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La
noche iba camino de cerrarse cuando Juan Antonio entró en el supermercado. La
calle estaba sola. Un cielo encapotado dejaba entrever la luna amarillenta e
irregular disfrazada de nubes. Quería comprar una lechuga y algo de fruta. Una
mendiga, sentada en la puerta, esperaba impaciente la entrada de algún cliente.
Con soltura, le dirigió la palabra. No se levantó. Su mirada, de abajo arriba,
denotaba impotencia y necesidad. Se trataba de una mujer madura, mal vestida,
desgreñada y con el pelo muy mal cortado.
—
Vivo
en la calle —le dijo. Necesito algo para comer.
Juan Antonio saltó como un
muelle. Le respondió que tenía por costumbre no atender esas peticiones en la
calle. Él era partidario de donar a instituciones en fechas señaladas. Con
seguridad, le respondió:
—
En
Cáritas, en Cruz Roja o los Padres de Gracia te dan de comer y te atienden.
¿Por qué estar en la calle mal comiendo y pasando frío si hay sitios donde
puedes tener lo que necesitas?
—
Usted
no sabe de lo que habla —objetó la mujer.
Con cierta pesadumbre y la voz de
la mujer resonando en sus oídos, el hombre entró en el supermercado. Enseguida
encontró sus encargos y por ese maldito sentimiento de culpa, echó una buena
bolsa de frutos secos para la señora de la puerta.
—
Son
nutritivos y alimentan —pensó.
Era consciente de que había
cogido aquella bolsa para quitarse un peso de encima. Lo mismo podía haber
elegido una lata de sardinas, que un paquete de patatas, que un zumo de
melocotón. Salió y, sin pararse mucho, le ofreció los frutos secos a la mujer.
Esta, en cuanto vio las nueces,
las avellanas, las cuatro almendras y los anacardos, comentó:
—
Disculpe
señor, ¿me los puede cambiar? Es que soy muy alérgica.
—
Está
bien. Te los cambiaré —contestó Juan Antonio.
Volvió
a entrar y se dirigió al chico de la caja:
—
Por
favor, hay un pequeño problema, ¿me los puede cambiar? Cogeré unas galletas.
—
Sí,
claro ¿tiene el tique?
Juan Antonio buscó la estantería
de las galletas. No sabía cuál coger. Al final se decidió por un paquete de
cuatro columnas de galletas redondas y tostadas. El cajero lo estaba esperando.
—
Tengo
que hacerle el tique de devolución de los frutos secos. Aquí está todo
controlado —manifestó.
Con agilidad, el joven golpeó las
teclas justas y al cabo de unos segundos la máquina escupió el papelito que
justificaba los 4’85 euros de los frutos secos. Echó mano a la caja y devolvió
el dinero.
—
Ahora
me tiene usted que pagar los 2’70 euros de las galletas.
Con paciencia, el caritativo
ciudadano, contó los 2’70, pagó y salió.
En esta ocasión dejó las galletas
en el suelo y le dijo a la mendiga:
—Ahí tienes unas galletas, espero
que te gusten.
Antes de que terminara la frase
la mujer abrió la boca y enseñando tres dientes aislados, ennegrecidos por las caries,
le hizo saber que no podía masticar, que le era imposible comerse las galletas
a no ser que le comprar un litro de leche. —Para mojarlas —dijo.
El chico de la caja, al ver a
Juan Antonio de nuevo, sonrió y le preguntó:
—
Y
ahora ¿Qué pasa?
—
Olvidé
comprar un litro de leche.
—
Al
fondo a la derecha —le indicó el chaval.
No había pasado ni un minuto
cuando, cargado con su fruta y su lechuga, Juan Antonio estaba en la caja otra
vez. En esta ocasión tuvo que hacer cola.
Cuando le tocó su turno, como
broma, el cajero le manifestó que “a este paso, se quedará usted a dormir
aquí”.
—Hambre desde luego no íbamos a
pasar —fue su comentario.
—
Son
0’95 €—puntualizó el chico de la caja.
A la señora de la puerta se le
iluminó la cara cuando vio el litro de leche, pero al instante siguiente
frunció el ceño y le aclaró a Juan Antonio que no podía tomar esa leche: Era
intolerante a la lactosa. Al mismo tiempo le aclaró que ella entraría al super
para cambiarla, pero que los chavales encargados no la dejaban entrar.
—
Perdone
usted tanta molestia. Me da vergüenza verlo ir y venir, pero así son estas
cosas.
—
Para
ir pidiendo por las calles, eres un poco problemática —replicó Juan Antonio algo
cansado con tanto impedimento.
—
Problemática
no es la palabra —protestó la mujer. ¡Es la naturaleza, señor! ¡Y seguramente
también tendrá que ver la mala vida que he llevado!
—
¡Vaaaaleeee!
Tranquila, no te preocupes. Yo te cambio la leche.
El chico de la caja no pudo
remediar una sonora carcajada al verlo entrar de nuevo.
—
Pero
bueno, ¿usted por aquí? ¡cuánto tiempo sin verlo! ¡Me alegro de saludarlo! ¿Qué
necesita ahora?
—
Huuummm
… es la lactosa… la mujer no puede tomar leche con lactosa…
—
Pues
nada hombre pase por aquí. Déjeme la leche y vaya a buscar otra sin lactosa.
Mientras tanto le haré la devolución de sus noventa y cinco céntimos.
—
¡Qué
rollo! —contestó Juan Antonio
Terminadas todas
las operaciones, Juan Antonio, con satisfacción infinita entregó la leche sin
lactosa a la señora de la puerta y le dio las buenas noches.
Al despedirse su sorpresa fue
enorme. Juan Antonio no creía en los milagros, pero tuvo que admitir que la
situación había cambiado por completo. Pudo comprobar que la señora estaba
limpia y aseada, irreprochablemente bien vestida, con el pelo felizmente
cortado y a través de su sonrisa se percató de una perfecta dentadura blanca. Su
rostro había cambiado hacia una majestuosa tranquilidad y su sonrisa era un
mensaje de paz.
Juan Antonio llegó a su casa
desbordante de satisfacción. No podía evitar una infinita sensación de
bienestar. Le contó a su mujer lo sucedido. Para lo del cambio de imagen no
encontró ninguna explicación. Su mujer, curiosa, le dijo que quería conocer a aquella
misteriosa señora, así que se puso su pluma por encima, cogió a su marido de la
mano y se dirigieron al supermercado.
Encontraron al joven cajero
bajando la persiana. Le preguntaron por la mujer y les dijo que la señora se
acababa de ir. Les explicó que la mujer estaba muy agradecida a Juan Antonio y
que, al despedirse, la había dado las gracias también a él.
Ana, la mujer de Juan, le
preguntó al joven si le había visto los dientes. Este le respondió:
—
Se
lo iba a comentar. Me extrañó muchísimo lo de las galletas porque su dentadura
era de un blanco reluciente y perfecta.
—
A
veces, nuestros sentidos nos engañan y vemos lo que deseamos ver —comentó Juan.
El
joven remató:
—
Es
el espíritu y la actitud los que transforman el cuerpo hasta límites
insospechados y más si recibe el apoyo generoso y pacífico desde el exterior.
Se me ha ocurrido pensar que la mujer quería —apasionadamente—unos dientes
nuevos. El destino hizo que usted pasara por allí y atendiera con agrado los
ruegos de la pobre mujer. Es una tontería lo que voy a decir, pero por mi
cabeza ha pasado que el tetra brik de leche cristalizara en dientes.
—
La
fe mueve montañas —atinó a decir Ana, pero no creo que llegue a tanto.
—
¡Quién
sabe! —dijo el chaval.
Las nubes se habían
despejado un poco. Cuando Juan Antonio y Ana entraron en su casa la luna dibujó
su mejor perfil en un cielo que irradiaba calidez y belleza.
En
el móvil de Juan Antonio sonó un mensaje que este abrió por rutina. No había
número para identificar al emisor. Al abrirlo este pudo leer: “Muy agradecida
por los dientes. A partir de ahora podré comer galletas. Buenas noches”.

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