31 octubre 2022

Escribir a mano

      

Apuntes de Fidel Fita, mina Terreras, Alcaracejos,1913

Escribir a mano es dibujar ideas, como si fuera un cuadro.

               Desde la invención de la imprenta por Gutemberg en 1440, después de una gran controversia por disputarse la gloria entre alemanes, franceses, italianos y holandeses, se dotó a la humanidad de la posibilidad de escribir, al menos en la forma, con rasgos despersonalizados.

               Los variados e intensos avances hasta la impresión digital actual han dejado a Gutemberg en pañales, aunque su idea, su enorme y genial idea fue la gran madre de todo lo que vino después.

               Escribir a mano puede parecer primitivo y antiguo pero a fecha de hoy lo considero una innovación y un placer, una importante faceta del desarrollo personal. El simple hecho de poner unas letras en un papel es relajante, te identifica y desarrolla más tu actividad cerebral porque, aparte de que debes evitar tachones, has de mantener la horizontalidad de las líneas. Es una experiencia tranquila y entrañable que te permite un reencuentro con tu interior. Sin despreciar nada ni a nadie… ¡Que le digan a un pintor amigo de óleos que pinte con un programa de ordenador! Es indudable que el arte tiene infinitos caminos pero la belleza de un Velázquez o un Goya no tienen parangón.

               Emborronar un papel con nuestra letra es una experiencia similar a la que pudo sentir el hombre / la mujer de Altamira dibujando un bisonte o Picasso plasmando a Don Quijote: las tres son obras originales únicas. ¡No hay dos caligrafías iguales! Los rasgos de tus letras, aparte de personalidad, marcan ideas, sentimientos, estados de ánimo, creatividad, gusto por la estética, etc ¡Hasta reflejan nuestro subconsciente y nuestros deseos más profundos! En tus escritos está presente un ADN gráfico irrepetible. Para nada son iguales las mismas ideas expresadas con un ordenador o en una máquina. Escribir a mano es un proceso más íntimo. Quizás por eso lo hicieron muchos escritores y prefirieron mojar la pluma en un tintero o dejarse guiar por una estilográfica, práctica que empezó a decaer cuando el periodista húngaro László József Bíró, en 1938, algo cansado de las dificultades de la pluma, inventó el bolígrafo.

Lindes de las Siete Villas (3.11.1837)
Me encantan las palabras caligrafía y manuscrito, porque ambos –por medio de libros y papeles– dan cuerpo y perfil a singulares obras de arte que me atraen. Como el fuego o el mar, es relajante observar el punto cambiante de la “i”, la ligera inclinación de la “l”, las barriguitas de la “g” o de la “p” o los puentecitos de la “m” y de la “n”. ¿Qué decir de la fuerza de la “z” o del derecho de primogenitura de la “a”? ¿Y la suerte que tienen las letras gemelas de ir siempre por parejas para diferenciar “un carro” de lo “caro” y una “llama” de un “lama”.

               Por otra parte, siempre me molestó la nefasta diferenciación entre letras y números, ya que ambos son el pilar de todas las culturas y su relación es íntima, casi amorosa diría. En todos los alfabetos del mundo letras y números son dibujos, líneas, trazos, siluetas. ¿Hay mucha diferencia entre inventarse la “m” o un “3”? ¿Y entre un cero y la “O”? ¿Y entre la “B” y un “8”?. La “x” [equis] la utilizamos para multiplicar y los dos puntos, “:”, para dividir. A los lados de un triángulo siempre les hemos llamado a, b, y c, dejando las mayúsculas A, B, C, para sus ángulos. Eso sí, cuando el triángulo es rectángulo podemos encontrarnos con “c”, “ c’ ” y h para nombrar los catetos y la hipotenusa. X, Y y Z siempre serán incógnitas y, curiosamente, la letra “h” la hemos elegido para nombrar la altura, de una figura plana o de un cuerpo geométrico, palabra que no la lleva. La abstracción es fantástica pues una “V” con visera se lee como raíz cuadrada y una “S” estirada simboliza una integral. A todo esto no podemos olvidar diferentes números asociados con letras: “número e” = 2’718281828459…, el “número pi”= 3,14159 26535… y el “número áureo”(letra fi en griego) = 1,6180339887498…, los tres irracionales y el casi mágico “número i”, del análisis complejo y del álgebra, definido de tal forma que i2 = -1

               Escribir hoy a mano números y letras pone de actualidad el antiguo oficio de escribano que daba fe, por medio de escrituras, de actos que se desarrollaban ante él. Atrás quedan también la redacción de cartas y testamentos. Hoy día las nuevas tecnologías nos permiten escribir con la voz. Su posible generalización acabaría con el uso del papel y la posibilidad de escribir del ser humano. Para mí sería una grave pérdida: los seres humanos no tendrían letra. Reclamo la letra de cada uno de nosotros como Patrimonio de la Humanidad, antes de que sea demasiado tarde.

 

Comisión Municipal del Censo, Alcaracejos (8 de junio 1924)

16 octubre 2022

Quasi

 

Y Quasi voló y voló. Se perdió entre el azul del cielo y los rayos del sol

El lunes, tres de octubre del veinte veintidós, cuando salíamos hacía el Quirón para hacerme las pruebas del preoperatorio Quasi empezó a morir. Le hablé para tranquilizarla. Con prisas quise darle gusanos. Pensé que se trataba de una convulsión más, situación bastante repetida en tramos de su vida, pero no. Parecía ser la última. Por primera vez no quiso los gusanos. Deambuló por la jaula como si hubiera bebido una copa de más. Las convulsiones se repitieron. Tenía el pico muy abierto, tanto que dejaba ver su garganta, enorme como un túnel oscuro. Pensamos en un ataque al corazón. Elvira madre, con ese fino instinto que la caracteriza para prever la muerte, más que instinto sabiduría por su vasta experiencia, la cogió con tierna suavidad y la puso despacio bajo la escalerita que la subía a beber. Se la regaló Luisa, su amante cuidadora cuando salíamos de viaje. Le puso bien las alas y le dijo: “Ahí vas a estar tranquilita”. Tuvimos que irnos con el corazón triste y el ánimo encogido. Quasi había emprendido el camino hacia ese cielo eterno donde los pájaros no dejan de volar. Yo camino del hospital Quirón con mi isquemia coronaria. Elvira fue el soporte donde nos apoyamos. Un camino a la vida y el otro hacia la muerte. Otros a Santiago. Así son las cosas.

    El día fue muy movido. Afortunadamente, y debido a la profesionalidad de los médicos que me atendieron, todo fue bien aunque di con mis huesos en la UCI para que me observaran. Elvira volvió a casa para dormir y se encontró con Quasi. Seguía con la misma postura de la mañana. La volvió a dejar tranquilita, como si la estornina estuviera dormida. Su última noche en casa.

    Por la mañana, el martes cuatro, pensó en que lo mejor era que Quasi siguiera con su sueño. Tenía que volver al hospital para ver la evolución de Sebastián. Todo fue bien: a él lo subieron de la UCI a la planta y ella llegó de casa. Se encontraron en la habitación sin mayores problemas. Elvira comentó que Quasi se había muerto. “Me lo había imaginado” respondió Sebastián. “Ha sido un pájaro feliz que nos ha hecho felices a toda la familia”. Un lujo haberla disfrutado tanto a esta “matusalena de los estorninos”: trece años y medio demuestran el cariño, el buen trato y lo a gusto que estaba. “Ha durado tanto como Reina”, nuestra linda perrita que murió en 2011.

    Son las primeras horas de la tarde. Alta en el hospital. Volvemos a la casa. Quasi sigue durmiendo ese sueño perpetuo. No ha perdido su posición ni ha cambiado de sitio. Parece que vigila. No se mueve. Decidimos que se acerque la noche para enterrarla junto a la encina que Jaime plantó en unos jardines próximos. Queremos un acto íntimo. Estamos de duelo y no queremos interrupciones. Nos apetece la reserva. Buscamos el silencio.

   Ha anochecido. Comienza nuestro rito. Elvira busca un trapo limpio. Se decide por uno de color negro. Cojo a Quasi como si se me fuera a romper, la deposito con cuidado en esa tela rectangular que será su mortaja y la protegerá del contacto con la tierra. La doblo para un lado, para el otro y remeto por debajo la izquierda y la derecha. Termino haciendo un paquetito a modo de sarcófago: es una faraona. No estamos demasiado tristes. Es ley de vida. Recordamos a Jaime y a  Elvira hija. Juanma también estará triste.

    Elvira madre escarba la dura tierra seca con una pequeña azada de jardín junto a la encina que le hará compañía. Hay piedras y raíces. Yo miro. Permanezco de pie y sostengo a Quasi envuelta en su cofre textil con mi brazo derecho dolorido por un cateterismo salvador. “Dale con algo más de fuerza, profundiza”. El golpe de la azada resuena en el ambiente…¡zas! ¡zas! ¡zas! ... la tierra está  reseca y cuesta un poco de trabajo. No pasa nadie … estamos los tres: un corazón muerto, pequeñito, que dejó de latir, y dos entristecidos, los nuestros. Los de Jaime, Juanma y Elvira hija revolotean en el ambiente. No nos sentimos solos. Colocamos a Quasi en lo más hondo y la ajustamos al huequito, a modo de bebé en una cuna. Estará bien. Como genial que es, alimentará la encina que plantó su amigo protector y será inmortal porque esa encina echará bellotas y de esas bellotas saldrán encinasQuasi que poblarán la Tierra por los siglos de los siglos. Y esas encinas, sabedoras de nuestra gran amistad, protegerán la Tierra. Con el tiempo nos fundiremos todos en un gran abrazo con Reina, la cobaya y el hámster y miraremos hacia atrás con un amor hacia los animales tan hermoso como el que sintió San Francisco de Asís.

               Gracias Quasi por haber contribuido a la felicidad de toda la familia con esos baños que te pegabas, por comer –vorazmente- arroz, garbanzos, manzana, ciruelas o pescado o pienso; por ese hermoso y vital saludo tuyo que siempre nos hacías repetir ¿Qué pasa Quasi? y que tú lo decías cuando te daba la gana. Gracias Quasi por aguantar monólogos de todos, por tu confianza aunque no tuviéramos plumas, por tu cambio de color del pico en primavera, por dejarte coger y conocer, por tus ganas de vivir, por convertir nuestro balcón en sala de visitas de otros pájaros, por servir de pértiga para elevarnos a mundos impensables... Nos metiste en tu maravilloso mundo, nos introdujiste en tu jaula y ya no quisimos salir… También nosotros te metimos en nuestro corazón y siempre vas a permanecer allí porque has sido una pajarita linda y agradecida ... Nunca voy a olvidar esos pequeños ojos negros, casi humanos, vivarachos, que con mirada fija penetrante pretendían comprender lo que ocurría al otro lado de la jaula. Siempre en nuestro corazón, querida Quasi. Córdoba, miércoles 5 de octubre, 2022.

Quería volar y le abrimos la puerta ... hubo que dejarla ir. 

Reina, ya mayor, y Quasi, jovencita. Ahora, de nuevo juntos.


08 octubre 2022

El autobús

 

Para Cristina Sabariego

               El autobús salió de su estación. Eran las seis de la tarde en la ciudad Amapola cuando el chófer inició la marcha atrás para salir del parking. Tras la falsa óptica del cristal de las ventanillas aparecían los rostros desfigurados de los viajeros. Rostros de indiferencia ante el imperativo del viaje, como conformándose, rostros de resignación. En el interior, adolescentes fijos en la pantalla del móvil. Algunas manos se agitan en el aire hacia izquierda y derecha en modo de saludo que despide. Medio lleno de gente, el bus avanza hacia la puerta de salida. Desde el andén, familiares y amigos, salen de la estación. Buscan el resto de la ciudad. El ambiente es frío y húmedo. Una ligera brisa fresca se cuela por los enormes huecos que son las puertas de entrada y salida de esas enormes habitaciones rodantes que son los autobuses. Los guardias de seguridad, con aparente despreocupación, observan al personal que la estación cobija. Da igual viajero que familiar o amiga: para ellos todos los transeúntes son posibles sospechosos de algo. Por supuesto de robos. Han visto de todo y no se fían. Aún recuerdan el incidente del hombre trajeado robando la maleta de una abuela. A no ser por su nieto, que dio la voz de alarma, nunca más la hubiera vuelto a ver. Al detenerlo, el hombre encorbatado dejó muy claro que sólo pretendía ayudar a la anciana: solamente intentaba colocar la maleta en los bajos del saure. Tuvieron que soltarlo.

               El bus dobló la esquina buscando la avenida. Era una tarde gris, de otoño, propia de un noviembre nublado que amenazaba lluvia. Las nubes en el cielo pugnaban por tapar el débil sol y empezaba a llover. El conductor, con un gesto mecánico, accionó la palanca y puso a trabajar los limpiaparabrisas para barrer la lluvia. María iba sentada en la primera fila y tuvo la impresión de que un telón de agua se descorría ante ella. El vasto ventanal delantero del bus era como una gran pantalla de cine de verano, un enorme escenario que mutaba al instante: un gran edificio azul, el parque, un bar de tapas, la entrada de un hotel, los letreros del super,… todas vistas normales que la altura del bus transformaba en insólitas. Al fin y al cabo la elevación modificaba la vista y la curiosidad.

               El conductor apagó las luces del interior y puso una película española pulsando en el teclado del CD. Los vídeos ya brillaban por su ausencia. La luz del semáforo tiñó de rojo las caras de la gente a medida que el bus menguaba su velocidad. Pasaban sobre el viejo puente cuando María tocó el botón del whatsapp del grupo de compañeras del Colegio Mayor. En dos horas nos vemos, les dijo después de enviarles unas fotos del paseo que había dado por la sierra.

               Las luces de la ciudad quedaron atrás. La autovía presentaba poca circulación. El ambiente dentro del bus era relajado y silencioso. Sólo alguna curva o algún adelantamiento alteraban la normalidad de la marcha. Algunos dormían. Nadie se fijaba en nadie.

               Después de media hora de viaje el autobús abandonó la autovía. María se percató de la maniobra pero no dijo nada. Le habían asegurado que el viaje era directo entre Amapola y Rosagrande. Alguna razón habría para que el conductor tomara esa desviación. Algún imprevisto quizás. El autobús estaba entrando en Las Viñas del Puerto sin tener que entrar. Su conductor callejeó algo más de la cuenta, todo resultaba un poco extraño. Parecía no conocer muy bien a dónde iba y tampoco lo que estaba buscando. Se metió por una calle con poca luz. No era muy ancha. Tuvo que tener conciencia de haberse confundido porque intentó dar la vuelta, pero la longitud del bus no se lo permitió. Asumió seguir hacia delante, pasó un cruce, siguió recto y la calle de repente se empinó. Estaba perdido. María estaba inquieta porque no comprendía lo que estaba pasando y todo aquello retrasaba la hora de llegada. Le puso un whatsapp a su madre para contarle que estaban perdidos en un pueblo en el que no tenían que estar. Su madre la tranquilizó comentándole que, a veces, los autobuses pasan a recoger a alguien, algún compromiso del chofer, algún familiar, algún imprevisto. Total por cinco minutos…..más o menos, comentó.

               Algo aturdido, el chófer paró el bus. Se bajó y preguntó a una despeinada niña que pasaba por allí cómo podría salir a la autovía, dirección a Rosagrande. Súbitamente, el gigantesco autobús comenzó a moverse calle abajo. Sin marcha metida y sin freno de mano se sintió libre y lentamente, pero cada vez más deprisa iba devolviendo el camino ganado con su ascenso. La gente empezó a gritar, ….¡el chófer, ¿dónde está el chófer?; el autobús se mueve sólo…..¡ nos vamos a estrellar! ….Pero ¿Qué está pasando?.....un niño comenzó a llorar.

               María, por la enorme luna delantera, veía como los números de las casas iban disminuyendo ….21, 19, 17, 15, 13,…Se quedó pegada al sillón y vio que tenía puesto el cinturón de seguridad. Se agarró fuerte al asiento de delante y pegó su espalda al suyo esperando el impacto.

               Se sintieron pasos por el pasillo y la chica vio como un joven corría por el pasillo con gesto decidido…su cara contraída denotaba preocupación, susto, ansiedad … Sus manos se apoyaban en el aire para ir más deprisa....María lo vio venir e instintivamente se apartó hacia un lado sin estar en medio. ¡Intentaba dejarle más sitio! El joven pegó un tirón de la palanca del freno manual….el autobús crujió, se quejó algo, pero se paró.

               Estupefacta, con pulso acelerado, María…miró al chico…esbozó su mejor sonrisa y le dijo ¡¡¡Graciaaaasssss!!! El salvador le guiñó un ojo en modo emoticono y levantó el pulgar de su mano derecha. Los viajeros le dedicaron un sonoro aplauso que el joven correspondió con espontáneas reverencias.

               El chófer llegó corriendo con gesto de inminente congestión. Se llevaba las manos a la cabeza y sus ojos estaban desencajados, como queriendo salirse de sus órbitas. Alguien abrió las puertas. El conductor subió y preguntó con cara de inocente: Pero… ¿Qué ha pasado? María con una sonrisa de oreja a oreja le respondió por todos:¡¡ Afortunadamente nada!! El cochero volvió a su volante y con signos de cierta desorientación, puso en marcha el Ton – Ton. Con torpes palabras pidió disculpas a los acongojados viajeros: “Disculpen….no sé lo que ha podido pasar. Este ordenador nos llevará a casa”.

               Eran las diez de la noche cuando María, recién llegada, habló con su madre. Todo bien por Rosagrande. Buenas noches.

               Al día siguiente María presentó una denuncia en las oficinas de la empresa de autobuses. Solicitaba una investigación de lo ocurrido. Por su cabeza pasaron imágenes del autobús cuesta abajo, el chico que corrió por el pasillo y la sonrisa del satisfecho joven guiñándole un ojo. Hasta se le ocurrió pensar que el chofer había sido abducido por algún extraterrestre o por un transitorio trastorno mental. En cualquier caso asumió que la vida es un suspiro ligero, un aleteo de cristal, un puente de nieve al sol, un capricho de la eternidad. Firmó el papel de la declaración y salió disparada para clase porque se le hacía tarde.

02 octubre 2022

Across my Universe

 


Con frecuencia pienso en el desmesurado espacio que alberga el Universo y siento, como otros, esa tremenda sensación de vértigo. Me falta suelo. Piso una base líquida o quizás sea de madejas de lana. Mi cuerpo avanza hacia ninguna meta. Gira caóticamente alrededor de su centro de gravedad, pero, curiosamente, no me mareo. Viajo solo. En el entorno se respira frialdad aunque yo no la siento. No pienso en nada. La oscuridad es total. Como la vieja amiga de Simon & Garfunkel, me permite ver luces asombrosas, en el fondo, por los lados, por delante y por detrás, pero son luces que no alumbran. Son millones de luces de colores que viajan por el cosmos que dejan entrever los muchos astros que hay. Las distancias entre ellos, del color de las violetas, son bestiales, gigantescas. Al contrario que las luces de neón, sus destellos son destellos de una oscuridad que me acaricia. No hay aire pero no me cuesta trabajo respirar. Me siento bien. El silencio del silencio es total. Me miro pero no veo mi cuerpo, aunque presiento que tengo límites: se ha transformado en una especie de energía transparente pero con fronteras muy próximas.

          Desde aquí, pienso en la Tierra y todos mis problemas me parecen pequeños, irrisorios. La perspectiva importa. Siempre ha importado mucho para ver o no ver o ver lo que te gusta. No me duele nada, sólo detecto que viajo dulcemente. Me deslizo por un camino de plumas invisibles, con suavidad. Suavemente, sin parar. Voy solo pero no me siento solo….es como si otros muchos cuerpos transparentes viajaran a mi lado. No les puedo hablar pero noto su compañía, es una conversación sin hablar, un escuchar sin oír. Todos viajamos por el universo y todos seguimos la misma dirección. No podemos parar pero tampoco chocamos. Estoy consciente. Es otra forma de existir desconocida para mí.


          La ingravidez es total así como también el descontrol sobre mi ruta. Marcho teledirigido hacia un destino desconocido que intuyo se encuentra en ninguna parte del infinito. Ningún astro me atrae. Todos están lo suficientemente lejos como para que mi trayectoria se mantenga rectilínea y con la misma velocidad. No parezco tener masa. No peso. Mi cerebro se percata de todo y puedo pensar, puedo darme cuenta pero el escenario encierra tantos y tan grandes misterios que todo lo graba como extraordinario. Sé que nunca voy a encontrar respuestas adecuadas a tanta ocultación: ¿Para qué viajo? ¿A dónde voy? ¿Cuál es mi destino? ¿Por qué un universo tan vacío a modo de átomo gigante? ¿Qué hay detrás de esta transmutación? Me sorprende que mis neuronas se pongan de acuerdo para preguntar preguntas sin respuesta. Deberían ser más inteligentes: Todo esto es ridículo. ¿Cómo puede ser ninguna respuesta ante tanta inmensidad, ante tanto espacio y tan inmenso escenario? ¿Viajaré a una nebulosa para vivir otra vida? Pero, ¿Cuánto voy a tardar? ¿Se reducirá todo a pura energía vital embutida en un cuerpo transparente que se traslada de un lado a otro Across the Universe? ¿Será que la vida es eterna pero viviéndola en otras dimensiones y desde luego en otras coordenadas? Nada de nada sé. Una vez venido al mundo, una vez que has nacido tu destino es existir….pero has tenido que abandonar la Tierra para existir transformado….tu física y tu química han cambiado por completo aunque sigues siendo tú. Tu personalidad, tu carácter, tus actitudes… serán siempre los mismos…eso de los cuatro estados de la materia es un cuento chino, pura falsedad. La materia tiene miles, millones de estados…y este es uno más... Todo parece depender del lugar del universo donde te encuentres. Tú eres tú. Tu naturaleza permanece, pero tus coordenadas cambian tu estado, tus necesidades y tu relación con los otros.

          ¿Quién y qué han inspirado estas palabras casi mágicas? ¿Quién ha plantado esta visión en mi cerebro? ¿Estoy contando una experiencia ya vivida o se trata de un adelanto de lo que me queda por vivir? ¿Estoy despierto o estoy soñando en la realidad de un sueño? ¿Estoy vivo, estoy muerto o vivo una particular catalepsia?

          Heráclito llevaba razón: “Nunca te podrás bañar dos veces en la misma agua”. El Universo fluye, cambia. Yo viajo, cambio. Todo cambia mi mundo. Las estrellas nacen y mueren, cambian. El tiempo fluye porque lo demás cambia. Todo cambia menos él. El tiempo es el guardián del Universo. Un déspota, un tirano que sin presencia física mira como todo evoluciona. El tiempo es el gamberro del cosmos, un descontrolado total que todo lo impregna y lo controla. ¡Es el ubicuo universal! El tiempo es aquello que está presente –al mismo tiempo– en todas partes. También lo está en esta especie de viaje interestelar a través del Universo o de ¿mi universo? Si hay cosas que solamente puedo ver yo, deduzco que mis viajes tienen lugar en mi universo, tan ilimitado como el Otro, pero con un único espectador: YO. Cada cual vive en su universo. De ahí la existencia de millones y millones de universos que viajan cambiando Across the Universe.

          Puedo oír una música extraña que relaja. Cada astro, a modo de instrumento cósmico, emite ultrasonidos que puedo detectar. Su conjunto es un mensaje de paz y de presencia. Billones de instrumentos emitiendo a la vez su música universal que mi aura, como una antena parabólica, absorbe a modo de alimento. Es la energía de los astros, energía vital para nosotros.

          Cada vez llego a ideas más absurdas pero no puedo parar. He llegado a la conclusión de que soy prisionero y esclavo del cerebro. ¡Él va a lo suyo! Tiene sus dudas, sus preguntas, sus escalas... y me obliga a que las redacte haciéndome sentir –sutilmente- cierta satisfacción. Él solo no tiene ninguna posibilidad, así que su dominio me esclaviza y libera al mismo tiempo. Cuentan que los cerebros de las personas son autónomos y que toman solos –sin tenernos en cuenta– sus propias decisiones. Cuando bebí agua fue porque mi cerebro tomó esa decisión un tiempo atrás y si critico algo se debe a que mi cerebro quiere que lo critique. Pienso lo que a él le da la gana. No lo puedo parar. ¡Incluso me hace pensar y sentir ideas que me hacen daño! Es evidente que está aliado con el tiempo y entre los dos me dominan. Un tirano es mucho pero dos son insoportables. ¿Qué será todo esto? ¿A dónde conducirá?

          Existe una tercera déspota que son mis hormonas, pero en el estado en el que viajo no me afectan para nada por el efecto de la evaporación espacial y un yoga permanente que disminuye las hormonas de estrés y al mismo tiempo aumenta las endorfinas y el GABA. ¡Demasiado terrenales para que me acompañen las hormonas que generan malestar!

          Cuentan que Dios está en todas partes, así que seguro que también estará por aquí. Cualquiera sabe. Por si acaso, Saludos Dios.

 


 

02 mayo 2022

Acosos III y IV


Ángel caído (Aurelio Teno) - Patio de los Naranjos -
 Mezquita Catedral - Córdoba 

 III

La vida sigue y ampliar estudios conlleva trasladarse a la capital. Pepito ha dejado de existir. A partir de ahora lo nombraran por Pepe. Sus padres pretendían una carrera corta: bachiller elemental, 14 años, más tres años de magisterio, 17, y a currar, si fuera posible sacando las respectivas oposiciones, sueño de todos los padres de aquella época por aquello de la seguridad. Pero va a ser que no. A Pepe no le disgusta magisterio pero él quiere ir a la universidad para hacer una carrera de ciencias. Es bastante más largo, más costoso y requiere mayor esfuerzo, pero…  En el colegio, durante el bachillerato superior (16 años) tuvo la oportunidad de disfrutar de un laboratorio portátil de electromagnetismo[1] y quedó maravillado y sorprendido por sus efectos. Las materias de letras le encantan y se les da bien; las ciencias se le resisten, pero lo tiene claro. El curso previo a la universidad lo hará en la capital por consejo de sus últimos profesores. El problema de la residencia se resuelve con un piso de unas señoras conocidas, muy próximo al nuevo colegio: le darán habitación y comida, pero no le lavarán la ropa.

               El nuevo colegio es inmenso. Dicen que tienen miles de alumnos. Más alumnos que habitantes hay en su villa natal. Los campos de fútbol son casi estadios y los patios son mayores que la plaza de pueblo donde, tradicionalmente, se ubica la feria. En clase hay casi cincuenta alumnos para hacer el curso de acceso a la universidad. Volvemos a las andadas: aparecen los fantasmas del acoso. Joven de pueblo de clase media y humildes costumbres rodeado de hijos de la burguesía capitalina (médicos, abogados, industriales de cierta potencia, comerciantes venidos a más…) y de algunos hijos de caciques de pueblo. El acoso no se identifica con las clases altas, pero a veces coincide. Menos mal que en el piso-residencia los dos compañeros son de su igual y excelentes personas. Fueron tres amigos que compartieron un año repleto de experiencias y de buen rollo. Un año inolvidable para todos, incluido Felipe, un honrado y entrañable republicano, ya maduro, que compartía una de las habitaciones del piso y que contaba historias maravillosas.

    El caso es que la sensibilidad, cierta predisposición a las cosas sencillas, un trato respetuoso, algo de timidez etcétera siempre han estado reñidos con la chulería, la dominación y los aires de superioridad. En ese ambiente algunos intentaron que Pepe fuera – otra vez – objeto de sus bromas, de sus burlas y de sus carencias acomplejadas. Los prepotentes se ceban con los más débiles o con los que silencian / amortiguan su capacidad de respuesta antes los abusos y faltas de respeto. El ambiente alrededor de Pepe comenzó a enrarecerse, a hacerse irrespirable: cuatro o cinco compañeros,  por turnos, focalizaban sus hirientes comentarios o su vacío en su persona, ante la callada o la indiferencia de los demás. Pasaron un par de meses y Pepe no se sentía nada cómodo. Además la dificultad del curso iba en aumento: muchas materias nuevas, voluminosas, henchidas de conceptos bastante abstractos, sobre todo en las tradicionales ciencias. Al ser los mayores del colegio, último año, el tutor dejaba muchas veces solos al grupo de alumnos en las horas de estudio. Decía que eso era bueno para autoformarse. Las personas muy protegidas o muy vigiladas nunca alcanzan una decorosa madurez ni una independencia saludable.

    Hay que decir que la mayor parte de los compañeros se comportaban con normalidad: saludos, comentarios sobre las clases, alguna cosa personal, algún cigarro… las relaciones eran cordiales, teñidas de detalles inmaduros, pero dentro de una cordialidad propia de la edad y de las circunstancias. Como siempre hay de todo: dentro de los cincuenta dieciséisañeros resaltaba un grupo de gente más bulliciosa, más bromista, más irresponsable y, en general, con peor educación. Cuando el cura se iba hablaban a voces, dejaban aparecer sus risitas sonoras - a veces carcajadas – arrastraban sillas y pupitres, etc. En el grupo nadie les decía nada. Eran los más chulillos, los más protagonistas, los que más se hacían notar y, en apariencia, imponían sus modales.

    Un día, siguiendo con sus tonterías y faltas de respeto, se pusieron de acuerdo para centrar sus necedades en Pepe. Recogieron trozos de tiza de la pizarra y alternándose, cada cierto tiempo, se las tiraban. Pepe y los demás trataban de estudiar, intentaban aprovechar un tiempo siempre escaso. La primera ticita le dio en un hombro. Risitas en el fondo. Le molestaba mucho ese tipo de cosas pues él nunca se metió con nadie y le costaba trabajo pensar que alguien lo hiciera gratuitamente y por la pura diversión de machacar. El segundo trozo de tiza golpea en el libro que estudia, encima de su mesa. Mira, se incorpora un poco, otea el horizonte en circular e intenta seguir con su tarea. El grupo como tal no se da cuenta de lo que está pasando, cada cual va a lo suyo. Pepe en su interior está muy tenso, le han aumentado las pulsaciones, casi le tiemblan las manos, no puede concentrarse, y con cierto temor espera el tercer golpe. No sabe bien que hacer. Se siente incómodo, nervioso e intranquilo. La tercera tiza impacta en su cabeza ante las risas – ya importantes – del grupito de ¿bromistas? ¿agresores?. Pepe se arma de valor, se pone en pie y dirigiéndose al grupito de provocadores, con mirada de ira contenida, les dice: “El que tenga cojones que me tire otra tiza”. El grupo no sabe lo que ocurre. Los ofensores saben que lo que hacen está mal y actúan sibilinamente, dando a entender que ellos no saben nada y que Pepe ha perdido los estribos sin razón. Actúan como si la frase de Pepe les hubiera roto su concentración. Disimulan con soberbia, prepotencia y carita de no saber lo que está pasando. Pepe se sienta, está fuera de sí. Casi no ve las letras de su libro abierto. La rabia y la humillación se mezclan en su mente y en su cuerpo. Mira hacia abajo. Quisiera que todos, todos, desaparecieran. Ansía una soledad tranquila que le permita recuperar la calma. Supone que todas las miradas se posan en su figura y se siente observado, lo que nunca quiso y siempre evitó: no le gustaba nada llamar la atención.

    Su frase, a modo de sentencia, lo ha metido en un callejón sin salida. Lo sabe y aguarda. Imposible leer una línea. Mira de reojo en el preciso instante que uno de sus simpáticos compañeros le lanza una tiza que le impacta en la espalda. No es dolor físico el que siente, dado el minúsculo tamaño del proyectil. Es un imponente dolor psicológico. La adrenalina debe estar a tope. Con decisión se levanta y se dirige al compañero que finge estudiar y que le acaba de lanzar el trocito de tiza. El fingidor quiere ponerse en pie, pero antes de que termine recibe un tremendo puñetazo en la cara. Se tambalea, cae hacia atrás y con la espalda arrastra su silla y el pupitre trasero vecino. Con las piernas, al caer golpea su propia mesa que cae hacia delante. El estrépito es enorme. Libros y cuadernos regados por el suelo…Pepe enfurecido quiere seguir pegándole e intenta pisotearlo. Al bromista se le ha cambiado la cara. Está lívido. Unos compañeros acuden y lo ayudan a levantarse. Otros recogen los enseres desparramados por el suelo. Otros intentan que Pepe se tranquilice. A duras penas consiguen sentarlo y algo de normalidad se recupera. En esto llega el cura y pregunta que pasa. El delegado le explica que uno se ha escurrido y se ha caído un pupitre. Todos miran hacia abajo, nadie mira al cura de frente vaya a querer saber la verdad. El profe capta el mensaje que no va con él, entiende que no hay problema y comienza su clase de francés.

    El puñetazo – bofetón tuvo un efecto espectacular desde ese mismo día. Los bromistas atacantes decidieron dejar de hacerlo y varios compañeros dieron a Pepe una visibilidad que nunca había tenido. En un par de minutos, Pepe había dejado de ser juguete para alcanzar una consideración de igual y un sitio nunca pensados por él. De hecho algunos “de su cuerda, de su manera de ser” lo felicitaron en secreto por enfrentarse a aquellos pelmazos que no dejaban de interrumpir, más o menos, a todo el mundo. Pepe pasó a ocupar cierto liderazgo en la oscuridad, las asignaturas se derritieron ante su constancia y el curso de acceso a la Universidad fue superado con éxito, cosa que no pudieron decir todos aquellos cobardicas destructores de personalidades ajenas.

IV

El cuarto intento le ocurrió en su nueva residencia universitaria y se inició al año siguiente. Pepe llegó a pensar que tenía un problema o trastorno de personalidad pues no era normal que cada vez que cambiaba de lugar y ambiente hubiera bromistas que lo utilizaban como blanco de sus ocurrencias. La residencia en cuestión lo era para ciento cincuenta jóvenes, un poco la flor y nata de la burguesía andaluza de aquella época, aunque ya había unas superbecas del estado que permitían estudiar a jóvenes procedentes de clases bajas o humildes, siempre que destacaran por su esfuerzo e inteligencia. A Pepe como a todos los recién llegados le gastaron novatadas individuales y una gran novatada colectiva que resultó una fiesta. No lo pasó mal porque su carácter no era de enfrentarse con nadie, incluso en la colectiva se hartó de reir de la pinta que todos tenían, en pijama, con la raya del pelo en medio de la cabeza resaltada con pasta de los dientes, la cara pintada con kanfort negro o marrón y cantando el “Perdona a tu pueblo, Señor” con una vela en la mano por el campo de fútbol. Pasado ese periodo de cierta adaptación, los novatos siempre hacen amistad con los novatos. En un grupo siempre hay gente más espabilada o con un carácter más fuerte o más bromista que otros y Pepe, que pasaba una crisis muy fuerte de amores, volvió a sufrir algunos desprecios públicos y comentarios jocosos sobre su persona, sobre sus opiniones o sobre circunstancias que le afectaban. Las ofensas no eran continuas ni demasiado frecuentes, pero allí estaban los dardos que le disminuían de una forma especial y sobre todo le ridiculizaban. Definitivamente no era como la mayoría de sus compañeros. Los malintencionados adivinaban que era callado y abusaban. Esa situación se prolongó durante un par de años. Pepe no superaba su crisis amorosa, por el contrario la distancia la complicó algo más y las cartas llegaban de muy tarde en tarde repletas de palabras a destiempo. Aunque había teléfono, este no reportaba ningún consuelo y él no disponía ni del ánimo ni de los medios económicos suficientes para desplazarse en un fin de semana y charlar en vivo y en directo con aquella muchacha con algo de tranquilidad. Afortunadamente aparecieron un par de amigos que lo defendieron en público, fueron cómplices de sus desahogos y le recomendaron – encarecidamente – que dejara de ser un libro abierto para todos porque “No todo el mundo es bueno y no todos están preparados para escucharte. A casi nadie le importa lo que sientas o lo que pienses, así que cierra el pico y sólo comenta con quién te dé muestras concretas de respeto y consideración”. También le insistieron en evitar y alejarse de ciertos compañeros tóxicos, auténticos malasombras que se ensañaban con las debilidades del prójimo y pagaban con él sus complejos y sus traumas. La amistad como baluarte y el mandar a tomar viento fresco, en privado y en público, a tres o cuatro imbéciles casi de nacimiento, acosadores maltratadores, fue mano de santo. Los amigos pasaban por su habitación para charlar un rato, ir al cine, jugar al dominó o salir de paseo. Fue un apoyo decisivo y las cosas cambiaron por completo. En uno de esos veranos ese primer amor vehemente, lleno de idealismo, se fue al garete después de cuatro años. Ella más madura que él, necesitaba otro tipo de persona y, sobre todo, otros comportamientos. Rompieron. Pepe lo comprendió. La primera semana se sintió extraño pero enseguida encontró gente con la que salir, otras chicas, otros lugares … No lo pasó mal y aquel trago lo superó. Pasados varios meses, por una amiga común, le llegó el rumor de que ella, de alguna forma, esperaba algún tipo de encuentro, pero Pepe no fue y cada cual siguió su camino. Esa rotura sin sufrimiento y sin compartirla con nadie fue como algo natural. Sin duda fue señal de que algo estaba cambiando en su interior: supuso que cierta madurez había comenzado y eso le daba fuerza para afrontar nuevos retos.

    De vuelta a la macroresidencia, ya sin la carga de un amor poco o nada correspondido y con el apoyo de un círculo total, y seguro, de amigos, las relaciones y las notas mejoraron considerablemente. Aumentó su autoestima lo suficiente como para enfrentarse a un estúpido sevillano que le quería hacer creer que una compañera de clase – monísima por cierto y objeto de las miradas y deseos de media facultad – estaba colada por él y que quería una cita. Conocedor de la capullez del intermediario le dijo directamente que era un gilipoyas, que lo dejara en paz y que se metiera en sus cosas. “Tú para mí no existes, así que espero que yo no exista para ti. Agur” El bromista acosador, que tenía fama de gracioso, sorprendido por la contumaz respuesta no supo reaccionar. Abatido, ahogado en su propia vergüenza, se dio media vuelta, se marchó con el rabo entre las piernas y desapareció de su vida para siempre. Nunca más supo de él.

 

Primavera en Córdoba (2022, SM)



[1] Armario Torres Quevedo.

18 abril 2022

Cuatro acosos: Acoso I y II

 

Centro de Lateralidad y Psicomotricidad.- Joëlle Guitart

               La primera vez que lo acosaron fue de muy niño. Por aquel entonces la palabra acosar no se aplicaba a las relaciones infantiles y menos en un pueblo. No se estilaba. Era una época en la que se gastaban bromas más o menos pesadas. Reírse de alguien era frecuente, sobre todo si se tenía un problema físico. Las peleas eran plato de cada día aunque casi siempre tenían un final feliz. La calle, cruel, severa, inmisericorde y maestra- era el lugar natural de los niños y allí había que vivir. A nuestro protagonista, algunos excesos de cuidados familiares lo habían ablandado y singularizado. El exceso de protección y cariño conformaron un niño algo más débil que los demás, pero también más niño y más tierno. Eran tiempos duros y rudos muy impregnados por los aromas de postguerra. Cualquier debilidad era atacada con saña. Fueron fechas en las que pegar a los niños en casa era lo normal; en la escuela predominaba la letra con sangre entra y en la sociedad la gente decía que quien bien te quiere te hará sufrir. Los hombres no podían llorar y muchas mujeres, saturadas, convertían su casa en un mar de lágrimas por hacerlo a diario. La soledad, las penas y los lutos eran más atributos de mujer: la discriminación respecto al hombre era lo habitual. En la sociedad flotaba una masculinidad muy masculina, por no decir bastante machista. La mujer no podía tener una cuenta bancaria sin permiso de su marido; la mujer debía de estar atada a la pata de la cama y con la cuerda corta …. Estaba de moda tener cojones, ser valiente y morir por la patria. Los hombres hacían el servicio militar mientras que las mujeres se inscribían en el servicio social. En ese ambiente ser sensible, respetuoso, prudente, educado y tener empatía con las fragilidades de los demás era ser medio niña. Los hombres bebían vino, iban a las tabernas, jugaban a las cartas, la mayor parte vitoreaban a Franco y entregaban parte del sueldo a la mujer para el mantenimiento de la casa. La mujer se dedicaba a las labores propias de su sexo, sus labores se decía. La Iglesia recomendaba, encarecidamente, a las hembras sumisión y obediencia a sus maridos. 

    La sociedad civil era un desierto de asociaciones o entidades que lucharan contra todo tipo de acoso. Afortunadamente, ahora, las cosas han cambiado y el grado de concienciación es mucho mayor.

               Por todas estas razones o Dios sabe por cuales, Pepe, Pepito fue objeto de burlas en la calle por parte de sus amigos. Con seis o siete años ya le llamaban Pepino, nombre coreado a veces y a voces por grupos de niños. Como no daba tarascadas jugando al fútbol nunca lo ponían pues entraba como una niña. No decía tacos ni llamaba a los niños por su mote de calle. En clase mantenía un cariñoso respeto por su maestro y nunca se peleaba con sus amigos. Para pasar desapercibido, aprendió a quitarse importancia y a retirarse de los espacios conflictivos con sigilo y con prudencia. Nunca tiró piedras a los perros y cumplía religiosamente con el precepto dominical de ir a misa. Tampoco hacía trampas, ni montó ningún pollo, jugando a los bolindres ni a ningún otro juego. Eso sí, tenía mucha vida interior que alimentaba con tebeos de todo tipo. Se daba cuenta de todo. Su observación se tradujo en una personalidad acusada, con criterios propios, que mantenía secuestrada por pura ¿seguridad? ¿convicción? ¿pereza? Su principal objetivo era pasar desapercibido, transparente e invisible a los ojos de los demás. Le encantaba estar, participar pero como si no estuviera. En los veranos, niños y jovenzuelos iban a bañarse a las albercas cercanas al pueblo y como no podía ser de otra manera, era sujeto preferido de ahogadillas e inmersiones involuntarias que le producían pavor y un inmenso cabreo. Su cara de susto y aspavientos para intentar salir del agua era motivo de la mejor diversión de sus ¿bromistas? compañeros. Los intentos de ahogamiento, pesados e insoportables, generaban una molestas vibraciones ansiosas y concretaban un juego cruel al que los mayores sometían a los más chicos. Ante tanto sofocón, estos terminaban por irse a su casa humillados, cabreados y sin disfrutar para nada la peseta que costaba el baño. Pepino, digo Pepito, para la gente resultaba ser un niño insípido al que le costaba hacer amigos de verdad. Su diferente educación, escala de valores, comportamiento, hobbies, etc…eran una muralla infranqueable. Jamás entró en una casa para tirar las sillas; lo de robar fruta no era su fuerte; en los juegos de apedreos con sangre sufría terriblemente y deseaba con ardor su pronta terminación; nunca maltrató a un animal ni se le ocurrió reírse ni ofender al jardinero del pueblo mofándose de un cierto amaneramiento de sus formas; las personas mayores eran sagradas para él. Crecía por dentro y por fuera pero nunca quiso manifestarlo por temor a dar motivos de risa o de escarnio. Cedía, callaba y olvidaba para sobrevivir en aquel medio hostil pero tenía opinión oculta de todos y de todo: Su mente era un prodigioso escáner que todo lo analizaba lo cual le permitía almacenar detalles e ideas y extraer algunas conclusiones. En más de una ocasión lo tildaron de mosquita muerta, expresión que calificaba a alguien para insinuar que parecía tonto pero que no lo era. En plena pubertad de aquella época, con doce o trece años, era costumbre arrinconar a cualquier chica entre tres cuatro hombrecitos y tocarle cada uno lo que pudiera. Eso podía ocurrir en la plaza, en el patio de la escuela o en mitad de una calle….¡¡ A por aquella!! La chica se zafaba lo mejor que podía, pegaba bofetadas como máquina y tildaba de cobardes y maricones a todos los que pretendían sacar algo por las bravas. Pepito nunca participó en esas manifestaciones de hombría. Era un medio juego insoportable para él. Se quitaba del medio y punto. Él prefería la plática tranquila o las miradas, en su opinión, sobre entendidas, el paseo rutinario dando vueltas a la plaza, la emoción de acercarte a la que iba en la punta, coger de la mano a la chica de turno para jugar al corro, etc…todo más pacífico y más del gusto de las chicas. Delicadeza y que la chica pusiera algo de su parte, dos piezas esenciales.

Con el tiempo el acoso en el pueblo se fue diluyendo. Fue fundamental dar a entender que a Pepito no le afectaba nada que le llamaran Pepino y los acosadores que intentaban reírse a su costa – Pepino tiene dos culos - terminaron por aburrirse y dejarlo. Daba mala imagen intentar ser gracioso y no conseguirlo. Con la edad y aquella táctica esa manera de bullying se terminó. También tuvo algo que ver el tremendo empujón que le pegó en clase a un grandullón que no dejaba de incordiarle. El voluminoso compañero, ante la oportuna mirada del maestro, optó por levantarse y continuar sus tareas como si nada hubiera pasado. En honor a la verdad hay que señalar que se trataba de una persona algo pesada, pero pacífica.

II

               El  segundo episodio de acoso se produjo en el colegio donde, interno, estudió el bachillerato. Las edades del personal ya eran los quince. Pepito, ya Pepe, llegó de su pueblo a otra localidad de mayor entidad. Era un desconocido para el grupo de alumnos de su curso, al que se incorporó, que ya llevaban juntos varios años. Otra vez tocaba ser diferente. Además los compañeros tenían, sin fundamento, cierto complejo de superioridad pues no es lo mismo proceder de una aldea venida a menos que haber nacido en un pueblo mediano venido a más. Para cualquiera, ese detalle resultaría insignificante y una torpeza colosal juzgar a las personas por su lugar de origen, pero la inteligencia y formación de los del pueblo grande no daba para más. Su cerrazón se manifestaba por medio de un trato poco cordial con prepotencia. Seguramente que también volvió a ayudar la personalidad y educación de aquel recién llegado. Además ya había sido maltratado una vez y eso parece que predispone. Le volvieron a poner otro mote. Hay motes simpáticos pero en este caso no lo fue demasiado: le llamaron el nalgas por aquello de tener pantalón corto con quince años y notarse el vello de las piernas. Todo imaginación y significativo. Agradable no era. Salir de casa para estudiar tenía su margen de inseguridad y algunos temores. Después de varios años, el no estar arropado a diario por tus padres era un poco duro. Hacía frio, comidas nuevas, ambiente extraño y encima a los tres días de llegar te ponen un mote que te ofende y te ridiculiza. Además en pura adolescencia, fuera de tu ambiente con cierta soledad ... La llegada del otoño y el frío fueron sus aliados pues fue la excusa perfecta para que Pepe hablara con sus padres. Les dijo que allí hacía mucho frio y que todos sus compañeros llevaban pantalón largo…Fue una compra de urgencia la que solucionó el problema….aunque siempre fue el nalgas hasta que se fue de aquel colegio. ¡Los profes, curas, ni olieron el agravio! En cualquier caso su autoestima creció, aprendió a pasar de los compañeros más insidiosos y comenzó a escribir lo que se le ocurría sobre amores platónicos, dudas de religión, misterios de la vida, … un amigo desde Segovia y Soria, por cartas y a escondidas le hablaba de otras realidades. Eran cartas emocionantes, llenas de vida, rompedoras de mitos y de creencias…lo peor era tener que compartirlas con una especie de director espiritual que le impusieron. No era mal hombre, pero mutilaba las cartas con boli y con tijeras. A veces, detrás de lo tachado que Pepe se empeñaba en leer, aquel censor – sin duda creyendo que hacía bien - añadía comentarios de su puño y su letra, entre líneas, queriendo rectificar o contradecir lo dicho por su amigo. A pesar de eso, tuvo que consentir, para recibir trozos de aquellas cartas porque esos restos eran adrenalina en vena, masaje cerebral, ventana refrescante, aire de pinar verde. En el colegio hizo algunos amigos y comprendió que los niños burlones que humillaban a otros tenían algún problema. A partir de entonces dejó de preocuparse por ellos y de las cosas que decían. Esa indiferencia le vino bien y actúo como un eficaz escudo ante tanta retranca gratuita. Conocía la crueldad que proporciona la inmadurez y la ignorancia de jóvenes y niños. Era mejor no hacer ningún caso porque el problema lo tenían ellos. Con el tiempo dejaron de fijarse. Sacar mejores notas que muchos mofadores también ayudaría a colocar a cada cual en su sitio adecuado.

30 marzo 2022

Ese bote de Floïd

 

               Llevo ya algunos años que me quedo esperando el frasco anaranjado de la loción de Floïd[1], masaje masculino con mentol vigoroso, historia del mundo de los hombres en el siglo pasado: se iniciaban los treinta. Si hubiera sido niña me hubieran regalado, quizás, posiblemente, el Maderas de Oriente o el myrurgia de turno que contenían aromas de las mil y una noches y así poder viajar, junto con Aladino, subida en una alfombra de bonitos colores.

               Mi pecho se contrae, el corazón se agita y se mojan mis ojos cuando escribo estas letras. Hace ya muchos años y yo, con mi barba incipiente, era orilla de primeros amores y estrenaba gustoso pantalones de hombre. Cuando San Sebastián llegaba al calendario, mi padre me obsequiaba un bote de colonia o el masaje de Floïd, casi siempre el masaje: Creo que era su peculiar manera de reconocer él que me había hecho ya un hombre. Aquel profundo olor que le identificaba era como una estela que impregnaba sus pasos y, desde aquel entonces, acompaña los míos. Padre e hijo debían de oler igual. Y aquel olor de Floïd, tan propio de la época como el luto en la muerte o el puñetero frio de las noches de enero, era característico, tenía una identidad, un algo evocador que te reconfortaba.

        El caso es que este año, ese aroma sin par lo he extrañado de una forma especial. Seguramente añoro aquella juventud, la estampa de mi padre y aquel bote de Floïd, envuelto en celofán, que me duraba un año sin premeditación.

        El por qué no lo sé. El corazón me dice tener unas razones que la razón no entiende y con frecuencia el muro de la mente no resiste el ataque ante un impetuoso caudal de sentimientos. El Floïd me inmortaliza una niñez de pueblo, por supuesto inocente, una época pasada que nunca volverá, un ambiente hogareño con calidez sencilla, voces en el ambiente de gente que se fue, un niño rodeado de personas mayores, ese papel de estraza que todo lo envolvía, un suelo verde y rojo de baldosas cuadradas, una placa[2] metálica moderna para entonces, un pozo con su patio, un arriate de ladrillos macizos con rosales muy pobres, un gallinero enorme con barrizal eterno y vallas de madera, un cantero de pan con aceite y azúcar, una calle rojiza siempre llena de niños con luz amarillenta en el atardecer y unas puertas abiertas de confiados vecinos, unos carros que pasan con sus mulas cansadas, una noche que cae con el parte[3] a las diez.

               Han sido muchos años de recibir el Floïd. Yo no me daba cuenta al ver pasar el tiempo, ¡Era algo natural! Pero al llegar enero viene San Sebastián y todos mis sentidos rebuscan ese olor, esa forma de vidrio con su tapón marrón y ese hombre sonriente, con el pelo muy negro, cuando le dan masaje, que no envejece nunca. En su lugar encuentro un inmenso vacío más grande que el regalo que busco y no lo encuentro y en mi mente rescato la imagen de mi padre con cara enjabonada y cuchilla dispuesta para el diario afeitado. En la repisa el bote del hombre sonriendo y unas manos sin cuerpo, que intuyo desde atrás, le masajea la cara. Es un tierno recuerdo que morirá conmigo, una estampa de antaño que me acompañará.



[1] Los orígenes vallenses del popular 'aftershave' Floïd, en un libro (23/01/2017)

                    El local que actualmente ocupa un locutorio en la calle de la Carnisseria del Barri Antic de Valls (Tarragona) había sido, antiguamente, una barbería. Pero además, fue el lugar de nacimiento de la conocida marca Floïd, que comercializa la popular loción para después del afeitado, o aftershave, de un color amarillo anaranjado. Así lo explica Genís Sinca en el libro El cavaller Floïd. Biografia de Joan B. Cendrós.

                    El habitante de Valls Joan Baptista Cendrós, conocido como 'lo Batiste', trabajaba en este establecimiento como barbero a finales del siglo XIX. En aquel tiempo, Baptista también cortaba el pelo de forma gratuita a una comunidad religiosa de Valls, los Escolapis, que se encontraba al lado de la iglesia del Carme, muy cerca de la barbería. Unos años más tarde, a principios del siglo XX, Baptista decidió instalarse en Barcelona y abrir allí una barbería, denominada Buenos Aires, en la calle de Rocafort. Con motivo de su marcha, los Escolapis le regalaron una botella con un líquido naranja: era un jugo de hierbas, flores, alcohol y limón que usaban para curar quemaduras, heridas, y también como loción aftershave, y que unos años más tarde sería conocido por todas partes.

No fue hasta el año 1932, sin embargo, que el Floïd empezó a popularizarse mucho gracias al hijo de Baptista, J.B. Cendrós, que se puso al frente de la empresa que había empezado a crear a su padre en 1928. El barbero murió prematuramente el año 1937, y su hijo, además de hacer popular la loción, hizo mucho dinero con la empresa y con él se convirtió en mecenas de muchas iniciativas catalanistas. Entre otros, fue uno de los fundadores de Òmnium Cultural, de Esquerra Democràtica de Catalunya, propietario de la Editorial Aymà, mecenas del Institut d'Estudis Catalans, y patrocinador de los autores de la Nova Cançó, de Edicions Proa, y de la Fundació Enciclopèdia Catalana.

[2] Placa de hierro fundido que usaba el carbón para cocinar. Tenía cuatro agujeros graduables mediante aros, según el tamaño del recipiente y un depósito lateral daba agua caliente.

[3] Los diarios hablados de Radio Nacional, normalmente uno a mediodía y otro por la noche, eran conocidos como el parte, término de reminiscencia militar, que recordaba a los partes de guerra. Tanto es así que se iniciaban con el toque de atención de un cornetín de órdenes, y más adelante con una adaptación de una llamada militar a reunión del siglo XV (la llamada "Generala", que se hizo famosa) y finalizaban con otro, seguido por la invocación Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes! y a continuación el himno nacional.

21 marzo 2022

Telésfono y Soledad

 


               Él miraba la previsión del tiempo cuando ella se sentó a su lado. Ni siquiera levantó la cabeza. Absorbida su mente por la pantalla multicolor brillante siguió indagando en el pronóstico y con un hola interruptus respondió a la llegada de su mujer. Eran las siete de la tarde de los primeros días de septiembre. El calor había amainado un poco y esa parte del día se transformó en un espacio temporal agradable.

-Permíteme un momento, por favor. Enseguida termino. Parece que va a refrescar, aclaró Telésfono con sus pupilas centradas en la pantalla.

- No te preocupes. Termina.

La camarera llegó. Sole pidió un café con leche: el solo no la dejaría dormir. Necesitaba algo que le reconfortara un poco pero que no la estimulara demasiado.

El móvil de Telésfono, su marido, comenzó a emitir los típicos pitidos de recepción de mensajes. Uno de los siete grupos a los que pertenecía, por alguna razón, seguramente poco importante, había despertado y estaba muy activo.

-Esta gente…son horrorosos. Con el asunto de la próxima comida están imposibles. A ver si se ponen de acuerdo en el día y en el sitio. Yo comería donde siempre, comentó con voz baja.

Soledad no dijo nada. Sabía de sobra que irían a Casa Juan, donde siempre, y seguro que sería el jueves a medio día.

Telésfono continuó toqueteando la pantalla y dijo:

-Les voy a enviar un par de fotos a mis padres de la comida de cumple que tuvimos el finde. El problema es que con tanta foto como hicimos no sé cuáles mandarles.

-Las mejores son las que estamos todos… esas que salen con los niños sentados delante y ellos están sonrientes, en el centro.

El comentario fue para él un soplo de libertad. Rápidamente interpretó la frase como un permiso que Soledad le daba para seguir navegando. Antes buscaré en Questmail porque quiero saber por dónde anda el paquete de las cremas que compré hace unos días. ¡Me dijeron que era cuestión de horas!

Telésfono, encorvado, escudriñaba cada rincón de su pantalla. Increíblemente podía hacer dos cosas a la vez: Hablar con su esposa y mantener conversaciones o búsquedas por el móvil. El aparato le avisó que debería activar la ubicación para un mejor funcionamiento.

-¡Qué suerte!, comentó. Tengo un mensaje y me informa de que mis cremas depilatorias refrescantes vienen por Andújar. Total mañana estarán en casa. ¡Esta gente es muy formal!

Soledad sorbió el café con cierto placer mientras miraba al infinito. Viajaba por Roma recorriendo mentalmente el reciente viaje que había compartido con unas amigas. Lo habían pasado genial excepto los momentos de decidir restaurante al medio día. La inseguridad ponía bastante nerviosas a las tres: este es caro, el otro no tiene buena pinta, este está casi vacío, aquel tiene pocos platos en la carta, este es bueno pero hay que esperar, hay uno buenísimo pero no encuentro la calle … Soledad se reía porque al final se metían en cualquier sitio para tomarse una simple pizza que, por cierto, siempre les sentó de maravilla con sus correspondientes copitas de Chianti. En esas andaba Sole cuando el marido le preguntó:

-De qué te ríes?

-De nada, dijo ella. Sole siguió: deambulaba por la Fontana de Trevi. Soñaba con ver su rostro reflejado en la lámina de agua rota por una pequeña cascada lateral.

Mientras tanto, el hombre había entrado en la galería de fotos familiares intentando buscar las más adecuadas para sus padres. Su dedo índice cambiaba de pantalla dos veces por segundo. Las fotos parecían perseguirse dentro del móvil. Ninguna le gustaba. Al final retrocedió y marcó las tres primeras. Estas servirán, pensó.

Soledad había terminado su café. Miraba a la gente pasar y se fijó en dos niños pequeños que jugaban con una enorme pelota. Los chiquillos se movían con inseguridad pero lo hacían con decisión para intentar apresar esa flotante y enorme burbuja de aire comprimido por el plástico. Al ser tan grande les resultaba imposible retenerla, por eso, cuando la tocaban, la pelota se desplazaba por el simple contacto con unos bracitos que no podían abarcarla. En realidad, la bola iba un poco a su bola y cumplía a la perfección su función de rodar y moverse con saltos imprevistos marcados por un azar caótico. Ese era su principal atractivo.

Telésfono hablaba ahora por el móvil con una compañera del trabajo. Él era vendedor en unos grandes almacenes y su compañera le solicitaba un cambio de turno porque le había salido un viaje inesperado. Le pedía por favor que le hiciera el próximo sábado, turno de tarde /noche. La compañera había hablado ya con el jefe de la sección y si Telésfono accedía al cambio, la empresa no pondría ningún inconveniente.

- Cuelga y te contesto por whatsapp. Lo consulto con Sole.

Soledad estaba contemplando como dos gorriones se disputaban un trocito de pan que estaba caído en el suelo. También saltaban por las mesas – ahora vacías, sin clientes - y comían las miguitas que permanecían sobre ellas sin recoger. Esos revoloteos, esos picoteos, esas peleillas y algunos píos emitidos por los pájaros la transportaban al paraíso de las emociones infantiles cuando con sus padres iba al parque y compartía su bocadillo con las palomas.

-Pepa necesita que le cambie el turno el sábado…le ha salido un viaje. Yo haría la tarde, manifestó Teles.

-Si tú lo ves conveniente, por mí no hay problema, respondió lacónicamente Sole.

Con mucho afán Telésfono volvió al móvil. Buscó a Pepa y le comunicó que aceptaba el cambio. El emoticono del pulgar levantado confirmaba su decisión.

Estaba en ello cuando el grupo de whatsapp de amigos de los viajes llevaba unos minutos movilizado. Anselmo “el bueno” – así lo tenía identificado en el móvil – que había tenido un nieto hace unos días mandaba un par de fotos. Los comentarios empezaron a acumularse:

- Es un “Anselmito auténtico”¡Genial!

-¡Qué bonito!

-Me encanta, se parece al abuelo.

-Me sumo a todo lo anterior ¡Es una preciosidad!

-Es muy guapo. Se te parece de la nariz para arriba.

- Que lo disfrutes mucho. Seguro que eres un abuelazo.

Soledad mantenía el tipo leyendo el periódico. Pasaba las hojas parsimoniosamente pues no quería que se le terminara. ¿Qué haría después? No le gustaba mucho la política pero leyó un artículo sobre la posibilidad de un adelanto electoral y otro bastante desgraciado sobre la recuperación de la Memoria Histórica. Siempre pensó que había muchas memorias. El uso del artículo “la”, determinado singular, en este caso, no le encajaba en su mentalidad. Luego se empapó de la crónica local, siguió con un vistazo a los deportes e intentó hacer el sudoku – se le daban fatal – después de haber terminado el crucigrama. Colocó el diario encima de la mesa, se puso en pie, tiró hacia abajo de su la falda, como queriendo estirarla, y decidida le dijo a su marido:

-Te espero en casa.

-Voy a mirar la cartelera de los cines y ahora voy para allá. Hace tiempo que no vemos una peli en pantalla grande. ¡A ver si ponen alguna cosa buena!, esgrimió Telésfono.

-Como quieras.

Telésfono no tenía ni idea de la película que podían ver así que revisó la cartelera de arriba abajo: leyó títulos, analizó resúmenes, preguntó a su sobrino,…. Había pasado casi hora y media y prácticamente sus ojos no se despegaron del cristal de la pantalla. Estaba ensimismado, ausente, abducido,… sumergido después de tanta navegación y tanto pantallazo. Se levantó, pagó la cuenta y cabizbajo y desconectado se dirigió a su casa.

Al llegar Sole le preguntó: ¿Has visto alguna peli de interés?

Entré en la cartelera del multicine y una peli me llevó a buscar la vida de Audrey Hepburn. Sin saber muy bien cómo me tropecé con la letra de Moon River, de allí pasé al alunizaje de los astronautas y terminé buscando vida en el Sistema Solar. Sí, he visto bien la cartelera pero no tengo claro la peli que podemos ver….además me enredé con la red y casi olvido lo que estaba buscando. Se me ocurre que podemos entrar en Panflex Series e investigar alguna que sea buena.

Déjalo. Prefiero leer un poco.

En ese instante Telésfono recordó que llevaba un par de días sin entrar en Armsbook así que se puso manos a la obra. Al terminar buscó su otro teléfono y disfrutó con la fotos de Momentgram y el debate de Telefilm sobre los loros de Tasmania, luego el grupo de Go – going de senderismo, después el de deportes de Sportlive,….. Soledad lo observaba disimuladamente, no dijo nada y continuó sumergida entre las páginas del libro. Se quedó dormida en el sofá y cuando despertó su marido seguía con la pantalla reflejada en sus gafas.

Me voy a la cama. Buenas noches.

Terminaré de ver las últimas noticias sobre la evolución del virus en la India. Mi amiga Elefantina tiene pensado ir. Le comentaré algo.