“La
imaginación es hija de la realidad”
Para
Aurora y Manuel
Ángela
y Ángel vivían en el piso tercero, segunda, escalera izquierda, del número diez
de la Avenida de la Relajación. El bloque tenía cinco plantas y dos escaleras
que, a cuatro pisos por planta, totalizaban cuarenta viviendas. Un portero
automático controlaba la puerta que, en caso de avería, podía funcionar con
llave. El lento ascensor, forrado de espejos, daba la sensación de mayor
amplitud. La casa que llevaba su mantenimiento había colocado una pequeña
pantalla en su interior —tipo Tablet— que informaba sobre el estado del tiempo
y alguna noticia local, siempre con el logo de la firma en su esquina inferior
derecha. El objetivo de aquella ventanita era entretener a los usuarios y
disminuir la sensación de claustrofobia, sobre todo en caso de que alguien se
quedara encerrado contra su voluntad.
El
barrio era propicio para la clase media. El parque separaba la gran avenida,
bordeada de palmeras, de la vía de servicio, útil para repartidores y
aparcamiento de los vecinos. La zona destinada a juegos infantiles en el parque
se situaba casi a la entrada del número diez, lo cual facilitaba la celebración
de cumpleaños y similares al aire libre en sus proximidades.
El
ambiente de aquella comunidad era gran tranquilidad. Los vecinos —con alguna
excepción— respetaban las horas de sueño, la limpieza de la entrada, ascensores
y escaleras, y los saludos afables formaban parte de la tónica general. Se
podría decir que la gente vivía y dejaba vivir, dentro de las simpatías y
antipatías lógicas que en toda comunidad conviven.
Con
el paso del tiempo, los vecinos se enteraron de que un famoso cardiólogo, dueño
del quinto, cuarta, en la escalera izquierda, con vistas al parque, se había
trasladado a un antiguo palacio rehabilitado situado en el casco antiguo. En
general, sintieron que una eminencia de tal categoría abandonara el bloque,
pero aquel prestigioso doctor tenía el dinero y las ganas suficientes para
disfrutar de una preciosa vivienda con patio interior y una adecuada piscina
construida en el antiguo corral. Del piso se llevó algunos valiosos muebles
procedentes de la herencia de sus padres, los cuales sustituyó por material
estándar hecho de madera de pino bajo la marca de AKIE, multinacional global con
patente de un país nórdico. Su intención era alquilar.
El
doctor, antes de irse, dejó claro al presidente del bloque que había estado muy
a gusto en aquella comunidad y que si hubiera algún problema con los posibles
inquilinos, podían contar con él para solucionarlo. Igualmente, estaba
dispuesto a seguir ayudando a los siete vecinos que necesitaban de sus
servicios en el hospital, así como para todos aquellos que en un futuro pudieran
necesitarlo.
El
piso dejado por el doctor se dio de alta en una inmobiliaria y al cabo de unas
semanas se alquiló legalmente a un señor que se presentó en la comunidad como representante
de productos agrícolas: se pasaba la vida visitando a los clientes para
asegurar sus ventas. El señor dejó al presidente una dirección de correo
electrónico como único cauce de comunicación. Se disculpó por no dejarle su
número de teléfono alegando que siempre estaba ocupado con cuestiones de
trabajo y que no podría atenderlo. El correo electrónico lo revisaba todas las
noches al finalizar su jornada laboral que a veces se prolongaba hasta después
de la cena.
El
presidente —que ya llevaba varios mandatos sobre sus espaldas— se preguntó para
qué querría aquel hombre un piso alquilado si se pasaba la vida viajando y
durmiendo fuera, pero como no era tema de su incumbencia, no dijo nada. Allá
cada cual, se dijo para su interior.
Ciertamente,
cada uno se gasta el dinero en lo que le apetece o en lo que necesita y nadie
conoce las necesidades de un desconocido. Así que dejó pasar el asunto sin
darle mayor importancia.
—
Agua que no has de beber, déjala correr
— dice la sabiduría popular.
No
habían pasado dos meses cuando apareció por el bloque una señora de muy buen
ver. Iba muy bien vestida, aunque informal, con ropa muy ajustada. Su pelo
estaba muy arreglado, perfectamente maquillada y, más que andar, daba la
sensación de desfilar como modelo con mucha clase. Era una persona que llamaba
la atención. Resultaba imposible que pasara desapercibida. A su buen tipo y
hechuras añadía unas oscuras y permanentes gafas de sol. Lucía joyas sencillas —que
parecían buenas por el brillo que reflejaban— en cuello, lóbulos y muñecas. El
bolso, no demasiado grande, formaba parte de su atuendo, siempre conjuntado con
la ropa, indumentaria que cambiaba varias veces al día. Afirmaba, como
principio vital, que cambiarse de ropa estimula el ánimo, enriquece la
personalidad, favorece tu imagen ante la gente y te hace conectar con personas
muy diferentes. Su fondo de armario era amplio y variado. Allí podías encontrar
desde ropa muy cara de famosas boutiques a sencillos conjuntos comprados en
mercadillos. Disponía de un enorme armario solo para zapatos y bolsos.
La
mujer no daba un ruido en el bloque. Era atenta y agradable. Saludaba siempre
con agrado a todo el mundo, aunque era bastante parca en palabras y no mantenía
conversaciones con nadie. Un día el presidente la asaltó y se ofreció para
solventar cualquier problema. Ella, reservada, le dijo que ese tema no era de
su incumbencia, que para cualquier asunto del piso o relacionado con la
comunidad tenía que dirigirse a Salvador, el viajante que lo había alquilado.
—Ya
—dijo Vicente, el presidente, pero ese hombre no viene por aquí, es difícil de
localizar y llevo mucho tiempo sin verlo.
—
Como comprenderá, ese no es mi problema.
El alquiler del piso está a nombre de Salvador y él es el responsable. Como le
he dicho, ahí yo no tengo nada que ver.
—
Pero usted vive aquí, utiliza el piso,
entra y sale… algo de responsabilidad tendrá —insistió el presidente.
—
Le aclaro: la relación y los acuerdos
que tengamos Salvador y yo no son cosa suya ni de la comunidad, y desde luego
yo no se los voy a explicar. No molestamos y se paga con puntualidad. Yo soy
una vecina más. Le agradezco su interés por ayudarme, pero para cualquier tema
de “la casa”, debe contactar por escrito con Salvador a través del email. Me
consta que lo revisa todas las noches. Enterarse, se entera. Le responderá lo
que considere oportuno y cuando lo estime conveniente. Ahora, si me disculpa,
tengo cosas que hacer.
El presidente se quedó mosqueado por la
excesiva distancia que marcaba aquella mujer, pero tampoco había ningún
problema. Al menos concluyó que aquella mujer no quería ningún tipo de
interferencias en su vida. Vivía allí y punto.
***
Una
mañana, no eran más de las doce, el presidente recibió la visita de Ángela, la
vecina del tercero segunda.
—
Tengo que hablar con usted —le dijo. Es
un tema muy serio.
—
Usted dirá —respondió el presidente.
—
Iré al grano directamente —advirtió la
mujer. Verá, en el bloque están pasando “cosas raras” y entiendo que no nos
benefician como comunidad. La vecina, esa señora tan fina, llamativa y elegante,
da masajes a hombres en su casa.
—
¿Y? —observó el presidente.
—
Ha puesto un cartel en su puerta que
dice: “Brigitte: Masajes de colores” y además se ha publicitado en Tontagram.
También ha colocado lo de los masajes en su buzón de la entrada.
—
Mire doña Ángela, algunos vecinos tienen
puesto su nombre en la puerta, en una plaquita. Es normal. Si uno quiere
indicar la puerta donde vive, es su problema. Respecto a lo de Tontagram, ¿qué
quiere que le diga? Si existe algún conflicto será responsabilidad de Tontagram.
Y en cuanto a los buzones, puede comprobar que en los letreritos hay vecinos
que han puesto “abogado”, “clases particulares de inglés” o “se cuida a mayores
por horas”. Hasta hoy, nadie se ha quejado de nada y los rótulos llevan puestos
varios años. A mi parecer, añadir lo de los masajes no implica ningún daño para
la comunidad.
—
Usted tiene unas tragaderas muy grandes.
—¿Es normal que la comunidad sea invadida por hombres desconocidos todos los
días, a todas horas? — alegó la vecina.
—
Lo de desconocidos lo será para usted;
igual no lo son tanto para Brigitte. Cuando usted recibe a un familiar o a un
amigo en su casa, son desconocidos para el resto de la vecindad.
—
No se salga usted por la tangente.
Además, lo de los masajes es muy ambiguo. ¿Cómo sabe usted que son masajes y no
se trata de algo mucho más íntimo?
—
¿Tiene usted pruebas de algo diferente? —apremió
el presidente un poco harto.
—
La prueba contundente es que en la acera
de enfrente siempre hay hombres que miran hacia el quinto piso y están
esperando su turno — respondió la vecina con muestras de rabia y cierta
desesperación.
—
Mire Francisca, lo que ocurra en la
acera de enfrente nos trae sin cuidado. Es vía pública y, como tal, es
competencia de la policía. Si usted tiene pruebas de algo ilícito en la acera
de enfrente, presente una denuncia en un juzgado. La comunidad ahí no puede
intervenir. La calle no es asunto nuestro.
Ángela
Francisca no se daba por vencida y argumentó que ella había cumplido con su
misión como buena vecina, que si pasaba algo, ella no tendría ninguna
responsabilidad, y terminó diciendo que la comunidad debería contratar un
detective privado para averiguar realmente lo que estaba ocurriendo. Para
presionar más, le refirió al presidente los graves perjuicios que esta
situación podría generar en los niños del bloque y remató:
—
Usted es el presidente y sobre usted
recae toda la responsabilidad de esta más que dudosa situación.
El
presidente dio por zanjado el tema manifestando que la educación de los niños
es responsabilidad de los padres y que si no se tenían pruebas de actividades
ilegales en el bloque, no se podía hacer nada.
***
En
su interior, el presidente Vicente quedó tocado y algo preocupado. No podía
darle la razón a doña Ángela, pero… Algo alarmado por la frecuente presencia de
grupitos de hombres esperando en la acera de enfrente, se puso en contacto con
don Andrés, el cardiólogo, y le explicó la situación. El médico le respondió
que ser masajista es una profesión como otra cualquiera, que Brigitte no hacía
nada indebido, que desconocía la situación y que contactara con Salvador,
inquilino oficial firmante del contrato.
—
Ya, pero ese continuo ir y venir de solo
hombres es algo mosqueante, ¿no le parece?
—
Comprenda que yo no puedo hacer nada…
pagan puntualmente y no hay pruebas de que se esté cometiendo delito —alegó el médico
dando por terminada la conversación.
Ante
la situación, Vicente envió un email a Salvador. No le contó nada de masajes ni
le habló de Brigitte. Solo le dijo que, lo llamara por teléfono, que tenía que
consultarle un tema de la comunidad con urgencia. Un tema que le afectaba de
lleno a él.
Al
mismo tiempo, fue a buscar a un amigo que trabajaba en la Agencia Tributaria y
le pidió por favor que buscara si Brigitte estaba dada de alta como autónoma.
El amigo le puso muchas dificultades a causa de la protección de datos y la
confidencialidad, pero accedió a darle lo mínimo bajo la promesa de Vicente de
que utilizaría esa información solo en el ámbito interno de la comunidad. Al
funcionario le costó cierto trabajo encontrar a Brigitte, pues no sabían ni
apellidos ni el DNI, pero al final halló lo que buscaba utilizando el domicilio.
En efecto, la empresa “Masajes de colores” figuraba en Hacienda y Brigitte —no
le facilitó los apellidos— cotizaba como autónoma en la Tesorería General de la
Seguridad Social.
Esa
información le resultó a Vicente de mucha utilidad para transmitirla al
preocupado vecindario, pero no lo tranquilizó del todo. Brigitte estaba
controlada por Hacienda, pero eso no iba a disminuir la cola de hombres que
entraban y salían del bloque. Pensó que esa oficialidad le daba a la masajista
mayor seguridad en sus quehaceres, fueran los que fueran.
Esa
misma noche se encontró con la respuesta de Salvador en el correo electrónico:
“Dígame
por aquí de qué trata ese asunto tan urgente de la comunidad. No lo llamaré por
teléfono. Si es tan urgente, debe ser importante y, de ser así, prefiero que
conste por escrito. Acláreme, por favor, en qué me afecta. Muchas gracias.
Saludos. Slvdr.”
***
Vicente
no dejaba de pensar en cómo resolver aquel asunto y sobre todo quería conocer
información de primera mano de lo que ocurría dentro del piso de Brigitte. Así
que le dio salida a una idea que le venía martilleando la mitad de sus
neuronas.
Habló
con un vecino soltero. Le explicó el caso y le solicitó total prudencia.
Vicente estaba dispuesto a pagar de su bolsillo el masaje o lo que fuera. Le advirtió
que podía ser masaje u otra cosa. El vecino estuvo dispuesto a correr la
experiencia, pero le aclaró a Vicente que todo lo hacía por amor a la
comunidad. Ser objeto de un masaje o de un episodio sexual era para él un acto
de servicio. El “presi” le deseó mucha suerte y le pidió que mentalmente
anotara todos los detalles que pudiera sobre el interior del piso: muebles,
cortinas, luces, adornos, alfombras, fotografías,etc.
A
los tres días, el joven espía del experimento fue a visitar a Vicente a su
casa.
—
Veo que las cosas han ido rápido —le
dijo.
—
Pues sí —respondió el atrevido joven.
Todo ha ido muy bien. Le cuento:
—
Tal como quedamos, pedí cita previa por
email con nombre figurado. También me he hecho una dirección de correo que
anularé en pocos días. No quiero dejar rastro, aunque, como ahora podrá
comprobar, va a resultar difícil. La respuesta me llegó en menos de
veinticuatro horas. Así que ayer por la tarde tuve el encuentro.
Y
el joven prosiguió:
—
Nada más entrar, me pidió que me
descalzara, aludiendo a que las impurezas de los zapatos deben quedarse en la
entrada. A continuación, me solicitó que me pusiera un antifaz, pero antes pude
ver colgados en la pared los títulos de fisioterapeuta y quiromasajista. Brigitte
me dijo que no temiera nada, que así el masaje sería mucho más eficaz. Solo pude
ver la entradita. De su mano entré en la habitación del masaje, en la que pude tocar
una silla y la camilla. El ambiente de aquella habitación era cálido; supongo
que habría algún tipo de estufa. Una música relajante y suave inundaba el aire
y penetraba en tu interior. El aroma a sándalo y a incienso elevaba tu
espíritu. En un par de minutos el ambiente había cambiado por completo.
Brigitte
me aclaró que debería quedarme en ropa interior y calcetines.
—
Los pies son una de las partes del
cuerpo que siempre hay que proteger, ya sea de los suelos, de la suciedad o del
frío. Cuando te quites la ropa, ahí tienes una bata limpia para cubrirte.
—
En ese momento sentí un poco de
vergüenza. Me noté extraño. No ver nada y estar en ropa interior con una
desconocida me hizo sentirme vulnerable. Seguí adelante. Pensé que nada malo me
podía pasar. El ambiente conducía a dejarse llevar. Me tendí en la camilla boca
abajo con la cabeza apoyada en una especie de aro por donde sacaba la nariz
para poder respirar. Ambos brazos los situé a lo largo del cuerpo. A la altura
de las espinillas, Brigitte colocó un rodillo, no muy alto.
—
Si sientes cualquier incomodidad, me
avisas y cambiamos un poco de postura —me indicó.
—
Entonces me bajó la bata hasta la
cintura y sus manos empezaron a recorrer mi espalda con mucha suavidad.
Reconozco que los escalofríos exploraron todo mi cuerpo. Su contacto no era
sexual, era otra cosa. Sus manos templadas, untadas con una especie de aceite
aromático, subían y bajaban por hombros, cuello y espalda, hasta los glúteos. Sentí
una profunda sensación de bienestar. Luego masajeó brazos y manos. Terminados
estos, subió la bata para que no me enfriara y continuó con el masaje por las
piernas y los pies. Más en estos últimos. El masaje en los pies me dolió y me
quejé un poco. Brigitte me contó que en la planta de los pies se refleja todo
el cuerpo. Era un masaje muy beneficioso. Al poco rato me pidió que me diera la
vuelta y dedicó toda su sabiduría al cuello y a la cara. Prácticamente estuvo
en silencio todo el rato. Cuando me dijo que el masaje había terminado, yo
estaba en el quinto cielo.
El
vecino espía continuó:
—
Al momento me preguntó si quería algo
especial. Que duraría media hora más. La llamó la media hora mágica del
superrelax, pero no me explicó en lo que consistía. Me aclaró que ese tiempo
extra me costaría 100 euros. Le dije que no, que me había dejado muy bien. La
realidad es que sentí un poco de pánico e inseguridad. Así que me vestí. Ya en
el vestíbulo, me quité el antifaz, pagué y me fui. Al salir, Brigitte me dijo:
-
Como eres vecino del bloque, solo te he
cobrado la mitad. Hoy por ti, mañana por mí, o como decía mi abuela: “Una mano
lava la otra”.
—
¡Ah! —le contesté sorprendido—, ¿pero
usted me conoce?
—
No sé cómo te llamas ni en qué piso
vives, pero soy observadora y te identifico como vecino. No tiene ninguna
importancia. Que tengas un buen día.
—
Pues muchas gracias. La verdad es que da
usted unos masajes divinos —le manifesté. Buen día también para usted.
Y
eso fue todo lo que ocurrió, dijo para terminar el osado jovenzuelo.
—
Nada de lo que me has contado nos
permite actuar contra esta mujer —dijo Vicente, que le escuchó con los cinco
sentidos del alma y del cuerpo. Y dime, continuó, ¿En algún momento notaste
algo raro? ¿Se te insinuó de alguna forma?
—
Nada de nada, don Vicente. La única
incógnita que nos queda es averiguar en que consiste esa media hora mágica de
superrelajación.
***
Vicente regresó a su casa. El asunto de
la señora y sus masajes estaba llegando a la obsesión. Al abrir, la puerta
tropezó con un papel que estaba en el suelo. Lo cogió. Se trataba de una
petición firmada por veinte personas, entre vecinos y vecinas: querían que se
hiciera una reunión extraordinaria para tratar la cuestión de los masajes.
Vicente no era partidario. No había pruebas de nada y el tema corría el peligro
de dividir a la comunidad, generar problemas e irse de las manos. No tuvo más
remedio que convocar asamblea extra de la comunidad. Eso sí, con punto único,
sin ruegos ni preguntas.
Vicente, antes de celebrar la reunión,
decidió asesorarse en un gabinete sociolaboral, así que pidió cita y le contó
al director toda la historia. El hombre fue tomando notas. También pidió
permiso para hacer una grabación. Antes de despedirse, le pidió a Vicente su
número de teléfono y dirección de email. Le enviaría un informe por escrito
para que pudiera leerlo a los vecinos. Añadiría la factura con la cuenta del
banco para que hiciera una transferencia. Al cabo de un par de días, Vicente
recibió un exhaustivo informe. Tras el protocolo inicial de rigor, venía a
decir que en España es posible abrir una sala de masajes en un piso de un bloque, pero requiere
cumplir con una serie de estrictos requisitos legales y administrativos. Aunque
la ley de Propiedad Horizontal permitía a Brigitte trabajar desde casa,
convertir una vivienda en un negocio abierto al público la obligaría a cumplir
ciertas limitaciones urbanísticas y comunitarias.
A partir de
aquí el informe detallaba los pasos y factores clave que la comunidad debería tener
en cuenta por si acordaban iniciar denuncia o similar:
1. Estatutos de la comunidad de
propietarios
- Revisar los estatutos: Hay que comprobar si los estatutos de la
comunidad prohíben expresamente el ejercicio de actividades comerciales o
profesionales en los pisos.
- Uso del piso: Si los estatutos no dicen nada,
generalmente se permite el "home office" o actividades
profesionales reducidas que no generen molestias (ruidos, suciedad en
zonas comunes, excesivo tránsito de personas, etc). Si ocurriera alguna de
estas incidencias, la comunidad podría demandar el cese de la actividad.
- Consentimiento: Si la actividad implica trasiego constante
de clientes, como es su caso, se recomienda solicitar el consentimiento de
la comunidad de vecinos para evitar conflictos legales.
2. Licencia de apertura y uso
de suelo
- Uso de suelo: Se debe verificar en el Ayuntamiento si el
piso es apto para el uso del servicio de masajes. De no ser así, se
necesitará un cambio de uso.
- Licencia de apertura: La actividad deberá solicitar
licencia de apertura para sala de masajes. En muchos casos, se puede hacer
mediante declaración responsable, un trámite más ágil, pero que
requiere cumplir con todas las normas municipales.
3. Requisitos para el ejercicio
de la actividad
- Alta en Hacienda: Debe estar de alta en el IAE (Impuesto
sobre Actividades Económicas).
- Seguridad Social: Alta en el RETA (Régimen Especial de
Trabajadores Autónomos).
- Formación: Para masajes relajantes o quiromasaje no se requiere ser
fisioterapeuta, pero sí contar con preparación y titulación adecuada en
técnicas de masajes.
- Higiene y cabina: La sala destinada a masajes debe cumplir
normas higiénico-sanitarias y tener una superficie mínima de 10-12 m².
4. Consideraciones Importantes
- IVA: A diferencia de la fisioterapia (que está exenta), los servicios de
masajes estéticos o relajantes suelen llevar el 21% de IVA.
Con la
información que había recabado, Vicente convocó la solicitada reunión e informó
a los vecinos. No había contado con la presencia de Brigitte, que, debidamente
autorizada por Salvador como titular del alquiler, asistió a la misma con el
consiguiente morbo de todos y de todas. Al mismo tiempo, su presencia moduló
las intervenciones del personal, provocando que algunos no hablaran y los que
lo hicieron, utilizaron un lenguaje moderado y cuidadoso.
Desde su punto
de vista, Vicente explicó la situación y se centró en dos puntos principales:
que la comunidad no tenía que soportar molestias causadas por ningún vecino y,
por otro lado, que Brigitte, como vecina, tenía unos derechos y unas
obligaciones.
—
Si las cosas están en regla y
todos cumplimos la ley, nadie tiene que salir perjudicado —fue su remate final.
Con
expectación, todos esperaban la intervención de Brigitte, que fue quien habló a
continuación.
—
Iré al grano. Mi trabajo me da
de comer y cubre mis necesidades, así que voy a luchar lo que haga falta por
mantenerlo. Cumplo todos los requisitos legales y no temo a denuncia alguna. Si
ustedes quieren que nos veamos en un juzgado, adelante. Es su derecho. No tengo
nada más que decir.
Ángel,
inducido por Ángela, intervino para decir:
-
Creo que no ha valorado usted
bien lo del trasiego de personas en el interior de la comunidad: ensucian,
tocan al porterillo, cogen los ascensores… Algunos hasta fuman en el ascensor.
Brigitte
respondió con toda la tranquilidad de la que fue capaz:
-
Lo del trasiego de clientes es
cierto. No lo voy a negar, pero tendrán que admitir que no es constante… Además,
la ley no habla de cuántas personas se consideran trasiego. ¿Cuatro? ¿Siete?
¿Catorce? Hay días que trabajo a domicilio, es decir, el número de clientes es
muy variable y existen jornadas que no quedo con nadie. Si pretenden
denunciarme, tendrán que contabilizar el número de personas que me visitan cada
fecha concreta. Respecto a la suciedad o al olor a tabaco, no voy a entrar,
pues hay vecinos que también fuman y niños que ensucian.
Ángela tenía
ganas de inmiscuirse en la conversación, así que tomó la palabra para decir que
en el mundo hay mujeres y hombres. Preguntó a Brigitte que por qué solo admitía
a hombres. Comprenderá que no es detalle menor, afirmó.
Brigitte, muy
segura de sí misma, le respondió que nadie podría marcarle el sexo de sus
clientes. Ella eligió y le iba bien. “Hay mucho hombre solo y estresado. Me
gusta el carácter de los hombres. Algunos no dejan de hablar todo el rato.
Tengo la sensación de que son muchas las esposas que no escuchan. Yo hablo
poco. Les voy a contar un secreto: Hay meses que gano más de propinas que de
los ingresos propios del trabajo, así que espabílense y escuchen a sus parejas.
Todo les irá mejor. Y cuando digo todo, ya saben, me refiero a todo”.
Ángela se sintió
humillada y contestó con la intención de hacer daño:
—
Si le dejan a usted propinas
tan sabrosas será porque hace usted algún trabajito fino. Nadie regala treinta
o cuarenta euros por no hacer nada.
—
Mi trabajo es honrado y legal. Doy
a muchos maridos lo que su pareja no es capaz de dar. Mis fundamentos son
escuchar al espíritu y masajear el cuerpo. Es todo, rubricó Briggite.
Ante tanta
dificultad para denunciar a Brigitte, la comunidad acordó colocar cámaras de
televisión en sitios estratégicos. Pensaron que tres meses de grabación, era lo
que acumulaba la memoria del equipo, disuadirían a todos aquellos hombres
estresados que buscaban apoyo y consuelo en los masajes y en la compañía de
Brigitte.
Vicente
consideró que el tema estaba ya suficientemente tratado, así que dio un último
turno de palabra y levantó la sesión. Al día siguiente, por la tarde, estaban
puestas las cámaras de televisión.
Aquellos aparatos
grabaron a carteros y buzoneros, repartidores de paquetes y pizzas a domicilio,
amores de adolescentes, vecinos y vecinas con sus compras y sus rutinas y
personas que entraban encapuchadas; unos con gorra, algunos con sombrero o con
bufandas y, casi todos, con gafas de sol. Los más asiduos volvieron al remedio
barato de la mascarilla y se ocultaron detrás de eficaces pelucas. El trasiego
de clientes no disminuyó. Solo cambiaron de indumentaria. Lo de las cámaras
tuvo de bueno que se podía saber la hora de llegada y la de salida; también el
número de clientes: Al ir camuflados, el recuento era muy sencillo, pero tenía
el inconveniente de que solo se visualizaría su contenido por orden judicial o en
causas relacionadas con la policía. El acceso a las grabaciones estaba
restringido para cualquier miembro de la comunidad, incluyendo a la junta
directiva y al presidente. En resumen, colocar cámaras fue una magnífica
inversión para aumentar la seguridad del bloque, pero para el asunto de los
masajes no supuso ningún adelanto. El negocio de Brigitte no vino a menos.
Un día, con la
intención de molestar, Ángel y Ángela llamaron a la policía municipal. Le
contaron que un grupo de hombres paseaba por la acera de enfrente del número 10
de la Avenida de la Relajación y que parecía que estaban vigilando el bloque.
La policía preguntó si molestaban o interrumpían la vía pública. Ángel y Ángela
manifestaron que poco, solo cuando se paraban.
Al rato vieron
llegar a una pareja de municipales. Detuvieron el coche y observaron la acera.
Los tres o cuatro allí reunidos siguieron con sus conversaciones y su paseo. El
par de agentes, al no detectar nada anormal, decidió seguir su camino. Ni
siquiera se bajaron del vehículo. Ángel y Ángela observaron la escena y al
unísono dijeron:
-
¡Tiene narices! ¡Pagar
impuestos para esto!
Un día, al
entrar en el bloque, Brigitte vio que habían colocado una pancarta en el
vestíbulo. En una sábana alguien había escrito:
“STOP a la
prostitución encubierta por masajes en este bloque”. “¡Brigitte, fuera!”.
Tranquilamente,
Brigitte echó una foto a aquel cartel y fue directa a la casa del presidente.
Le enseñó la fotografía y le invitó a quitar aquel insulto de allí, bajo la
amenaza de denunciar a la comunidad por daños y perjuicios.
¡Le doy cinco
minutos! Primero, que yo no ejerzo la prostitución y, segundo, si la ejerciera,
ustedes no tienen ninguna prueba que lo demuestre. Así que aténganse a las
consecuencias. ¿Tanto trabajo les cuesta aceptar que detrás de los masajes no
hay nada más?
Vicente, que
no sabía nada, le pidió disculpas y rápidamente quitó aquel trapo de la
entrada. Alguien lo había puesto por su cuenta, ignorando los cauces de la
comunidad e insultando con descaro.
Los meses pasaban; Salvador, el viajante representante, no
daba señales de vida por ningún lado, ni por email ni por presencia. Brigitte
seguía con su ritmo y sus clientes, y la comunidad continuaba con la espinita
clavada de que su bloque estaba ligado —finamente— con la profesión más antigua
del mundo.
Un día Ángel y Ángela vieron por la televisión un programa
que daba a conocer la historia de los porterillos automáticos, su evolución y
su vertiginosa implantación. El porterillo había eliminado en muchos bloques la
plaza de portero y había facilitado de manera sencilla la comunicación desde la
calle a las casas. De la voz, como factor de reconocimiento, se pasó al
teleporterillo donde ya se añadía la imagen. Esto permitía, con mayor claridad,
abrir o no abrir y eliminar así la llegada de intrusos.
A Ángela se le encendió la bombilla: —Ya lo tengo —le dijo a
Ángel. Anular el porterillo es la solución para que Brigitte deje el bloque. No
aguanto que esa mujer se quede por encima de todos nosotros.
Así que fue a ver a Vicente y lo convenció de su idea. Había
que hacer una reunión de comunidad y acordar suprimir el porterillo. Eso
evitaría que gente desconocida entrara al bloque, a no ser que Brigitte bajara
a abrir cada vez que llamara un cliente. La operación duraría hasta que Bigitte
se fuera. Una vez que hubiera abandonado el bloque, se volvería a colocar. La
solución era un poco molesta para todos, pero Ángela estaba convencida de su
eficacia. Llevada por su amor propio, fue casa por casa convenciendo a los
vecinos de que apostaran por su brillante idea.
Vicente convocó la reunión. Cuando Brigitte recibió la
convocatoria teniendo como asunto el porterillo automático, lo interpretó como
algo que no tenía que ver con ella, así que decidió no asistir. La reunión tuvo
lugar y la comunidad acordó por mayoría prescindir del artilugio. Al día
siguiente, un técnico lo desconectó.
De repente, los clientes se quedaron sin comunicación para
entrar. Aquello no sonaba. El primer día sin telefonillo, Brigitte, previa
llamada de teléfono, tuvo que bajar para abrir la puerta. Lo hizo en tres
ocasiones.
Por la tarde fue a ver a Vicente para quejarse: el
telefonillo no funcionaba.
Vicente le explicó que la comunidad había acordado quitarlo
sine die, así que no sabemos cuándo volverá a funcionar. Brigitte le explicó
que ella necesitaba el porterillo, no podía estar bajando y subiendo cada vez
que llegara un cliente. Se podría dejar la puerta abierta durante el día y
cerrarla por la noche.
—
Brigitte, el acuerdo de quitar
el porterillo fue unánime. Dejar la puerta abierta es un riesgo enorme que no
vamos a consentir de ninguna forma. Es un peligro. Pueden entrar perros,
mendigos, vendedores, ladrones, etc. No creo que la comunidad acuerde eso
nunca. Tendrá que bajar para abrir.
—
Se podría colocar una caja de
seguridad para llaves en la puerta, lockbox o keybox las llaman ahora
—propuso Brigitte.
—
Sinceramente no creo que eso lo
autorice la comunidad jamás. No hemos anulado el porterillo para colocar una
caja con la llave de la puerta de entrada a la que puede acceder todo el mundo
—respondió Vicente.
Brigitte
aguantó una semana. Era una pesadez bajar para abrir la puerta. Atendió a los
clientes que tenía apalabrados y decidió buscar otro bloque, pero en la misma
calle. Se había acostumbrado a vivir en la Avenida de la Relajación. Estaba
segura de que el nombre de la calle le hacía publicidad sin coste alguno.
Antes de irse,
Brigitte dejó una nota por debajo de la puerta del presidente. En ella le pedía
disculpas por las molestias que hubiera podido ocasionarle y le aclaraba que
ella daba el masaje sueco, recomendado para la relajación general. El extra de
los cien euros era el masaje de colores, mezcla sui generis de
Brigitte entre el masaje tailandés -yoga pasivo- y el Shiatsu, líderes en
mejorar la energía y flexibilidad.
Terminaba la
nota puntualizando que entre los clientes estaban sus dos amantes, pero que
sobre esto no pensaba dar ninguna explicación.



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