03 junio 2026

Os & as — Plus

 

Las pasadas elecciones andaluzas me dejaron una fuerte resaca producida por el uso abusivo del controvertido os -as.

Comprendo la perentoria y eterna necesidad que tienen nuestros ¿líderes? políticos de intercambiar voces por votos, pero al escuchar algunos usos del lenguaje me rechinan las neuronas más profundas y algunas hasta pretenden escapar de mi cerebro. Supongo que no escapan por el blindaje que nos proporciona el cráneo. Además, su huida provocaría trastornos mucho más graves que el chirrido. Por fortuna, a lo largo de millares de años, el cuerpo humano ha generado soberbias defensas que ahora disfrutamos.

No voy de pureta de la lengua. Tampoco de académico y mucho menos de “esconder la presencia femenina”. Siendo muy niño —allá por los 60— aprendí que la mujer podía ser igual, e incluso superior al hombre, a pesar de estar supeditada a él política, social y administrativamente: en casa, durante bastante tiempo, la mensualidad de mi madre fue superior a la de mi padre. Por otra parte, mi madre tenía carrera y mi padre obtuvo el certificado de estudios primarios a los 60 años. Tengo que reconocer que esas diferencias no eran lo más común, pero me ayudaron a comprender. También asumí que las circunstancias de sus adolescencias fueron muy diferentes.

        Los maestros que tuve me enseñaron que los hablantes tendemos a transmitir la máxima información posible invirtiendo el menor esfuerzo físico y cognitivo. El principio de “la economía del lenguaje”, acuñado por el lingüista André Martinet, no significa pereza ni desigualdad, sino eficiencia. De ahí nacen las abreviaturas y las siglas, la elipsis, la simplificación fonética y la ley de Zipf. Las lenguas están en constante evolución, están vivas y tienden a la concisión y a la síntesis. Ahí está el inglés. Además ya lo decía Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

        Quizás por todo eso — y sin duda por mi formación— escuchar a lo largo de las semanas de campaña de las elecciones andaluzas ciudadanos y ciudadanas, apoderados y apoderadas, amigos y amigas, ellos y ellas, voluntarios y voluntarias, nosotros y nosotras, compañeros y compañeras, candidatos y candidatas, convencidos y convencidas, interventores e interventoras, andaluces y andaluzas, diputados y diputadas, etc… además de los infinitos gentilicios en masculino y femenino, me ha producido cierta indigestión.

        Cuando ya me estaba recuperando, el 22 llegó la feria de Córdoba y una nueva retahíla de os—as me taponó los oídos. Así, camareros y camareras, cocineros y cocineras, caseteros y caseteras, cantaores y cantaoras, flamencos y flamencas, encargados y encargadas, limpiadores y limpiadoras, técnicos y técnicas, concejales y concejalas, alcaldes y alcaldesas, vecinos y vecinas, cordobeses y cordobesas, socios y socias, bomberos y bomberas, … Aún no he escuchado votantes y votantas, vigilantes y vigilantas, taxistas y taxistos, cantantes y cantantas, municipales y municipalas, … pero todo es cuestión de tiempo.

Quiero advertir que no me parece mal, pero personalmente, estoy más de acuerdo con la norma de la RAE, esa que dice que algunos masculinos incluyen a los dos sexos y a los no sé cuántos géneros, simplemente por eficiencia. Hace ya muchos años opté por la igualdad y no creo demasiado en el lenguaje “políticamente correcto” y más después de descubrir que, determinadas esferas a las que se les llena la boca hablando de igualdad, utilizan la figura de la mujer y sus circunstancias para intentar conseguir sus objetivos y colmar sus ambiciones de poder. Que algunos partidos hayan tapado —o intentado ocultar o difuminar— las bochornosas y machistas actuaciones de destacados afiliados es una vergüenza.

El artículo 14 de la Constitución es muy claro: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Obras son amores y no buenas razones. Menos palabrería favorece la comprensión y ahora espacio y tiempo. Menos eslóganes y más hechos ligados a la vida cotidiana ayudan a avanzar mejor, creo yo.




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