excelente gabinete jurídico y acumulamos experiencia de años. Ningún problema. Es evidente que el dinero que vayas consiguiendo en cada programa es cosa tuya y de hacienda.

- Por cierto, ¿Nos puedes adelantar algo? ¿Qué te parece el escenario? —interpeló Martín.

- A primera vista el asunto me resulta interesante. Es un enorme reto. Si lo aceptamos, sé que va a tener repercusión en toda España. No me gusta demasiado el cierto tinte político que desprende. Aunque no me quitarán el sueño, le temo a los comentarios que algunos independentistas de la periferia puedan publicar —confesó Francisco.

Adela recogió el guante y manifestó:

-      Digan lo que digan la prensa y los políticos, tú debes limitarte a responder las preguntas con toda la naturalidad del mundo. Para limar asperezas con “el exterior” —si salen algunas— están los conductores / presentadores del concurso. Lo más probable es que haya un chico y una chica. Ellos comentarían estratégicamente lo que sea más oportuno. Son profesionales y están acostumbrados a deslizar sutilezas sin generar broncas ni provocaciones. Además tenemos como plataforma de respuestas nuestra potente página web. Si fuera muy, muy necesario, yo saldría a la palestra. Tras tu salida del programa, bajo tu exclusiva responsabilidad, eres libre para dar entrevistas o hacer las declaraciones que te plazcan.

 De esta forma, Adela dio por terminado el primer contacto. Dejado el ganado a cargo de Canelo, el inteligente mastín, Francisco acompañó a sus visitantes al coche después de darle sendos manguerazos a las enlodadas botas de goma, detalle que agradeció enormemente Manuel, el chófer. Así no tendría que limpiarlas él ni le ensuciarían las alfombrillas del pulcro Mercedes que conducía.

La despedida fue afectuosa por los dos lados. Francisco les prometió que, como mucho, en una semana tendrían noticias de él. En su interior se sentía como un torero retirado antes de tiempo. La idea de volver había anidado en su corazón desde hacía tiempo, pero ahora que se presentaba la oportunidad la inseguridad y el cambio de ritmo en el día a día, le hacían dudar. Otra vez salir a la gran ciudad, los tremendos focos de los estudios de TV, las escrutadoras cámaras, los nervios, las noches a medio dormir, comidas diferentes, etc.…Tantos cambios y tan concentrados lo agobiaban demasiado. A veces se llevaba en un tarro de cristal hojas de hierbabuena para olerlo en momentos de estrés. Ese profundo y hermoso olor actuaba como un masaje interno neuronal que rejuvenecía y provocaba una tenue sonrisa. Su efecto era tranquilizador y estimulante a la vez. Sin darte cuenta te transportaba a un paraíso de flores, luces de colores y olores a fantasía y a cuentos.

A los tres días de la visita, Francisco llamó por teléfono a Adela para decirle que aceptaba. A pesar de la tensión que todo aquello le producía, en el fondo sabía que la única manera de rebajarla era correr el riesgo, tener la experiencia y estar a tope de adrenalina. Cada programa, cada grabación era una lucha contra sí mismo, contra sus dudas y contra sus miedos. Era un ponerse a prueba delante de unos cientos de miles de espectadores —quizás millones. Francisco estaba seguro de que aquellas cámaras desnudaban su espíritu y se exponía a comentarios de todo tipo hechos por desconocidos. Volvería a no poder deambular por las calles con esa tranquilidad que da el anonimato. Era consciente de que la mejor defensa ante multitud de situaciones es que no te conozca nadie. La fama te convierte en foco de todas las miradas y eso te hace vulnerable. La gente se fija en cómo vas vestido, en tu forma de andar, en los sitios que entras, si comes por la calle o en la bolsa de plástico que cuelga de tu mano. Algunos cuchichean, mientras otros te señalan con el dedo. Es la fama tu sombra y tu condena. Y todo por acceder a responder unas simples preguntas. A pesar de todo eso, Francisco aceptó, aunque se prometió que “Plaza Mayor” sería su último concurso.

Los meses siguientes pasaron rápidos entre vacas y libros, libros y vacas, internet, enciclopedias y diccionarios, prensa, noticias, Naturaleza y mucha música. Tuvo acceso a todas las hemerotecas del país, a la Biblioteca Nacional, a páginas webs de Archivos y Museos, a las Reales Academias, a Universidades, etc.… Francisco era un rastreador de primera con una capacidad lectora que superaba las 400 palabras por minuto. La falta de ejercicio y tanta lectura hizo que su mente “engordara” a la vez que su cuerpo. La memoria seguía siendo prodigiosa, así como su capacidad de síntesis unida a una formidable lucidez para observar. Toda su vida fue un autodidacta exquisito con una infinita capacidad de relación.

El concurso fue razonablemente bien. Para superar las dificultades que se le presentaron en el desarrollo de este, Francisco recordaba sus entrenamientos de baloncesto con dos kilos de garbanzos en cada hombro y la macilenta luz de un campo de tierra lleno de hoyos, donde la pelota era pura anarquía marcada por un desastroso relieve donde botaba a su pesar. Cada pregunta la emparejaba con un bote irregular: si fue capaz de controlar aquellos caóticas piruetas, controlaría también las preguntas por mucha dificultad que tuvieran.

Después de tres meses y medio en el candelero, Francisco perdió por agotamiento. Había ganado 108.975 euros. Fue despedido con un soberbio homenaje, el aplauso unánime de todo el estudio y una placa conmemorativa de su paso por el programa.

Al poco tiempo, Francisco murió a causa de un accidente. Volvía de la capital hacía su casa después de una periódica ITV médica. Todo había ido bien. Tendría que seguir tomando las pastillitas del colesterol, la de la tensión y poco más. Una aspirina infantil para evitar coágulos y punto pelota. Pero Francisco no contaba con que una cierva de cinco años con más de cien kilos se cruzara en su camino. El golpe fue brutal. A pesar del airbag, Francisco se golpeó la cabeza con el volante y de rebote con el techo. Dos traumatismos acabaron con su vida en tres minutos. La cierva, agonizante también, miraba con los ojos muy abiertos a través del astillado parabrisas. Cuando llegó la Guardia Civil los dos estaban muertos. El Ayuntamiento de la localidad instaló ese mismo día la capilla ardiente y en un pleno extraordinario acordaron ponerle a su finca “Paraje de las Tres Efes”, tal cual. Llegaron coronas de toda España.

        A FFF no lo enterraron. En los pueblos de aquella comarca llevaban más de cincuenta años sin usar los cementerios. Todo el mundo era incinerado y las cenizas se distribuían entre arroyos y prados. Estas, por un lado o por otro, alimentaban las hierbas las cuales hacían lo propio con las vacas que como madres amamantaban a sus terneros. Este encadenamiento permitía que vecinos y vecinas estuvieran siempre presentes en aquel impresionante valle por medio de la vida. Mientras hubiera ganado, ellos y ellas seguirían viviendo allí. Estaban convencidos de que aquellas reencarnaciones sucesivas les garantizaría la vida eterna. Al menos la local. Mientras, arroyos y rio, con sus frías aguas multicolores, seguían balbuceando canciones que solamente los avispados pájaros conseguirían entender.

Anexo I: La biblioteca del concursante

FFF tenía una biblioteca inmensa. A los volúmenes de su madre había añadido los suyos. Menos mal que la casa era grande. Los libros invadían pasillos, sala de estar y dormitorios. FFF había habilitado una bodega — sótano, mitad aceite y vino y otra mitad cultura. En su opinión, cultura y alcohol maridaban bastante bien.

Para Francisco eran tan importantes los libros leídos como los comprados y no leídos. Según él, la luz y la sombra siempre acompañaron al paisaje; algo parecido a la vida y la muerte, la sabiduría y la ignorancia, lo blanco y lo negro.

Aleatoriamente citamos los “habitantes” de aquella biblioteca tan descomunal como nutrida.

-         Estantería de 64 volúmenes de pensamiento político.

-         37 volúmenes de la colección Personajes e Historia.

-         La novela histórica era una de sus debilidades. Había acumulado alrededor de 94 obras, tanto de autores españoles como de Europa y América del Sur.

-         Guardaba como oro en paño la colección completa de la revista “La buena ama de casa” donde se detallaban recetas de cocina, remedios caseros para la salud, bricolaje elemental, electrodomésticos y su buen uso, decoración, productos de limpieza, etc.

-         En francés –no recordaba como– tenía una fabulosa colección de cuentos infantiles.

-         Las agendas de regalo de bancos y empresas eran inagotables fuentes de información. Él las guardaba todas consciente de su potencial. Además las leía y tomaba notas.

-         La revista “Cuadernos de Literatura” era la joya de la corona. Eran unos cuadernos de tirada nacional que llevaba guardando los últimos 35 años. Interesantes por sus textos y, sobre todo, sus imágenes: un tesoro gráfico de primer nivel.

-         La enciclopedia de Historia Local no era gran cosa, pero algo aportaba por sus notas al pie, cuidadas e ilustrativas.

-         Enciclopedia Labor de la mujer y del Hogar. En ella abundaban numerosas e innovadoras recetas de cocina, aparte de lo tradicional español.

-         Libros de viajes tenía alrededor de 50 con descripciones de países, ciudades, geografía, etc.

-         De editorial Bruguera estaban los clásicos juveniles.

-         La literatura religiosa católica estaba muy presente por medio de encíclicas, biografías de los Papas, Museos Vaticanos, la Biblia, etc.

-         Los diccionarios eran parte importante de su biblioteca. Estaban colocados junto a los libros de viajes.

-         Caminos de España. El propio título ya lo indicaba. Más de setecientas páginas, con abundantes fotografías, informaban sobre famosos senderos que formaban una tupida red con múltiples indicadores sobre su importancia. Entre ellos destacaban el Camino de Santiago (Historia General de la Peregrinación, Regiones y Comarcas del Camino, Relatos de Peregrinos, Sobre la ciudad de Santiago y el Apóstol, etc.) y las Cañadas Reales.

-         Los Cómics estaban presentes por medio Astérix, Disney, Mortadelo y Filemón, TBOs. De singular interés era la super colección de comics de terror de ámbito europeo.

-         La enciclopedia “Los Continentes” la encontró en el Rastro con sus veinte tomos en uno de sus viajes a Madrid.

-         Un grueso Atlas del Planeta acompañaba a los 15 tomos de Geografía Universal.

-         La historia de la Música con la biografía de los más famosos compositores era otra de sus preferidas. Cada uno de sus 35 volúmenes adjuntaba un CD con las obras más conocidas de los autores incluidos.

-         Otro campo que cubría esta sensacional biblioteca era el de Deportes y Deportistas de ámbito universal: Olimpiadas, campeonatos mundiales, competiciones de todo tipo… era un área francamente amplia y difícil de recordar sus infinitas relaciones de fechas y de nombres.

-         Una colección de 20 tomos– síntesis sobre “Las guerras como eventos de transformación del mundo”-,en inglés, adornaba una espléndida vitrina con un papel que certificaba su valor y su identidad.

-         La información básica sobre pintura, escultura, arquitectura y cine la obtenía de la Enciclopedia Británica y de la Larousse.

-         Libros de poesía española del Siglo de Oro ocupaban un lugar destacado en una vitrina llena de álbumes de sellos.

-         La moda mundial estaba perfectamente representada por revistas europeas y americanas.

Al no disponer de más sitio, sacos de libros, periódicos y revistas formaban columnas de papel. El personal de la comarca sabía que Francisco no tiraría nada y se deshacían de aquello que consideraban “fuera de uso”.

 

 

 



[1] Resencio (también escrito recencio) es un regionalismo empleado en zonas como Extremadura, zonas del Norte de Córdoba y Salamanca para referirse al relente, al aire frío y húmedo de la noche o de la madrugada.