17 junio 2026

Para Alejandro: Reflexión que termina en respuesta

 

En octubre de 2019, el día tres, el diario Córdoba publicó un artículo de mi admirado paisano Alejandro López Andrada. Con medidas palabras y argumentos penetrantes, Alejandro debatía sobre la sutil[1] inutilidad de la poesía. Por la fuerza de sus palabras y las encriptadas imágenes que el autor va sembrando en sus masticados párrafos, confieso que partes del artículo me impresionaron. Aún hoy me tienen impactado. Después de casi siete años, tenía pendiente el análisis de ese texto, exploración que -poco a poco- se ha transformado en respuesta.

En su primer renglón afirmaba Alejandro que “no es posible escribir el silencio en una línea”. Enseguida pensé que dejar una de ellas en blanco era una bonita forma, pero me dije: ¡Sebastián, eso es no escribirlo! Entonces le pregunté a esa gran “Nube” que ya es la Tierra y me respondió: “El silencio es el espacio donde terminan las palabras y el alma empieza a escuchar”. Demasiado largo, le dije. ¡Has de abreviar! Entonces repensó y me dio a elegir:

(1)    Silencio: pausa sonora donde el alma descansa y halla su paz.

(2)   Silencio: ausencia de sonido que permite escuchar los pensamientos.

Anonadado, dejo ahí las respuestas de “la máquina”.

En la segunda mitad de aquel primer renglón, un intenso Alejandro manifestaba que tampoco es posible “esconder el olvido en mitad de una metáfora” ¡Joder!, exclamé para mí, Alejandro no lo pone fácil. Temeroso, ante una IA cada vez más aguda pude leer en mi pantalla: “El olvido es la nieve que cae en silencio sobre las brasas de la memoria, fundiéndose en un murmullo helado que apaga los nombres y las horas. Queda enterrado, sin frío y sin peso, exactamente en el centro de lo que una vez ardió”. La respuesta me dejó entre estupefacto y ojiplático. Quise insistir y pregunté: ¿Esa respuesta es humana o artificial? Junto a otras explicaciones, la IA me aseguró que era una respuesta de creación propia. Creo que nunca lo voy a saber del todo. Mis neuronas siguen albergando algunas dudas al respecto.

Alejandro insiste: “El mundo es una caperuza de dolor bajo la que no hay cobijo para la poesía”. Hay que reconocer que aquí, Alejandro, es bastante original en la forma; la frase es buena, pero el fondo es conocido. Basta con echar mano de la letra de “la Salve”, oración mariana tradicional de los católicos. Recordemos unas líneas “… a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas…”. Aunque su texto actual se consolidó en varias etapas —similar a la construcción de una catedral— parece que la letra original de la Salve fue escrita en latín a mediados del siglo XI. Aunque se duda, se le atribuye a Hermann de Reichenau (1013 -1054). Alejandro, aunque está bien que lo recuerdes, en este mundo no encuentra cobijo ni la poesía, ni los asesinados en las guerras, ni los hambrientos, ni muchedumbres de emigrantes, ni los pobres, ni muchos viejos, ni los explotados de la tierra, etc… y son multitud los honrados que hallan posada con incontables dificultades. Por suerte o por desgracia, lo del valle de lágrimas es algo tan primitivo como la humanidad. Es un misterio tradicional que va unido a la vida. Paradójicamente el valle de lágrimas es manantial de poesía, por eso nunca será expulsada de la Tierra. No hay fuerza suficiente para apagar su luz ni su magnetismo

             Alejandro, llevado por un enorme pesimismo que espero fuera temporal, llega a afirmar que “hemos llegado a un colapso universal. Y contra esto no puede la palabra ni el mensaje de un verso”. Desde mi rincón, Alejandro, voy a matizarte un poco: La palabra no es una solución mágica, pero las palabras y los versos ayudan a cambiar el mundo, aunque los hechos son más definitivos y habría que optar por ellos. “La poesía fue expulsada de los colegios, de los institutos y las universidades”. No es cierto del todo. Quizás no tenga el peso que tú desearías, pero en los colegios, en los institutos y en las universidades hay alma y al alma no se le puede hacer un expediente de expulsión. ¿Sabes, Alejandro? Lo mismo que las Ciencias o la Filosofía, la Poesía no es fácil de entender. Se necesita tiempo y reflexión. Los tiempos, dentro y fuera de las aulas, han cambiado; los pilares de la educación han evolucionado; las fuentes de información se han revolucionado… Diez años es una eternidad en el mundo de hoy… Los alumnos siguen teniendo la misma edad de siempre, pero nosotros hemos cumplido años y la distancia temporal aumentó. Entiendo que los poetas, los filósofos y los científicos tendrán que modificar un poco su lenguaje y sus métodos si quieren adentrarse en las aulas. También es cierto que en esta sociedad hay demasiado ruido —interferencias— y ese ambiente no ayuda a la reflexión, elemento vital para los “ya” veteranos. No voy a caer en aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” porque eso es cerrarle las puertas al futuro. Creo que los caminos están en buscar la positividad, la fisura, en medio de las circunstancias que a cada cual nos han tocado vivir.

¿Para qué escribir versos entonces en unos tiempos donde el amor es a diario secuestrado por la soberbia, el odio y la ignorancia? -sigues diciendo. Es fácil, porque sin la presencia del amor, el poder de la soberbia, del odio y de la ignorancia serían mucho más fuertes y harían mucho más daño.

Creo que el día, o días, en que escribiste este artículo —impecable desde el punto de vista lingüístico— no fue tu mejor día. Altibajos tenemos todos. Por eso no puedo aceptar que digas que las palabras de Svetlana Alexiévich, refiriéndose a la tragedia de Chernobyl, “son inútiles y estériles”. Tú sabes, estoy seguro de que lo sabes, que palabra inútil es la que no se dice cuándo se debe de decir. Las palabras de Svetlana despiertan conciencias y recuerdan la magnitud y persistencia de un enorme fracaso humano. “Del egoísmo de los gobernantes y de la indiferencia de aquellos que miran para otro lado -aparte de tener los ojos vendados”-, no te voy a hablar porque lo explicas a la perfección.

Alejandro presenta en Vva del Duque su
último poemario "La huella azul"

No sirve de nada, por tanto, hacer poesía en mitad de una sociedad egoísta y ruin, huérfana de empatía y de ternura”. ¡Ay, Alejandro! Cuando uno se pone las gafas negras y escribe en negro con tinta negra todo se ve de ese color. Se me ocurre pensar que el fallo pudiera estar en ti por arrojar —una y otra vez— margaritas a los cerdos. Si tu esmerado cultivo de margaritas pasa desapercibido o se las comen, sin más, sin apreciar su belleza, es su problema. Tu oficio es producirlas, no convencer. El convencimiento es un proceso interno y personal que cada cual tendrá que recorrer, o no. La literatura empática y tierna hidrata la piel quemada de un mundo herido por la violencia y el odio. Tú produces ese bálsamo, ese remedio con el que Apolo y sus nueve Musas te adornaron. ¡Déjalo estar ahí! Si el mundo está ciego y no quiere ver, no malgastes tu tiempo y tu energía y tampoco consientas que se apague tu luz. Si, Alejandro, los tiempos no son buenos: incendios, corrupción, guerras, cambio climático, violencia, enfrentamientos… Creo que debemos sumarnos a una idea que Antonio Banderas expresó la semana pasada ante el Papa León: “Si los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores, porque, como decía San Agustín, vosotros sois el tiempo”. Pienso que ser poeta hoy está ligado con la resiliencia.

             No estoy de acuerdo contigo en que un amanecer o una puesta de sol sean algo pequeño. Sí te acompaño cuando dices que estos prodigios naturales pueden reconciliarnos con la felicidad, porque la felicidad —como bien sabes— no es un estado, es solo instantes.

             Como oportunamente señalas: “Deja que tu alma salga y se diluya entre los árboles y senderos amenos con aromas de silencio y de amor; anúdate al vuelo que despliegan las ágiles torcaces trazando piruetas de seda entre los pinos”.  “Oye al Guadalquivir, a los patos y garcillas soñando los caminos de tu infancia y tu pueblo”. Esa poesía no escrita, resulta esplendorosa y delicada. Deja que tu alma vuele enriquecida y regrese como un boomerang. Tu interior, “cual odre abandonado, se llenará gozoso”.

             Si al volver a tu casa y sentarte ante el ordenador, de nuevo te inunda la incertidumbre de la inutilidad de la poesía, adéntrate de nuevo en aquel poema inacabado y escóndete del mundo y sus miserias.

             Si eres feliz desgranando versos, estos no serán nunca torpes ni ridículos y servirán para paliar el miedo, atravesar fronteras e iluminar la luz. Tus palabras nunca serán anémicas ni frágiles porque claman ternura, justicia, caridad y empatía, rebeldía, deseos de iluminar. Eso que llamas mundo, siempre será egoísta regido por las sombras. Por eso estas aquí. Por eso eres necesario. Sigue, porque una sociedad desértica de versos sería un Chernobyl cultural forrado de mediocridad. ¿Por qué serpentear si estamos preparados para recorrer los cielos?

 Nota: Adjunto el artículo completo de Alejandro por si fuera de interés para alguien.



[1] La inutilidad de la poesía es un tema sutil y profundo. Se considera sutil porque su aparente falta de utilidad práctica es, de hecho, su mayor virtud: no sirve para producir cosas materiales, pero es vital para el espíritu. Su valor radica en lo inmaterial, lo que la convierte en una necesidad humana.


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