Esclavo. Miguel Ángel (1520-1530) Galeria de la Academia (Florencia) Foto Sbtn Muriel, 2017. |
El bloque de mármol, casi paralepipédico, estaba allí, erguido y vertical, poderoso y retante. Ocupaba el centro de una amplia nave con claraboya y tres enormes ventanales. La luz, incluso en días nublados, era la reina. Dos bustos de políticos, ya muertos, y otro de un sacerdote, terminados, miraban al vacío, expectantes y pacientes. En actitud de espera esperaban que algo ocurriera. Mientras tanto cinceles, gradinas, martillos, punteros y mazos aguardaban su oportunidad en una tabla de herramientas colgada de la pared. Las siluetas sin cubrir de varios utensilios, unidas a trozos de mármol diseminados por el suelo, delataban a un escultor algo amante del caos. No se oía nada. Una fina capa de polvo blanquecino cubría papeles y el cristal de una mesa desvencijada por el tiempo. El sillón, con un viejo cojín rojo, algo hundido, marcaba el contorno que una persona con cierto peso deja cuando se sienta. El contorno marcado por la ausencia de polvo era la prueba infalible de su reciente uso. Sin duda aquel perímetro sería la firma de las posaderas del inquilino de aquel templo taller.
La
roca era de un blanco cal inmaculado, roto ligeramente por alguna veta gris
difuminada. Con sus tres metros de altura, el taller recordaba a una plaza
famosa con obelisco a escala, aunque sus naturales caras, sin tallar, evocaban
más a un menhir que al fálico colosal monumento egipcio.
De
repente la puerta deja ver al escultor que entra en ese escenario como llegando
tarde. Una andrajosa bata, con más años que él, está en la percha. Es su
uniforme. Se lo coloca. Coge alguna herramienta y los sonidos del silencio se
transforman en golpes de martillo. La piedra se resiste pero conoce lo inútil
de su esfuerzo. Algunos cascotes resuenan al caer al suelo. Con afán y maestría
el virtuoso sigue operando a un mármol bajo control, cual diestro cirujano de
la piedra. Al cabo de un rato se aleja de la roca, observa escudriñando sus
cerros y sus valles. Aspira con hondura y vuelve al tajo. Una cabeza se
vislumbra en la mole. Cambia de lado y de herramientas. Las estatuas vecinas
asisten atónitas y mudas al espectáculo: una persona nace de una piedra. El
artista, el picapedrero, es el partero. Aparece una pierna. Los golpes siguen
construyendo una especie de tema musical. No todos suenan con el mismo timbre.
También se modifica el ritmo del golpeo. No hay rutina. Dos brazos levantados
se adivinan saliendo de un hipotético tronco aún oculto. La roca parece dar a
luz por sus cuatro costados. Al mismo tiempo la persona, el esclavo, parece prisionero de la piedra. Es la creación.
Valga
el texto anterior como metáfora para que aflore mi formación científica. La
Ciencia va esculpiendo sus verdades a través de los siglos. Es trabajo de
equipo, no de uno solo. Desde que Galileo desterró el modelo geocéntrico hasta
aceptar que existen agujeros negros en el centro de algunas galaxias han pasado
centenares de años y centenares de científicos. Así son las cosas. Encontrar
una verdad científica cuesta tiempo, dinero, esfuerzo e imaginación y una
legión de mentes pensantes: investigadoras e investigadores, generalmente
incansables, rigurosos y minuciosos. A modo de cincel y de martillo, la
experiencia golpea el intelecto de los más preparados y la incertidumbre va
dejando paso a las certezas alumbrando una verdad que, casi nunca, lo es del
todo. Una verdad imperfecta similar a una estatua inacabada, pero ambas son
verdad y estatua. La diferencia estriba en que la Ciencia sigue avanzando,
mejora, con la contribución de los que van llegando: su verdad es cada vez más
cierta, más profunda. La estatua, ausente su creador, no muta. La dictadura del
tiempo y la intemperie dictarán su final.
El
conocimiento científico es semejante a una muñeca rusa con casi infinitas
muñecas dentro. Abres una puerta y te tropiezas con varias. Seguramente ninguna
tendrá la cerradura de sus compañeras. Los equipos de especialistas, ellas y
ellos, tendrán que diseñar las llaves y crearlas si quieren seguir en el juego
de abrir. Lo dicho: El conocimiento científico me recuerda mucho a una estatua
eternamente inacabada. Quizás sea conveniente aclarar que en el caso de Miguel Ángel, debido a la genialidad del maestros, sus "Esclavos" estaban acabados perfectamente.
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